La Antártida Argentina conforma, junto con la Isla Grande de Tierra del Fuego, las islas Malvinas y demás islas del Atlántico Sur, la provincia de Tierra del Fuego, que abarca la fracción del continente blanco reclamada por la Argentina: una superficie de 873.718,4 km².
La historia nacional desde hace siglos registra presencia y actividad en los territorios insulares del Atlántico Sur, habiendo constituido las mismas verdaderas epopeyas marítimas relacionadas con la afirmación de la soberanía territorial argentina. Luego de esas gestas patrióticas, en el último medio siglo, la defensa de la soberanía en la región mutó en pernicioso patrioterismo, llegando a sacrificar vidas de inocentes víctimas forzadas a serlo. Las siguientes líneas se inspiran en el patriotismo de tantos argentinos que visionariamente entendieron y actuaron por la defensa del territorio nacional del Atlántico Sur ante las históricas ambiciones colonialistas. También se inspiran en el reciente testimonio de un veterano de la guerra de Malvinas que no se considera excombatiente de esa contienda, sino que él afirma continuar siendo un combatiente.
Ya en pleno siglo XXI, la incipiente transición energética que está siendo impuesta por los países más poderosos del mundo ha desatado la voracidad de estos por apropiarse de los minerales críticos y asegurarse de cualquier manera su flujo hacia donde puedan ser procesados como insumos imprescindibles para la transición energética en acelerada competencia.Son los mismos poderosos que, mientras por un lado niegan el calentamiento global antropogénico, por el otro temen el agotamiento de los depósitos de petróleo y gas y los efectos de la creciente contaminación de la atmósfera, como ocurre en grandes centros urbanos chinos.
En semejante voracidad por minerales críticos (incluyendo hidrocarburos y tierras raras) se perfilan bastante claramente dos modelos extractivos antagónicos: el del gobierno estadounidense, basado en intervenir militarmente para imponer el extractivismo, y el de China continental, basado en la inversión en infraestructura logística y de transporte, así como en yacimientos de esas materias primas luego exportadas con destino a su utilización en el país asiático.
El extractivismo global galopante resultante de la competencia por esos recursos afecta con la nueva minería principalmente a los territorios de países pobres. Dentro de estos, a regiones necesitadas de actividad económica. Aunque ya es vox populi que la minería arrasa los territorios mediante maquinaria pesada, empleando escasa mano de obra, sin importarle el arraigo de los pueblos a su entorno, ni siquiera los pueblos mismos.
Por el momento, en toda la Antártida, la minería en cualquiera de sus fases está prohibida hasta 2048, año en que las partes firmantes del Tratado Antártico oportunamente acordaron reunirse para eventualmente introducir modificaciones a dicho tratado. Mientras tanto, de acuerdo con estudios realizados durante más de un siglo de investigación científica ad hoc, se evidencia que, en la medida en que el calentamiento global provoca el derretimiento de superficies congeladas, quedan expuestos sectores terrestres poseedores de valiosos minerales (cobre, hierro, oro, plata, platino y cobalto) que hasta la actualidad están escondidos por la capa de hielo.
Los científicos dedicados al cambio climático ya tienen nociones acerca de qué regiones antárticas serán las más apropiadas para acceder con menos dificultades al continente blanco en el futuro más o menos próximo. Si bien en la actualidad este está casi todo cubierto por glaciares o capas de hielo, algunas zonas se están calentando al doble de rápido que el promedio del resto del continente.
A todo esto, de acuerdo con el conocimiento adquirido, se evidencian en dicho continente dos zonas con riquísimos depósitos minerales. Por un lado, la península Antártica, de 1.300 km de largo, extendida desde el continente, apuntando como un pulgar hacia el extremo sur de Sudamérica y a sólo 1.000 kilómetros de Ushuaia, el puerto más cercano del mundo al continente blanco. Por el otro, la cadena de montañas transantárticas que, en sus 3.600 kilómetros de largo, separa la Antártida Oriental de la Occidental.
Mediante estudios e investigaciones realizadas in situ, se sabe que ciertamente hace 180 millones de años el continente antártico estaba físicamente conectado con Australia, África y Sudamérica como parte del supercontinente denominado Gondwana. En esos continentes que rodeaban entonces a la Antártida existen grandes depósitos de minerales; por lo cual puede imaginarse que, siendo geológicamente similar, existan en ella minerales semejantes en abundancia.
