Doloroso Haití

Desmesurada crisis política tras el magnicidio de Jovenel Moïse

 

Haití, país que culminó en 1804 su proceso independentista –meta que se esparciría luego por toda América Latina–, atraviesa una vez más una desmesurada crisis política a raíz del asesinato de su Presidente en ejercicio, Jovenel Moïse.

Moïse no ha sido el único Presidente en correr esa suerte en su país. También fueron abatidos Jean-Jaques Dessalines, ex esclavo y comandante general de las fuerzas revolucionarias que derrotaron al ejército francés conducido nada menos que por el general Chales Leclerc, enviado a la isla por su cuñado, Napoléon Bonaparte. Luego de este triunfo, Dessalines se proclamó emperador de Haití. Un complot organizado por Alexandre Petión y Henry Christophe –ambos también líderes militares del ejército moreno– terminó con su vida en 1806. Luego fueron asesinados los Presidentes en ejercicio Cincinatus Leconte –bisnieto de Dessalines– en 1912 y Vilbrun Guillaume Sam en 1915. Jean Bertrand Aristide, dos veces Presidente de Haití con interrupciones debidas al intervencionismo militar, fue objeto de atentados que no prosperaron. No es una demasía señalar que el magnicidio está presente en la historia haitiana como un trágico sino político.

 

 

Un poco de historia

La revolución de independencia haitiana fue la primera de América Latina. Se trató de una revolución simultáneamente anticolonial y antiesclavista. Y ha sido el primer y único alzamiento de esclavos exitoso en el mundo (por lo menos en el sentido de que su triunfo redundó en la creación de un Estado independiente que se mantiene como tal hasta hoy). Es sin duda un caso excepcional que asombra por la singularidad que expone. Véase: un conglomerado de hombres y mujeres trasladado a América a la fuerza, durante poco más de un siglo, desde sus lugares de origen en la costa occidental de África; injustamente maltratado y sometido a un sufrimiento intenso y a una penuria extrema, se trasmutó en una masa y en una causa libertaria sorprendentemente exitosa. Pero así como asombra, Haití también conmueve porque ese empuje libertario no ha terminado de dar frutos ni en el plano económico ni en el político y se ha ido diluyendo, con el paso del tiempo, en una impotencia tan enervante como deterioradora.

Tras su derrota en Haití, la corona francesa mantuvo la amenaza de una reconquista que obligó a los haitianos a volcar ingentes recursos hacia su defensa. La monumental Citadelle, una fortificación construida en la cima de una montaña, terminada en 1820, da testimonio de ello. En 1825 Carlos X negoció con el gobierno haitiano levantar la presión militar a cambio de un reembolso de 150 millones de francos de la época y facilidades para sus exportaciones. Ese mismo año el entonces Presidente haitiano Jean-Pierre Boyer se vio obligado a contraer un préstamo con Francia para poder pagar los primeros 30 millones de aquel compromiso. Todo lo cual significó un fuerte golpe sobre el erario del país caribeño.

 

La Citadelle, una fortaleza construida en 1820.

 

Con el paso del tiempo, la economía agrícola se fue retrasando. La ausencia de innovaciones tecnológicas, la subdivisión de tierras, el incremento del minifundio y el acelerado crecimiento demográfico estancaron la producción campesina y apuraron el desarrollo de una crisis medioambiental. La sostenida migración hacia las ciudades y el fracaso de la ayuda internacional, sumados a lo anterior, terminaron configurando un subdesarrollo económico extremo que todavía subsiste.

Por otra parte, la morena revolución libertaria parió una sorprendente y paradojal primer camada de gobernantes que eran reyes y emperadores, o en el mejor de los casos, Presidentes vitalicios, que derivó luego hacia formas republicanas nunca consolidadas. Aún hoy Haití padece de una crónica inestabilidad política que viene de lejos y se caracteriza por la entronización de dictadores y/o la imposibilidad de que sus Presidentes terminen sus mandatos, pues son sacados a la fuerza o terminan enredados en lacerantes dificultades que culminan con su sustitución.

