Si la sola idea del propio cuerpo mutilado ejerce un efecto siniestro, la inmediata del miembro fantasma inscribe ese escozor en forma indeleble. Título fuerte para un libro de cualquier género, tal vez más para cuentos al sugerir en sus páginas historias truculentas, aún en la contratapa que no deja escapatoria al aclarar acerca de esa amputación “que permanece como dolor y como presencia” real de toda realidad, carga de lo perdido que sigue latiendo en su ausencia. Va a ser necesario avanzar en la lectura de diez literariamente inquietas y subjetivamente inquietantes historias para adentrarse en la profundidad donde Miembro fantasma supera la metonimia. De ello se encarga Fernanda Trías (Uruguay, 1976), generosa dueña de una prolífica escritura experta en contar situaciones, una tras otra, en que lo ominoso nunca, necesariamente, aniquila la belleza.
Propiedad no siempre concurrida en la lengua castellana, la construcción llana y directa incluye la señal portadora de la exquisitez de la palabra, impulsada por la retórica que solo la inteligencia compone: “Le había enseñado, con esas maneras suyas, que la verdadera felicidad debía parecerse al aburrimiento. Lo otro se llamaba euforia y estaba destinado a extinguirse”. Mediante los giros de construcción narrativa remanentes, Trías zarpa con la primera historia dedicada a la pretensión profesional del oficio de escritor o, mejor expresado, la impostura de esa intención; “Pensó, por segunda vez en el día, que nunca había escrito un relato sobre otro escritor y y que eso lo hacía sentirse desplazado, fuera de lugar en el mundo de los narradores actuales”. Ostentaba el conjunto de los atributos identificatorios de un escritor contemporáneo: juventud perenne, legítima esposa, ilegítima amante, novia oficial, una década de psicoanalizado “hurgando en la naturaleza del único ser humano que le interesaba, él, le habían otorgado una lucidez extraordinaria sobre los vericuetos de su persona”. Sólo le restaba “demostrar su solvencia en recursos metaliterarios”. Acude a un bar donde reinar sobre un breve público, come unas arepas, vuelve a la calle, suena el celular y ya es la escritora que recibe el llamado de su novio, deseoso por llevarla a la cama. Mira un cartel del que rescata la frase “El límite es el cielo” y se convence que mañana podrá escribir el cuento sobre un escritor varón sin tener que adjudicarle sus propias emociones.

¿Cuando se desató la conversión? Más aún, ¿existió? ¿Cuál, de ambos cuerpos, es el de la ablación? La autora no esconde ni engaña, parece leal a la máxima del escudo artiguista: “Con la verdad no ofendo ni temo”. En este primer cuento, explícito sin ambages, “Personaje en construcción” indica en forma jodona la muy seria relación entre la arquitectura literal y la lógica que la articula. Por supuesto, el relato es más extenso, sin cabos sueltos, fluye en sucesos, cada vez la verdad cobra la forma de una preposición. Otorga secuencias enlazadas en una tecnología impecable, dotada de un procedimiento parecido al secreto sin llegar a serlo. Siempre al alcance del lector, agradecido.
Sin repetirse, la autora traslada el mecanismo, propio de la condición humana, al personaje: “Estaba inclinado hacia adelante, pero en un gesto engañoso: no descansaba el peso de su cuerpo sobre la silla, tan solo la agarraba, como quien aferra un cisne por el pescuezo. Un delicadeza experimentada, digamos, una firmeza de conocedor”. Desata en las sucesivas historias otros tantos juegos de duplicación capaces de unir y enfrentar una escritora agonizante con una señora burguesa con la que compartieron una infancia traviesa.
Es recién en el cuarto cuento —el que presta su título al libro— donde Trías posterga la elipsis e instala el “Miembro fantasma” en el terreno histórico concreto del exilio. Consecuencia nefasta del salvajismo dictatorial, esa parte del cuerpo sintetizada en el paisito y ecumenizada en un par de cuadras montevideanas recorridas desde los oasis de la memoria durante un episodio dialógico, aplicado como puente generacional. Fuego graneado, directo: “¿Cómo ubicar, en medio de tanto horror, la alegría infantil? ¿De qué modo hacerle un espacio en la memoria, como quien despeja un depósito para convertirlo en el cuarto de un bebé? Nunca dejará de ser un depósito. ¿Me entiende? Aún no odiaba la ciudad. El odio, en todo caso, empezaba a acumularse a mis espaldas como una deuda ignorada y retroactiva. Explíqueme usted qué día la ciudad se agrandó, qué día adquirió calles, avenidas, nombres inauditos y extraños como injertos”.
Una ama de casa pequeñoburguesa con familia tipo y botellas escamoteadas en armarios y recovecos se duplica en un pájaro guarecido en el dintel de la ventana bajo la lluvia; las trampas adolescentes dentro de una institución para niños díscolos aficionados a las sustancias; el focus group de escritores alienados; aguafuertes en grajeas destinadas al rompecabezas experimental del recuerdo, Bogotá, Lima, Montevideo convertidas en el mapa orográfico de ninguna parte. Miembro fantasma, el libro de Fernanda Trías, encuentra los trozos mutilados para aunarlos con el mortero de la literatura y así transmitir con la eficacia del trabajo con el lenguaje historias esparcidas, erigidas en una renovada identidad, sobreviviente.
FICHA TÉCNICA
Miembro fantasma
Fernanda Trías

Buenos Aires, 2026
148 páginas
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