Del lado de Silo

Los crímenes de la CNU y las víctimas del Movimiento Humanista en un legajo de la DIPPBA

 

A Gustavo Cabarrou, en su memoria

 

Cerca de la medianoche del 23 de julio de 1975, Eduardo Lascano y Ricardo Carreras caminaban por la avenida 7 de La Plata. A dos cuadras de distancia, también venían los compañeros Tomás Trincheri y Gustavo Segarra. Con esténcil, pintaban un círculo con un triángulo dentro que abajo decía “Silo”; ese extraño símbolo con el que los vecinos de La Plata se encontraban cada amanecer en las paredes, mientras se preguntaban: ¿Quién es Silo? Pero al llegar a la intersección de 7 esquina 39, Carreras y Lascano sintieron una brusca frenada de Ford Falcon del que descendieron dos individuos que les dispararon a boca de jarro con ametralladoras. Murieron en el acto. Trincheri y Segarra, que se salvaron por caminar pocas cuadras detrás de sus amigos, vieron el episodio y a los ocupantes del Falcon: Eduardo Fromigué (alias “El Oso”) y otros cuyas características coincidían con la banda del “Indio” Castillo, un tal Mazzola y otro a quien le decían “el Negro”.

El diario platense El Día relataría entonces que “los agresores huyeron de inmediato con rumbo desconocido” y agregaba: “De acuerdo con algunos testimonios de circunstanciales testigos del grave episodio, el doble crimen se desarrolló con vertiginosa rapidez (…) Los agresores, personas jóvenes correctamente vestidas, accionaron sus armas dirigiendo los disparos de arriba hacia abajo, alcanzando a las víctimas con disparos desde la cabeza hasta las piernas”. Por el hecho, el “Oso” Fromigué fue demorado pocos días después. Tanto la policía como la Justicia descartaron con absoluta liviandad los señalamientos, desvinculándolo –incluso– de un episodio calcado ocurrido semanas antes en el Paseo del Bosque de La Plata, donde fueron asesinados tres militantes de la JUP: Pablo del Rivero, Mario Cédola y Gustavo Rivas.

Fromigué fue asesinado en un ajuste de cuenta entre culatas de la derecha, allá por 1975. El resto de los sospechados siguieron prácticamente impunes.

Por estos días, luego de 46 años, el juez federal Ernesto Kreplak acaba de procesar a ex miembros de la Concentración Nacional Universitaria (CNU) de La Plata como coautores de secuestros y asesinatos cometidos entre 1975 y abril de 1976. Entre ellos al ex jefe de esa banda, Carlos “El Indio” Castillo, su segundo Juan José “Pipi” Pomares y Antonio Agustín Jesús, recordado como “Tony Jesús”. Castillo, preso en la Unidad 34 de Campo de Mayo, es el único que cumple una condena. Pomares fue absuelto por el Tribunal Oral Federal 1 pero la Cámara Federal de Casación Penal declaró nulo ese fallo.

La CNU cometió más de 60 asesinatos entre 1974 y 1976, amparada en la impunidad que le garantizaban la policía bonaerense, las fuerzas armadas y la ocupación de puestos claves en el poder provincial. El juez recordó que sus ataques se centraron en militantes políticos, gremiales o estudiantiles, y que su marca registrada fue la violencia y el ensañamiento, la actuación en patota, el robo de las casas, los fusilamientos con armas de diferentes calibres, la exposición de los cadáveres en descampados de fácil acceso público y la actuación en zonas liberadas.

Las investigaciones de Daniel Cechini y Alberto Elizalde Leal han sido esclarecedoras para desentrañar estos casos. No sólo las publicadas en el diario Miradas al Sur entre 2010 y 2013 sino principalmente a partir del libro La CNU, El terrorismo de Estado antes del golpe (2013). No casualmente, la investigación judicial en paralelo a éstas investigaciones periodísticas terminó siendo la desencadenante de muchas de las detenciones que ahora se confirman (véase El juez y el cronista).

