Pese a la multitud que trabaja en la filmación de una obra cinematográfica, cunde cierto consenso acerca de que la película es, por lo general, del director. Al fin y al cabo es quien pone la jeta, tanto en el éxito como en el fracaso. Sin ocurrir en forma demasiado diferente, en la puesta en escena teatral ocurre algo semejante, mas no siempre idéntico. Al poner en juego un vínculo de otra forma mediatizado con el público, pueden operar como referencia actores, autores, sala, también directores, claro. El peso específico en la convocatoria al espectáculo, no menos que su posterior repercusión, suele recaer sobre más de una función: iremos a ver un Shakespeare en el teatro Tal, dirigido por Fulano y con Mengano en el papel protagónico.
Orden jerárquico, el anterior responde a la organización clásica, dependiente más en lo invertido en producción que el talento de sus hacedores y el eventual poder de convocatoria. Tratándose de Buenos Aires en particular y la Argentina en especial (los elencos experimentales, alejados de los circuitos comerciales, de menores recursos materiales, abundan) la innovación emergente reúne una muchas veces sorprendente avidez por parte de los espectadores. Circunstancias en algunas oportunidades motivadas más por la necesidad que por la virtud, entre el coraje y la prueba y el error, ha logrado experiencias formadoras capaces de instalarse.
Si bien hace tiempo ha dejado de ser habitual la tendencia de los directores de poner en escena sus personales dramaturgias, cuando no se ponen el frente de la conducción de los elencos, suelen mantenerse en las proximidades de las puestas. Entre los efectos de tales movimientos se observa una a menudo saludable ductilidad en las puestas, traducida en cierto permisivo albedrío en la improvisación y morcilleo por parte de los actores, marcaciones físicas intrépidas y heterodoxias juguetonas con el realismo asumidas por la dirección. Elasticidad admitida aún en los libretos impresos con que trabajan los actores y auxiliares, tanto como en los textos de las obras que aproximan cada vez más la dramaturgia a la formalidad editorial de la industria literaria.

De esos libretos se han evaporado las didascalias (tradicionales acotaciones entre paréntesis y en bastardilla con la que el dramaturgo indicaba si el actor pronunciaba su parlamente sentado o de pie, si ingresaba o salía por dónde, el accionar de las luces, la irrupción de eventual música incidental o ruido exterior, aún la indumentaria de los personajes, etc.). Detalles atinentes a la puesta en la escena propiamente dicha quedan al arbitrio del director o, en todo caso, de alguna transacción con los actores. Ausencia indicativa capaz de abrir el campo a la imaginación, ha dado lugar a espléndidos hallazgos escénicos y a algún mamarracho. Entre los primeros se destaca la posibilidad material de descomponer en dos (o más) figuras un mismo personaje. Tampoco es que se trate de una novedad: cuando Hamlet se topa con el fantasma de su asesinado padre, bien puede sostenerse que habla consigo mismo. A la inversa, el célebre monólogo es remitible a la chorrera de finados revividos acumulados hasta el momento en la obra. La posibilidad de variaciones que habilitan las situaciones sin marcación, si no infinitas, alcanzan cierta inmensidad.
Una exploración tan eficaz como sistemática de tales recursos concreta el dramaturgo, director y cineasta Mariano Pensotti (Buenos Aires, 1973) quien, tras llevar sus creaciones por más de quince países de América y Europa, publica aquí, su tierra natal, un volumen con sus dos más recientes producciones. Ficciones que adoptan en el presente las huellas de un pasado reciente que puede experimentar varianzas en la medida en que se narra y, en este aspecto se despoja de su condición efímera tanto como de la tentación de eternizarse. Creados para la escena, los cuerpos actuantes van manifestándose a la manera de espíritus convocados por el encadenamiento de los conjuros trazados en la escena anterior y engendradores de lo siguiente.
Una sombra voraz alude a una figura aplicada por los escaladores de montañas a la desgracia que se avecina desde las alturas. Género poco y nada explorado en la narrativa local, tuvo su expansión en la filmografía germana de los años '20 y '30 del siglo pasado, de la mano de Arnold Franck y Leni Riefensthal, entre otros. En esta oportunidad, Pensotti se sirve de esos escenarios para traer al presente una duplicidad planteada por un padre alpinista devorado por la montaña y un hijo actor representándolo en una filmación. La acción arranca en una primera escena en que ambos personajes repiten en forma textual el parlamento pronunciado por el otro, hasta que uno cae en hielo, el otro ingresa en el cine de estreno y la dupla se constituye en una misma acción. Transcurre la obra mediante sucesivos dobleces en que quedan atrapadas memoria, vacilación reflexiva y postergada instancia iniciática. Juego en el que los tiempos se trastocan, van del hoy a los respectivos ayeres y retornan para incógnita del lector/espectador en la inducción acerca de quién es quién. Tal vez el mismo.

Por su parte, La obra aborda recién en las postrimerías una paulatina intriga envuelta en la problemática del doble. Recurrente cada noche en que se cumple un nuevo aniversario del asesinato de su padre, una pesadilla plagada de incógnitas muestra un tren a punto de chocar a un libanés exiliado en Francia. Al procurar que esas imágenes se alejen, tropieza con un artículo periodístico acerca de la “obra de teatro más extraña del mundo” implementada por Simon Frank, un polaco refugiado en un pueblito llamado Coronel Sivori, en un lejano país, la Argentina. En aquellos parajes rurales la acción pasa a los habitantes del lugar, al polaco y a la construcción de un espacio escenográfico que procura reproducir la Varsovia de la infancia y juventud de Simon, la invasión nazi, el campo de concentración, la huida. Texto, sucesivos actos y escenas resultan ampliados con el transcurrir de las décadas, con la participación técnica y actoral de la población local. Vida, historia reciente y pretérita, política y privada, se reproduce en la experiencia en la cotidianidad pueblerina, en la esceneficación acumulativa y en la reproducción de la tragedia bélica; “una celebración colectiva transformada en muchas vergüenzas individuales”.
Dos obras despegadas del estricto realismo sin apartarse de los pies sobre la tierra, hacen de Mariano Pensotti un dramaturgo referenciado en una tradición literaria para la cual la narración se sirve de los climas teatrales, herramientas a las que recurre a fin de esquivar el naturalismo. Experiencias cotidianas despojadas, abren las puertas limitantes de tiempos, espacios y completudes para poner en evidencia, escenificar, la multiplicidad encerrada en la impostura humana.
FICHA TÉCNICA
Una sombra voraz
La obra
Mariano Pensotti

Buenos Aires, 2026
190 páginas
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