Derrota estratégica

La aventura bélica de Trump fortaleció la posición de Irán

Massoud Pezeshkian, Presidente de Irán, firma el Memorando de Entendimiento de Islamabad, que refleja la capitulación de Trump.

 

"En la guerra, el estratega victorioso solo busca la batalla después de que se haya asegurado la victoria, mientras que aquel destinado a la derrota, primero combate y después busca la victoria".

Sun Tzu, El arte de la guerra.

 

La escena internacional ha sido testigo de un desenlace que muchos analistas, imbuidos de una dosis mínima de realismo, consideraban inevitable. El pasado miércoles 17 de junio, el Presidente estadounidense Donald Trump —en el Palacio de Versalles, ante la atenta mirada del Presidente francés Emmanuel Macron— y el iraní Masoud Pezeshkian —desde Teherán— firmaron electrónicamente el denominado Memorando de Entendimiento de Islamabad. Este acuerdo, también rubricado por el primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif, en calidad de mediador, representa el punto final a cuatro meses de una guerra que ha dejado a Washington significativamente debilitado. Lo que el comité editorial de The New York Times no dudó en calificar como una “derrota” y una “humillante degradación” para los Estados Unidos, quedó materializado en un acuerdo de 14 puntos que otorga a Teherán gran parte de lo que la administración Trump pretendía destruir mediante la fuerza.

Los ejes del acuerdo reflejan una capitulación en toda regla. El primer punto establece un cese de hostilidades inmediato y permanente en todos los frentes, incluyendo el Líbano. El segundo punto obliga a ambas naciones a respetar su integridad territorial y a abstenerse de interferir en asuntos internos. El tercer punto fija un plazo de 60 días para alcanzar un pacto definitivo. Quizás los aspectos más onerosos para Washington aparecen en los puntos cuarto y quinto: los Estados Unidos deben levantar el bloqueo naval en 30 días y retirar sus fuerzas de las proximidades de Irán, mientras que Teherán garantiza el paso seguro por el Estrecho de Ormuz de forma gratuita solo por 60 días, dejando abierta la posibilidad de cobrar peajes futuros.

La carga económica para las arcas estadounidenses es demoledora. El punto sexto compromete a Washington y sus socios a un plan de reconstrucción para Irán de al menos 300.000 millones de dólares. Los ítems séptimo y décimo disponen el fin de todas las sanciones unilaterales y multilaterales, además de otorgar exenciones inmediatas para la exportación de crudo iraní. En materia nuclear, el punto octavo reafirma que Irán no desarrollará armas atómicas, pero posterga la eliminación del material enriquecido a futuras diluciones supervisadas por el OIEA (Organismo Internacional de Energía Atómica), sin lograr el “enriquecimiento cero” que Trump exigía inicialmente. Finalmente, los puntos noveno al decimocuarto aseguran el statu quo del programa nuclear actual, la liberación de activos congelados, un mecanismo de implementación ejecutivo y el refrendo de una resolución vinculante del Consejo de Seguridad de la ONU.

En suma, Estados Unidos no logró derrocar al régimen iraní ni eliminar su programa nuclear, sufriendo a cambio la pérdida de numerosas vidas de soldados y una degradación de sus activos militares que constituye un verdadero revés estratégico.

 

Sin hoja de ruta

Esta derrota no debería sorprender a quienes siguieron de cerca la errática política exterior de Trump durante su segundo mandato. Se trata del resultado esperable para alguien que conduce una guerra carente de una hoja de ruta. Como hemos precisado en notas anteriores, destacados analistas como Thomas Friedman y Michael Walzer —ninguno de ellos ubicado en la izquierda del espectro ideológico— coinciden en un diagnóstico lapidario: Washington inició esta guerra sin un objetivo definido. Friedman señala que Trump y Netanyahu se lanzaron a la aventura bélica sin un final en mente, exhibiendo a un comandante en jefe que “va inventando cosas sobre la marcha”; y cuya inconsistencia osciló entre la exigencia de rendición incondicional y la indiferencia sobre el futuro de Teherán. Esta falta de norte se agravó por el influjo de Benjamín Netanyahu, para quien la guerra ha funcionado como un mecanismo de supervivencia política personal frente a sus procesos judiciales internos por corrupción.