 

Las notas en Miradas al Sur.

 

El archivo de la ex Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (DIPPBA), que funcionó entre 1956 y 1998, ha permitido realizar la reconstrucción metodológica del espionaje político e ideológico en la Argentina de las décadas del ’60 y ‘70. Y ello ha sido fundamental para las causas de lesa humanidad que se instruyen en tanto material probatorio que permite demostrar las participaciones y materialidades de asesinatos y desapariciones. Especialmente esa relación entre persecución y terror de la que fueron víctimas muchas organizaciones sociales, civiles y políticas –antes y luego– del golpe militar de marzo de 1976.

Desde el año 2007 la Comisión Provincial por la Memoria (CPM), adoptó el criterio de dar a conocer los informes de inteligencia, confeccionando una serie de documentos desclasificados; invitando –asimismo– a distintas personalidades a prologarlos como modo de introducir las temáticas. En ese marco, tuve el honor de ser elegido para escribir sobre el Legajo 14.628, titulado “Kronos y Silo (1967-1974)”, en el que se encuentra mencionada la trayectoria de mis padres, como la de muchos otros compañeros. Lo que entonces escribí me ayudó a comprender no sólo parte de mi historia sino también una madeja de interrogantes que aún siguen abiertos.

Siloísmo, Kronos, Poder Joven, La Comunidad, Partido o Movimiento Humanista, Partido Verde, son los nombres dentro del “Factor religioso” del legajo 14.628 compuesto por tres biblioratos (a, b, c), que exponen la mirada –un tanto desconcertada– de la DIPPBA sobre esta agrupación difícil de encuadrar. ¿Quién era ese personaje misterioso que se hacía llamar Silo?

La cantidad de folletos, propaganda, gacetillas, libros, carteles, apuntes, panfletos que produjeron los grupos Siloístas hacia fines de los ‘60 y comienzos de los ‘70; ello aunado al recurso del graffiti y la utilización de una simbología místico-esotérica (por lo general la pintada del círculo y triángulo en su centro) llamó de entrada la atención de la policía, ferviente buscadora de secretos para administrar y perseguir pero incapaz de poseer una capacidad letrada a la altura de las circunstancias para develarlo, lo que llevó a multiplicar los legajos de inteligencia de la DIPPBA, intentando a toda costa categorizar “lo inexplicable” con el siempre marxismo de manual. Me refiero aquí a la elaboración de un corpus documental que justifique el terror desplegado.

 

 

Enterrar la serpiente

En septiembre de 1967, un padre lleva a su hijo a la Comisaría y le hace confesar ante el comisario que estuvo a punto de ser captado por una secta “subversiva” (sic) llamada “Kronos”, que además llevaba a cabo orgías sexuales, y en ese mismo momento estaban reunidos en una vieja casona en la zona de las afueras de Melchor Romero.

Alertada la Policía de la Provincia de Buenos Aires, origina una investigación sobre el grupo que –de entrada– es vinculado a grupos guerrilleros que operan en el monte tucumano y que se estarían preparando en distintos puntos del país. Para sorpresa de los agentes policiales, la prensa de inmediato se hace eco de la noticia; así La Razón habla del “Misterioso grupo Kronos”, lo que rápidamente lleva a un allanamiento y la detención de 21 jóvenes, 13 varones y 8 mujeres, provenientes de Buenos Aires, Rosario, Córdoba y Mendoza, estudiantes universitarios o recientes graduados de la escuela secundaria. Dice el diario: “Los alentaba el deseo de ‘purificarse’ y ‘conocerse a sí mismos’ durante un intenso proceso de entrenamiento intelectual, emocional y físico, cuya duración se estimaba en tres meses” (“Algo extraordinario”, La Razón, 27 de septiembre de 1967). Así es como se inicia el procedimiento policial, el allanamiento y las detenciones que la Comisaría 7ª de Abasto coordina junto con la DIPPBA.

