Dos gardelias para ti

Dos cortos restaurados para redescubrir al marciano de arrabal que vino al mundo a alumbrarnos el viaje

 

Oración de los perdonados

Porque te amamos hasta el ahogo y te manoseamos demasiado: oremos.

Por tanto cantor —todavía queda alguno— que se empecinó en calcar el oro blanco de tu sonrisa dionisíaca: ¡Perdónanos Troesma! ¡Perdónanos Carlitos!

Por tanto coleccionista que esconde en bauleras de envidia tus cartas, tu lengue, tu guitarra, tus anillos y hasta el último de tus calzoncillos, sin entender que esos objetos jamás le darán el milagro de tu voz: ¡Perdónanos Zorzal Criollo! ¡Perdónanos Mudo!

Por tanto viudo obsesionado en estamparte la banderita en la frente, tanto que llegará el día en que leeremos: “Mi extraordinaria investigación determinó que el cantor de tangos Karllos Jardel nacido en Guatemala, es hijo de esquimales, y por error anotado en Kazajistán”: ¡Perdónanos Morocho del Abasto! ¡Perdónanos Francesito!

Por tanto dedo acusador que te llamó ladrón de melodías, vividor, macho alfa, gay, tránfuga, como si estos halagos o improperios iluminaran o ensuciaran el aura azul que te envolvía: ¡Perdónanos Rey del Tango! ¡Perdónanos Mago!

Postrados a tus pies: ¡Perdónanos Gardel!

Amén.

Una más don Carlos, perdóname a mí por haber inventado esta Oración. Sucede que desde el día en que te incendiaste en un avión de palo todo es tan confuso, todo es tan irreal… Sin ir más lejos, ayer se me dio por repasar las declaraciones de una de tus “escobas” –así gustabas llamarlos–. Hagamos un esfuerzo, recordémoslos no como “tus guitarristas” o “las guitarras de Gardel” sino como lo que merecidamente han sido: tres hermosos compositores e intérpretes de música popular. Por caso, Guillermo Desiderio Barbieri (muere en el accidente) fue el compositor de Viejo Smoking, Anclao en París, Dicha pasada, El que atrasó el reloj, Rosas de otoño, Pordioseros; entre otras canciones. De Ángel Domingo Riverol (muere dos días después) son las melodías de Falsas promesas, Mañanitas de campo, Rosal de amor y Trovas; mientras que a José María Aguilar (sobrevive al accidente) le corresponden Al mundo le falta un tornillo, Tengo miedo, Añoranza, Lloró como una mujer, Trenzas negras y más, muchas más.

Desde una catrera de hospital colombiano, a meses de la catástrofe y en su primera aparición pública, Aguilar dijo: “Gardel era profundamente fatalista y parece que ese día presentía que algo iba a suceder; ese algo lo tenía preocupado, aunque él a ciencia cierta no podía explicar ni justificar. Yo se lo hice notar y Carlitos, visiblemente emocionado, me contestó que ‘no era nada, pero que una nube negra le envolvía el alma. Mirá hermano –continúo diciendo–, yo no sé si me estaré poniendo viejo pero te juro que tengo una sensación rara, como si algo grave fuera a pasar’. El relato prosigue con un minucioso minuto a minuto de ese horror bautizado: “La tragedia de Medellín”.

 

Riverol, Barbieri y Aguilar.

 

¿Por qué ese lunes, justo ese lunes amaneció con una ‘nube negra’ que le ensombrecía el corazón? ¿Recibió un golpe de clarividencia? ¿Sintió la noche anterior que la huesuda le tironeaba de las sábanas? ¿Lo pergeñó todo para dejarnos un atisbo de misterio, uno más entre los tantos que lo envolvieron? ¿Algún pacto cósmico? ¿Lo soñó? ¿Lo soñaste Carlitos?

Lo imagino así:

Cuando nadie hablaba de las oscuridades que acechan en los sueños, él ya se había soñado en el centro mismo del infierno. Dicen que murió en Medellín, el 24 de junio de 1935. Dicen que murió como un perro, bajo el estruendo de hierros que se retorcían. Sin embargo, entre la multitud, sólo los tigres melancólicos que habitan en los ojos de los milongueros vieron que en el aire algo mágico se movía, algo semejante a un pájaro de fuego; y en lo más alto lo inesperado: Dios y el Diablo –con las pelambres llenas de fiebre– pugnaban por la vida del Zorzal, convencidísimos de que la garganta de ese hombre que decía llamarse Carlos Gardel indudablemente era la garganta de un ángel.

 

 

Nueva aparición, nuevo milagro

 A 86 años del suceso y en medio de una pandemia mundial, pregunto: ¿hay algo nuevo por decir? Inesperadamente, sí.

Hace unos meses la Fundación Cinemateca Argentina, entidad dedicada a la conservación y difusión del patrimonio fílmico argentino y del mundo, liberó en las redes sociales Así cantaba Carlos Gardel (1930), los cortos sonoros dirigidos por Eduardo Morera. Vos me dirás: “Flaco, ya los vi veinte mil veces”. ¡No, pará! Te hablo de los cortos restaurados a nivel de imagen y sonido. Ojo: no está la serie completa de canciones, algunas se perdieron para siempre, o las tiene encanutadas algún coleccionista.

El trabajo fue realizado por los Laboratorios GOTIKA en el marco del Proyecto de Restauración de Películas de Carlos Gardel. Y qué te puedo decir… cuando le pongas play a los videos vas a enloquecer redescubriendo a este marciano de arrabal que vino al mundo para alumbrarnos el viaje. Ahora lo tenemos a imagen y semejanza de aquel Gardel que vieron nuestrxs abuelxs o tatarabuelxs: quiero decir, se le oye todo, se le ve todo, se lo siente entero. De pronto te sopapea cantando entre dientes, arrogante como un compadrito; de pronto matiza y te lleva a vivir a la casa de la ternura. ¡Y qué decir de ese desfile de muecas que segundo a segundo va desplegando! De pronto suaviza un gesto, mira a la cámara y es Dios con gomina; pero guarda, cuando frunce las cejas y prepara el enojo, corré, es lo más parecido al Diablo, da miedo de verdad. ¡Qué extraño no! Unx lo ve en los tres minutos de la canción y se maravilla ante tanta perfección y precisión de artista y, sin embargo, en su oficio de actor de largometrajes le pifiaba bastante, por no decir siempre.

Por tanto, si después de ver y oír a este Nuevo Gardel no te nacen las ganas de ir a la Chacarita, barretear el jonca del quía y besarle la calavera; o no querés comprarte un Winco, sacarlo al patio e invadir el barrio entero al son de El bulín de la calle Ayacucho; si estas y otras alucinaciones no afloran, si ni siquiera una muequita de asombro, ¡cuidado che! Quizá lo mejor sea manotear el primer espejo que tengas a mano: relojeate (desde la aureola a los pies); quién sabe hace meses, años, siglos, se te heló la sangre y no te diste cuenta.

Aquí, Dos Gardelias para ti (escarbá en el canal de YouTube que hay más) ¡Suerte en el viaje!

 

 

Canchero (Arturo De Bassi-Celedonio Flores).

 

 

Yira Yira (Enrique Santos Discépolo).

 

 

Si te quedaste manija o sentís que a esta historia le falta Alfredo Le Pera, la podés seguir acá.

¡Hasta la Victrola Siempre!

 

 

 

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