(De)generaciones

El hampa de uniforme que describió Walsh hace medio siglo sigue matando

 

La ejecución a manos de la policía bonaerense de tres niños y un joven en la localidad bonaerense de San Miguel de la Guardia de los Colorados del Monte, fue un hecho tan conmocionante como escasamente sorprendente. Otra niña está convaleciente y su estado reviste gravedad. A las pocas horas de sucedido el múltiple homicidio, efectivos de la misma policía mataron en Tres de Febrero a un muchacho sospechado de haber robado y en Lincoln dos policías se dispararon entre sí con el saldo de un muerto y el otro herido.  Cuando no se conduce a la policía, la institución entra en anomia. Si además esa policía está mínimamente profesionalizada, todo es posible. Por eso a la niña herida la custodian gendarmes. 

Los hechos de Monte son conocidos a pesar del burdo intento de los propios policías de alterar la escena y la evidencia de la masacre. El blindaje mediático, pauta publicitaria mediante, moderó los golpes a los responsables políticos: el Jefe de Policía Fabián Perroni, el Ministro de Seguridad, Cristian Ritondo y la Gobernadora María E. Vidal.  El reclamo de justicia fue poco enfático por parte de la oposición. La destinataria principal fue Patricia Bullrich y los ecos de su doctrina asesina; más moderadamente, los dardos fueron a Ritondo y Vidal.

Perroni y Vidal decidieron que no había nada que decir. No aclaremos porque oscurecemos. Ni siquiera una modesta condena a los asesinos que, se suponía, eran los efectivos que nos cuidaban y estaban en la trinchera luchando contra las mafias. Ritondo, que pertenece a una estirpe de políticos que no ofrecen la renuncia, pretendió poner orden desde un escalón superior. Se curó en salud poniendo en disponibilidad a una docena de efectivos, comenzando por los autores de la masacre. La medida alcanzó al Comisario General Marcelo Corbalán, Superintendente de la Región Capital (La Plata y alrededores). Corbalán no tiene mucho que ver con la masacre, pero Ritondo creyó oportuno ofrendar la cabeza de un Comisario General, la máxima jerarquía policial.

El lector se preguntará por qué la decapitación funcional se detuvo en el Superintendente de la Región Capital y no alcanzó al Jefe de Policía o al propio Ministro de Seguridad. O porqué no se interrumpió antes, ya que Corbalán fue ajeno a los hechos. La respuesta es una mezcla de capricho y arbitrariedad, producto de tantear el termómetro interno y social: la cabeza de un comisario general por la vida de unos niños, a Ritondo le debe sonar un pago justo. El desplazado Corbalán podrá ser citado como testigo en sede judicial, pero nunca como imputado por la distancia funcional entre los asesinos y el Superintendente desplazado.

Algo que Ritondo tuvo en cuenta a la hora de saldar la masacre puertas adentro, es que no puede crispar más a la tropa, al borde de la insubordinación por los salarios de hambre. El eterno espejo en el que se fija la Bonaerense es la policía de la Ciudad de Buenos Aires. Por salarios y condiciones de trabajo, equivale a comparar la policía de un país nórdico con una del tercer mundo.  La promesa de campaña de Vidal de equiparar los sueldos de la Bonaerense con la Policía de la Ciudad, bien gracias.

El gesto de Ritondo, bien puede haber sido un mensaje dirigido al Procurador Conte Grand más que a los deudos de las víctimas o al civismo. Los caminos de Conte Grand y Ritondo últimamente se cruzan. Unas semanas atrás, el motivo fueron las cifras del delito [1]. En el caso de la masacre de los niños, Conte Grand juzgó que el Fiscal Lisandro Damonte era demasiado pueblerino. Por eso se constituyó en vocero y relator de la IPP que se instruye por la masacre, dejando de lado los dictámenes de expedientes ante la Suprema Corte de la Provincia de Buenos Aires. De ese modo monitorea y ordena la investigación. Insólito y desembozado rol del Procurador.

Los lectores habrán observado que en el primer párrafo sostuvimos que la masacre no sorprendió. Lamentablemente, el desaguisado en la Policía Bonaerense viene siendo enunciado por este medio. En las últimas semanas, en El Cohete dijimos:

1) “La Bonaerense volvió a ser el hampa de uniforme que actúan en nombre de la ley” con todo su esplendor, citando a Rodolfo Walsh [2].

2) Denunciamos las irregularidades en la incorporación de personal aspirante a ser policía y las agachadas de los profesionales de la salud mental en el apto psicotécnico para el ingreso [3].

3) “Los policías bonaerenses carecen de memoria institucional. De conocerla, se sorprenderían al advertir cuan similares son a sus predecesores en funciones 40 ó 60 años atrás” [4].

Posiblemente los tres conceptos contengan una parte de la explicación de la masacre de San Miguel del Monte. En efecto, los asesinos de San Miguel de Monte no conocieron a los viejos porongas de la Bonaerense, desconocen masacres pasadas a manos de la Fuerza, Ministros, causas y consecuencias. Sin embargo su comportamiento fue el mismo que los policías que perpetraron algunas de ellas. La institución policial continúa generando el mismo tipo de funcionario como si en la escuela “Juan Vucetich” utilizaran masivamente la técnica del vaciado de los escultores. Los egresados poseen idénticas características, luego perfeccionadas en las comisarías. Por eso es absurdo el discurso vidalista que hace hincapié en las bajas dispuestas por la Auditoría de Asuntos Internos por corrupción: a la vez que se les da de baja, el sistema genera funcionarios idénticos a los que se van. La segunda línea policial ya está preparada para reemplazar a la primera. A todo esto, el Ministro Ritondo manifiesta diariamente su sorpresa al descubrir nuevos hechos de corrupción que sucedían a su lado, pero hasta entonces no veía.

 

 

 

[1] El Cohete a la luna: “Conte Grand dejó a Ritondo en evidencia”
[2] El Cohete a la Luna: “¿Por qué baja el precio de la droga?”
[3] El Cohete a la Luna: “La Bonaerense retoma las riendas”.
[4] El Cohete a la Luna: “Postales de la Bonaerense”.
1 comentario
  1. Luis Juan dice

    Estimados:
    Me remito, sobre el particular, al comentario realizado al artículo de Florencia Alcaraz.

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