DISPAREN SOBRE LOS ALIADOS

Donald Trump: entre desplantes y desatinos

Desde el comienzo de su gestión presidencial, Donald Trump ha venido llevando una continuada carga contra el orden globalizado vigente hasta el momento de su asunción. Podría decirse, incluso, que está embistiendo contra la arquitectura multilateral laboriosamente construida por los Estados Unidos a partir de la segunda posguerra, inicialmente en asociación con sus aliados europeos, a los que luego se fueron sumando otros países. Recientemente, además, ha incurrido en sorprendentes maltratos a  altos dirigentes políticos de esas naciones y en destacables desatinos:

- Sustrajo a los Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico (TTP, su acrónimo en inglés), que promovía el libre comercio entre importantísimos países de esa región (Australia, Brunei, Canadá, Chile, Perú, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Singapur, Vietnam y los propios Estados Unidos); entre todos sumaban aproximadamente el 40% de PBI del mundo. Era una pieza fundamental de la política exterior norteamericana creada a instancias de la administración Obama, cuyo principal objetivo era contrapesar el creciente poder de China en esa parte del orbe. Contó con el apoyo de no pocos republicanos a la hora de su aprobación y fue tomado como ejemplo del tipo de marco comercial conveniente para el siglo XXI.

- Se despegó del Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión impulsado también por el gobierno de Barak Obama, orientado —como el TTP— a la creación de otra asociación megarregional de libre comercio.

-  Abundó en desdenes contra México (la construcción del muro limítrofe, el endurecimiento frente a los migrantes, etc.). Fue, en el comienzo, más benevolente con Canadá pero en la última reunión del G7 vapuleó al primer ministro Justin Trudeau y retiró el apoyo de su país a la declaración final del evento. Y, en general, se ha mostrado reticente con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), al que puso asimismo en la picota.

-  Retiró a su país del acuerdo nuclear con Irán, dejando en la intemperie a Alemania, Francia y el Reino Unido, que habían hecho ya inversiones en la nación iraní. Resultaron luego advertidos por Estados Unidos de que las empresas que operaran negocios allí podrían, conforme a una legislación vigente, ser penadas si tuvieran también actividades en Estados Unidos.

-  Inició una peligrosa guerra comercial cuyo escenario principal es el mundo desarrollado, a partir de la decisión de incrementar un 25% los aranceles de importación del acero y un 10% los del aluminio.

-  En la última reunión de la OTAN presionó fuertemente a sus miembros para que incrementaran sus aportes; en una declaración posterior llegó a calificarlos de “delincuentes” por no pagar la totalidad de las cuotas correspondientes. Muy recientemente (17/07/2018), en una entrevista  concedida a Fox News, puso en cuestión la misión fundamental de la Organización. Ante la retórica pregunta de su entrevistador: “¿Por qué si hubiera algún problema mi hijo tendría que ir a combatir a Montenegro?”, la respuesta presidencial fue: “Eso mismo me pregunto yo”. (Montenegro fue el último país que se incorporó a la OTAN, el año pasado.)

 

 

- En otro programa de Fox News, a comienzos de este mes, dijo sin empachos: “La Unión Europea es probablemente tan mala como China sólo que es más pequeña.”

-  Pocos días después criticó ácidamente a la premier británica Teresa May por haber aceptado el soft Brexit y elogió al renunciante canciller Boris Johnson –que era partidario de un Brexit duro— de quien dijo que podría ser un muy buen primer ministro.

Todo en un lapso de 18 meses.

Podría decirse que tanto respecto de entidades hasta ahora fundamentales para Estados Unidos en lo que hace al sostén, desenvolvimiento y defensa del orden global, cuanto de dirigentes de primera línea del propio campo de alianzas de su país, Trump no ha dejado títere con cabeza. Sus decisiones y posiciones han sido frontales, explícitas y elocuentes. Todo lo cual ha producido descontento, malestar y sorpresa.

