Del padrón al gemelo digital

Radiografías sociales, mensajes a medida y opacidad

 

Durante décadas, la pregunta electoral fue de una sencillez casi franciscana: ¿Quién cuenta los votos? Esa era la obsesión. El fiscal, la urna, el escrutinio... la mística del viejo comité o la unidad básica cuidando la boleta.

Hoy la pregunta es otra, mucho más densa e inquietante: ¿Quién modela el comportamiento de los votantes?

Porque mientras nosotros seguimos enfrascados en la discusión folclórica de la avivada en la mesa electoral, una revolución silenciosa —y no por eso menos feroz— está ocurriendo en otra parte. En las catacumbas de los servidores. En las bases de datos. En los pliegues de sistemas de inteligencia artificial capaces de parir representaciones digitales de sociedades enteras.

Para entender de qué estamos hablando, conviene detenerse en un concepto que hasta hace cinco minutos pertenecía estrictamente al mundo de la ingeniería: el gemelo digital. ¿Qué es? Una réplica virtual. Originalmente se usaba para un avión, una turbina, una red eléctrica. Le metían datos constantes para simular escenarios, para anticipar cuándo carajo se iba a romper una pieza.

Pero claro, la voracidad tecnológica no se iba a quedar ahí. Aplicaron la misma lógica a una ciudad, a una economía y a una sociedad.

Si tenés los datos suficientes, podés construir un espejo digital que refleje los comportamientos colectivos con una precisión de cirujano. Ojo, no les interesa saber qué vas a hacer vos, Juan, o vos, María, individualmente. El juego es el patrón: saber qué barrio reacciona ante un estallido de indignación, qué sector social es permeable a determinado miedo, qué discursos generan aplauso y cuáles el más absoluto rechazo.

La cuestión ya no es mirar la realidad para relatarla. La cuestión es simularla, para después intervenir sobre ella.

 

El combustible del monstruo

¿Cuál es el alimento de este artefacto? Los datos. No hablo del padrón o del resultado de la última elección. Hablo de tu tarjeta de crédito, de tu movimiento bancario, de la SUBE, del clic que hiciste anoche buscando un pasaje o un remedio, de tu desahogo en las redes.

Sueltos, esos datos parecen una estupidez. Hilvanados, cosidos por el algoritmo, configuran una radiografía extraordinariamente detallada. Ya no de individuos, sino de tribus enteras.

Y ahí se produce el quiebre de la política tal como la conocimos en el siglo XX. Antes, la política dependía de la encuesta. Una muestra chiquita y a rezar para que la tendencia se replique en el total. Ahora la lógica es exactamente al revés. Se parte de un océano de información para fragmentar a la sociedad en miles de porciones microscópicas.

¿La consecuencia? Desaparece la campaña pública.

  • Cada porción de la sociedad recibe un estímulo diferente.
  • Cada grupo escucha una música distinta.
  • Cada audiencia habita una realidad informativa diseñada a su medida.

Esto no es un guion de ciencia ficción distópica. Esto es lo que hizo tristemente célebre a Cambridge Analytica. Se metieron en el living de millones de usuarios de Facebook, armaron perfiles psicológicos y jugaron a los dados con las democracias. Sí, terminó en escándalo, investigaciones parlamentarias y el cierre de la empresa. Pero el truco ya había sido develado. Demostraron que el valor político del dato cotiza tanto o más que el valor comercial.

Y ahí tenés el desembarco de firmas como Palantir, que juegan en otra liga, la de la inteligencia y la defensa norteamericana, cruzando datos que harían palidecer al más paranoico. El debate, entonces, deja de ser tecnológico. El debate es profundamente político.

¿Qué pasa cuando una organización sabe demasiado sobre una sociedad?

 

La opacidad como estrategia

La matemática es cruel: si puedo anticipar cómo vas a reaccionar, puedo diseñar el estímulo para que reacciones como yo quiero. Ya no hace falta falsificar una elección. Alcanza con tunear el entorno en el que tomás tus decisiones.

Si el modelo detecta que tu barrio está aterrado por la inseguridad, te inundan el teléfono con eso. Si detecta apatía en los jóvenes, les mandan contenidos para profundizar el escepticismo. La respuesta moderna ya no es el gran discurso en la plaza pública, ni siquiera el spot de televisión para todo el país. Es el micromensaje quirúrgico e invisible.

Y esto introduce una tragedia democrática inédita: la pérdida de lo público.

Antes, el discurso de un candidato era visible para todos; se podía aplaudir, pero también refutar, discutir, destrozar en una mesa de café. Hoy coexisten miles de discursos simultáneos en las sombras de las pantallas. El ciudadano común no sabe qué le están prometiendo u operando al vecino. Y si no lo sabe, no puede debatir. Es la era de la opacidad. No necesariamente de la mentira; de la opacidad, que es más peligrosa.

 

La última trinchera

La inteligencia artificial viene a acelerar esto a velocidades inhumanas. Analiza, testea, corrige estrategias en tiempo real mientras el político tradicional todavía está armando la gacetilla de prensa.

Frente a semejante despliegue, es lógico que aparezca la parálisis. La sensación de que somos conejillos de indias en un laboratorio permanente.

Sin embargo, estos sistemas tienen un talón de Aquiles: dependen de nuestra predictibilidad. Funcionan de manera perfecta si repetimos los mismos hábitos, si nos encerramos en las mismas plataformas, si reaccionamos siempre con el mismo tic nervioso ante el mismo estímulo.

La diversidad, la duda, la verificación, siguen siendo herramientas de resistencia. Pero la defensa más formidable es, sencillamente, comprender el juego. El algoritmo es eficaz únicamente cuando es invisible. Cuando entendés que te están queriendo tasar el deseo y predecir el pensamiento, la relación de poder empieza a crujir.

Históricamente, la democracia se desveló por proteger el cuarto oscuro, el momento sagrado del voto. Quizás, la gran batalla de las próximas décadas no sea esa. Quizás la gran discusión sea cómo proteger el proceso mental que nos lleva a ese voto.

Porque las urnas van a seguir estando en las escuelas, impecables, de madera o de cartón. Pero la elección se está jugando mucho antes. En los servidores, en los algoritmos, y en esos fantasmas digitales que están construyendo sobre cada uno de nosotros.

 

 

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