Ciertas conductas políticas que empiezan por formas cuidadas dejan de ser baladíes cuando conjugan posicionamientos políticos, estratégico-tácticos e incluso concepciones del sentido de la militancia. Es lo que ocurre cuando, sin perjuicio de otras causas o motivaciones, actúa el disciplinamiento.
En esta línea podría inscribirse la repetición por peronistas de diagnósticos obvios a esta altura del partido sobre asuntos como la deuda externa y la proscripción —en este caso del tipo “la detención de Cristina es injusta”—. Son realidades que, al erosionar directamente la pérdida de autonomía nacional, afectan a toda la población. Generar el contexto político y explicar las medidas que se tomarían para reparar los múltiples daños causados son condiciones necesarias para obtener el respaldo del pueblo argentino ante la segura resistencia del bloque de poder. No creo que se piense gobernar en modo “peronismo domesticado”: han expresado hasta el cansancio que no quieren repetir la experiencia de Alberto Fernández.
El par deuda-proscripción se ha convertido en una constante histórica. Para no ir muy lejos, recordemos que los golpistas de 1930 encarcelaron a Yrigoyen —la edad y estado de salud del líder radical equivalía a excluirlo definitivamente de la escena política— para firmar el ominoso pacto Roca-Runciman (1933), que sirvió para garantizar la prioridad en el pago a los acreedores británicos, tomar nueva deuda y excluir a la “chusma” de las decisiones políticas. La Fusiladora proscribió a Perón para vulnerar conquistas sociales y traer por primera vez al FMI. Esto ahogó así el más avanzado proyecto de desarrollo nacional que ha conocido el país, pero que no había completado una revolución burguesa clásica. La última dictadura desapareció a 30.000 personas para hambrear y proscribir a millones y contraer una cuantiosa deuda externa. Y los Caputo y compañía, con Macri y Milei, proscribieron a CFK —después de haber intentado asesinarla—. Así, llevaron a la miseria a millones y generaron primero e incrementaron después la mayor deuda de la historia argentina. Como sus antecesores, lo hicieron para beneficiar a una minoría pequeña en número pero poderosa en recursos.
El poder consigue disciplinar no sólo a través de violencias perceptibles, sino también por vía ideológica. La continuidad histórica de esta última no necesita fechas para ser demostrada; basta con leer a autores como el recientemente fallecido Norberto Galasso. La diferencia está en que, en materia de ideas, los disciplinados no perciben peligro alguno. En cambio, deuda y proscripción son ese tipo de decisiones del poder que no sólo imponen subordinación, sino que implican además amenazas para los que intenten revertirlas o insinúen repetir el trayecto de los proscriptos. Si quienes deben hablar no lo hacen porque suponen tener una pistola apuntándoles a la cabeza desde ahora, no estarían en condiciones de ejercer el gobierno sin hacer concesiones al poder imperial incompatibles con objetivos estratégicos propios de un gobierno nacional-popular. Los disciplinamientos de cúpulas populares derivan en la ejecución o facilitación de proyectos conservadores por definición, transformismo gramsciano puro.
Estas formas de subordinación primero son emergentes de un problema estructural, hasta que esa relación se convierte en causalidad circular: hay proscripción porque hay dependencia y hay dependencia porque hay proscripción. Los Presidentes de los países centrales no son secuestrados ni los ex Presidentes proscriptos, y esos países gozan de soberanía monetaria y emiten las divisas fuertes del sistema mundial, con lo que sus deudas tienen un estatus cualitativo distinto al nuestro. Otro tanto ocurre con la inflación: las comparaciones se limitan a lo cuantitativo, desconociendo que el problema tiene allá distinta entidad. Aquí opera como un dispositivo ideológico y práctico utilizado por la economía oligárquica para disciplinar cualquier tentativa de transformación social. Así, cada vez que un proyecto popular intenta democratizar la apropiación del excedente, elevar los salarios reales o expandir el gasto social, la ortodoxia desempolva la fábula que dice que la redistribución genera caos macroeconómico y sobreexpansión de la demanda interna, que sólo pueden ser conjurados mediante el apriete del cinturón o la motosierra para lograr la austeridad fiscal que nunca alcanza a los poderosos, sino todo lo contrario. A lo que agregan desempleo y caída del salario real mientras el gran capital pone en marcha el incremento de precios. Por eso la inflación de Cristina era “una catástrofe” y la de Milei prácticamente no existe, cuando son muy similares.
