Desaparición en la catedral

Recuerdo y homenaje de los 12 de la Santa Cruz, a 45 años de su secuestro, tortura y desaparición

 

 

 

 A Matías Gómez,

que me hizo ver la increíble coincidencia del poema

 

“Quedémonos aquí, cerca de la catedral. Esperemos aquí. ¿Nos impulsa el peligro? ¿Es la sensación de seguridad la que lleva nuestros pasos a la catedral?

¿Qué peligro puede haber para nosotras, pobres mujeres de Canterbury? ¿Qué tribulación que no nos sea ya familiar? ¿No hay peligro para nosotras, como tampoco seguridad en la catedral?

Pero el presagio de un acto, del que nuestros ojos se obligarán a ser testigos,

llevó nuestros pasos a la catedral.

Estamos forzadas a ser testigos.

Ya el dorado octubre declinó en el sombrío noviembre,

Y se recogieron las manzanas y almacenaron, y la tierra se rizó de puntiagudos y pardos picos de muerte en un desierto de agua y lodo

Y el Año nuevo espera, espera, y el destino aguarda su llegada.

¿Quién tendió la mano hacia el fuego y esperó a los Santos en la víspera de las Ánimas?

¿Quién recordó a los mártires y santos que esperan?”

 

El texto que acabo de citar pertenece a un libro de T. S. Eliot, que es en realidad de un drama poético, titulado Asesinato en la catedral (en inglés: Murder in the Cathedral), que retrata el asesinato del arzobispo Tomás Becket en la Catedral de Canterbury en 1170, por no querer someterse a la Constitución monárquica; por ello cae atravesado por las espadas del tirano (Enrique II de Inglaterra), al pie mismo del altar de cuya iglesia fue supremo sacerdote.

De este modo, el gran poeta inglés nos refiere al símbolo de la dignidad de la persona y de la libertad de conciencia frente al poder político autoritario del monarca. Pero también escenifica al crimen y el terror cometido dentro del gran santuario por el perpetrador y verdugo, a quien poco le importa profanar el lugar de Dios. En todo caso, la profanación de esos sitiales sería parte del ritual de la muerte para el considerado sacrílego.

 

 

El fragmento de Murder in the Cathedral tranquilamente podría describir la desaparición de “los 12 de Santa Cruz” el 8 de diciembre de 1977, cuando el grupo de tarea de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) secuestró a las Madres de Plaza de Mayo Esther Ballestrino de Careaga y María Eugenia Ponce de Bianco, la monja francesa Alice Domon y los militantes Ángela Auad, Gabriel Horane, Raquel Bulit y Patricia Oviedo, y poco después a Remo Berardo, Horacio Aníbal Elbert, José Julio Fondevila, y finalmente a Azucena Villaflor y la monja francesa Léonie Duquet.

La iglesia de la Santa Cruz, en el barrio porteño de San Cristóbal, fue durante el terrorismo de Estado un lugar de encuentro de las familias de desaparecidos y desaparecidas. La comunidad eclesiástica se reunía en el lugar para coordinar acciones de denuncia y visibilización de lo que ocurría en el país. Como en el poema de Eliot, ese lugar, como otros templos e iglesias, entonces les brindaba a los familiares de los desaparecidos cierta “sensación de seguridad”, pues, ¿quién se atrevería a adentrarse y profanar esos símbolos?

Sin embargo, al igual que el arzobispo Tomás Becket en la Catedral de Canterbury, no hubo seguridad siquiera en la Santa Cruz, y el verdugo manchó el cáliz de sangre, disfrazándose incluso de oveja para pergeñar el secuestro. La infinita perfidia y maquinación de las patotas de la ESMA se llevaban todo a su paso; violaban, profanaban los símbolos, santuarios, y así secuestraban a las monjas francesas Duquet y Domon, el mismo Mal que encontró el arzobispo Tomás Becket, asesinado a sangre fría en la Catedral.

Alfredo Astiz, pieza central ejecutora, poco antes se presentó ante las Madres de Plaza de Mayo con la identidad falsa de Gustavo Niño, un supuesto hermano de desaparecido, y comenzó a participar de las reuniones de los familiares para ir ganándose la confianza y así hacer inteligencia. El “Ángel Rubio”, como lo llamaban, proporcionó los datos que guiaron a la patota de la ESMA hasta la Santa Cruz el 8 de diciembre y terminó su tarea marcando a sus víctimas con un beso.

Es el mismo Gustavo Niño, el verdugo Astiz, quien tiene el tupé de pretender su excarcelación en la misma semana que se recuerda a “los 12 de la Santa Cruz”. El tribunal se la rechazó –una vez más– y sigue pudriéndose en su propio infierno. Pues el infierno de Astiz es, a esta altura, la misma “muerte en un desierto de agua y lodo”.

“Estamos forzadas a ser testigos”, dice Eliot, y pienso en el valor de aquellas primeras solicitadas publicadas en diarios, allí donde figura por primera vez el nombre de mis padres de manera pública, y el valor de esas Madres y compañeros que entonces armaron la colecta y se la jugaron para lograr que esa prensa canalla las publicara entre sus páginas.

“¿Quién tendió la mano hacia el fuego y esperó a los Santos en la víspera de las Ánimas? ¿Quién recordó a los mártires y santos que esperan?” Y aquí pienso en el cuerpo martirizado de Azucena Villaflor, arrojada al Río de la Plata en un vuelo de la muerte, y luego su cuerpo en una tumba NN, hasta que fuera hallada por el Equipo Argentino de Antropología Forense y encontrara –por fin– santa sepultura.

Ya octubre declinó, también el sombrío noviembre… qué duda cabe que seguimos enfrentando los mismos poderes concentrados y profundamente antidemocráticos que enfrentaron los 30.000, los 12 de la Santa Cruz.

Pues, “¿quién recordó a los mártires y santos que esperan?”.

Mientras estemos. Todos los años. Siguiendo las mismas enseñanzas de las Madres.

 

 

 

 

Bibliografía:
  • Asesinato en la catedral. T. S. Eliot. Ediciones Encuentro, S.A., 2011.

 

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