Dígalo con números

La inflación no baja y son 30.000

Foto: Luis Angeletti.

 

La Argentina tiene prestigiosas universidades y centros de estudios que forman profesionales en matemáticas y estadísticas, quienes aún hoy deben lidiar con la credibilidad de los datos. De esa manera se intenta burlar los niveles de consumo, mientras los asalariados pierden frente a una inflación que, desde mayo del año pasado, sube y no baja. También podemos sumar las deudas de las familias con tarjetas de crédito, tomadas en financieras de terminales de trenes, de amigos y narcos del barrio. Algo va a ocurrir con esto, que no da para más. Los salarios han perdido un 31,5 % interanual.

Para que el escenario sea completo, sumemos la cantidad de empresas y comercios cerrados y la pérdida del empleo registrado, lo que da como resultado un gobierno que empieza a ser desaprobado y poco creíble.

Milei plantó sus reales en una lucha contra la casta y sus prebendas, pero que ahora empieza a ser cada vez más patéticamente parecido al objeto de sus denuncias.

En lo discursivo, este gobierno inventa números que no se pueden corroborar con ninguna estadística: datos sobre la baja de la pobreza que en realidad son solo para sus feligreses, que ya van huyendo de su templo. La interpretación sesgada hace que los datos se ajusten a una narrativa preconcebida.

El gobierno intervino el INDEC, sin permitir que se difundiera la inflación con un método actualizado, que es mejor para dar cuenta del aumento de precios, después de un año de trabajo con esa herramienta.

Por eso es fundamental ser críticos y verificar la información para entender el contexto y la intención detrás de los números. De allí la importancia de los institutos públicos como el INDEC. Es allí donde surgen validaciones, toma de decisiones, evaluaciones de políticas, investigaciones, análisis, sumada a la transparencia de lo que ocurre en el país.

La evaluación de la credibilidad de los datos es un proceso importante para asegurarse que la información sea confiable y precisa. Algunos indicadores de credibilidad incluyen: índice de transparencia, certificaciones, reputación y evaluación de la fuente y de los expertos involucrados en la recopilación y análisis de los datos.

Recordemos que la evaluación de la credibilidad de los datos es un proceso continuo y requiere una evaluación crítica y objetiva, además de cumplir con estándares internacionales.

Los números en la Argentina tienen su historia, pero los “serios” podrían iniciarse con Sarmiento. El primer censo es de 1869, durante su presidencia, y arrojó una población de 1.877.490 habitantes.

Algunos datos interesantes de ese registro fueron que la provincia de Buenos Aires tenía casi medio millón de habitantes; el 77% de la población era analfabeta, el 30% vivía en ciudades y el 29% sabía leer y escribir. El censo se difundió ampliamente en la Argentina y en el extranjero, y se convirtió en una herramienta valiosa para entender la demografía y la economía del país. Se utilizaron sus datos para informar políticas públicas y tomar decisiones sobre la educación, la salud y la economía.

El Informe Bialet Massé, de 1904, no se centra específicamente en estadísticas, pero sí incluye datos y descripciones sobre las condiciones de vida de los trabajadores en diferentes regiones del país. El informe fue elaborado por Juan Bialet Massé, médico y político argentino comisionado por el gobierno para investigar las condiciones laborales en el país. Se describe la situación de los trabajadores en diferentes sectores y se destacan las malas condiciones y la explotación que sufrían.

El informe cuantificó la población trabajadora en 1,5 millones de personas en 1904; documentó salarios muy bajos, una jornada laboral de más de doce horas diarias promedio, en condiciones horrendas. Tuvo gran impacto en su época, pero su destino posterior fue archivarlo y olvidarlo hasta la década del ‘70.

El Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) se creó el 25 de enero de 1968 y desde entonces viene construyendo conocimiento y prestigio a través de la trama que se ha ido consolidando entre sus trabajadores.

El negacionismo es claro y sabemos de qué hablamos cuando nos referimos a él: negación de hechos históricos, científicos, sociales, a pesar de contar con evidencias abrumadoras. Sus consecuencias son la desinformación, la polarización de la sociedad, la erosión de la confianza y la justificación de la violencia y la impunidad. Algunos de los más destacados de este gobierno son el cambio climático, la violencia de género y la dictadura militar. La relación con lo estadístico es que el negacionismo no es crítica o mera disidencia: si lo fuera, se basaría en evidencias y debate. El negacionismo es, en esencia, la negación de la realidad.