La península es reclamada por la Argentina, Chile y el Reino Unido, mientras que todos los reclamos territoriales en el continente blanco fueron suspendidos en 1959 por el Tratado Antártico y no son reconocidos por demás naciones. Además, cabe subrayar que la Península Antártica es la región del continente donde más se evidencian los efectos del cambio climático, por lo cual puede esperarse que sea donde más rápidamente aflorará el suelo desprovisto de la capa de hielo que lo cubre [1].
Argentina cuenta con un Instituto Antártico (IAA) creado en 1951 bajo la órbita de la Cancillería “con el propósito de definir, desarrollar, dirigir, controlar, coordinar y difundir la actividad científico-tecnológica argentina en la Antártida, con el objetivo de respaldar los intereses argentinos en la región, en el marco de la plena vigencia del Tratado Antártico”. A juzgar por la página web correspondiente, parece que el instituto estuviera bastante a la deriva, tal como las demás áreas científico-tecnológicas del país. Ello es entendible por el desfinanciamiento de los últimos años y, para peor, la decisión en 2026 de relocalizar la política antártica desde la Cancillería hacia el área de Defensa. Es así que los científicos dejaron de ser quienes orientan dicha política para serlo los militares, quienes por demás se sienten incómodos por ello, constituyendo un aciago escenario para la Antártida argentina en momentos álgidos debido a previsibles modificaciones del estatus internacional del continente.
El país mantiene presencia histórica y estratégica en la Antártida, con bases permanentes y una fuerte tradición científica. Cuidar ese rol implica no solo sostener la actividad logística y científica, sino hacerlo bajo los más altos estándares ambientales. Por eso, la reciente noticia de grave desidia del comandante militar de una base antártica argentina relacionada con la irresponsable disposición de residuos (terminantemente prohibida por el específico Protocolo de Madrid) ha causado alarma, ya que podría poner en riesgo la presencia permanente y actividades de muchas décadas en el continente antártico. En definitiva, esas recientes modificaciones debilitan el principal sustento de la presencia argentina en el continente: la producción científica.
Por otra parte, en el marco del contexto actual de disputa hegemónica entre Estados Unidos y China por el control de recursos minerales críticos en todo el planeta, es una lástima que el gobernador de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur no haya aprovechado la oportunidad de la intervención federal del puerto de Ushuaia por supuestos desarreglos administrativos para enmarcarla entre los avances de Estados Unidos por establecer una base naval en Ushuaia. Los dos últimos jefes del Comando Sur de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos se desplazaron para inspeccionar el terreno. Además, no hay que olvidar que el país del norte, durante la guerra de Malvinas, apoyó a Gran Bretaña y que muy posiblemente en no demasiado tiempo las grandes potencias habrán de avanzar hacia la Antártida, para lo cual contar con una base naval propia les resultaría una significativa ventaja. Esto mostraría un sorpresivo viraje de postura y alineamiento de dicho gobernador con la política libertaria de alianza con Estados Unidos. Recordemos que esta alianza fue tempranamente iniciada con el swap de monedas realizado con el país del norte como contundente señal de apoyo al gobierno de Milei. .
De manera descarada y pisando fuerte, los últimos embajadores de Estados Unidos en la Argentina y los últimos jefes del Comando Sur llegaron al país a inspeccionar Ushuaia, donde pretenden instalar una base naval que permita a ese país el control directo y los flujos externos de los recursos naturales y commodities en el Atlántico Sur. También pretenden el control de la vía de comunicación interoceánica, además de contar con un lugar de recalada seguro en el puerto más próximo al continente antártico. La instalación de semejante base sería parte de la intención recientemente expresada por Milei acerca de construir una alianza estratégica duradera con Estados Unidos. A ese propósito, el general Presti, ministro de Defensa argentino, viajó esta semana al Pentágono a negociar el control de Estados Unidos del Atlántico Sur con la excusa de que Estados Unidos quiere patrullar la Zona Económica Exclusiva Argentina para interrumpir la actividad de la pesca china en la milla 201. La idea es constituir esa meta como política de Estado, dado que muy probablemente en las próximas décadas el Atlántico Sur será escenario de disputas estratégicas. A todo esto, como quien no quiere la cosa, tanto aquellos embajadores como los comandantes señalaron explícitamente la necesidad de expulsar totalmente a China de la Argentina.