Las estadísticas rayan en lo demoledor. Desde 1804 hasta el presente, sólo ocho Presidentes han concluido normalmente sus mandatos: dos durante el siglo XIX y cuatro durante el siglo XX. De éstos últimos, tres fueron elegidos durante el período de la ocupación estadounidense (1915-1932), lo que les otorgó un plus de apoyo y/o legitimidad. En lo que va del siglo XXI sólo dos han culminado como corresponde. Por otra parte, desde 1804 a la fecha han pasado 65 jefes de Estado (reyes o emperadores, Presidentes, primeros ministros sin Presidentes y jefes de regiones que optaron por la secesión). De ellos, siete dictatoriales jefes de Estado gobernaron durante 102 años, lo que da un promedio de 14,5 años cada uno. Y 58 lo hicieron durante 114, lo que da un promedio de 1,9 años cada uno. Si se descuenta a los secesionistas el promedio sube a 2,5 años cada uno. Obviamente, esta fragilidad política incide negativamente sobre el desarrollo de su economía, al punto que desde hace tiempo Haití posee el más bajo ingreso per cápita de América Latina.

Así las cosas, la excepcional originalidad revolucionaria de Haití ha quedado congelada en un pasado glorioso pero remoto. La actualidad muestra una alarmante insuficiencia de la acción política y una inestabilidad institucional prácticamente crónica.

 

 

 

El fracaso de la cooperación internacional

En 2005, con la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH, su acrónimo en francés) ya instalada en Haití, la británica Caroline Anstey, por ese entonces representante del Banco Mundial para la región Caribe, impulsó que la cooperación internacional para ese país se efectuara por la vía de un fondo de donantes múltiples. Este modo de organizar la ayuda recoge aportes monetarios –eventualmente también de servicios– de los países que deciden participar en él. Constituye un equipo de conducción y trabajo, que opera sobre la base de una programación diseñada por el antedicho equipo, que debe ser aprobada y monitoreada periódicamente por los aportantes. Sobre esta vía funcionó con mucho éxito, por ejemplo, la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) entre 2006 y 2019.

La ventaja de esta modalidad consiste en que concentra la ayuda conforme a un plan o programa específico, superando así la desarticulación y autonomía con la que normalmente cada país va por la suya en materia de cooperación, forma de actuar que termina siendo desperdigada, poco operativa y de escaso éxito. Este astuto desorden esconde en el fondo una pérfida voluntad: conseguir que se cumpla con la implícita consigna “que nada se salga de lugar y que nada cambie demasiado”, es decir, que se mantenga un status quo que facilite la injerencia, la supremacía y el control de los países poderosos sobre los más débiles. Esto sucedió y continúa así en Haití, con algunas excepciones como el accionar conjunto de las embajadas de la Argentina, Brasil y Chile y el apreciable desarrollo del argentino Programa ProHuerta, en ambos casos especialmente durante la segunda presidencia de René Preval.

 

 

El caso Moïse y final

La operación que terminó con la vida de Moïse tiene la forma de una acción sicaria, que fue ejecutada por más de 20 mercenarios colombianos. Él mismo había mencionado en un reportaje concedido a El País, en febrero de este año, que “un pequeño grupo de oligarcas está detrás del golpe y quiere apoderarse del país”. No ocurrió, en fin, ese golpe de Estado, pero sí un nuevo magnicidio: una manera extrema de sacarlo del juego político. A Moïse se lo acusaba de haberse beneficiado ilegalmente de fondos de Petrocaribe aportados por Venezuela; también de haber aplazado las elecciones legislativas y de impulsar una nueva reforma constitucional, que probablemente abriría la posibilidad de su reelección: demasiado para los sectores más ricos de la sociedad haitiana. No es improbable que la decisión de asesinarlo haya salido de integrantes de este segmento.

 

Jovenel Moïse, el último Presidente asesinado.

 

De lo hasta aquí expuesto se desprende que hay dos órdenes de problemas que estrangulan a Haití: su fragilidad política y el fracaso deliberado de quienes tienen una influencia mayor sobre la cooperación internacional.

Haití navega en un laberinto recurrente del que –lo indica su historia– no puede salir por sí solo, básicamente por la insuficiencia política que se ha examinado arriba. Los muy queribles haitianos y haitianas que desarrollaron en tierra ajena una lengua –el “creole” –, que conservaron sus vínculos con las loas –deidades– del vudú y asimilaron también las iglesias de Papá Bon Dieu, que son extraordinarios artesanos, excelentes pintores, músicos, poetas y bailarines de primera, laboriosos, alegres y pulcros, necesitan ayuda. Una alternativa posible podría ser la cooperación internacional, si trabajara adecuadamente. No como instrumento funcional a los designios de dominación de los países más ricos de Occidente, sino como un auténtico medio para acompañar y apoyar el desarrollo político de un pueblo que se lo merece.

 

 

 

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