El desembarco de Amazon y la lluvia de inversiones

Un gigante económico que promete tormentas

 

Días pasados Maurizio Macri le concedió una larga entrevista al comentador de fútbol Alejandro Fantino, hoy operador estrella en el luminoso y amplio firmamento de periodistas operadores. Más allá de los consabidos slogans que suele emitir el presidente dondequiera se lo escuche, insistió en que las inversiones habían iniciado sus lluvias y tormentos sobre nuestro desolado país. Acorde a las lluvias, la boca se le hizo agua cuando se refirió, a modo de paradigma del interés que hoy en día suscitamos en el exterior, al desembarco de la empresa Amazon. Como si fuera una bendición signo de otras que llegarán seguramente después.

Desde 1994, fecha de su creación en la ciudad de Seattle, Amazon se radicó en más de quince países expandiendo una voluminosa e incalculable red  de comercio electrónico, hoy el más importante del mundo. Vulgarmente se cree que vende libros materiales y electrónicos, pero eso fue en un principio, cuando su creador Jeff Bezos se lanzó al mercado con “un producto que me permitiera ganar prestigio”. Es cierto, sigue vendiendo libros, pero ahora son un producto minoritario dentro de una cuantiosa oferta. Se puede decir que Amazon cubre hoy todas las necesidades de los angurrientos consumidores: muebles, productos de supermercado, entretenimiento, electrodomésticos, frutas, verduras (food shop), limpieza… En fin, el paraíso del cliente: un clic, una transferencia y el producto está en casa en menos de dos horas. Entre otras, a través de empresas que ha ido fagocitando a su meteórico paso: Alexa Internet, a9.comShopbopInternet Movie Database (IMDb), Zappos.com, DPreview.com, The Washington Post o Twitch.

Pero detrás del idilio entre el mega emprendimiento y sus compradores existen no pocas sombras. Son las que explican el éxito de una empresa que depreda no solo a sus competidores, sino también a distribuidores y productores. Sin ir más lejos, el festejado dueño de Mercado Libre, Marcos Galperín, célebre pibe de oro premiado por su “emprendedurismo”, tuvo que soportar una caída del 10% de sus acciones en junio de 2017 cuando la llegada del gigante era apenas un rumor.

Amazon se instaló en Alemania hace veintidós años, país donde hace los mayores dividendos después de Estados Unidos. Desde entonces tuvo que sufrir reiteradas huelgas y protestas por negarse a cerrar convenios colectivos de trabajo. Los 12.000 empleados que ocupan las cinco gigantescas plantas de Amazon en Alemania convocaron otra vez, en noviembre de 2017, a su tradicional huelga de fin de año representados por Ver.di, el Sindicato de Servicios. Los datos que arroja Ver.di acerca de las condiciones de trabajo en Amazon son, por calificarlas con un eufemismo, aterradoras:

* la empresa de Jeff Bezos arroja una cifra del 20% de enfermedades ocasionadas por presión laboral. La media alemana oscila entre el 5 y el 6%;

* los empleados de la sección envíos de Amazon suelen caminar un promedio de 18 kilómetros por día dentro de sus establecimientos. Las filiales de Amazon ocupan predios gigantescos; solo la de Bad Hersfeld ocupa una superficie de 110 mil metros cuadrados, que darían un total de diecisiete canchas de fútbol. En cuanto a kilómetros recorridos, los empleados de Amazon son superados solamente por los guardiaparques y los empleados de Zalando (la mayor tienda de ropa on line de Alemania);

* los sueldos son ridículamente bajos (en las secciones depósito y trámites de envíos se ingresa con un salario menor al sueldo mínimo, al que se accede recién al tercer año de permanencia en la empresa); por contrato, los salarios suelen estar congelados durante un tiempo no determinado. Por lo general, los años que tolere la salud del empleado. El objetivo que pretende el sindicato con su última huelga es tramitar de manera definitiva convenios colectivos. La campaña lanzada a fines de noviembre de 2017 estuvo sustentada por el movimiento supranacional Make Amazon Pay!, que pide solidaridad a trabajadores de los países vecinos por temor a que una mejora de las condiciones en Alemania pudiera concluir en que la empresa se mude a algún país vecino, Polonia o la república Checa por ejemplo, donde las condiciones salariales son mucho peores;

