DONDE HUBO HIJO, HAY ARTISTA

El peso del linaje y la travesía del duelo por el padre hechos historieta

 

“De tal palo tal astilla”. “El fruto nunca cae lejos del árbol”. Pero también: “Nada crece debajo de las grandes coníferas”. Resulta notable que sean botánicas las metáforas (¿será por aquél cuento de la semillita con el que los adultos amagan tapar las prístinas teorías sexuales infantiles?) que el saber popular ha perpetuado a fin de ilustrar el vínculo filial. Esa relación entre generadores y generados que hace a la herencia, al legado, a la marca, aún al mandato. Con signo variado, plagado de continuidades y discontinuidades, hace al destino de acuerdo a lo que la hijitud logre hacer con tamaño toco.

Faro que ilumina o sombra que oscurece, las más de las veces esa relación intercala luces y sombras en diferente medida. Lo cierto es que de ello nadie zafa, para bien o para mal, para bien y para mal, nunca jamás. Seguir los pasos o rumbear en sentido contrario tampoco evita que, durante un buen lapso, siga operando como kilómetro cero, referencia ineludible. Dicen los que saben que la adultez arriba cuando cada quien traza una ruta propia, logra diferenciarse y hacerse del camino original. Que tampoco es sin lo que le antecede, claro.

 

 

Tal la travesía de Tute (née Juan Matías Loiseau, Buenos Aires, 1974), dibujante, historietista, poeta, músico, videoasta, artista plástico, a la sazón primogénito de Caloi (née Carlos Loiseau, Salta 1948 – Adrogué 2012). En su flamante novela gráfica Diario de un hijo, precisamente procura “hacer un libro que va desde mi nacimiento hasta la muerte de mi papá”. Se lo dice en la primera página a la psicoanalista sentada detrás del diván donde su mismísimo personaje asocia libremente. Como no podía ser de otra manera, comienza de otro modo: por la mañana en que despertó “sin mi papá vivo”; se levanta, prepara un té, mueve apenas la cabeza “negativamente”, se bajonea, vuelve a la cucha. Lejos de melancolizarse, comienza el libro. Ovidio lo ayuda; desde la antigua Grecia le sopla al oído: “Tardamos en creer lo que nos duele”.

 

 

Da unas vueltas, se quiebra un poco, promete no ser complaciente consigo mismo y junta sus pedazos y vuelve a arrancar cuando irrumpe su inconsciente, en persona, en vivo y en directo. Se trata de un personaje faliforme, igual a él, resuelto en escasas líneas, negro sobre blanco. Otra aventura comienza, la de la evocación que recorre las ciento sesenta y tantas páginas, grueso papel, 20 x 23 cm, medio kilo de libraco en el que se dibuja la angustia para transformarla en otra cosa, mejor. Tute y su inconsciente revolotean sobre Buenos Aires hasta relanzar otra vez la historia mediante un renovado principio en el que el protagonista sale de un huevo. Viaje en el tiempo dentro de una familia peronista, de la que formaba parte Clemente, el inmortal invento del papá.

 

 

Ilustraciones a pluma, cada tanto color según la trama lo amerite, marchan al unísono aportando climas, jugando el efecto de sentido mediante los soportes gráficos que se imponen a menudo a los propios, breves textos que corresponden a los globitos de diálogo. Recortes de la vida cotidiana que barajan la generación y la caída de algunos ideales: el personaje Tute afirma: “Mi papá nos leía cuentos a la noche” y su doble inconsciente desmitifica: “No les leía tanto. Solo algunas noches”. La vida doméstica surge en todo momento atravesada por las vicisitudes de la política argentina: la muerte de Perón, la dictadura, como si infancia, adolescencia, juventud y adultez fueran las del país, también.

Destino manifiesto, no menos que elegido, el tablero de dibujo se hace presente ligado a una ética del trabajo y con ello los trabajadores del plumín: Ferro dando clase, el Negro Fontanarrosa compartiendo veraneos, la escuela de Garaycochea. Y las claves solidarias con el novato, transmitidas por cada uno de los próceres: Tabaré (“Probá jugar más con las perspectivas”, Sendra (“Dale a los juegos de palabras”), Crist (“¡Soltá la mano!”), Quino (“Hay que meter el dedo más en la llaga”).

 

 

Entrañable recorrida por la deconstrucción donde un artista, laburante argento, tramita su duelo produciendo un hecho cultural sin medias tintas, sin recurrir a la fantochada de pararse sobre el bronce de la cabeza ancestral. Por el contrario, Tute inscribe su nombre (nunca mejor dicho) propio en el escudo de armas de los dibujantes latinoamericanos.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Diario de un hijo

 

 

 

 

Tute

Buenos Aires, 2019

168 págs.

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