Por su parte, Michael Walzer definió el conflicto como una guerra “imprudente, incorrecta e injusta”. Según el profesor emérito de la Universidad de Princeton, una intervención en Irán solo habría sido justa si se hubiera coordinado con la resistencia interna iraní para establecer un Estado democrático. En cambio, Trump instó al pueblo iraní a rebelarse para luego observar cómo se producía la represión del régimen sin prestar ayuda efectiva. Asimismo, Washington exhibió una incomprensión manifiesta del adversario, producto —entre otras cuestiones— de haber confiado la gestión de una región tan compleja a inversores inmobiliarios como su yerno Jared Kushner y su amigo Steve Witkoff, en lugar de a sofisticados cuadros políticos o diplomáticos. Teherán, lejos de ser el actor irracional que la narrativa de Washington pretendía instalar, está conducido por estrategas muy inteligentes que despliegan una diplomacia sofisticada y sólida en todos sus niveles institucionales.

 

La improvisación de “Furia épica”

Las revelaciones de Jonathan Swan y Maggie Haberman, periodistas de The New York Times acreditados en la Casa Blanca y autores del libro Regime Change: Inside the Imperial Presidency of Donald Trump, exponen el carácter improvisado de la decisión de librar la guerra en febrero de 2026. Una reunión clave del 11 de febrero, desarrollada en la sala de situación de la Casa Blanca, ilustra cómo los instintos del Presidente prevalecieron sobre la pericia estratégica, política y técnica. Netanyahu, en una presentación cargada de promesas excesivas [1], aseguró que el régimen iraní caería rápidamente y que una misión conjunta norteamericano-israelí podría aniquilar la capacidad militar de Teherán en pocas semanas. El primer ministro israelí llegó incluso a mostrar un video con posibles líderes sucesores, como el exiliado Reza Pahlavi, en un intento de presentar el cambio de régimen como algo inminente y de fácil consecución.

 

El fracaso de la operación “Furia épica” testimonia el riesgo de sacrificar experiencia y conocimiento estratégico en el altar de los instintos viscerales.

 

Sin embargo, la comunidad de inteligencia estadounidense —según Swan y Haberman— fue lapidaria en su evaluación el 12 de febrero. El director de la CIA, John Ratcliffe, calificó los escenarios de cambio de régimen de Netanyahu como “ridículos”, una apreciación que el propio secretario de Estado, Marco Rubio, resumió crudamente como una “patraña”. A pesar de estas advertencias y de los sombríos informes del general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, sobre el agotamiento de las reservas de municiones y la dificultad de asegurar el Estrecho de Ormuz, Trump decidió avanzar. El mandatario confundió aspectos tácticos con asesoramiento estratégico, convencido de que la superioridad aérea estadounidense bastaría para una victoria rápida, una creencia reforzada por el éxito de la incursión para capturar a Nicolás Maduro en Venezuela meses antes.

El Vicepresidente James D. Vance —quien retornó el mismo 12 de febrero desde Azerbaiyán y se sumó directamente a la reunión que evaluó la propuesta de Netanyahu— emergió como la voz más escéptica dentro del círculo íntimo, advirtiendo que una guerra de estas características sería una “enorme distracción de recursos” y una traición a los votantes que confiaron en la promesa electoral de terminar con las guerras permanentes. Vance señaló que ningún perspicaz análisis militar podía predecir la respuesta de un régimen cuya supervivencia estaba en juego. No obstante, tras el rechazo iraní a una oferta de combustible nuclear que Kushner y Witkoff presentaron como una prueba de intenciones, Trump ordenó el inicio de la Operación “Furia épica” el 27 de febrero desde el Air Force One, bajo la inverosímil premisa —transmitida por el propio Trump al comentarista político conservador Tucker Carlson— de que “siempre todo sale bien”. La realidad de junio de 2026 ha demostrado cuán equivocado estaba ese axioma.