* por lo general los empleados no se atreven a dar testimonios ante la prensa. Quienes lo hacen se retiraron de la empresa y se animan a contar su experiencia a pesar de haber firmado un contrato de confidencialidad de por vida. En la página de Motherbord-Vice, un magazine de Internet, se puede leer un exhaustivo informe (22.12.2017) donde empleados de Amazon relatan algunas tribulaciones que dan cuenta de un empleador más digno de los rigores esclavos del Medioevo que de los brillantes tiempos de los que se ufana la empresa. Algunos ejemplos anónimos de la sucursal de Leipzig:

“Hay dos pausas por día. Una de 20, otra de 25 minutos. Un primer timbre autoriza a abandonar el carro de acarreo. Cuando suena el segundo, hay que estar nuevamente frente al puesto de trabajo. El recorrido hasta la cantina te lleva no menos de ocho o nueve minutos. Lo que significa que en nueve minutos hay que recoger la comida, devorarla y volver corriendo. Todos intentan llegar primeros al dispendio de alimentos, lo cual es bastante improbable… Lo frecuente es llegar al lugar de trabajo apenas después de que ha sonado el segundo timbre. Las primeras admoniciones se reducen a una reprimenda oral. Si las tardanzas se reiteran, recibís una amonestación que es asentada en la foja de servicios; si éstas se acumulan, viene el despido. El control de los supervisores es permanente. Están por todos lados, munidos de un testigo y de una carpeta donde asientan quién se levanta antes del timbre o llega tarde. Cuando uno es descubierto recibe una notificación de presentarse de inmediato ante el superior directo que, por lo general, te recibe con alguien de la oficina de personal. Allí se escucha una larga lección sobre el debido respeto al contrato de trabajo que firmaste; también pueden amenazarte con una amonestación en tu foja, o directamente con el despido”.

Otra manera de control es el scanner. Cada empleado de la sección envíos posee un scanner por donde debe pasar cada una de las mercaderías que debe mandar a embalaje. El trabajo de “escaneo” ocupa todas sus horas de trabajo. Si el scanner del trabajador permanece inactivo por más de tres minutos aparece un supervisor que hace siempre las mismas amables preguntas: ¿Te sentís mal? ¿Tenés algún problema? ¿No te funciona el scanner? Si no hay respuesta satisfactoria, aparece de inmediato alguien de recursos humanos. Y así sucesivamente.

Ninguna filial del mundo escapa de este sistema de control, de falta de convenios, de aprietes y demás yerbas. Un estudio de The New York Times realizado en 2015 revela que en la filial de Seattle se estimula a los empleados a “robarse las ideas” durante las reuniones de trabajo, a contestar mails o mensajes asi sea después de medianoche, a denunciar a un colega a su jefe a través de un código secreto, etcétera.

Todo el mundo conoce al gigante pero la vida dentro de sus oficinas suele ser un gran misterio. Otro de los ítems que apareció luego de largas investigaciones es el pago de impuestos. Allí donde va, Amazon se las ingenia para evadirlos. No resulta incomprensible entonces que sus acciones hayan trepado en el último lustro un 29%… por año. No importa si se pagan cuantiosas multas por evasión. En octubre de 2017 la Unión Europea le exigió a Amazon una multa de 250 millones de euros por usufructo ilegal del sistema financiero de Luxemburgo, guarida fiscal en medio de la sacrosanta Unión Europea. Resulta que las ventas de la empresa en diferentes países fluyen directamente a un banco de Luxemburgo, donde la política fiscal es mucho más laxa.

“Amazon evade casi un tercio de sus ganancias”, protestó Margarete Vestager (comisaria europea para la competencia) luego de dirigir una minuciosa investigación que duró tres años. “Y no tiene ninguna atribución especial para gozar de los beneficios fiscales de Luxemburgo. La empresa está supeditada a tributar como todo el mundo”. Resultó ser que el gigante voraz solamente tributaba en Luxemburgo puenteando las leyes fiscales de los países donde efectivamente realizaba sus ventas. Similar fue el comportamiento en España, donde en 2017 Amazon tuvo que desprenderse de 2,2 millones de euros exigidos por la agencia tributaria.

