Democracia y socialismo

Los desafíos de un modelo alternativo renovado

 

Durante los siglos XIX y XX fue abundante la literatura política dirigida a proponer modelos alternativos al capitalismo. La Revolución Francesa de 1789 se había apoyado en tres consignas: libertad, igualdad y fraternidad. Sin embargo, las aspiraciones a una mayor igualdad y solidaridad se estrellaron contra un sistema económico que utilizaba como incentivo la obtención del mayor lucro con independencia de las consecuencias sociales que deparaba. El socialismo, en distintas modulaciones –según los autores que lo interpretaban–, se ofrecía como un sistema de organización social superior, lo que incentivó los esfuerzos dirigidos a tomar el poder para acabar con el capitalismo y construir un modelo completamente nuevo de sociedad. La Revolución Rusa de 1917, dirigida por Lenin, marcó una ruta novedosa que fue seguida por numerosos países que estatizaron los medios de producción, eliminaron el mercado y establecieron un sistema de planificación centralizada. Ese modelo sobrevivió durante 72 años, hasta que se derrumbó en 1989. Desde entonces se fueron desvaneciendo las esperanzas de poder ofrecer un diseño global alternativo al capitalismo y los pocos países que conservaron el modelo soviético, como Cuba, se ven actualmente acosados por múltiples contradicciones.

A pesar de enfrentar un panorama tan poco alentador, el filósofo alemán Axel Honneth, discípulo destacado de Jürgen Habermas, en un breve ensayo titulado La idea del socialismo (Katz Editores), reflexiona sobre el modo de actualizar y renovar las ideas socialistas para que recuperen su anterior pregnancia. Su incursión intelectual resulta cautivante para todos quienes se resisten a considerar que con el triunfo del capitalismo se ha puesto fin a la historia. Al mismo tiempo, esas reflexiones, que abordan críticamente los presupuestos intelectuales erróneos que facilitaron el fracaso posterior del socialismo, permiten ofrecer algunas claves interpretativas de las causas profundas que están detrás de la insatisfacción popular que se expresa actualmente en las calles de muchas ciudades de Cuba.

 

El filósofo alemán Axel Honneth.

 

 

 

Reforma o revolución

La base argumental de Honneth es la consideración de que el socialismo fue una creación intelectual que se dio en el marco de la industrialización capitalista. Por consiguiente quedó lastrada por el marco intelectual y filosófico de esa época. De allí procede la idea acunada por los fundadores, en especial Henri de Saint-Simon y Karl Marx, de que una revolución era inevitable según las leyes de la historia, e iba a dar a luz, como si de un parto se tratara, a un nuevo constructo holístico de organización social. De este modo se trasladaban al ámbito de la historia, modelos y conceptos de las ciencias físico-naturales, en especial la noción de “ley”, que parecía regir el movimiento social en una dirección determinada. La idea de una revolución inevitable e inminente negaba utilidad práctica a todo camino reformista que buscara introducir cambios graduales basados en el método de prueba y error. Se despreciaba así la concepción de que era más conveniente utilizar una ingeniería social fragmentaria, mediante experimentos sociales parciales, defendida por el filósofo norteamericano John Dewey, fundador del pragmatismo. En La reconstrucción de la filosofía, Dewey postula la idea del “mejorismo”, es decir, la creencia de que las condiciones existentes en un momento dado, por relativamente malas que sean, pueden siempre mejorarse. En la actualidad, el Partido Comunista Chino ha hecho un uso notable de estas ideas al llevar a cabo reformas en zonas especiales para valorar luego sus resultados.

La crítica científica a las ideas políticas que sustentaban experimentos holísticos fue retomada por Karl Popper en La miseria del historicismo, al sostener que era muy difícil aprender de equivocaciones muy grandes. Señalaba que si ya era difícil mantener una actitud crítica ante nuestras propias equivocaciones, resultaba casi imposible ante las acciones que afectaban la vida de muchos millones de personas. Por lo tanto, consideraba que antes de lanzarse a azarosas aventuras de cambios radicales era más prudente utilizar el “método fragmentario”: apuntar a combatir formas concretas de injusticia y explotación como, por ejemplo, la pobreza o la desocupación. “El éxito y el fracaso se aprecian aquí más fácilmente y no hay razón inherente para que este método conduzca a una acumulación de poder y a la supresión de la crítica, como acontece en los intentos de realizar un modelo ideal y distante de sociedad”. Cabe añadir que estos argumentos a favor del reformismo fueron luego defendidos por Eduard Bernstein a comienzos del siglo XX, inaugurando la corriente socialdemócrata que hoy es el pensamiento hegemónico en la izquierda europea.

