DUDAS Y SOSPECHAS

La duda hoy no pierde el tiempo en atender a los hechos

 

Da lo mismo que sea cura

La duda y la sospecha recorren el mundo y también la Argentina. Hay algo en esto de lo que le pasaba a la atribulada rigidez de la hermana Aloysius Beauvier (Meryl Streep) con el padre Flynn (Philip Seymour Hoffman) en su búsqueda del mal en la película La duda. En el comienzo, Flynn da un sermón sobre la naturaleza de la duda y le atribuye la posibilidad de ser, como la fe, una potencia unificadora. Esto da lugar a una mirada suspicaz de la directora del conservador colegio católico del Bronx que la lleva a preguntar a sus compañeras si alguna de ellas había visto alguna conducta extraña en el sacerdote y a pedirles que la tuvieran informada. Cuando una de las hermanas le cuenta que ha visto a Flynn prestar especial atención al primer estudiante negro de la institución, sospecha entonces que está ante un caso de abuso sexual. Aunque el sacerdote responde a cada una de las dudas acusatorias, el orden de la comunidad espiritual y académica se va agrietando cuanto más crece la sospecha. Para cerrar el caso y provocar su expulsión, la superiora afirma entonces haber recibido información de una monja de otra institución que le ha confirmado sus temores por conductas previas de Flynn. Ya en el final, Aloysius se quiebra, revela que esto era mentira, y repite: «En la búsqueda del mal, uno se aleja un paso de Dios pero se acerca uno más a su servicio». Y volviéndose sobre sí misma confiesa: «Tengo dudas».

Algo así, aunque con sus diferencias, pasa hoy con la pandemia que se ha vuelto un pandemonio en el que abundan las dudas y sospechas mientras aumentan las mentiras, la confusión y las divisiones. El valor de la verdad científica, profesional, personal, política, ética y jurídica, entre otras, es puesto en duda por quien se le ocurra y por el solo hecho de que se le ocurra. Y las intenciones de todos los agentes que sostienen esas verdades pueden resultar sospechosas de ser malas. Todo derecho y obligación pareciera reducirse a defender que toda persona tiene derecho a dudar y sospechar de todo, con independencia de los hechos y la coherencia de sus explicaciones, y a difundirlas por cualquier medio cualquiera sea su grado de verdad o falsedad y el daño que lleguen a hacer.  Y aunque no se trate de otra cosa más que no sea la proyección disociativa de las dudas propias.

 

 

Una potencia disolutiva

 

 

 

 

Trump tiene dudas de los resultados que favorecen a su opositor y sospecha de un fraude intencional en tal alto grado que pasa a afirmarlo enfáticamente, aunque no aporte pruebas de nada. Y a la vez dijo haber ganado la elección cuando nadie lo había probado hasta entonces. Su actitud ha sido caracterizada por el jefe de observadores de la delegación europea como «abuso de poder». Pese a todo, mientras en la sede correspondiente de Arizona seguían haciendo el recuento de votos, afuera habían habilitado un espacio para que los que querían que se detuviera el conteo expresaran su «libre opinión». Y en sintonía con las dudas y sospechas de Trump, convertidas sin más en construcción alucinada del mundo, su asesor Scott Atlas ponía en dudas, sin evidencia alguna, el efecto protector de los barbijos. Lo que se ha advierte así, es que la sociedad norteamericana y su cultura política han dado un giro que está quebrando su concepción tradicional de democracia. Esa sociedad no es la misma, en cuanto al  lugar de la duda, la sospecha y la mentira, especialmente después de las presidencias de Nixon, Reagan, Bush Jr. y Trump. No se trata de la potencia unitiva de la duda que consideraba el padre Flynn, sino de la potencia disolutiva de un poder abusivo.

Entre nosotros, las negociaciones del gobierno argentino por la vacuna rusa despiertan sospechas de unos compromisos geopolíticos que en esa mirada de abajo hacia arriba ponen de primera protagonista a la sospechosa de siempre. Se sospecha de la compra de la vacuna rusa que resultará cinco veces más cara que la de Pfizer, pero no se tiene en cuenta que todavía no se ha comprado nada ya que no han finalizado los estudios fase 3 en ninguna de las candidatas, y que es el proceso de producción de la vacuna de Pfizer lo que la hace más barata. Cabe preguntarse si este tipo de plataforma, como la de Moderna, dará iguales resultados que las plataformas tradicionales como la rusa. Por otro lado, si solo hay una vacuna a la venta, el precio a pagar será inevitablemente uno, más allá de las negociaciones que puedan hacerse. Pero no se podrá esperar a los resultados de los otros proyectos mientras la población sigue enfermando y muriendo. Y si casi en simultáneo se aprueban varias vacunas, resultará dificultoso que la más barata pueda proveer todas las dosis necesarias para vacunar inicialmente a toda la población de riesgo.

