Hace casi sesenta años, en marzo de 1969, se estrenó La fiaca, dirigida por Fernando Ayala, con la dupla excepcional de Norman Briski y Norma Aleandro, junto a Jorge Rivera López y Lydia Lamaison como protagonistas principales. Basada en la obra de teatro homónima de Ricardo Talesnik, relata la historia de Néstor Vignale (interpretado por Briski), empleado modelo que un día descubre que ya no quiere ir a trabajar. El diálogo matinal de la primera escena, entre Vignale y su mujer (Norma Aleandro), ilustra la metamorfosis del personaje principal:
—¿Cómo que no te levantás?
—No tengo ganas...
—¿Ganas?
—No tengo ganas de ir a trabajar.
—A ver, Néstor, me estás cargando... ¿querés levantarte de una vez?
—No, en serio, no voy a la oficina.
—¿Y por qué no vas a ir?
—Porque tengo fiaca.
La rebelión personal del oficinista ejemplar arranca a partir de una epifanía: quiere hacer fiaca. Vignale podría ser un personaje de Quino, el oficinista gris que se subleva con su único recurso: él mismo. Pero lo que empezó como una extravagancia personal, al menos desde la mirada impiadosa de su mujer y su madre (Lydia Lamaison), parece transformarse en una epidemia. Un colega, Peralta, interpretado por Jorge Rivera López, cae en el mismo rechazo al trabajo e incluso supera a Vignale en la defensa del ocio. Ambos recorren la ciudad sin destino claro, como si fueran flâneurs (en una bella toma se los ve en lo alto de la Torre de los Ingleses).
La posibilidad del contagio pone en alerta a la dirección de la empresa, que envía al responsable del departamento de Relaciones Humanas a convencer a Vignale de “volver a la normalidad”: el objetivo es “recuperarlo para su propio bien y el de la comunidad toda”. El oficinista rebelde tiene una ensoñación en la que lo vemos de chico, con guardapolvo blanco, escribiendo en el pizarrón: “El ocio es la madre de todos los vicios”.
“Naciste para empleado y te vas a morir empleado”, le advierte su mujer, quien —junto al gerente corporativo y a la suegra incansable— consigue por fin quebrar la rebeldía del oficinista. En la escena final, Vignale y Peralta vuelven a la empresa, ya curados de sueños extravagantes.
La fiaca se estrenó dos meses antes de que estallara el Cordobazo y un año después del Mayo francés; una época de impaciencia ciudadana y cuestionamientos sociales. El Cordobazo fue el principio del fin de la dictadura impulsada por el general Juan Carlos Onganía (“el De Gaulle argentino”, según un joven y entusiasta Mariano Grondona), y la revuelta de Mayo de 1968 significó el fin de la hegemonía política del verdadero Charles De Gaulle, quién renunciaría a la presidencia un año después del estallido social, sin nunca llegar a entenderlo. Para el viejo general, la revuelta estudiantil representaba una amenaza existencial al Estado y al orden público; cuando, en realidad, sólo ilustraba el deseo de una transformación social, cultural y democrática profunda en un país que, paradójicamente, se encontraba en pleno crecimiento económico.
Una de las causas del Cordobazo fue el régimen de descanso semanal que Onganía estableció para todo el país y que penalizó a los trabajadores de Córdoba, quienes gozaban de un régimen provincial más benigno. Paradójicamente, como ocurrió en Francia, la revuelta fue iniciada por los trabajadores mejor pagados del país.
Mientras los jóvenes armaban barricadas en el Barrio Latino de París, se estrenó Buenas noches, Alejandro (Alexandre le Bienheureux), escrita y dirigida por Yves Robert e interpretada por Philippe Noiret en el rol principal, la encantadora Marlène Jobert y Françoise Brion.
Alexandre es un joven granjero oprimido por su esposa, que lo obliga a trabajar de sol a sol. Cuando ella muere en un accidente de auto junto a sus padres, Alexandre decide dedicarse a su verdadera pasión: la pereza. Usa a su perro como mensajero, para ir y venir del pueblo con todo lo que necesita, sin salir de la cama. Como el Vignale de Norman Briski, decide dejar de trabajar, y al igual que el ex oficinista ejemplar, genera primero la perplejidad y luego la preocupación de los vecinos, quienes consideran que el deber de todo granjero es trabajar el campo.
El tono es muy diferente al de La fiaca, y el final bastante más esperanzador, al menos para los sueños de nuestro héroe perezoso. Pero ambas películas ilustran el mismo germen perturbador, casi revolucionario: la pereza como un derecho pleno. No hay nada nuevo en ese impulso. En El derecho a la pereza, el periodista y revolucionario francés Paul Lafargue escribió hacia 1880: “La moral capitalista, una parodia lamentable de la moral cristiana, condena la carne misma del trabajador; toma como ideal la reducción del productor al mínimo indispensable, la supresión de sus alegrías y pasiones, y lo condena al rol de una máquina que entrega trabajo sin tregua ni piedad”.
Hace tres años (que parecen siglos) se debatieron proyectos de reducción de la jornada laboral en la Comisión de Legislación del Trabajo de la Cámara de Diputados. Estábamos lejos de la ley Kunta Kinte de reforma laboral que esa misma cámara acaba de votar, invocando una modernidad que nos retrotrae al siglo XIX. En aquella oportunidad, Julio Cordero —actual secretario de Trabajo y por entonces representante de la Unión Industrial Argentina (UIA)— se manifestó en contra de la reducción horaria con argumentos asombrosos, aún para el generoso estándar de nuestras élites empresariales: “Yo limito la jornada para que trabaje menos, ¿para qué? O sea, ¿está mal trabajar, estamos en contra del trabajo? ¿Para qué, para ir afuera a hacer qué?”.
Con una honestidad tan brutal como encomiable, el actual funcionario del gobierno de la motosierra señalaba un “afuera” al que el trabajador no tendría derecho. Es más, ese “afuera”, esa vida por fuera de la productividad forzosa, podría ser perjudicial “para su propio bien y el de la comunidad toda”, según la expresión del gerente de Relaciones Humanas de La fiaca. Se trata de la “supresión de sus alegrías” denunciada por Lafargue hace casi un siglo y medio, una época dorada para nuestra derecha.
El mensaje, cada vez más explícito, es que el ocio es una prerrogativa de las élites que deviene en vicio si quienes no tomaron la precaución de nacer ricos tienen la loca pretensión de ejercerlo.
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