En una posición muy diferente respecto de la Antártida se encuentra Brasil, donde esta semana el Presidente brasileño Lula Da Silva transmitió la preocupación del gobierno brasileño por la evolución del contexto geopolítico regional y global. Así, manifestó: “Si no nos preparamos para defendernos, en cualquier momento nos invaden”. Más adelante añadió: “Ya hemos advertido al mundo que el viejo modelo de extracción de recursos naturales terminó”. Y para concluir agregó una contundente afirmación: “Queremos participar en el proceso de transformación y que ocurra aquí en Brasil”.
Dice Celso Amorim, el histórico y actual canciller brasileño, que el mundo de hoy es cada vez más crudo, “un mundo sin ilusiones”. Las consecuencias de ello para Brasil son profundas, al punto de que sectores de la sociedad que antes no estaban interesados en cuestiones estratégicas o de defensa han comenzado a reflexionar sobre el tema. El país “necesita desarrollar una política de defensa seria”, no enfrentarse militarmente a grandes potencias, ya que nunca tendrá la capacidad de enfrentar militarmente a países como Estados Unidos, Rusia o China, sino adquirir una verdadera capacidad de disuasión. “Es esencial que los actores externos sepan que cualquier agresión implicaría costos y daños significativos. No es una tarea sencilla, como lo demuestran los acontecimientos en Venezuela. Pero es necesario”.
Se estima que Brasil tiene la segunda mayor reserva mundial de tierras raras y minerales críticos —insumos esenciales para tecnologías avanzadas, la transición energética y sistemas de defensa modernos—. Esta dotación ha despertado un gran interés internacional, del mismo modo que los recursos estratégicos siempre han atraído la atención externa a lo largo de la historia. Por lo tanto, Brasil necesita ante todo, continúa Amorim, “desarrollar una política nacional clara para los minerales críticos —algo que ya está empezando a discutirse dentro del gobierno— y también necesita tener los medios defensivos adecuados para proteger estos activos y su soberanía”.
A comienzos de la década del '80 del siglo pasado, sin quedarse esperando a que madurara la inteligencia artificial, Brasil tenía ya suficiente inteligencia estratégica estatal para formular y sostener políticas de Estado, así como instituciones (Itamaratí, la Cancillería) que sabían cómo defender la soberanía nacional en todos los órdenes. Esta abarcaba desde la política comercial externa en la intrincada era del GATT hasta llegar a entender la importancia estratégica de la Antártida, no sólo para el planeta, sino también para Brasil. De esa manera, aun con una muy generosa dotación de yacimientos minerales de todo tipo y de cierta lejanía física con el continente blanco, hace cuatro décadas Brasil se decidió a instalar en Antártida una gran base para tener presencia allí y llevar adelante un ambicioso programa de investigaciones científicas relacionadas con la región. Esta acción le ha permitido tener protagonismo en el orden mundial por el alto nivel de esas actividades realizadas y las publicaciones científicas correspondientes, alcanzando de esa manera a ser miembro del Consejo Consultivo del Sistema del Tratado Antártico. A su vez, esto le otorga derecho a participar en la toma de decisiones sobre el continente, aun cuando no ha hecho una reclamación formal de territorio en ese continente, aunque existe una propuesta informal llamada "Antártida brasileña", no reconocida por el Tratado.
A pesar de que el actual Brasil de Lula no es el mismo que el de hace 20 años, ya que los poderosos intereses financieros condicionan al poder político de ese país mientras la burguesía industrial paulista ha perdido fuerza en relación a los poderosos agro-ganaderos, la visión estratégica brasileña sigue en pie. De hecho, este año llegó a hacer hocicar a Musk, frenó a Trump y continuó con un poderoso despliegue científico antártico. Por ello, la virtuosa articulación brasileña de la política exterior con la ciencia y la tecnología ha sostenido una política de Estado respecto al futuro antártico, mientras que en la Argentina sucede lo contrario, corriéndose el riesgo de perder todo con las implicancias de acabar destruyendo una trayectoria de logros resultante de inmensos esfuerzos.
[1] Revista Ciencia e Investigación, 59, No. 2, 22-25, 2009. "Acerca de los cambios ocurridos en la península antártica".
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