DEL PASADO REVOLUCIONARIO AL PRESENTE ULTRAMONTANO

Un ensayo histórico hace teoría política con dos Revoluciones, la francesa y la rusa

 

Salvo en el cine de Hollywood, las derrotas difícilmente puedan transformarse en victorias sin pasar por el gesto crítico de ser valorizadas como experiencias y, en lugar de abrochar un final, abrir paso a otra, naciente etapa. Revolucionario es quien no deja de intentarlo y Revolución el acto histórico que lo logra. “Una revolución termina siendo, si vence, un intento implacable de resolver problemas históricos… siempre y cuando ‘resolver’ también suponga decidir a toda velocidad”. La decisión, claro, está precedida por el deseo y concatenada con la acción. De lo contrario, cada elemento –deseo, decisión y acción— se disuelve en la esterilidad. O peor.

La velocidad es la de los tiempos políticos, cuya lógica resulta siempre asimétrica. En tamaña tesitura se zambulle Alejandro Horowicz (Buenos Aires, 1949) cuando propone “inteligir los sentidos del rojo huracán histórico” que va de los movimientos con epicentro en la Francia de 1789 a la Rusia de 1917. Revoluciones ambas que dieron fin a sendos absolutismos al tiempo que inauguraban, respectivamente, la moderna democracia burguesa y la experiencia socialista. En efecto, tras los episodios que confluyeron en la toma de la Bastilla tanto como en la del Palacio de Invierno, nada volvió a ser lo mismo.

 

El autor, Alejandro Horowicz.

 

Con minuciosa pasión, Horowicz aporta un doble valor agregado a su rigor sociológico. Como experimentado periodista se vale del fragor de la crónica al momento de verter claridad y hondura tanto a tumultuosos acontecimientos de masas como a las vicisitudes de las fracciones en pugna: “Un representante del pueblo no sometido a control no es más que un autócrata a la espera de su oportunidad”. En tanto escritor, hace correr su exquisita pluma sobre los terrenos farragosos de la construcción y reflexión política: “A su reaccionaria manera, debemos admitir que espigaban una brizna de estúpida verdad”. En las quinientas páginas de El Huracán Rojo despliega un artefacto documental que abreva en las más heterogéneas fuentes, con las que teje una secuencia crítica guiada por el criterio de unidad de las ciencias sociales “donde la antropología no está obligada a estudiar la organización tribal, las ciencias políticas no quedan encerradas ni en las lecturas de los clásicos ni en a fiscalización de las políticas públicas, y la crítica textual no sirve solo para leer ficción”. Enfoque múltiple destinado, en última instancia, a “inteligir las derrotas de los socialismos cuando estas no eran necesarias ni obligatorias”.

Imposible disociar el paralelismo entre ese conjunto compuesto por la Revolución Francesa y la Revolución Rusa, con el devenir político de la actualidad. Porque ni como tragedia ni como farsa, aunque se les parezca, la Historia jamás se repite en forma clónica; es en el intersticio de las semejanzas y las diferencias, marchas y contramarchas, donde sucede la enmarañada vida de los pueblos. En tales hiancias profundiza el autor de Los Cuatro Peronismos (1985), al adoptar como punto de arranque el principio teológico de igualdad ante la muerte que a partir del siglo XVIII se transforma en “el derecho a la igualdad establecida por la ley mercantil burguesa”, que gatilla el torbellino de la modernidad al plantear el traslado de la autoridad del rey a los ciudadanos. Comienzo explícito de un “doble poder” que ha de adquirir diversas formas y que el enfoque de Horowicz eleva a la condición de categoría conceptual, por encima de cómo lo aplica en su momento Vladimir Illich Lenin. Idea que opera al modo de quien osa desarmar el origami de un mastodonte y que en su despliegue conserva los rasgos tridimensionales tanto como descubre cada doblez, cada arista hacia uno y otro lado, en variadas direcciones, donde cada pequeña geometría remanente resulta simétrica e inversa a otra, tal vez irreconocible en el plano, próxima o lejana, cuya función sólo emerge al volver a armar la figura. Pues muy distinto es “intentar compromisos en una sociedad donde los conflictos no llegan al paroxismo, donde la política tiene la lógica del tira y afloje; y muy otra cuando está al rojo vivo, cuando está regulada por la gramática del doble poder”.

 

 

Munido de tal idea faro, el autor recorre los pormenores que desencadenan la Revolución Francesa y, en su interior, la reconfiguración de las clases sociales, las alianzas y quiebres de las fracciones, los reacomodamientos lentos o vigorosos del modo de producción, tanto material como simbólico. Aplica con fervor sistemático esa dialéctica, lo que le permite una fuerte congruencia con los hechos que comienzan a desarrollarse en la Rusia de los zares. El eslabón es el surgimiento en Europa de las propuestas de Marx y Engels que a sus desarrollos teóricos suman una práctica social centrada en el incipiente proletariado. Proceder histórico imposible de sintetizar aquí pero que El Huracán Rojo describe de modo tal que lo que aparece como minucia en la historiografía clásica, otorga significaciones potentes a fin de adentrarse en tramas de suma complejidad. Horowicz evita contagiarse de la tendencia clásica de una Historia de los Grandes Hombres; hace slalom sobre las insignes figuras sin estrellarse en ninguna, pero describiendo un circuito cuya traza es el correlato de las condiciones materiales de existencia, la posición relativa de las masas y la lucha de clases. Se torna así asequible la dialéctica de la pérdida del poder de unos y la toma del mismo de otros, “sin olvidar que la praxis viva opera en triple dirección: altera la escena político-institucional, modifica las fuerzas políticas en conflicto, somete las tesis políticas a la prueba ácida de la práctica social; es cierto que desde una lógica analítica era previsible ese choque, pero gris es la teoría, amigo mío, y verde el árbol de la vida”.