 

Lejos del PAIC y del “repliegue prudente”

Una adecuada comprensión de la derrota estratégica estadounidense exige remontarse al desmantelamiento del Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC) [2] firmado en 2015 durante la presidencia de Barack Obama. Como analizó el experto Mark Fitzpatrick —quien fuera director del programa de No Proliferación del IISS (Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres) y subsecretario adjunto para la No Proliferación del Departamento de Estado norteamericano hasta 2005—, aquel acuerdo era un instrumento sólido para la seguridad global [3]. Fitzpatrick lo describió como un modelo de “NPT-plus” y “Protocolo Adicional-plus”. El PAIC imponía restricciones y medidas de verificación que excedían con creces los estándares internacionales, logrando el compromiso de que Irán redujera el 98% de su inventario de uranio enriquecido y limitara su tecnología de centrifugado a modelos obsoletos durante una década [4].

Fitzpatrick advirtió que las críticas al acuerdo solían compararlo con conceptos idealizados en lugar de con alternativas realistas. Al respecto, señaló que “para los críticos, exigir ahora un retorno a las disposiciones iniciales de los Estados Unidos e imponer otras condiciones es participar en una fantasía”. Esta afirmación aludía a que, una vez que Irán había desarrollado el conocimiento técnico del enriquecimiento, pretender que abandonara por completo su programa era ignorar la realidad de la negociación diplomática. Al torpedear el acuerdo en mayo de 2018, Trump permitió que Irán retomara su programa desde el punto crítico en que se encontraba en 2013, eliminando un régimen de inspecciones diarias que garantizaba al menos 15 años de estatus no nuclear certificado. La situación actual es paradójica: tras una guerra costosa, Trump se ve obligado a negociar un marco que será definitivamente peor al acuerdo de 2015 que él mismo había calificado como el “peor de la historia”.

Otro error garrafal de Trump fue desmantelar el “repliegue prudente” (retrenchment) que describieron ciertos académicos como Paul K. MacDonald y Joseph Parent [5]. Estos analistas sostenían a mediados de 2024 que las condiciones en Medio Oriente eran auspiciosas para una reducción deliberada de los costos de la política exterior, basándose en cuatro variables:

  1. la disponibilidad de aliados locales [6];
  2. la independencia de los compromisos regionales [7];
  3. un cálculo de conquista que favorece la defensa [8]; y
  4. el rango relativo de poder [9].

Bajo esta lógica, Estados Unidos debería haber aprovechado su posición dominante en la región para emprender una retirada gradual, evitando quedar atrapado de manera permanente en guerras periféricas como la librada en febrero de 2026.

El argumento de los autores es que mantener una presencia masiva en Medio Oriente solo distrae recursos de desafíos más urgentes, como la proyección de China en el Indo-Pacífico. MacDonald y Parent concluyen que “los despliegues militares avanzados de Washington no han influido positivamente en la región”; y que una estrategia eficaz de repliegue permitiría obtener la “solvencia y flexibilidad” necesarias ante la disminución del poder relativo estadounidense. Al optar por los ataques preventivos de junio de 2025 y la guerra de febrero de 2026, Trump dinamitó la posibilidad de un repliegue ordenado; y devolvió a la región a un ciclo de intervención directa que solo ha servido para fortalecer la posición estratégica de Irán y debilitar la autoridad moral de Occidente.