Pero los jóvenes no sólo no hacían fiestas sexuales, ni poseían armas, ni elementos para presumir violencia alguna, sino que además carecían de cualquier “literatura subversiva”. Lo único que hallaron entre los materiales decomisados fue el Libro Rojo de Silo, que a diferencia del de Mao habla de la “no violencia” y del “despertar”. Como tiempo después lo sistematizó Silo, la “escuela” se organizaba en función de desafiar la dicotomía entre sueño y vigilia. Y muchos llamaron a eso “el arte de enterrar la serpiente”.

Este episodio ocurrido en 1967 en la localidad de Melchor Romero da origen al Legajo 14.628 y marca el comienzo de la represión desatada contra el Movimiento Siloísta.

 

“Kronos y Silo”. Legajo 14.628 de la DIPPBA.

 

 

 

 

Silo, rock y dictadura

“Llegué a Silo porque hablaban de Gurdjieff, esas cosas me entusiasmaban. Pero, por tradición familiar, yo estaba contaminado por el peronismo. Entonces pretendía acciones más… acciones peores, ja. Los siloístas estaban en otra, una cosa para mí muy rara. Proponían acciones que ante todo eran vistosas. En una peatonal, la calle 8, había una fuente en el cruce con la 51. Su idea era echar combustible en la fuente y prenderle fuego, para que la gente se acercase, repartir volantes y rajar. Si no recuerdo mal, en aquella reunión estaban los Moura, también. Pero yo andaba detrás de otro tipo de experiencias, algo que me hiciera feliz al contado. Y además había una rubia chilena, ahí, a la que le había echado el ojo y pensaba lo mismo que yo. Yo dije: Esta es la mía, la ocasión ideal para levantármela. Cuando la reunión terminaba, manifesté mi disconformidad. Por eso pregunté: Y digo, yo, ¿bombas no vamos a poner nunca? Eso sí: con la chilena no tuve éxito” (Indio Solari. Memorias. En conversaciones con Marcelo Figueras. Recuerdos que mienten un poco, Sudamericana, 2019, página 117).

La relación entre la banda platense La Cofradía de la Flor Solar y la filosofía de Silo desorienta a los informantes del legajo de la DPPBA. También la casa en que vivían en comunidad en La Plata, que fue investigada en varias oportunidades durante 1971 sumando varios informes a la carpeta “búsqueda”.

“Averiguaciones practicadas en las inmediaciones permitieron establecer que desde hace siete meses residen en el lugar de 7 a 8 personas de ambos sexos, jóvenes, con vestimentas hippies que no mantienen trato alguno con vecinos de la zona, los cuales son contestes en afirmar que llevan una vida disipada y son amantes de la música moderna, habiendo formando un conjunto beat que precisamente lleva el nombre de Cofradía de la Flor Solar y es uno de los más importantes en su género en la ciudad de La Plata (….) Por último debe destacarse que de la mencionada ‘Cofradía’ no se han obtenido elementos de juicio que permitan juzgarla en correlación con modalidades de carácter subversivo o de tendencias ideológica-política alguna” (DIPPBA Legajo 14.628, Parte b).

Como el rock y el hippismo, el Siloísmo interpelaba a jóvenes, y lo hacía desde un programa centrado en ideas antiautoritarias y de liberación interior. A diferencia de aquellas propuestas, sin embargo, el Siloísmo proponía un movimiento político tout court; pero sólo en la mirada de la policía eso podía llevar al marxismo. Como sostiene el teórico H. M. Enzensberger (Política y Delito, Anagrama, Ensayo, 1987): “Los rasgos paranoicos del gobernante se ponen de relieve institucionalmente en su policía secreta”.

