El impedimento al desarrollo de ciertos países con capacidades para alcanzarlo ha sido un objetivo permanente del proyecto imperial estadounidense. Para lograrlo ha empleado variados instrumentos y procedimientos: el bloqueo a la industrialización o la desindustrialización forzada, el endeudamiento crónico, la destrucción bélica, la imposición o el soborno de gobiernos, etcétera. Esos países han resistido tales embates con resultados diversos.
La Argentina se destaca en la actualidad por cuanto su Presidente ha sido cooptado por el misticismo religioso en su versión extrema, mediante otro recurso de los colonialismos: la instrumentalización de las religiones al servicio de proyectos de dominación. Cuando Milei llora en el Muro de los Lamentos no está expresando el pesar de un judío por la destrucción del Segundo Templo, sino lealtad a los sionistas genocidas Trump y Netanyahu, y a uno de sus vástagos en nuestro país, Eduardo Elsztain; es la misma motivación que lo lleva a manifestar “soy el Presidente más sionista del mundo” y a anunciar el traslado a Jerusalén de la embajada argentina en Israel. Es probable que no le hayan pedido tanto: esas sobreactuaciones delatan, exacerbadas por su impenitente histrionismo. La lógica es la misma con la que sus jefes intentan justificar la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, Palestina y el Líbano, presentándola como un conflicto entre religiones, la “guerra contra el terrorismo motivado por fanatismos religiosos”, y no como lo que es: un capítulo más del expansionismo yanqui-israelí en el marco de su compartido proyecto colonial resistido por los afectados.
La efectividad del mileismo para destruir capacidades nacionales e infligir daños a nuestros compatriotas está suficientemente documentada en distintas publicaciones; así también, hay abundante material sobre el objetivo de Israel de consolidarse como potencia regional bajo protección norteamericana; y sobre el inocultable deterioro de la hegemonía global estadounidense en términos de capacidad de dirigir el capitalismo con cierto nivel de consenso. Sin embargo, Estados Unidos mantiene en buena medida su capacidad de dominio en base a los dispositivos financiero y militar, es decir a la pura coerción. La distinción es oportuna por cuanto los recientes errores de sus estrategas pueden inducir a exagerar la pérdida de poder norteamericano: creyeron que provocando la invasión rusa de Ucrania, Moscú sufriría una “derrota estratégica” y, como resultado de las sanciones, una debacle económica y el aislamiento internacional, pero nada de eso ocurrió; creyeron que las barreras y sanciones comerciales y tecnológicas doblegarían a China y tampoco ocurrió, es más, bastó con que Pekín amenazara con interrumpir la exportación de tierras raras –cuyas reservas alcanzan más del 90% conocido– para abortar aquellas maniobras; pensaron que descabezando al régimen de los ayatolas se produciría un levantamiento popular que terminaría con ese gobierno, para lo cual orquestaron operaciones de la CIA, financiando, movilizando y armando a grupos iraníes que explotarían el descontento de parte de la población, y tampoco ocurrió.
En cambio, el secuestro del Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, fue una acción de guerra que alcanzó su objetivo político, lo que habla tanto de la capacidad tecnológico-militar del país agresor como de la indefensión relativa del país agredido, cuya capacidad militar es superior a la de la mayoría de los países de la región.
Quien revise la historia podrá comprobar que los proyectos que representan Trump y Netanyahu invocan la “grandeza” –perdida o a conquistar– de sus respectivos países y tienen sus raíces en el siglo XIX. El señalamiento no es una curiosidad propia de ámbitos académicos sino un dato político relevante: muestra que se ha agravado el peligro para nuestro continente que denunciaron Simón Bolívar, José Martí, Manuel Ugarte y Juan Bosch, entre otros.
En marzo pasado, en la “conferencia hemisférica contra los cárteles”, a la que asistió el ministro argentino de Defensa, teniente general Carlos Presti, en la sede del Comando Sur en Florida, el secretario del Departamento de Guerra de Estados Unidos, el sionista cristiano Pete Hegseth –miembro de la Comunión de las Iglesias Evangélicas Reformadas (CREC), la secta del pastor Douglas Wilson– esbozó una especie de profundización epistemológica del corolario Trump a la Doctrina Monroe, presentado oficialmente en la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (ESN) a fines de 2025. Bajo el rótulo de la “Gran Norteamérica”, el funcionario –cuestionado por el fracaso militar del Pentágono en Irán– buscó llenar los vacíos de la concepción neoimperialista impulsada por Trump para el resto de América.
En materia de doctrina, la “Gran Norteamérica” cumple distintas funciones: delimita geográficamente el ámbito de incumbencia militar estadounidense al establecer “un perímetro de seguridad” desde “Groenlandia hasta Ecuador y desde Alaska hasta Guyana”, refuerza la tesis que considera al “narcoterrorismo” como enemigo interno y externo al mismo tiempo, y rivaliza con el paradigma del Sur Global sustituyéndolo con un enfoque basado en la relación Norte-Sur.
En términos generales, si el “Escudo de las Américas” complementa en lo operativo el imaginario excepcionalista e intervencionista de alcance hemisférico planteado en la ESN 2025, la “Gran Norteamérica” es su complemento conceptual. De acuerdo con la exposición de Hegseth, “los mismos adversarios que amenazan nuestra herencia común, amenazan también nuestra geografía compartida; buscan desplazar la histórica relación Norte-Sur que siempre hemos mantenido por un tal nuevo Sur Global que excluye a Estados Unidos y a otras naciones occidentales, pero incluye a potencias no occidentales y a otros adversarios”.