 

 

La clase universal

La segunda premisa de los pensadores socialistas del siglo XIX era la idea de que los ideales de emancipación reposaban en una clase social, el proletariado, destinada a representar los intereses universales del género humano. Según Honneth, es un mérito de la Escuela de Frankfurt, organizada por Max Horkheimer, “haber presentado por primera vez objeciones fundamentadas empíricamente a esta ficción sociológica de una clase obrera revolucionaria”. Desde entonces el “reduccionismo de clase” de Marx ha sido objeto de numerosas críticas, porque ignoraba o daba poca relevancia a otros grupos sociales y a otras formas de clivajes. Los conflictos entre Estados por motivos nacionales o étnicos y los conflictos entre los sexos o grupos religiosos eran percibidos por el marxismo como secundarios y dependientes de la “contradicción principal” entre burguesía y proletariado. De este modo se ignoró al movimiento feminista y a la notoria ausencia de igualdad de derechos en las relaciones patriarcales. La moda de acudir a las analogías orgánicas dio lugar a una suerte de concepción antropomórfica de las clases sociales que aparecían dotadas de conciencia y voluntad, lo que permitía también que alguien se sintiera autorizado a interpretar sus deseos y pensamientos o, inclusive, a hablar en su nombre.

Lo cierto es que después de la Segunda Guerra Mundial, con la transformación de las condiciones de empleo en los países capitalistas de Occidente y la aparición del Estado de bienestar, se acabó con la creencia de que el socialismo estaba ligado a una clase social. Esto explica que en épocas actuales el pensamiento radical de izquierda buscara un sustituto del movimiento obrero en la “multitud” u otros sujetos investidos de la misma misión. Por su parte, Antonio Gramsci, al desarrollar el concepto de “hegemonía”, alentó una convocatoria de fuerzas sociales heterogéneas para impulsar un modelo alternativo, pero sin subordinarlas a una centralidad proletaria. En opinión de Honneth, en lo sucesivo se debe abandonar  la ilusión de una titularidad fija, preexistente, de una clase social. Significa, además y sobre todo, aspirar a representar políticamente los anhelos de emancipación en todos los subsistemas de la sociedad actual. Es decir, no sólo donde opera la acción económica, sino en el de las relaciones personales para abandonar el patriarcado y en la esfera de la sociedad civil, en donde se debiera respetar la manifestación democrática de la voluntad popular.

 

 

La libertad social

Marx y sus discípulos dirigieron todos sus esfuerzos a combatir lo que consideraban la causa de todos los males: el egoísmo privado que reinaba en la sociedad capitalista. Por este motivo dedicaron toda su atención al subsistema económico y le dieron poca relevancia al subsistema político. Según Honneth, “desde entonces el socialismo sufre la incapacidad de encontrar por sí mismo, con la ayuda de sus propios medios conceptuales, un acceso productivo a la idea de la democracia política”. Si bien existieron propuestas dirigidas a implantar consejos obreros en las empresas o promover alguna forma de autogestión, el fundamentalismo económico impidió establecer la relación entre la cooperación económica y la construcción de una voluntad democrática en la sociedad civil. Añade Honneth que “la asombrosa ceguera respecto del significado democrático de los derechos fundamentales explica también por qué para los socialistas fue casi imposible formar una alianza con el ala radical de los republicanos liberales”. Por consiguiente, es inevitable que un socialismo renovado deba reformularse viejas preguntas y dar respuesta a los usos y al control democrático del Estado.