La causa común de los problemas señalados puede verse revisando el error que cometemos cada vez que atribuimos todos los perjuicios sociales y nacionales a una categoría, el neoliberalismo, sin hacer distinciones. Cuando se convierte al neoliberalismo en principio explicativo general, se está considerando una forma histórica particular como la causa original de las contradicciones del capitalismo en la Argentina. No estoy negando su existencia histórica ni la especificidad de las reformas implementadas por Videla, Menem, Macri y Milei. Lo que intento es destacar que, al usar el término como clave explicativa general, se cae en una paradoja teórica inconducente: en la medida en la que se le atribuyen más fenómenos —endeudamiento, privatizaciones, apertura indiscriminada, desregulación, flexibilización laboral, financiarización, etc.—, menos se explican los determinantes estructurales que dan unidad a estos procesos. Tiende a aislarse un conjunto de políticas e instituciones de su base material.
Este proceder invierte el orden del análisis: parte de la forma política e ideológica para explicar la totalidad. En realidad, habría que reconstruir el movimiento de la totalidad social para comprender por qué ciertas formas políticas e ideológicas se vuelven históricamente funcionales a la reproducción del capital, como enseñó otro K. Lo concreto no es lo que se percibe directamente, sino una síntesis de múltiples determinaciones. Las privatizaciones, el debilitamiento de ciertas capacidades estatales, la deuda, la reforma financiera, las reformas laborales, la privatización del sistema jubilatorio o el control del Poder Judicial no pueden entenderse como factores autosuficientes; integraron e integran reconfiguraciones del patrón de reproducción del capital en una formación social históricamente dependiente que precede a la hegemonía neoliberal.
La concentración de la propiedad y las desigualdades estructurales existieron desde la colonia. El neoliberalismo es una formación histórica de gestión y recomposición de estas contradicciones, no su origen. La colonización integró prematuramente el territorio argentino a la expansión mercantil y la división internacional del trabajo con producciones primarias. Esta determinación histórica ayuda a comprender por qué, después de la industrialización y la formación de un mercado interno complejo, la dinámica nacional siguió condicionada por las relaciones de subordinación externa. El capitalismo argentino no es simplemente un capitalismo atrasado; es una forma específica de desarrollo desigual y combinado en la que la modernización y la dependencia se reproducen conjuntamente.
La burguesía argentina dominante se constituyó mediante una doble articulación: internamente, a través de la preservación de estructuras que concentraban poder y riqueza; externamente, mediante su asociación subordinada y dependiente del capitalismo monopolista internacional. De ahí la forma autocrática que asumió la dominación burguesa en la Argentina. La democracia liberal, cuando existió, se vio debilitada por mecanismos que restringían la participación popular. Entre estos se encuentran el peso de los aparatos coercitivos —proscripción incluida— y el desinterés de los sectores dominantes por incorporar de manera estable las demandas de los sectores populares. El autoritarismo, la concentración y las violencias represivas no son desviaciones producidas por el neoliberalismo, pertenecen a la forma histórica propia de la conformación del poder oligárquico-burgués en el país.
El investigador brasileño Ruy Mauro Marini ofreció otra determinación central, el concepto de superexplotación de los trabajadores. En las economías dependientes, la compensación por las transferencias de valor a los centros del sistema mundial tiende a producirse mediante la intensificación de la explotación laboral, ya sea extendiendo la jornada de trabajo, aumentando su intensidad o remunerándolo por debajo de su valor. Lo que se ve hoy es una constante con intensidades variables y muy pocas excepciones periódicas; se trata de componentes estructurales del capitalismo dependiente. La precariedad no es ajena a la modernización capitalista argentina; es una de sus condiciones recurrentes: la informalidad, los bajos salarios, la urbanización precaria, etc., reducen los costos y sostienen la acumulación.