Pero por si esas dudas fueran pocas, los antivacunas pasan de sus dudas y sospechas sobre las vacunas con ARN mensajero (Moderna, Pfizer) a una afirmación rotunda: esas vacunas «alterarían la información genética en el ser humano» (Luis Marcelo Martínez) y van a «esterilizar a todos los varones que la reciban en forma perenne e irreversible» (Chinda Brandolino).  Es decir: pasan de dudas y sospechas a mentiras sin más.

 

 

El genio maligno

 

 

La potencia del espiral unitivo de la duda es una de las mayores herencias del pensamiento de la modernidad.  Fue Descartes quien nos dejó ese legado. Ya desde antiguo, la duda (dubitatio) significaba suspender el juicio y llegar a una actitud escéptica respecto a la posibilidad de decidirse en uno u otro sentido. Se partía de la duda, se discutía la condición de verdad absoluta de cada proposición y se llegaba a la creencia de la imposibilidad de decidirse. Claro que la duda, hoy, no es un estado al que se llega después de haber rechazado con razones a las proposiciones de los otros. La duda de hoy es mucho más cómoda y no pierde el tiempo en atender a los hechos y las verdades o falsedades que se construyen en base a ellos.

La duda, hoy, tampoco es la que invadía a la hermana Aloysie. No es la duda necesaria de una fe auténtica. No es la aceptación de ser un sujeto que es porque yerra, como decía San Agustín y como ella repite en su cita al decir «En la búsqueda del mal, uno se aleja un paso de Dios». No es la creencia de la fe que se fortalece en la duda. Es la duda sin fe.

Y la duda, hoy, definitivamente, tampoco es la duda metódica. No es la duda como punto de partida para alcanzar una proposición indudable, algo que es evidente en el propio acto de dudar ya que si de algo no se puede dudar es del estar dudando y de haberlo afirmado. La duda de hoy no se detiene en esto para hacer lo único que puede hacer un escéptico radical, que es guardar silencio. Todo un conjunto de los que hoy dudan de todo, lo hacen relativizando todo menos a sí mismos, que son la única prueba de su relatividad. Por eso es que Descartes acuñó la hipótesis del genio maligno que se anticipa a las dubitaciones de hoy .

 

 

 

Es posible, dice, imaginar cierto genio o espíritu maligno, astuto, burlador y poderoso, que ha puesto todo su empeño en engañarnos: todo lo exterior es un engaño y nuestra libertad no es más que un sueño; todas las cosas que vemos son falsas y nuestra memoria está llena de mentiras. Nada hay de cierto en el mundo, y si soy coherente, ni yo mismo existo. Pero si acepto que estoy pensando que hay alguien que me engaña, entonces hay algo de lo que no puedo dudar y esto es el pensar, la razón. Partiendo de esta certeza el alcanzar la verdad unitiva de la razón es posible.

Para eso hacen falta algunos presupuestos que la duda de algunos, si alguna vez supieron de ellos, muestra que los ignoran. En primer lugar que no debemos admitir como verdadera cosa alguna que no se sepa con evidencia que lo es, evitando la precipitación y aceptando sólo lo que se presenta en modo claro y distinto. Y después ordenando nuestro pensamiento yendo de las cuestiones más fáciles a las más complejas, y revisando todo lo que pensamos para asegurarnos de no omitir nada.

Acompañada por el método científico, esta visión del mundo de la vida se sostuvo con sus revisiones por la filosofía posterior hasta nuestros días. Pero el significado de la duda y el engaño en el mundo de hoy, en la política y la vida social (que es la vida política por cierto), es otro significado. Lo que el neoliberalismo postula con todo el poder concentrado detrás es el ejercicio irracional de la duda y el engaño como descalificación de la racionalidad política. La verdad científica no importa y la verdad a secas mucho menos. En esta estrategia de poder lo que se observa como fenómeno, más allá de las explicaciones posibles del mismo, es la destrucción sistemática del Estado moderno y de la modernidad como visión compartida del mundo de la vida. Su consecuencia es la división y el enfrentamiento social.

 

 

La nariz de los sabuesos

 

 

 

El 16 de abril, el Ministerio de Salud amplió la sintomatología clínica en los casos de Covid-19 con la presencia de pérdida del olfato (anosmia) y pérdida del gusto (ageusia). Pero el síntoma más raro en quienes han presentado esos cuadros quizá sea lo que se llama parosmia. No se trata simplemente de un trastorno del olfato por el que hay un mayor o menor grado de dificultad para percibir el olor de las cosas. Parosmia es el trastorno por el que se tiene una percepción distorsionada de los olores tanto de las cosas que están cerca nuestro como de cosas que no están en la realidad, dando lugar en este caso a una alucinación olfativa.

Lo que sucede es que la infección por coronavirus provoca una alteración en las células olfatorias que da lugar a una desconexión de las mismas con el cerebro. En general, este síntoma va desapareciendo poco a poco mientras se recupera el olfato. Pero para fortalecer y apresurar la recuperación se ha propuesto lo que se denomina «entrenamiento del olfato». Éste consiste en al menos dos sesiones diarias, durante semanas, con ejercicios de 10 a 15 segundos cada uno, oliendo entre otras a esencias de limón, rosas o eucalipto. Estas prácticas permiten ir restableciendo las conexiones entre la nariz y el cerebro.