Ahora bien, ¿cuáles serán las exenciones del convenio con Amazon que nuestro siempre genuflexo presidente estará dispuesto a concederle? ¿Nos enteraremos algún día? Lo cierto que el anuncio rimbombante de Maurizio Macri hizo temblar al mundo editorial, verbigracia, la alicaída industria del libro local. En todos los países donde se ha instalado desapareció el 50% de las librerías al cabo de una década. No sólo eso, la llamada “librería más grande del mundo” acható los niveles de lectura educando a sus no educados compradores a preferir best sellers y libros de autoayuda. Bien por ellos, mal para el tan deseado incremento de la lectura.

Quien nos lo explica con todas las letras es Guillermo Schavelzon, unos de los agentes más importantes del universo hispano parlante. En un artículo publicado en junio de 2017 que puede leerse en Internet (La librería más grande del mundo contra libreros, editores, autores) sostiene que Amazon es un depredador:

“Las librerías, en todos los barrios, en todas las ciudades y en todos los países, están amenazadas, cuando no han sido arrasadas ya por Amazon, el mayor vendedor de libros del mundo, el primer cliente de las editoriales. Amazon no creció logrando que se vendieran más libros, solo le arrebató los clientes a las demás librerías. Por eso es un depredador.” Nos informa Schavelzon que cada tanto se iniciaron guerras en las cuales el contrincante siempre salió perdiendo. Por ejemplo en Estados Unidos: “Primero fue el famoso agente Andrew Wylie (perdió la batalla), luego el grupo Hachette, tercer grupo editorial del mundo (perdió la batalla) y de forma persistente el Authors Guild, el poderoso gremio de los escritores estadounidenses (desde hace quince años sostiene la batalla), que acaba de denunciar a Amazon por la adopción de un “algoritmo secreto” para vender libros de segunda mano en lugar de nuevos, para ganar más sin pagar nada al editor ni al autor”.

¿Servirán las prevenciones de Schavelzon para que nuestros funcionarios, desesperados porque lluevan billetes verdes por peor invertidos que estén y escondidos detrás de las consuetudinarias fotos triunfalistas, tomen algún recaudo para no seguir arrasando el país con anuncios rimbombantes que satisfacen simbólicamente al cúmulo de ingenuos que le pusieron su voto? Personalmente no lo creo. Schavelzon es demasiado serio como para que no se lo tilde, en el mejor de los casos, de agorero; en el peor, de terrorista desestabilizador. Nos previene y vale la pena tenerlo en cuenta: “Resulta que el gran peligro para el libro no fue el e-book, ni la concentración de la edición, sino el monopolio de la distribución. Convertido en el primer comprador de las editoriales, Amazon no demorará en imponerles condiciones, teniendo un poder decisivo sobre qué se podrá publicar y qué no.”

“Lo de Amazon no es neoliberalismo, ni capitalismo, ni libre mercado: es depredación.  Son empresas que avanzan a una velocidad muchísimo mayor que las leyes que las regulan, que llegan siempre después del estrago. La ‘regulación’, tan mala palabra en los regímenes económicos vigentes, sólo llega cuando ya es tarde (en el mundo del libro, y en el de la banca también). Las leyes antimonopolio existen desde 1890, se sancionaron para que los estados protegieran a la parte débil, los ciudadanos, evitando que un player o dos, fijen las leyes del mercado, imponiendo precios y condiciones, y en el caso del libro, selección de contenidos también. Son leyes que, aunque siguen existiendo, se han relajado al máximo en su aplicación, pese a que la cuestión de los monopolios nunca fue tan determinante como en la era digital. Valiéndose siempre de un lenguaje encubridor (‘economías colaborativas’), las corporaciones informáticas nos están colando verdaderos cárteles, que acaban con el negocio inmobiliario, el del taxi, el reparto de mercancías, y decenas de actividades que daban trabajo a la gente, con salarios de una mínima dignidad”.

“Lo que está en juego —prosigue— es la capacidad de decidir sobre nuestras lecturas, sobre nuestras vidas. Todo esto es muy alarmante, solo consuela mirar hacia la prehistoria: ningún gran depredador sobrevivió.”

Nuestro país no será la excepción a la regla porque, como dice un amigo sabio, nuestra vocación por seguir creciendo como miserable colonia es inquebrantable.

 

Gabriela Massuh es doctora en filología. docente, periodista y escritora

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