Los mensajes
Hay fotos que buscan registrar un momento, otras intentan construir un futuro. La que protagonizará Kristalina Georgieva el próximo 27 de julio pertenece a esta última categoría.
La directora gerente del Fondo Monetario Internacional llegará a Buenos Aires para una visita relámpago y se reunirá con Javier Milei en la Casa Rosada. Luego encabezará una conferencia de prensa en el Ministerio de Economía y dará una clase magistral en el CCK (bautizado circunstancialmente Palacio Libertad). Antes de regresar, viajará a Neuquén para recorrer Loma Campana, el proyecto insignia de YPF y Chevron, considerado el kilómetro cero del desarrollo de Vaca Muerta. No permanecerá siquiera dos días completos en el país. La agenda parece comprimida. El mensaje, en cambio, es inmenso.
La interpretación más inmediata es evidente: Georgieva vuelve a poner el cuerpo para respaldar políticamente a Javier Milei. No es la primera vez. Desde la negociación del nuevo programa, el Fondo abandonó la vieja liturgia de la distancia técnica y asumió un acompañamiento explícito.
Una imagen elocuente se produjo en abril del año pasado, durante las Reuniones de Primavera del organismo en Washington. Georgieva apareció con un pin en forma de motosierra prendido en la solapa.
Pero esa lectura resulta insuficiente porque la visita está pensada para varios destinatarios al mismo tiempo. La directora gerente no viaja solamente para fortalecer al gobierno, sino que también llega para tranquilizar a la burocracia del propio Fondo y así enviar una señal a los mercados internacionales, que empiezan a mirar con mayor atención la sustentabilidad del programa económico argentino.
Dentro del organismo conviven dos planos que no siempre marchan al mismo ritmo. Por un lado, está la conducción política, que responde a los equilibrios geopolíticos de los principales accionistas. Por el otro, está la tecnocracia, que examina números, metas y desvíos. Es hacia ese segundo público donde apunta una parte importante del viaje, porque el principal activo que exhibía el gobierno desde diciembre de 2023, el superávit fiscal, se deteriora notoriamente.
Junio terminó con un déficit primario de 696.843 millones de pesos y un déficit financiero de 1,024 billones. En términos nominales, los ingresos crecieron 22,3% interanual, pero los gastos primarios aumentaron 37,7%.
El dato aislado podría relativizarse. Junio concentra el pago del medio aguinaldo y suele deteriorar el resultado mensual. El problema aparece cuando se observa la tendencia. En términos reales, los ingresos del Estado retrocedieron 8,5% respecto del mismo mes del año anterior, impulsados por una caída del 8,8% de la recaudación tributaria, mientras el gasto primario creció 3,1%. La tijera empezó a abrirse en la dirección inversa a la que necesita el programa acordado con el Fondo.
El deterioro también aparece cuando se amplía el foco. Durante el primer semestre, los ingresos totales cayeron 5% en términos reales. Los ingresos tributarios retrocedieron un 6,6%. El gasto primario descendió apenas el 2%. Como consecuencia, el superávit primario acumulado se redujo un 26,9% respecto del mismo período del año anterior. Si se excluyen los ingresos extraordinarios provenientes de privatizaciones, la caída alcanza 37,6%. El resultado financiero es todavía más elocuente: se desplomó el 61,5%. Sin contabilizar las privatizaciones, la reducción llega a 88,7%. La distancia entre el relato fiscal y las cuentas públicas empezó a ensancharse.
No es solamente una cuestión contable. Lo que inquieta es la dinámica. Un mes deficitario no altera por sí solo un programa económico, pero cuando durante varios meses los gastos avanzan más rápido que los ingresos, el colchón fiscal comienza a consumirse. Si además parte del equilibrio se sostiene postergando pagos y aumentando deuda flotante para suavizar el resultado mensual, el margen de maniobra se vuelve más estrecho. El Fondo conoce demasiado bien esa secuencia porque la vio repetirse una y otra vez en la Argentina.
Hay otro dato que explica la preocupación. De los dieciséis grandes componentes del gasto público, apenas cuatro crecieron en términos reales durante el primer semestre. El incremento más importante no fue en salarios, ni en jubilaciones, ni en obra pública; fue en los subsidios a la energía, que aumentaron 69,9%. Muy por detrás aparecen las transferencias a universidades, la AUH y las pensiones no contributivas. El invierno volvió a poner en evidencia un viejo límite de la economía argentina: cuando aumenta el costo de la energía, el Estado termina absorbiendo una parte creciente de la factura.