Durante el Holocausto, los nazis utilizaron un sistema de numeración para identificar y contabilizar a los prisioneros en los campos de concentración. A cada uno se le asignaba un número de identificación, que se tatuaba en su brazo o se cosía en su ropa.

La filósofa y politóloga alemana-estadounidense Hanna Arendt acuñó el término “la banalidad del mal” para describir su naturaleza en ese contexto. El mal no siempre es el resultado de individuos monstruosos o sádicos, sino que puede ser el resultado de personas comunes y corrientes que se limitan a seguir órdenes y cumplir con su deber sin cuestionar la moralidad de sus acciones.

Arendt sacó sus conclusiones escuchando a burócratas que sólo acomodaban, contaban y trasladaban gente, entre otras cuestiones.

Es notable que en el país del Presidente autodenominado “el más sionista del mundo” validemos los seis millones de judíos, gitanos y otros del Holocausto, sin pedir tantos papeles como se les pide a los 30.000 compañeros de los que aún no hay registro.

La cantidad de desaparecidos en la Argentina es un tema complejo y debatido. La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), en 1984, registró 8.960 casos de desapariciones forzadas durante la dictadura militar. Sin embargo, esta cifra no es definitiva y organismos de derechos humanos, como las Madres de Plaza de Mayo, estiman que es de alrededor de 30.000. Cabe destacar la destrucción de la documentación y el carácter clandestino de la represión, el temor a denunciar y la falta de registros completos y precisos.

Martín Kohan, un gran escritor argentino, ha explicado que “la cifra de 30.000 desaparecidos no se refiere a un número exacto, sino a la falta de información sobre lo que sucedió con las personas desaparecidas durante la dictadura militar en la Argentina”. Según él, “la represión fue clandestina y no hubo un registro oficial de las desapariciones, por lo que no se puede determinar con precisión cuántas personas desaparecieron”. La cifra de 30.000 es una forma de denunciar la falta de información y la impunidad de los responsables.

Como vemos, nuestros números para este gobierno son algo a negar. En estos días, el INDEC ha confirmado que la inflación no baja y esa confirmación es un estorbo que obliga a mostrar el negacionismo del gobierno con sus interpretaciones incomprensibles.

Las estadísticas son el resultado de “consensos técnicos”. Denunciar la violación de esos consenso no es solo una cuestión técnica, que también lo es, sino un accionar político, científico y gremial, de defensa del trabajo que hacen muchos técnicos para dar estadísticas certeras. Profesionales que en muchos casos son docentes universitarios y enseñan materias vinculadas a las estadísticas. Nos preguntamos ¿cómo se sienten librando sus batallas éticas? Es una posición política defender las estadísticas públicas, porque el pueblo las necesita para evaluar y tomar decisiones.

Para mí siguen siendo seis millones de muertes las del Holocausto, dato que todo argentino bien pensante defendió siempre, y nos resultaba alguien sospechoso de facho quien lo discutía y hacía apología de que no eran tantos. 30.000 es el número que nos impulsa a buscar, a querer saber dónde están los desaparecidos, ahora que también aparecen esos fachos que los niegan. La inflación es de 2,9%, no baja, y en este contexto arrojar a la calle a miles de personas reduce el pan en la mesa, condena a trabajos malos y obliga a los viejos a tomar la mitad de los medicamentos.

Quienes niegan los números, la naturaleza, el cambio climático, como las calamidades en que vivimos y vemos por las calles, ¿qué parámetro estadístico les sirve?, ¿con qué política y metodología pueden sostener sus mentiras?

Las y los salvadores están al lado nuestro, son personas que debemos tocar, abrazar, escuchar y, de ser necesario, llorar sobre un hombro real. Hay que reconstruir un primer nivel de confianza y de humanidad. Seguramente este 24 de marzo en la Plaza de Mayo lo haremos una vez más, pero necesitamos más que nunca ese cara a cara. Nada de evasiones. Sólo la firme dimensión del que tenemos al lado es la única tabla para sostenernos en el naufragio e ir por los otros en este mar de dolor.