Deporte contra la homofobia

¿Cómo es ser gay y lesbiana en un campo de juego?

 

En 1990, el diario inglés The Sun publicaba en su tapa la foto del jugador de fútbol Justin Fashanu, junto a letras grandes que decían: “Soy gay”. De esta forma, el delantero negro y gay del Norwich City se convertía en el primer jugador de fútbol de primera división en decir abiertamente que era homosexual. Después de hacerlo público, pasó por más de diez clubes en sólo siete años. Denunciaba que sufría insultos y discriminación. En 1998 fue acusado por abuso sexual a un menor, mientras jugaba en Australia. La denuncia luego fue presentada como falsa. Los medios no hablaron de eso sino de que era gay. Ese mismo año, poco tiempo después, Fashanu se suicidó.

Treinta años después de que el diario más leído en Inglaterra publicara aquella tapa, ningún futbolista, de entre los más de 5.000 que juegan en las ligas europeas de primera división dijo públicamente ser gay. Silencio. Un silencio que también retumba dentro y fuera de las canchas argentinas. Es 2020 y todavía ningún futbolista de primera división de clubes afiliados a la Asociación de Fútbol Argentino dijo ser abiertamente puto, homosexual, gay, marica.

Juan Branz, investigador del CONICET y autor del libro Machos de verdad. Masculinidades, deporte y clase, dice: “El fútbol sigue siendo uno de los espacios absolutamente androcéntricos, poco diversos, poco plurales en términos de identidades de géneros y sexualidades. Son excepciones las voces que ponen el tema en agenda, que ni siquiera forma parte de una agenda pública más amplia. Es un reservorio de identidades cristalizadas bajo pautas enmarcadas en otros proyectos políticos, culturales y sociales, bastante lejanos. Además de ser, por demás, conservador”.

En el último tiempo, algunos futbolistas como Matías Vargas, Sebastián Domínguez y Nahuel Guzmán hablaron públicamente y señalaron: “¿Cuántos jugadores somos en el mundo y ninguno es homosexual?” Pero las voces siguen sin aparecer, las referencias siguen sin hacerse escuchar desde adentro de la cancha. No hay voz que hable en primera persona, ni singular ni plural.

El fútbol no es la excepción, sostiene el brasileño Caio Varela, presidente del club de rugby Ciervos Pampa, que nació en el 2013 y que es el primer equipo diverso de Latinoamérica, con una activa militancia. Caio señala: “Creemos que nos faltan referentes LGBTIQ en el deporte hegemónico o más profesional justamente a razón de la lógica que se establece en ese deporte, heteronormada y binaria, ya sea desde su lógica varón/mujer y desde su postura excluyente con las diversidades”.

Mónica Santino, fundadora de La Nuestra Fútbol, feminista, directora técnica y ex jugadora de fútbol, reflexiona en el mismo sentido que Caio y dice: “El deporte está construido desde una mirada de varones de cierta clase social donde siempre se revalorizaron los conceptos de fuerza, entrega, dolor, superioridad. La idea de deportista varón se asocia a la masculinidad que no llora, que puede enfrentar cualquier adversidad. En cambio, a la mujer deportista se la asocia a cuerpos que están hechos para la maternidad, más débiles y menos resistentes. A partir de ahí todo lo que tiene que ver con la sexualidad siempre fue un tabú”.

Y en el tabú: silencio, apariencia y simulación. Porque hablar supone castigo y sanción física o simbólica. “En última instancia el dolor de sostener una ficción se compensará por el salario a cambio de jugar al fútbol, porque el riesgo de hablar y cuestionar puede llevarte a perder el trabajo”, explica Juan Branz, que fue también jugador de fútbol de Cambaceres, en La Plata.

En medio del silencio instaurado en las canchas, pero lejos de la primera categoría del fútbol local, Nicolás Fernández, arquero del Club General Belgrano de la Liga Cultural en La Pampa, en una entrevista con Tiempo Argentino, cuenta que cuando le gritan “puto” desde las tribunas, se da vuelta y se ríe. Ya no se enoja como antes, ahora esa palabra que desde las gradas es dinamitada como insulto, el arquero se la apropia, la abraza como identidad. Se quiebra el silencio, desde los márgenes se agujerea la cancha que aprieta y sofoca con su heterocisnorma.

“En AFA hace unos cuantos años y hasta no hace mucho tiempo, ser lesbiana era una palabra prohibida, un secreto a voces”, cuenta Mónica Santino, que en 1989 empezó a militar en la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) y que en los ’90 jugó en All Boys. Ella, como la estadounidense estrella del Mundial de Francia 2019 y última ganadora del Balón de Oro, Megan Rapinoe, o Macarena Sánchez, actual directora del Instituto Nacional de la Juventud, viene desde tiempo construyendo fisuras en el campo de juego, hablando públicamente y reivindicando su identidad lesbiana, haciendo visible su existencia.