Y es aquí, cuando el terror policial y la parapsicología se juntan, que el resultado no puede ser otro que los delirios místicos del “Brujo” López Rega y las huestes siniestras de la Triple A. Los archivos de la DIPPBA “Silo/Kronos” exponen esa lectura “delirante” o “parapsicológica” de la realidad, pues todo lo que cae bajo la casilla de “incomprensible”, y si encima tiene aditamentos “misteriosos”, pasa a convertirse en una salsa perfecta para zambullirse y pergeñar elucubraciones reduccionistas que justificaban el amarillismo de turno de los funcionarios de inteligencia, es decir, su banalidad del mal. Es decir, su sueldo.

 

 

 

Silo, encuentro con un hombre notable

 

“Hay que prestar más atención a lo que dice Silo”.

Rodolfo Fogwill

 

A fines de 2007, le pedí a Gustavo Cabarrou (uno de los referentes Siloístas más conocidos de La Plata) que me contactara con Mario Rodríguez Cobos (Silo). Después de varias idas y vueltas, y por haber sido hijo de un compañero, finalmente pude entrevistarlo en Mendoza. Conmigo llevé copia de los archivos del legajo 14.628 para su consideración y algunos apuntes de mi viejo tomados en su estadía en el retiro de la base de Yala, Jujuy, en 1971.

El padre del Movimiento Humanista ya tenía 70 años pero su lucidez me deslumbró y –todavía– me deslumbra cuando lo recuerdo. Mario había sido encarcelado durante la dictadura de Lanusse por supuestas vinculaciones con el comunismo internacional que jamás se comprobaron (estuvo preso una semana). Algo en lo que había puesto la lupa la Triple A, como también los comisarios de la bonaerense y grupos del CNU que –desde entonces– quedaron expectantes a cada uno de sus movimientos.

Con su arenga al pie del Aconcagua en 1969 (Punta de Vacas), en pleno Onganiato, Silo lanzó la fase pública del movimiento tendiente al “despertar”. No era el camino de la lucha armada, ni la violencia que adoptaron por entonces los movimientos de liberación nacional. A través del Manual del Poder Joven, la propuesta política de Silo era como la de Gandhi: el cambio social no violento, a través de un estado de paz interior conseguido por medio de un trabajo de encuentro con uno mismo, y la fraternidad universal. Y esto es, justamente, aquello que no fue entendido por el Estado. De allí la locura paranoico-policial que desataron como un atrápalo-todo en el despliegue del terror (sugiero profundizar a partir del trabajo del licenciado Pablo Collado: “Ideas de una contracultura: los orígenes intelectuales del Siloísmo en Argentina (1964-1971)”, FAHCE, UNLP, 2015).

Tal como me sugería Silo en aquel encuentro, mientras hojeaba atentamente el expediente que yo le había fotocopiado, no quedaba duda que ese Legajo 14.628 titulado “Kronos y Silo (1967-1974)” era una pieza de la barbarie genocida que permitía entender el inicio de un ciclo de persecuciones, exilios, asesinatos y desapariciones de muchos militantes y miembros del Movimiento Humanista. Eso antes y después del golpe.

“No sólo nunca entendieron qué éramos o qué planteábamos. Tampoco pretendieron hacerlo. A veces, el terror es la única razón”. Recuerdo que eso me dijo.

Poco antes de morir (el 16 de septiembre de 2010), Silo volvió a hablar en Punta de Vacas ante miles de seguidores. Entonces volvió a afirmar el camino de la paz, y que el conocimiento más importante para la vida no coincide con el conocimiento de los libros sino que es una cuestión de experiencia personal. Advirtió sobre “la pobreza de vastas regiones” del planeta y “la creciente amenaza nuclear que es, en definitiva, la máxima urgencia del momento”. También recordó lo que dejaron los gobiernos militares en Latinoamérica: “Las dictaduras y sus órganos de desinformación fueron tejiendo su red ya desde la época en que se prohibía, encarcelaba, deportaba y asesinaba a nuestros militantes. Aún hoy, y en distintas latitudes, se puede pesquisar la persecución que sufrimos no solamente a manos de los fascistas, sino también a manos de algunos sectores ‘bienpensantes’”.

 

 

 

* Julián Axat es escritor y abogado.

 

 

 

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