En la modernidad se han esbozados varias fórmulas para que prevalezcan los anhelos de emancipación latentes en todos los subsistemas de la sociedad. Norberto Bobbio, en El futuro de la democracia, considera que el contenido mínimo de un Estado democrático está dado por la presencia de unos “universales procedimentales” consistentes en garantías de respeto a los derechos humanos, competencia libre entre grupos políticos organizados, elecciones periódicas mediante sufragio universal y decisiones colectivas o pactadas tomadas sobre la base del principio de la mayoría. Jürgen Habermas añade que el nivel discursivo del debate público constituye la variable más importante y que la política obtiene su fuerza legitimadora cuando la formación de una opinión se basa en la discusión y la persuasión, por lo que el espacio público tiene que estar sustentando en una base social en la que los iguales derechos de ciudadanía hayan cobrado eficacia social. Sin embargo, el modelo de democracia es un tema que sigue abierto, porque ningún orden político cumple acabadamente con los criterios señalados por Robert Dahl en La democracia,

cuando advierte que “no basta con prometer derechos democráticos en textos escritos, en la ley, o incluso en un documento constitucional. Los derechos deben hacerse verdaderamente efectivos y estar efectivamente a disposición de los ciudadanos en la práctica”.

 

 

Una economía mixta

Honneth señala que Marx vinculó tan estrechamente al capitalismo con el mercado que después de su muerte y durante mucho tiempo el pensamiento socialista concebía los modelos económicos prescindiendo totalmente del mercado. Estas ideas comenzaron a revisarse con las investigaciones de Karl Polanyi en La gran transformación, que permitieron diferenciar los distintos mercados según los bienes que se intercambian en ellos y examinar, en cada caso, cuándo resulta más conveniente dejar al mercado la formación anónima de los precios. De esta manera se fue incorporando la idea de que el mercado era compatible con un modo no capitalista de producción, como lo prueba actualmente el caso de China y otros países del sudeste asiático. Si se entiende al mercado, simplemente, como una forma de coordinación en economías de gran complejidad, ningún obstáculo debería presentarse para que se incorpore a cualquier modelo como una herramienta útil y necesaria. Si se concibe un modelo económico como el resultado de la búsqueda incesante de nuevas prácticas, actuando con la prudencia necesaria para conservar las que se han revelado útiles, el resultado final, al menos en esta etapa de la historia, nos acerca inevitablemente a un modelo de economía mixta, donde la composición final entre planificación estatal y mercado queda reducida a una cuestión de conveniencia a resolver en la práctica, más que como un dogma cerrado a toda innovación.

En la actualidad existen muchas iniciativas teóricas que buscan reformar al capitalismo, pero si consideramos que todas deberán ser evaluadas y aprobadas en el marco de una voluntad conformada en un Estado de Derecho, debemos entender que no se trata de dar libre juego a la imaginación, sino de trabajar políticamente para tejer los consensos necesarios para impulsarlas.

 

 

Los desafíos

Si asumimos que un socialismo renovado, más que ofrecer un modelo alternativo cerrado, lo que propone es un método de mejora continua de nuestra sociedad para alcanzar progresivamente los mayores niveles de libertad, igualdad y solidaridad, se comprenderá inmediatamente que la tarea que queda por delante es inconmensurable. Con mayor razón, en un momento en que la mayoría de los problemas sociales han desbordado el marco del Estado nacional y se han convertido en desafíos globales. Los pasos a seguir para conseguir el progreso social deben entenderse como resultado de una exploración guiada por la praxis para detectar los males mayores y debatir los modos de superarlos. Un rápido examen de las tareas pendientes incluiría medidas para acabar con la depredación de la naturaleza a manos del productivismo capitalista; decisiones para neutralizar el cambio climático mediante la supresión de las energías fósiles y el cuidado de la naturaleza; atender los problemas de desempleo provocados por el cambio tecnológico garantizando un ingreso universal y acabando con la escandalosa desigualdad en las remuneraciones; la supresión de las guaridas fiscales para eliminar los beneficios extraordinarios que obtiene la especulación financiera; el fortalecimiento del sistema internacional para reducir los riesgos de conflicto armado y conseguir un proceso paulatino de desarme que permita derivar el elevado gasto en armamentos a proyectos de desarrollo en los países pobres; afrontar el problema asociado a la emergencia de una incontrolada forma de poder, efecto de la masiva concentración en manos privadas de un enorme aparato de comunicación social, y un largo etcétera. Si todas estas tareas se llevaran a cabo, sería difícil denominar “capitalismo” al modelo de sociedad resultante. Como señalaba Norberto Bobbio, el comunismo histórico ha fracasado, pero los problemas que se propuso abordar siguen ahí, esperando de todos nosotros una solución definitiva.

 

 

 

 

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