DONDE LA POETA HACE PROSA

Versos escondidos, hallados, deconstruidos hasta hacerse novela

 

Del Facundo de Sarmiento a Borges, pasando por Roberto Arlt, sumando el arranque de Operación Masacre, cunde una tradición en la literatura argentina que algunos nombran con el horrible calificativo de “intimista”. Una referencia a la vicisitud momentánea o posición personal del escritor al momento de emprender el texto. Tras la dictadura, en los años ’80 y ’90, la tradición se tornó manierismo cuando los escritores entonces “jóvenes” comenzaron a escribir sobre escritores, por lo general sobre sí mismos, como si a alguien le importara lo que les pasaba, o peor, que ello fuera de por sí importante. Proliferaba la jaculatoria de sus transgresiones reventetis, descerrajando una extensa pendiente al autobombo. Mediante un diccionario de ochenta palabras, quedó degradado que el verbo conjuga y el sujeto declina. Tendencia que postergó, cuando no aplastó, la producción de una serie de autores cuyas creaciones surgen antes del impasse dictatorial y que debieron remontar la oleada a fuerza de arltiana prepotencia de escritura.

Es el caso —entre no muchos otros— de la exquisita poeta y ensayista Tamara Kamenszain (Buenos Aires, 1947), quien recién debuta en un género esquivo como es la novela o, más bien, en esa versión asolada por el fervor cuantitativo que denominan nouvelle. Aunque El Libro de Tamar asimismo viene padeciendo los mezquinos encuadres de “memoria”, “diario” o “ensayo” nosecuánto, entre otros frutos de la erudita pasión por los géneros. Nada de eso: el texto de Kamenszain es ficción de punta a punta, por más que desenvuelva la primera persona y en apariencia aluda a sucesos de su experiencia personal. Ella misma lo anuncia al apropiarse de un pensamiento de Goethe citado por Käte Hamburguer al referirse a su poesía que “no contiene ni una pizca que no haya sido vivida pero ninguna tal y como se vivió”. Triple bucle que hace de la proximidad, distinción y sitúa el relato en un tiempo y espacio que dejan de ser cronológico y geográfico para convertirse en puramente literario.

Relato del desamor –ya que el amor resulta inabarcable— encara la faena ardua de desenredar la madeja en lugar de cortarla de un sablazo mediante la unción facilonga al filo de Damocles. La anécdota no por simple resulta lineal, todo lo contrario: Héctor Libertella (Bahía Blanca, 1945- Buenos Aires, 2006), su exmarido (así lo escribe), extrañado escritor, desliza por debajo de la puerta de su ex hogar, un breve poema titulado Tamar y dedicado “a Marta Marat”. Amerita reproducirlo: “Arma trama, Ama:/ ¡ara mar! / Ata rama/ (n del a: aquí dibuja un firulete) / mata rata/ (mata tara)”. Ostensible juego anagramático; esa trasposición de letras de una palabra a otra que difumina los sentidos y enarbola polisemias, en lo que llama “bolsones semánticos”. Versos que reposan años en un cajón hasta que son rescatados por Kamenszain, dando pie a una secuencia y a este libro. Poema trampolín en el cual la autora pica una y otra vez para elevarse en una cuidada prosa que nada tiene de ornamental y mucho de acrobacia con el lenguaje. Disfrazada cada tanto de análisis literario, como para distraer a la academia, esa escritura se dedica a reproducir las diversas atmósferas, propias de la Lengua íntima de la pareja desde el abotonamiento inicial al divorcio, pasando por una estadía en Nueva York y sus roedores, el exilio en México, los hijos, los amigos, la literatura, el fin y el fin del fin. Recorrido sinuoso, cual corresponde a cualquier pareja, con momentos que “suenan cómicos. Tragicómicos mejor, porque si les resulta imposible arar el mar, tampoco podrán armar una trama que les permita amar”.

Cabriola de anagramas, que dejan de ser un mero juego snob al Kamenszain trazar una narración que va más allá de las originales —por siempre ignotas— intenciones de Libertella, hasta alcanzar situaciones en las que la experiencia concreta serpentea entre los avatares del lenguaje. Los ingenieros fantasean con fuerzas, vectores y tracciones; los indios melanesios con arena, oleajes y peces; los monarcas con coronas, castillos y súbditos sublevados; y los escritores con gramática, sintaxis y puntuaciones, bah. Cada quien aplica la materia prima que le habita, genera su propia jerga y traspola tal minúsculo universo al pedazo de vida donde transcurre: “Me estoy esforzando por entrar en los secretos (¿” bolsones semánticos”?) que hicieron de nosotros no solo una pareja de escritores sino, sobre todo, una pareja como cualquier otra. A ver si, pensándolo de esa manera, me resulta más fácil desclasificar este archivo y abrirlo al público”.

Sin temor a las limitaciones, Kamenszain revisita el arcano poema de su exmarido en una suerte de expiación sin previo pecado y en las volteretas que se producen entre sílabas y anagramas deconstruye una historia que si no se tramita, se padece. “Tal vez sería posible decir a esta altura que él y yo atamos, en un ritual de casamiento mixto, la rama hebrea a la cristiana con el fin de ayudar a matar juntos nuestras mutuas taras. La riqueza de la diferencia operó durante un largo período de tiempo en el que formamos una familia. Tal vez lo malo haya sido que después, con el fin de salvar la relación de otras taras, fuimos achatando ese tesoro que nos diferenciaba hasta conformar una dupla de idénticos. Así nos encerramos en un nuevo ghetto donde, los que no compartían nuestras contraseñas, quedaban afuera”.

A fin de incluirse a sí misma y al lector, sin la obscenidad de enarbolar las contraseñas ya perdidas, El Libro de Tamar, lejos de ocultar las claves, las transforma en pasaportes hacia un relato —el de la autora— por fuera de las fronteras de aquello que lo generó —el poema de Libertella—, aún por encima de lo que efectivamente ocurrió. Que poco importa.

 

 

FICHA TÉCNICA

 

 

 

 

El Libro de Tamar

Tamara Kamenszain

Buenos Aires, 2018

78 págs.

 

 

 

 

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