Apasionante en el relato de los abundantemente documentados hechos que se leen en un detallismo sin golpes bajos, El Huracán Rojo constituye un libro de Historia ensartado dentro de un dispositivo de análisis político. Un detalle que probablemente no sea el más significativo resulta de cómo Horowicz incorpora, para cada proceso, la construcción, desarrollo y mutación de las sucesivas subjetividades. Postas ideológicas reveladoras, necesarias en tiempos como los actuales en los que no sólo alguna izquierda liberal descubre yacimientos de pólvora donde crece y se expande en forma ilimitada una subjetividad propia del neoliberalismo, como si antes de hoy nunca hubiere existido. Como en el feudalismo de borbones y zares, hoy una “ficción de Estados nacionales, impotentes frente a una inducida crisis fiscal perpetua, transfiere fragmentos sustanciosos del ingreso nacional al parasitismo oligárquico más indecente. Ese es el trasfondo de la corrupción: anulación de la política como herramienta colectiva”, dónde “el principal negocio bancario es la deuda pública y el saqueo privado; una deuda que se construye desfinanciando al Estado primero y endeudándolo hasta el límite más tarde. En este contexto surge este trabajo, por eso esta discusión sobre el ‘pasado revolucionario’ remite, contiene, impone una discusión sobre este presente ultramontano».

 

 

 

FICHA TÉCNICA

El Huracán Rojo – De Francia a Rusia 1789/1917

 

 

 

 

Alejandro Horowicz

Buenos Aires, 2019

511 págs.

 

 

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5 Comentarios
  1. Kurt Brainin dice

    Muy buena observación, no solo falta Trotsky sino que Stalin ha sido insertado con un tamaño que no corresponde a la importancia que tenía. La imponente y atractiva imagen de Lenin había hecho que no me diera cuenta hasta ahora.
    Pero me voy a permitir un comentario con permiso de los muy bien intencionados de la Cuarta Internacional.
    Hay un truco que se ha utilizado en un par de obras literarias llevadas al cine, «Testigo de cargo» y «El espía que volvió del frío», que consiste en dar por sentado que si se prueba que alguien miente o es malo eso probaría que su oponente dice la verdad o es bueno.
    No estoy nada convencido de que el hecho de que Stalin haya sido muy malo sea una prueba suficiente de que Trotsky haya sido muy bueno.
    Creo que tanto él como el mismísimo Lenin mostraron también unas tendencias despóticas que los hubieran llevado a ser bastante stalinianos, probablemente sin sus toques psicopáticos.
    El problema fundamental, a mi entender, es que el comunismo que todos ellos nos trajeron no fue el gobierno ni de los soviets ni del proletariado, fue el gobierno de los comunistas.
    Y, como ya dije más arriba, no creo que otra cosa hubiera sido posible.

  2. Kurt Brainin dice

    Una crítica muy interesante que da ganas de leer un libro más que interesante.
    Una vez leído el libro podría opinar sobre el tema con más fundamento. Por el momento solo se me ocurren algunas ideas previas.
    En mi opinión, ni la toma de la Bastilla fue el momento en que llegó al poder la burguesía ni el toma del Palacio de Invierno el momento en que llegó al poder el proletariado.
    La burguesía llevaba muchos siglos rebanando poco a poco el poder de la aristocracia y adquiriendo poder real. La Revolución Francesa fue sobre todo el momento en que se quitó de encima una cáscara aristocrática ya inútil e ineficaz y trajo a la luz una situación preexistente. A partir de ella el poder burgués se manifestó libre de ataduras y se expandió por el mundo.
    En cambio el proletariado nunca había tenido un poder real antes de la Revolución Rusa ni lo ha tenido después. En este caso no había una situación preexistente que traer a la luz sino un intento teórico de provocarla artificialmente. La Unión Soviética tuvo efectos positivos, favoreció la desaparición de los imperios coloniales apoyando a los pueblos que querían liberarse y favoreció, por miedo, que las burguesías dominantes en el resto del mundo permitieran un estado de bienestar por temor al contagio. Pero, antes de eso, también fue la causa de que por miedo a ese contagio, las burguesías recurrieran al fascismo y al nazismo como supuesta defensa contra el mismo. Y, una vez desaparecida la Unión Soviética, las burguesías se han dedicado, ya sin miedo, a destruir ese estado de bienestar.
    Pero lo que nunca hubo fue un poder del proletariado en los países comunistas.
    Y, por otra parte, mucho agradecería que alguien me explicara algo que me cuesta entender, por qué Marx consideraba que proletariado y pueblo eran sinónimos cuando, sobre todo en su época pero todavía hoy, el pueblo estaba también integrado por una enorme masa de campesinos. Los regímenes comunistas eligieron tomar a los campesinos como enemigos y transformarlos en proletarios con sistemas de producción colectiva manejados por el estado. Lo cual, en mi opinión, perjudicó la producción de alimentos y fue la causa de gran parte de los problemas que sufrieron esos regímenes.

  3. Alfredo Bonaventura dice

    excelente critica y comentario !!! como siempre.Abrazos.

  4. alfredo guillermo alonso dice

    Estimado hace un rato escribí un comentario, no lo estoy viendo, solo pregunte por la foto donde no se ve a León Trotski
    Gracias, saludos

  5. alfredo guillermo alonso dice

    Estimado, como està, esa foto…falta alguien no?…León Trotsky
    Saludos

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