Los hechos de la pandemia de coronavirus son vistos muchas veces como una gran metáfora del mundo actual. Desde esa perspectiva, en las dudas y sospechas sin método ni explicación alguna para la realidad que vivimos se podría encontrar una semejanza con una clase de alucinaciones en las que la distorsión del olfato de la verdad y lo correcto se haya alterado hasta el punto de oler lo que no existe.

Una metáfora tal podría mostrar también la semejanza entre no haber encontrado todavía un tratamiento efectivo para el Covid-19, con la ausencia, todavía,  de algún remedio definitivo para la parosmia social y política del neoliberalismo. Sin embargo, como se ha visto en Bolivia, Chile y ahora en Estados Unidos, la voluntad popular, aunque no haya logrado una remisión completa de ese síntoma de estos tiempos, sigue siendo el tratamiento más efectivo para la misma.

 

 

 

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3 Comentarios
  1. apico dice

    Tenemos un ministro, el de transporte que me gustaría saber de que enfermedad padece, que habilitó el transporte en colectivo con pasajeros parados. Y un presidente que para evitar críticas del establishment, no pulsó el botón rojo cuando todo lo ameritaba, lo que terminará en 50000 muertos en nuestro País. ¿Qué enfermedad padecerán tales individuos?…….el cinismo ¿tal ves?

  2. Tito Palumbo dice

    Rechazo la idea de un escepticismo extremo (la duda irracional) a que hace referencia el artículo. Pero sí la conclusión a que arriba el autor en relación a que esa duda irracional es sostenida por el neoliberalismo para lograr ciertos fines (“la destrucción sistemática del Estado moderno y de la modernidad como visión compartida del mundo de la vida. Su consecuencia es la división y el enfrentamiento social”). No aporta ningún argumento ni prueba de ello. Se trataría de un silogismo en el que falta el término medio.

    Primero: ¿Cómo prueba que existe una “visión compartida del mundo de la vida”? En un mundo con muchas visiones (o concepciones) distintas esto sería una falsedad. Y, personalmente, adhiero a la noción de que sí existen diversas concepciones del mundo de la vida (ontológicamente hablando). Lo cual no es lo mismo que decir que todas las distintas concepciones del mundo de la vida sean aceptables (éticamente hablando).

    Segundo: Dice que la duda irracional es la causa de “la división y el enfrentamiento social”. ¿Y si la división y los enfrentamientos sociales existiesen como hechos objetivos –datos de la realidad-. independientemente de la duda irracional? Personalmente, me inclino por lo último.

    Finalmente, porque esos mismos fines son sostenidos por otros grupos políticos que no apelan a la duda irracional, sino por el contrario extremando la utilización de la verdad objetiva científica.

    La izquierda -entendida en un sentido amplio como la corriente política que denuncia las injusticias y desigualdades de la sociedad capitalista y que busca formas de organización social y económica más igualitarias y democráticas- busca la destrucción del Estado (moderno o de cualquier otro tipo), la desaparición de las clases sociales, niega que exista una “visión compartida del mundo de la vida”, por el contrario resalta que existen distintas concepciones del mundo, y que la propiedad privada sobre los medios de producción es la base de las divisiones sociales y de los enfrentamientos sociales.

  3. Stella dice

    Excelente este artículo. Su lucidez, doctor Tealdi, su precisión en la interpretación de lo que ocurre, su capacidad de circunscribir y al mismo tiempo contextuar problemas tan difíciles de formular (más allá de la denuncia o la información), renuevan mi admiración y mi respeto cada vez que lo leo. Muchas gracias. Voy a hacer circular su artículo, tan valioso, en los grupos de trabajo en los que participo. Hace años venimos estudiando cuestiones ligadas al problema de la verdad y la mentira. No se me había ocurrido plantearlo desde este punto de vista, un «derecho» de cada uno a dudar porque sí de lo que se le canta, una duda fuera de toda ética. La duda metódica cartesiana implicó poner en cuestión el saber con él que él mismo estaba «hecho» pero, como lo plantea en la segunda meditación, a fin de alcanzar una certidumbre de la que pudiera dar cuenta. De allí su trabajo con la matemática para que la ciencia tuviera alguna relación con la verdad. Y el comienzo de una concepción de la verdad a la que hace más de tres siglos le estamos dando vueltas. En cambio, esta locura actual de poner cualquier cosa en cuestión, está completamente disociada del compromiso ético del que habla con su propia palabra. Sin un compromiso del que habla con la verdad (ya sabemos que no es unívoca, pero eso no es excusa), no hay ética posible. Y sin ética, la política, la comunicación y el poder sin duda conducen al mal, que tendrá muchas manifestaciones. No es la menor, la destrucción o el desprecio del semejante. Y el desprecio de sí.

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