Dos mujeres y un dictador

Cuando Evita salvó a Juana Doña de la pena de muerte

 

“¿Qué más crisis desean ustedes que la de un país que se acuesta monárquico y se despierta republicano?” Esa fue la malhumorada respuesta que el Presidente del gobierno español dio a los periodistas al día siguiente de las elecciones municipales donde las fuerzas republicano-socialistas ganaron en 41 de las 50 capitales de provincia. En algunas ciudades como Barcelona o Madrid el triunfo de las fuerzas de izquierda fue aplastante y la euforia popular se desbordó por las calles. El rey ordenó que se reprimiera a la multitud que festejaba en la Puerta del Sol, pero los soldados no le obedecieron. Ya derrotado, Alfonso XIII abandonó Madrid y se dirigió al destierro mientras en todo el país se alzaban las banderas tricolor y se escuchaba La Marsellesa. Era abril de 1931 y por entonces Juana tenía sólo 12 años.

 

 

Juana Doña

Juana Doña nació en Madrid en diciembre de 1918 y poco después de cumplir los 14 años se afilió a la Unión de Juventudes Comunistas de España. Ya para entonces era una activa militante que no vacilaba en estar en la primera línea de la pelea. En septiembre de 1933 participó de un piquete durante la huelga general de Madrid, más adelante fue designada secretaria femenina del Comité Central de las Juventudes Comunistas. En 1936 se unió a Eugenio Mesón, dirigente de la Juventud Socialista Unificada.

 

Juana y Eugenio Mesón.

 

En febrero de ese año se realizaron las elecciones generales en que la izquierda unida en el Frente Popular se alzó con una contundente victoria. A partir de ese momento se intensificó el enfrentamiento entre fuerzas paramilitares falangistas y grupos de autodefensa obrera. Durante toda la primavera los choques fueron continuos tanto en las grandes ciudades como en zonas rurales. Los intentos golpistas habían comenzado con el nacimiento mismo de la República. En 1932 el general Sanjurjo encabezó un alzamiento que fue derrotado. Dos años más tarde el mismo Alfonso XIII negoció el apoyo financiero y militar de Benito Mussolini para restaurar la monarquía. Tras la derrota electoral de 1936, la alternativa golpista pasó a ser la única opción. El general Emilio Mola indicaría a los conspiradores:

“Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado. Desde luego serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades y sindicatos no afectos al Movimiento, aplicándose castigos ejemplares a dichos individuos para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas”.

Finalmente entre el 17 y 18 de julio se iniciaron las sublevaciones en el norte de África y en el sur de la península.

Al comenzar la guerra civil Juana se encontraba embarazada. Eso no le impidió colaborar desde la retaguardia con los combatientes que defendían la República. Su hija nacida en enero de 1937 falleció unos meses más tarde, enferma de meningitis. En febrero de 1938 nació Alexis, su segundo hijo, quien jugará un papel destacado en esta historia.

Hacia el final de la guerra su marido es detenido y ella trata de llegar con su pequeño hijo y su hermana hasta Alicante, pero también son apresados y devueltos a Madrid. En los meses siguientes se alternan breves períodos de libertad con otros de encarcelamiento y torturas. En uno de esos momentos en que está libre consigue visitar a su marido en la cárcel de Yeserías. Después ella misma será encarcelada y recién recuperará la libertad en mayo de 1941, un mes antes de que Eugenio Mesón sea fusilado dejándole esta nota:

“¡Ánimo Juani querida! Estoy en Capilla, (…) Muero con la tranquilidad de haber cumplido con mi deber revolucionario, de haber sido feliz contigo y de haber permanecido siempre fiel a tu cariño. (…) Muero concentrado en un solo recuerdo, tu figura, la de nuestro querido hijito, y la bandera del Partido, que se ofrece victoriosa en tiempos muy próximos”.

A partir de entonces, ella retomó su participación en la resistencia antifascista.