Es impresionante que semejante declaración oficial norteamericana haya pasado inadvertida. Su inusitado peligro no motivó la menor reacción diplomática: Estados Unidos asume medio continente como una extensión de su jurisdicción político-territorial. Lo que no sorprende es que el ministro Presti la haya aceptado como propia, según imágenes de la reunión: el proyecto de sometimiento que encarna Milei también se presenta en nombre de la “grandeza”.
No asistimos a un delirio geopolítico de Trump, sino a un reforzamiento de premisas de poder colonial que amenazan las soberanías regionales en tanto Washington se autopermite el derecho de intervenir militarmente, desplegar fuerzas y controlar recursos donde le parezca, en este caso en nombre de la lucha contra el narcotráfico. Hegseth mencionó en su discurso más de diez veces a James Monroe, el Presidente que dio su nombre a la primera doctrina imperial estadounidense establecida en 1823 durante su segundo mandato. Si estuviese vivo, el mandatario esclavista seguramente se emocionaría al ver que su pretensión decimonónica de erigir a Washington como único árbitro de la política continental está en las mejores manos. Claro, 200 años no han pasado en vano: la “Gran Norteamérica” apunta a ser un paso evolutivo dentro de la larga tradición de injerencia yanqui: sustituye las anexiones clásicas por métodos de control geopolítico más sofisticados, como el ya mencionado lawfare, un tipo de golpismo quirúrgico o la monopolización de recursos estratégicos, etcétera. Este derrotero prueba que el problema no es Trump, sino el proyecto imperial norteamericano.
Por otra parte, en Asia occidental el problema no es Netanyahu, sino el proyecto sionista –irredentista y mesiánico– del “Gran Israel”, impulsado en la segunda mitad del siglo XIX por el húngaro Theodor Herzl, que impone –entre otras cosas– la expansión territorial israelí hasta ocupar el amplio espacio “concedido por Dios a los descendientes de Abraham”: Palestina, Líbano y Jordania, y partes de Siria, Irak, Egipto y Arabia Saudita. El genocidio en Gaza, la ocupación de Cisjordania, los intentos de anexión en Líbano y la guerra contra Irán son derivaciones concretas de ese paradigma colonial, que tiene en Netanyahu un implacable ejecutor.
Es importante destacar que los dos proyectos de dominación, la “Gran Norteamérica” y el “Gran Israel”, se nutren de una concepción supremacista de origen religioso: el “Gran Israel” parte de una interpretación colonialista del libro del Génesis de la Biblia Hebrea; la “Gran Norteamérica” tiene fundamento en la herencia puritano-calvinista a partir de la cual Estados Unidos se autoconsideró un país predestinado y superior desde su nacimiento, cuya misión esencial consiste en civilizar a pueblos inferiores. Hegseth se refirió en su discurso a “naciones cristianas bajo la protección de Dios” que enfrentan “amenazas del narcocomunismo radical y la narcotiranía”: falsificaciones que logran la adhesión de creyentes incautos, al mismo tiempo que sirven a grandes corporaciones y se cobran la vida de miles de seres humanos.
La idea de un imperio estadounidense predestinado por la providencia ha tenido diversas manifestaciones. Thomas Jefferson planteó que Estados Unidos “debe ser visto como el nido desde el cual se poblará toda América, Norte y Sur”. Después, a mediados del siglo XIX, la doctrina del Destino Manifiesto planteó que su superioridad política y cultural facultaba al país norteamericano a invadir a sus vecinos del sur, empezando por México.
Otro aspecto clave de las coincidencias entre Estados Unidos e Israel es el rechazo a lo que se conoce como el orden westfaliano, que estableció la frontera como límite de la soberanía en el siglo XVII. Un botón de muestra son las recientes amenazas de Tel Aviv a Turquía aun cuando este país no está comprendido en el “Gran Israel”. Por su parte, Estados Unidos siempre ha ignorado el referido concepto de frontera: el historiador Frederick Jackson Turner en su conocido ensayo The Significance of the Frontier in American History” (1893) sostuvo que la expansión es un espíritu propio de la sociedad estadounidense, cuyas ampliaciones de la frontera ocurren “sucesivamente hasta que al fin una barrera física detiene el avance: el verdadero Dorado siempre parece estar más adelante”.
América Latina ha conocido los efectos económicos devastadores de crisis que tuvieron origen en otras geografías, como la del petróleo en la década de los '70 del siglo pasado, hechos que deberían poner en alerta a los gobiernos teniendo en cuenta que Washington está generando perturbaciones económicas crecientes con su guerra contra Irán.
En este contexto, el Presidente Milei constituye en sí mismo la agudización del problema central que enfrenta el país desde diciembre de 2023, no por las corruptelas de baja estofa –suyas y de sus funcionarios– sino porque su misticismo –fingido o no– de subordinación implica que cada decisión de gobierno está orientada según los intereses corporativo-coloniales, desde la radicalización del proyecto socio-económico rivadavia-videliano de desenfrenado endeudamiento y fragmentación provincialista de la nación hasta el involucramiento del país en la guerra contra Irán; asimismo, el supremacismo supone desprecio por personas e instituciones que no responden a sus ideas; y, como si esto fuera poco, el cóctel de misticismo y supremacismo convierte la política en una cuestión moral en clave de mandato divino: una lucha entre el bien y el mal, no una disputa entre cosmovisiones y proyectos, por eso acaba de afirmar que “con determinadas culturas no vamos a poder convivir”. La conclusión es que hay que eliminarlas: “Una civilización entera morirá”, sentenció Donald Trump refiriéndose a la civilización persa, que alcanzó la cumbre de la poesía y las matemáticas para beneficio de toda la humanidad.
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