Algunos pasajes de su discurso inaugural –aquel que hizo centro en el lema America first— dejaron entrever, sin embargo, algo de lo que vendría después. Dijo entonces el flamante presidente: “Hemos hecho ricos a otros países mientras nuestra riqueza, la fuerza y la seguridad de nuestro país se han esfumado en el horizonte”. También apuntó: “Debemos proteger nuestras fronteras de la devastación de otros países que fabrican nuestros productos, se roban nuestras industrias y acaban con nuestros empleos. La protección nos brindará una gran fuerza y prosperidad”. Y remató: “Seguiremos dos simples reglas: comprar en Estados Unidos y contratar en Estados Unidos. Buscaremos lazos de amistad con las naciones del mundo, pero lo haremos bajo la comprensión de que todos los países tienen derecho a priorizar sus intereses”. Entre los varios interrogantes que suscita lo anterior, conviene elegir este: ¿qué países fueron aquellos a los que hizo ricos Estados Unidos?  Seguramente no la hoy Rusia. Y  China solo parcialmente a raíz de la relocalización de empresas y la transferencia de tecnología, con posterioridad a la caída del Muro de Berlín. Se puede en cambio afirmar que los que sí se hicieron ricos –o recuperaron esa condición— en base a la ayuda norteamericana fueron los países beneficiados por el Plan Marshall y la cooperación atlántica, defendidos por la OTAN. Y Japón. Con ajuste al presente, podría mencionarse a los que integran el G7, ese otrora gallardo lote, venido un poco a menos hoy. El mensaje implícito contenido en el primero de los párrafos mencionados arriba parecería ser entonces este: los ricos mencionados por Trump son los aliados.  El último párrafo, por su parte, revela otra cosa. Se buscarán lazos de amistad con las naciones del  mundo, dice. O sea, sin limitaciones  y… ¿sin privilegiados?  No sólo en este pasaje sino en todo el discurso es escasa la retórica vigente con anterioridad a Trump, que  mentaba con regularidad las alianzas, los aliados y los amigos. Hoy sigue ocurriendo esto en la National Security Strategy o en el Quadrennial Defense Review. Pero en el léxico presidencial no suele utilizarse mucho. Es evidente que el Presidente tiene una querella o, por lo menos, una queja fuerte contra los aliados, incluso los más viejos y sólidos. Y a ellos parece atribuir la responsabilidad del deterioro de la situación norteamericana.

Descree asimismo de las entidades colectivas. No le gusta el estado de la OTAN. Y está claro que ninguneó el TTP y el Acuerdo Transatlántico, que critica a la Unión Europea y que no está a gusto con el TLCAN. Y que más bien prefiere los acuerdos entre naciones. Muy recientemente descartó el regreso al TTP a menos que hubiera un cambio sustancial de condiciones. Dijo también: “Tenemos hoy acuerdos bilaterales con 6 de los 11 países del Tratado y estamos trabajando para hacer uno también con Japón, la más grande de esas naciones”. De nuevo los acuerdos de uno a uno. No sería raro incluso que dada su novatez en política y, en cambio, su amplia experiencia empresarial, se sienta más cómodo entre socios que entre aliados. La asociación (o sociedad) es consustancial a los negocios; se puede sostener o ser puntual, se puede entrar y salir, etc. La alianza, en cambio, es más perdurable y en cierta medida, más comprometedora.

Todo lo dicho hasta aquí podría abrir una vía de explicación para los desplantes, malos modales, malos tratos e incluso agresiones que ha prodigado en sólo un año y medio el Presidente norteamericano. Pero nada dice sobre cuestiones de fondo. Hacer responsables de los problemas norteamericanos a los aliados  –“Durante décadas hemos enriquecido la industria extrajera…hemos subsidiado ejércitos de otros países mientras permitimos que el nuestro quedara tristemente mermado”, dijo también en el ya mencionado discurso— es un desatino. Y abolir tratados internacionales o fomentar una guerra comercial no necesariamente resuelve los problemas centrales.

Es obvio que, en primer lugar, hace falta un diagnóstico bien elaborado de la situación, sobre cuya base debería proponerse una vía de salida de una realidad problemática, compleja y acuciante –en términos de Trump, la fuerza de Estados Unidos se “ha esfumado en el horizonte”— para intentar recuperar el terreno perdido. Y seguramente, entre otros asuntos, el Presidente norteamericano tendría que definir un modelo de gestión del orden global y de sus correlativos asuntos de seguridad internacional. Hará falta, en suma, la elaboración de una grand strategy.

Nada de esto existe hoy ni tiene vistas de aparecer. De modo que seguramente persistirán los comportamientos desconcertantes y los modales airados junto a una inquietante y cada vez más densa incertidumbre.

 

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