No es un asunto menor para el Fondo. Desde hace tres décadas, los subsidios energéticos aparecen de manera recurrente en cada negociación con el país. Cambiaron gobiernos, ministros y programas económicos, pero la discusión permaneció intacta. Para el organismo representan un gasto que amenaza la consolidación fiscal, sin embargo, para la política argentina, muchas veces fueron la condición necesaria para sostener la producción, el consumo y evitar que el costo de la energía se trasladara íntegramente sobre empresas y hogares.
Pero Georgieva no viaja únicamente para tranquilizar a los técnicos del Fondo. El segundo destinatario del viaje está en Nueva York, Londres y los grandes centros financieros. Allí la pregunta ya no pasa solamente por el ajuste fiscal. La inquietud es otra: ¿cómo piensa la Argentina generar los dólares necesarios para afrontar una deuda cuya estructura se volvió cada vez más exigente?
Desde la llegada de Milei, la deuda con organismos multilaterales ganó un peso creciente dentro del total de los compromisos externos; esto cambió la composición de los acreedores externos. La deuda con prioridad de cobro —la que corresponde al Fondo Monetario, el Banco Mundial, el BID y otros organismos multilaterales— creció alrededor de 25.700 millones de dólares. No es un dato menor.
Además, cada desembolso del Fondo aumenta la porción de deuda con prioridad de cobro. Es la llamada deuda senior. Aquella que se paga antes que los bonos en manos de acreedores privados. Para Wall Street, ese detalle es determinante. Cuanto mayor es la deuda privilegiada, menor es el espacio disponible para quienes prestan después. No alcanza con prometer voluntad de pago, sino que hay que demostrar capacidad para generar los dólares que permitan satisfacer a todos los acreedores.
Ahí aparece el verdadero sentido de la escala en Neuquén.
La recorrida será por Loma Campana, el proyecto desarrollado por YPF y Chevron que marcó el nacimiento de la explotación de Vaca Muerta. Allí comenzó en 2013 el desarrollo masivo del shale argentino. Hasta entonces, Vaca Muerta era una promesa geológica y Loma Campana la transformó en una realidad productiva. Fue el pozo desde donde se construyó la narrativa de que la Argentina podía convertirse en un gran exportador. Promesa cumplida.
La escena tiene una ironía difícil de pasar por alto. El gobierno que hizo de la confrontación con el kirchnerismo una de sus principales banderas termina exhibiendo ante el Fondo el proyecto nacido del acuerdo entre YPF y Chevron impulsado durante la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner.
La roca conserva mejor la memoria que la política. Debajo del mismo suelo sobre el que se libraron viejas batallas ideológicas, hoy se busca construir el consenso financiero que permita sostener el programa económico.
Por eso Georgieva no viaja solamente a conocer un yacimiento, sino que lo hace para observar la garantía material del programa. La visita convierte a Loma Campana en mucho más que un desarrollo petrolero; lo transforma en un activo financiero. En una garantía implícita para la burocracia del Fondo y para Wall Street. El mensaje puede resumirse en una frase sencilla: los dólares para pagar que todavía no están en el Banco Central están enterrados bajo la roca patagónica. El gobierno necesita convencer al mundo de que alcanzarán para todos y el Fondo decidió ayudarlo a contar esa historia.
La clave
El Fondo no administra en el vacío. Maneja recursos aportados por 191 países, pero las decisiones no se distribuyen con criterio democrático. El poder depende de la cuota. Así, Estados Unidos concentra alrededor del 16,5% de los votos y es el único miembro con capacidad individual para bloquear las decisiones más importantes, que requieren una mayoría del 85%. Es decir, no dirige formalmente el organismo, pero tampoco necesita hacerlo: conserva la llave de la puerta.
La conducción del Fondo siempre se acomoda a ese dato. Kristalina Georgieva rindió pleitesía al gobierno estadounidense mientras Joe Biden ocupó la Casa Blanca. Ahora responde a Donald Trump y lo hará, al menos, mientras Trump conserve el poder necesario para sostenerla. La tradición reserva la dirección del Banco Mundial para una persona propuesta por Washington y la del Fondo para una figura europea. Pero ningún reparto ceremonial resiste el veto de Estados Unidos.
En noviembre se renovará la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Una derrota lapidaria del oficialismo podría debilitar a Trump, modificar los equilibrios de Washington y abrir interrogantes sobre el futuro de Georgieva. Por ahora, la orden política no ofrece dudas. Para la Argentina de Javier Milei, todo.
Trump encontró en Milei un propagandista entusiasta de su cruzada y Milei encontró en Trump un prestamista político de última instancia. Georgieva quedó en el medio, con la motosierra en la solapa y las planillas debajo del brazo.
Pero el “todo” de Washington tiene una pequeña trampa. Estados Unidos orienta la decisión. La cuenta se reparte.
Claro, con la tuya.