En 1947 estalló un explosivo junto a la embajada argentina en España. El embajador argentino de entonces había calificado al país peninsular como un “verdadero oasis” y el ataque fue una muestra de repudio a sus palabras. Juana Doña fue detenida y acusada de ser la autora del atentado. Después de torturarla se la sometió a algo parecido a un juicio y fue condenada a muerte.

 

 

Relaciones internacionales

Durante la Segunda Guerra Mundial, la actitud del franquismo fue oportunista y oscilante. Había recibido el apoyo militar de nazis y fascistas en su guerra contra la República y su afinidad ideológica con las fuerzas del Eje era evidente. Sin embargo, se declaró neutral al comienzo de las hostilidades, aduciendo que su situación económica era desastrosa. Pero a medida que se sucedían las victorias germanas fue cambiando de posición. Cuando los nazis se aprestaban a entrar en París, creyó que había llegado el momento de un mayor compromiso con las fuerzas victoriosas. Tropas españolas entraron en Tánger para anexarla al protectorado de Marruecos.

Al producirse la caída de Mussolini, Franco volvió a cambiar de posición, nuevamente se declaró estrictamente neutral y ordenó el regreso de la División Azul que había sido enviada a pelear junto a los alemanes contra la Unión Soviética.

Cuando finalizó la guerra vino el pase de facturas. Al formarse la Organización de Naciones Unidas (ONU) se tomó la decisión de no admitir a España en su seno. La decisión podía parecer muy progresista, pero si bien el franquismo era un resabio del nazi-fascismo, entre sus censores se contaban varios gobiernos que no podían exhibir credenciales de virtud democrática.

La Argentina junto a Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Perú y República Dominicana votó en contra de la propuesta de excluir a España de la ONU. No era la primera decisión de política internacional que irritaba a Estados Unidos: durante la guerra nuestro país se había negado a extraditar a los ciudadanos japoneses residentes para ser internados en campos de concentración norteamericanos, bajo la acusación de ser potenciales agentes enemigos.

Si bien la posición del peronismo podía presentarse como una muestra de nazi-fascismo (de hecho se hizo campaña con eso), conviene tener en cuenta otros elementos. También el pacto de no agresión firmado entre la Unión Soviética y Alemania en 1939 fue presentado como prueba de la complicidad de Moscú con el régimen nazi. Desde fines de 1945, el embajador norteamericano Spruille Braden se posicionó contra Perón y a favor de la Unión Democrática. La decisión argentina de restablecer relaciones diplomáticas con la Unión Soviética apenas dos días después de asumir el gobierno fue otra muestra del “antidemocratismo peronista”. Todo esto preludió el voto argentino contra la exclusión de España en la ONU.

Cuando Naciones Unidas adoptó la Resolución 39 –la que excluía a España del organismo- también se recomendó a los países asociados el retiro de toda representación diplomática. La Argentina no aceptó la “recomendación”. Con estos antecedentes era lógico que el régimen franquista privilegiara la relación con nuestro país. Pero todavía hubo algo más.

Varios años de sequía habían dejado a España al borde de la hambruna. Aislada diplomáticamente y excluida del Plan Marshall para la reconstrucción europea después de la guerra, la decisión argentina de venderle productos agrícolas fue como un salvavidas para el régimen español. Cierta prensa de la época definió la operación comercial como asistencia al régimen. Lo de la asistencia alimentaria al franquismo fue más bien un slogan antiperonista: la realidad era que nuestro país tenía excedentes de trigo, maíz y carne, España quería comprarlos y se realizó la operación. Como contrapartida España otorgó dos puertos francos para que la Argentina pudiera desarrollar su comercio con otros países europeos. En síntesis, fue lo que clásicamente se define como “una operación comercial mutuamente beneficiosa”.

Como resultado de todo esto, Perón fue invitado por Franco para visitar España. Este tipo de invitaciones son muy comunes en las relaciones internacionales, tan comunes que a la invitación española se sumaron las de otros países europeos que querían estrechar el contacto con el nuevo gobierno argentino. Sin embargo, ese no era el mejor momento para que el Presidente se ausentara por largo tiempo. Como tampoco quería desairar a quienes lo convocaban, Perón decidió aceptar pero enviando a otra persona en su representación, alguien de toda su confianza y con suficiente peso político: su propia esposa.