A nivel mundial, son muchas más las deportistas que levantan la voz y se narran en su identidad lesbiana públicamente que los deportistas. “Los varones siguen siendo observados por varones para certificar su masculinidad. Es verdad que también pasa con las mujeres. Pero las reivindicaciones de las mujeres en el deporte son más contemporáneas, y en diferentes contextos. No hay prueba tan asfixiante como la exhibición de ciertas potencias. Por supuesto que hay otro tipo de relaciones de poder. En todo caso se dirimen de otra manera. Las mujeres transitan, narran y viven sus sexualidades más libres”, dice Juan Branz. Y en esto acuerda Mónica: “Las futbolistas hablamos de la sexualidad sin tapujos, es otra manera de voltear el control social sobre los cuerpos y las conductas”. La directora técnica se hace eco de las palabras del ex jugador de Newell’s Old Boys, Kurt Lutman: “Hay que exiliarse de las formas y maneras aprendidas”. Fugarse de la norma.

 

 

 

 

Eso hizo a mitad del año pasado el voleibolista Facundo Imhoff, que fue parte del seleccionado nacional que participó en los Panamericanos de Lima 2019 y consiguió la medalla de oro, cuando le contó a sus compañeros de equipo, a los técnicos y a los dirigentes del club que es gay. Su declaración fue replicada no sólo en los medios nacionales sino en los internacionales. La noticia, aunque celebratoria, aparece como noticiable por la excepcionalidad: un atleta varón de alto rendimiento hablando públicamente de su homosexualidad.

“Es muy triste sentir que soy una excepción porque eso quiere decir que hay miles de deportistas que la están pasando mal porque no pueden vivir su sexualidad libremente, sin mentir, ni ocultar, ni vivir una doble vida”, dice el ex jugador de Boca y actual de Bolívar.  Imhoff decidió hacerlo público después de simular durante un par de años tener una relación heterosexual y de lesionarse muchas veces. “Es muy alto el precio que se paga por ese silencio de aparentar lo que uno no es. Mi cuerpo, en un momento, me dijo basta”, cuenta el santafesino. Antes de la charla con su equipo, tuvo miedo. Miedo a que lo discriminen dentro y fuera de la cancha, miedo a que se le cierren puertas laborales, a que los técnicos o dirigentes no lo quieran contratar por considerarlo problemático. “Para mí hubiera sido mucho más fácil tener referentes en el voley o en otro deporte de alto rendimiento, que hicieran pública su homosexualidad, porque yo al momento de blanquearlo no sabía que podía pasar”, reflexiona.

En Portugal, el futbolista Moussa Marega se queda parado en un campo de juego y se va de la cancha antes de que termine el partido por los porque lo insultan por negro. Mara Gómez, la futbolista trans del club Villa San Carlos, se planta frente a la AFA para poder ser fichada en un equipo de fútbol femenino. En La Pampa, Nicolás Fernández se ríe durante un partido en cuando le gritan puto. En medio del silencio de una cancha heterocisnormada, binaria, racista, homo-lesbo-transfóbica y xenófoba pareciera que los cimientos empiezan a removerse.

¿Empiezan a removerse? Juan Branz disiente en esta idea. “Me cuesta entenderlo como una habilitación a espacios más diversos y plurales. Si es que se está hablando es por el movimiento de mujeres y diversidades organizadas, y porque luego del 2001 en la Argentina las instituciones más tradicionales se terminaron de hacer trizas. Lo que antes constituía refugio para construir identidades que convidaban ciertas seguridades hoy se está reorganizando. Tenemos nuevos tipos de individualismos producto de nuevos flujos del capital, que nos dejan desorientadxs, porque ya el trabajo, entre otras instituciones, no constituye un lugar con certezas para nuestra identidad. Entonces las sexualidades, los géneros, son terrenos que permiten esa narrativa identitaria que, también, se vuelven cuerpos”, dice.

Cómo se reinventa el deporte, cómo se dinamita la estructura que sostiene las canchas hoy. Imhoff señala: “En esta sociedad machista en la que vivimos donde ser gay es dejar de ser macho o masculino, siento que hay que empezar a hablarlo, cortar con el tabú. Ojalá haya otros deportistas que se animen también a hacerlo público”. Para Caio Varela una de las respuestas es trabajar sobre género y diversidad sexual en la formación del deportista. “Hay que fomentar espacios destinados a la diversidad sexual”, dice.

 

 

 

 

Nota publicada en LatFem.org

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