La tuya, en este caso, es la cuota aportada por los demás socios. Estados Unidos posee cerca del 16,5% de los votos; Japón supera el 6,1%; China ronda el 6%; Alemania, el 5,3%; los Países Bajos se acercan al 1,8%. Japón supera a China y es formalmente el segundo accionista individual por un margen pequeño. Esa fotografía institucional, sin embargo, pertenece a un reparto de poder que envejeció. Pekín es la segunda economía del planeta y reclama desde hace años una representación acorde con su peso real.
Japón, Alemania, los Países Bajos y China no comparten necesariamente el entusiasmo de Washington por el experimento argentino. Sus gobiernos tienen posiciones distintas. Sus contribuyentes también podrían preguntar por qué el principal deudor del Fondo recibe un acompañamiento que excede la habitual tolerancia técnica. No se discute solamente cuánto dinero recibió la Argentina, sino también la flexibilidad aplicada a sus metas, la velocidad de los desembolsos y el respaldo político, casi militante, de Georgieva.
La comparación hace más visible la anomalía. La Argentina ocupa con holgura el primer lugar entre los deudores del organismo. Está por encima de Ucrania, territorio desde febrero de 2022 donde se desarrolla una guerra que destruyó la vida de millones de personas.
La concentración del riesgo argentino incomoda a los socios que aportan los recursos, pero no controlan la lapicera. China suma una particularidad. No sólo integra el Fondo, sino que también es acreedora de la Argentina, sostiene una porción de sus reservas mediante el swap, financia obras de infraestructura y compra una parte creciente de los productos que deberían generar los dólares del repago. Puede discutir desde ambos lados del mostrador.
Una prueba apareció en el entendimiento técnico con el Fondo. Allí quedó incorporada la reactivación de las represas hidroeléctricas sobre el río Santa Cruz. No es habitual que un acuerdo macroeconómico incluya el destino de una obra específica. Menos todavía una financiada por bancos de uno de los principales accionistas del organismo. La cláusula no cayó del cielo. Fue una marca del peso chino en una negociación presentada públicamente como la coronación del alineamiento con Washington.
Las represas Néstor Kirchner y Jorge Cepernic quedaron paralizadas en medio de la interna del gobierno anterior. El proyecto, ejecutado por una unión transitoria encabezada por la empresa china Gezhouba, junto con Eling Energía e Hidrocuyo, cuenta con financiamiento de bancos chinos. Las dos centrales tendrían una potencia conjunta de 1.310 megavatios.
China condicionó la continuidad del financiamiento al cumplimiento de los compromisos asumidos. La reactivación quedó asentada en el acuerdo técnico con el FMI. El organismo, que promovía el respaldo de Trump a Milei, terminó incorporando en sus papeles una demanda de Pekín. La política exterior oficial marchaba hacia Washington. Una de las cláusulas caminaba en dirección contraria. Las represas de Santa Cruz son el proyecto de infraestructura más grande que tiene China por fuera de su territorio.
La Adenda 12 abrió la posibilidad de retomar las obras y habilitó un desembolso chino de 150 millones de dólares. Pero el dinero quedó atrapado en una zona muerta de la administración argentina. El proyecto debía pasar de ENARSA a la Secretaría de Recursos Hídricos. El gobierno no completó la transferencia ni terminó de definir la autoridad de aplicación.
Pekín había aceptado girar los recursos y el Fondo había registrado el compromiso, pero el freno está en Buenos Aires. Una obra de escala patagónica detenida por una mudanza de escritorios. El problema ya no es el comunismo, la libertad ni el destino de Occidente. Es determinar quién firma el expediente.
El episodio describe mejor que cualquier discurso la relación real entre el gobierno y China. Milei puede denunciar al comunismo en una convención conservadora; no obstante, Luis Caputo necesita renovar el swap. El Presidente puede anunciar que no hará negocios con Estados que no respeten la libertad, pero Economía solicita desembolsos a bancos chinos. Milei puede abrazar a Trump, pero la caja obliga a conversar con Xi Jinping.
En otra edición de El Cohete contamos que, al comienzo del gobierno, los principales empresarios petroleros fueron a explicarle a Milei una evidencia material. La Argentina podía alinearse políticamente con Estados Unidos, pero no podía romper sus relaciones económicas con China. Los yacimientos necesitan inversiones y los barcos necesitan compradores. Los balances no participan de las guerras culturales.
La economía de no ficción terminó de explicar la contradicción en los puertos.
Durante años, Estados Unidos fue el principal destino del petróleo exportado desde Vaca Muerta. En 2026 perdió participación. El crudo Medanito comenzó a recorrer rutas más largas. Llegó a China y Tailandia. También aparecieron operaciones o consultas desde Vietnam, India, Singapur y Malasia. Los conflictos en Medio Oriente, las alteraciones de los flujos globales y la búsqueda asiática de proveedores confiables aceleraron el movimiento.