Así fue como Eva Perón inició el viaje que la llevaría por España, Italia, El Vaticano, Portugal, Francia y Suiza. Aquel viaje se denominaría “Gira del Arco Iris” y, como todo lo ocurrido en torno al gobierno de Perón, recibiría interpretaciones muy disímiles. “No hay hechos sino interpretaciones”, había dicho un afamado pensador del siglo XIX.

 

Eva Perón con Franco en 1947.

 

 

El viaje

La multitudinaria despedida se realizó el 5 de junio en el predio de la Sociedad Rural. Al día siguiente, la Primera Dama partió hacia Europa a bordo de un avión enviado por el gobierno español. Lo del avión merece un comentario especial.

Se trataba de un DC-4 de Iberia, un modernísimo cuatrimotor fabricado por la compañía norteamericana Douglas. El prototipo fue terminado antes de que comenzara la Segunda Guerra y el objetivo inicial era la producción de una moderna aeronave de pasajeros capaz de realizar vuelos trasatlánticos. Pero llegó la guerra y toda la producción fue destinada a la actividad militar: lo que iba a ser un avión de pasajeros se convirtió en un transporte de tropas y pertrechos. En algún momento ese avión fue considerado material estratégico y su venta fuera de los Estados Unidos necesitó de la autorización previa del gobierno norteamericano. No era para menos, una aeronave capaz de reconvertirse en transporte militar no podía ser vendida al enemigo.

Terminó la contienda, la guerra caliente dio paso a la guerra fría, antiguos aliados pasaron a ser enemigos y viejos enemigos se convirtieron en potenciales aliados. Lo que antes no se podía vender a otros fue liberado para la venta y España contrató la compra de aviones DC-4 para modernizar su flota aérea. Esto ocurrió en enero de 1945, al mismo tiempo que Estados Unidos se oponía al ingreso de España a la ONU, comerciaba con el gobierno de Franco vendiéndole un avión que había considerado estratégico.

Los primeros aparatos fabricados por la Douglas llegaron a la península en los meses de julio y agosto de 1946. En uno de ellos se iniciaría el viaje de la enviada presidencial al año siguiente.

 

 

Una carta para Evita

“Señora Eva Perón, por favor, a mí me han fusilado a mi padre y ahora van a fusilar a mi madre. Necesito que me ayude. Se llama Juana Doña, está en la cárcel de mujeres y Franco la quiere matar”.

Así decía el mensaje que Alexis envió a Evita para pedirle que intercediera por la vida de su madre ante el dictador español. Era un recurso desesperado porque Juana y Evita no se conocían ni se conocerían nunca. El niño que entonces tenía 9 años escribió bajo la dirección de su abuela y una tía con la esperanza de conseguir sensibilizar a la esposa del Presidente argentino.

 

Juana con su hijo Alexis.

 

Ambas mujeres tenían en ese momento 28 años: la condenada a muerte había nacido en diciembre de 1918, la enviada presidencial en mayo de 1919. Qué pensó esta última cuando leyó la nota es algo que nunca sabremos. Lo que sí sabemos es que se plantó frente al dictador y le pidió que perdonara la vida de Juana. Franco no pudo negarse; lo que tal vez no dijo fue que cambiaba la condena por la de 30 años de prisión.

En 1961 el reclamo popular consiguió que Juana fuera liberada. Su hijo Alexis siempre recordó con gratitud el pedido de Evita para salvar la vida de su madre: “Eva me regaló a una madre durante cincuenta años, y no una madre cualquiera sino, salvando todas las distancias, una madre que fue también histórica, ya que se convirtió en un referente de la lucha comunista y del feminismo en este país”.

Cuando hace unos años Alexis visitó Buenos Aires se acercó hasta el lugar donde descansan los restos de Evita para llevarle un ramo de claveles rojos. “Allí tuve un momento de reflexión y de agradecimiento”, diría el hijo de Juana Doña.

 

La placa que recuerda la última casa de Juana Doña.

 

 

 

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