 

Reflexión final

La firma del Memorando de Islamabad marca el ocaso de una estrategia basada en la improvisación y el desprecio por las lecciones del realismo político. Los 14 puntos del acuerdo no son el reflejo de un éxito, sino el acta de una derrota motivada por la urgencia de la política doméstica ante la inminencia de las elecciones de medio término. El desmantelamiento del PAIC y el rechazo a un “repliegue prudente” en Medio Oriente han demostrado ser errores de cálculo históricos que han socavado la posición de Washington en el sistema internacional.

 

 

Estados Unidos emerge de este conflicto —como sentencia el comité editorial de The New York Times— más débil “militar, económica y diplomáticamente”, habiendo validado la capacidad de Irán para utilizar su influencia regional como un “arma de disrupción masiva”. La guerra ha dejado una región más inestable y ha consolidado el control de una élite en Teherán que ha demostrado una resiliencia que Washington fue incapaz de prever. El retorno a una política exterior basada en la prudencia y en la ponderación de las consecuencias es imperativo para evitar nuevas tragedias globales derivadas de la desmesura y el desconocimiento de los límites del poder. El fracaso de la operación “Furia épica” quedará registrado como el testimonio de lo que ocurre cuando la experiencia y el conocimiento estratégico son sacrificados en el altar de los instintos viscerales de un Ejecutivo sin contrapesos.

 

 

 

* Luciano Anzelini es doctor en Ciencias Sociales (UBA) y profesor de Relaciones Internacionales (UBA-UNSAM-UNQ-UTDT).

 

[1] Según relatan Swan y Haberman, la presentación de Netanyahu constaba de cuatro partes: “La primera era la decapitación: matar al ayatolá. La segunda era paralizar la capacidad de Irán para proyectar poder y amenazar a sus vecinos. La tercera era un levantamiento popular dentro de Irán. Y la cuarta era el cambio de régimen, con la instalación de un líder laico para gobernar el país”.
[2] El Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC) —también conocido como el Acuerdo Nuclear de Irán o JCPOA por sus siglas en inglés— es un acuerdo firmado en 2015 por el cual Teherán aceptó limitar su programa nuclear con fines pacíficos a cambio del levantamiento de sanciones internacionales. Los firmantes fueron Irán y el grupo P5+1 (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia, China y Alemania), junto con la Unión Europea. El objetivo central era asegurar que el programa nuclear iraní no se utilizara para desarrollar armas nucleares, estableciendo inspecciones rigurosas por parte del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).
[3] Ver Fitzpatrick, M. (2015). “Iran: A Good Deal”. Survival, 57(5), 47–52.
[4] Afirmaba Fitzpatrick a fines de 2015: “Todavía me asombra que Irán haya accedido a desprenderse del 98% de sus reservas de uranio enriquecido, a mantenerlas por debajo de los 300 kg durante 15 años y a utilizar únicamente centrifugadoras rudimentarias de primera generación durante diez años”.
[5] MacDonald, P. K. & Parent, J. M. (2024). "The Dynamics of US Retrenchment in the Middle East," Parameters 54 (2).
[6] Consideran los autores que “Medio Oriente cuenta con varios Estados (Israel, Arabia Saudita, Turquía, Baréin, Kuwait, Qatar y Emiratos Árabes Unidos) capaces de contribuir a la estabilidad regional y alinearse con los intereses estadounidenses”.
[7] Argumentan que los intereses estadounidenses en Medio Oriente son relativamente independientes. Cuestionan la idea de que la inestabilidad regional (por ejemplo, un resurgimiento del ISIS o un Irán en ascenso) podría desencadenar una cascada de consecuencias negativas para Washington.
[8] Según MacDonald y Parent, Medio Oriente tiene una historia de “sólido dominio defensivo”, donde los intentos de modificar las fronteras mediante la agresión militar han fracasado en gran medida.
[9] Según los autores, si bien Estados Unidos está “decayendo lentamente del primero al segundo lugar en el sistema con respecto a China”, aún mantiene una “posición dominante en Medio Oriente”. Esta es la única de las cuatro variables contrarias a una retirada.

 

 

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