Desde Puerto Rosales se despacharon en mayo 9,4 millones de barriles, el volumen mensual más alto desde el inicio de las operaciones vinculadas con Vaca Muerta. Entre enero y mayo salieron 35,8 millones de barriles. El incremento interanual fue del 115,73%. China y Tailandia se incorporaron como destinos de un petróleo que hasta hace poco se concentraba en el continente americano.
Los datos del comercio bilateral acompañan esa transformación. Entre enero y mayo, las exportaciones argentinas totales hacia China alcanzaron 3.938 millones de dólares. Crecieron 78,8% frente al mismo período del año anterior. Dentro de ese total, los envíos de combustibles y energía sumaron 441 millones de dólares. El salto fue del 411,3%.
Uno de los embarques transportó 105.000 toneladas de crudo Medanito. Salió de Puerto Rosales y cruzó el Pacífico. La carga era argentina; el comprador, chino. El programa financiero mira hacia Washington mientras una parte de los dólares destinados a sostenerlo navega hacia Pekín.
No hay que confundir alineamiento político con autonomía material. Washington puede respaldar al gobierno, orientar al Fondo y facilitar el financiamiento, pero no puede ordenar por decreto la geografía de las exportaciones. La Argentina necesita colocar su producción donde exista demanda. Y la demanda china tiene un tamaño que ningún discurso puede borrar.
Estados Unidos pone la cobertura política. China sostiene el swap, financia infraestructura y se convierte en mercado para la energía argentina. Uno conserva la lapicera. El otro mira la caja y espera los barcos.
La política exterior puede elegir sus aliados. La geografía del comercio exterior, no.
Un importante sinólogo lo resumió con menos ceremonia: “Xi se caga de risa de todo este circo”.
El informe
El Fondo Monetario publicó su último informe sobre el mercado mundial de petróleo pocos días antes de que se conociera la agenda de Kristalina Georgieva en la Argentina. No menciona a Javier Milei, no habla de Vaca Muerta, pero muestra la escenografía de la visita de la directora gerente del FMI a Neuquén.
El punto de partida del documento es un dato que ya casi desapareció de los titulares: el estrecho de Ormuz continúa cerrado. Por ese corredor marítimo circulaba cerca de una quinta parte del petróleo consumido en el mundo y una porción decisiva del gas natural licuado. La guerra interrumpió ese flujo y obligó a reorganizar el mapa energético global.
Según el Fondo, el mercado evitó un desabastecimiento generalizado porque utilizó todos los recursos disponibles para amortiguar el golpe. Los países liberaron reservas estratégicas, las empresas consumieron inventarios comerciales y varios productores incrementaron su extracción para cubrir parte del faltante. Esos colchones permitieron sostener el abastecimiento, pero también quedaron mucho más delgados.
La advertencia es clara. Mientras Ormuz permanezca cerrado, el mercado seguirá funcionando con márgenes de seguridad cada vez menores. Y aun cuando el estrecho vuelva a abrir, la normalización no será inmediata. El Fondo estima que harán falta varios meses para recomponer inventarios, restablecer las rutas marítimas, normalizar los seguros y recuperar plenamente la capacidad logística. El problema ya no es solamente la guerra, es también la resaca que dejará la guerra.
En ese contexto aparece China.
El informe explica que Pekín consiguió atravesar la crisis gracias a dos ventajas. La primera fue el enorme volumen de reservas estratégicas acumuladas durante años. La segunda, una acelerada diversificación de sus proveedores de petróleo. China entendió que depender del golfo Pérsico se había vuelto demasiado riesgoso y comenzó a ampliar sus compras hacia otros productores.
Es exactamente el movimiento que favorece a la Argentina.
Las dos historias parecen independientes, pero no lo son.
El Fondo advierte que el cierre prolongado de Ormuz obligará al mundo a depender cada vez más de productores ubicados fuera del golfo Pérsico; China responde buscando exactamente esos nuevos proveedores, y Vaca Muerta aparece entre los beneficiarios de ese cambio.
La fotografía de Georgieva adquiere entonces otro significado.
La directora del organismo respaldado políticamente por Estados Unidos viaja a visitar uno de los yacimientos que pueden abastecer, entre otros, al principal rival estratégico de Washington.
La foto en Neuquén condensa esa ambigüedad. Georgieva llega para respaldar un activo estratégico, pero ese activo ya está siendo atraído por una potencia que Estados Unidos busca contener. Vaca Muerta aparece así menos como una solución cerrada que como un territorio abierto de la nueva disputa global.
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