La historia económica argentina del siglo XX muestra que la industrialización por sustitución de importaciones y el desarrollismo representaron transformaciones en la estructura económica, pero no rompieron el ciclo de dependencia. Más aún, en la segunda mitad de la década de 1950, la industrialización pesada profundizó la asociación entre el capital estatal, el privado nacional y el extranjero. La llegada de corporaciones multinacionales, la expansión de la industria automotriz y el financiamiento externo demostraron que la industrialización y la dependencia no eran polos mutuamente excluyentes: el país podía industrializarse y al mismo tiempo reforzar su subordinación tecnológica, financiera y empresaria. Mucho antes de la consagración global del neoliberalismo, el desarrollismo frondizista promovió la concentración de la renta, la caída del salario real, la apertura al capital extranjero y la expansión de grandes grupos económicos, mientras el Estado realizaba inversiones importantes en infraestructura y empresas públicas. Un Estado económicamente activo puede expandir la industrialización y, simultáneamente, reproducir la concentración de ingresos, la dependencia tecnológica y la represión política.
En esta línea, la crisis de la década de 1980 debe considerarse un momento de transición dentro de la crisis del modelo de reproducción del capital dependiente. La deuda externa, el aumento de las tasas de interés internacionales, la inflación, la crisis fiscal y la pérdida de dinamismo industrial no fueron simplemente el resultado de “errores de política económica”. Fueron expresiones de la posición subordinada de nuestro país en el sistema mundial y de algunos límites internos del ciclo de acumulación anterior.
En la década de 1990, esta reorganización adoptó formas conocidas: liberalización comercial y financiera, privatizaciones, consolidación de nuevos mecanismos de deuda pública, atracción de capital extranjero, renuncia a una política monetaria y subordinación total de la política macroeconómica a la estabilidad monetaria y a las exigencias de los acreedores. Estas formas no deben considerarse sólo como la adopción de una doctrina —el neoliberalismo—, sino como una respuesta de los sectores dominantes a la crisis de acumulación y a las nuevas condiciones del capitalismo global: globalización financiera, reestructuración productiva, expansión de las cadenas de valor globales y centralización transnacional del capital generaron presiones objetivas que fueron internalizadas de manera específica por las oligarco-burguesías dependientes. La ideología neoliberal proporcionó el lenguaje, la legitimidad y un programa para esta reconfiguración, pero no la explica por sí sola.
En síntesis, el neoliberalismo puede designar una forma histórica específica de regulación, una racionalidad política oligárquico-burguesa, un programa de reformas y un conjunto de mecanismos institucionales. Resulta útil para caracterizar ciertas modalidades de hegemonía, gestión estatal y disciplina social. Sin embargo, no es útil cuando pretende explicar lo que debe hacerse mediante determinantes previos de más calado: la dependencia, la superexplotación, la concentración de la propiedad, la internacionalización del capital, el poder de las facciones financieras y una forma autocrática de dominación. La categoría “capitalismo dependiente” nos permite comprender la unidad entre momentos aparentemente opuestos, incluidas formas de presión distintas pero con un propósito común: el disciplinamiento. El desarrollismo —en la versión frondizista o en la más tímida albertista— y el neoliberalismo no son equivalentes, ni deben disolverse en una continuidad indiferenciada. No obstante, operaron cómodos sobre la misma estructura de clases e inserción internacional históricamente subordinada.
Este enfoque nos evita un error estratégico: si se concibiera el neoliberalismo como causa fundamental de todos los males, parecería posible la superación del drama nacional mediante un simple cambio en la política económica: mayor inversión estatal, mayor protección social, mayor regulación, etc., medidas que pueden mejorar las condiciones de vida de los sectores populares, pero sin consolidarse. Una política verdaderamente transformadora tendría que afrontar la estructura de la propiedad, la subordinación financiera y tecnológica, el patrón de apropiación del excedente, la concentración de la tierra, el poder oligopólico y las formas políticas que garantizan la reproducción de las clases dominantes. El desafío que otros países superaron implica rechazar relatos idealistas. Hablar de desmantelamiento del Estado a partir de 1976 con ideas que ya han fracasado, sin reconocer los déficits estructurales previos, puede producir la ilusión de suponer que antes de la tragedia hubo siempre un orden capitalista nacional integrado y socialmente justo, posteriormente destruido por una doctrina externa. Algo que es históricamente incorrecto, oculta la continuidad de formas de acumulación dependientes y hace aparecer al neoliberalismo como el triunfo de unas malas ideas contra un Estado nacional previamente virtuoso. Las ideas importan, pero su eficacia histórica depende de las relaciones materiales y de la capacidad política de los actores para transformarlas. Incurren en una contradicción quienes dicen honrar las ideas de una conducción del peronismo que desconocen; se agravaría si terminaran disciplinados por la conducción política del poder imperial-oligárquico.
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