Echando leña al fuego

El tratamiento de la conflictividad barrial de Crónica TV

 

1.

Todas las noches la señal de Crónica TV pone al aire una protesta vecinal. Todas las noches somos testigos de la desgracia ajena, eventos que vecinos y vecinas viven con preocupación, angustia, generan ansiedad, temor, bronca y mucha indignación. Así, hemos visto reclamar por una vivienda que ha sido tomada ilegalmente, muchas veces abusándose de la confianza de los dueños cuando se habían ido de vacaciones o viajado al interior a visitar a sus parientes; vimos vecinos protestando frente a una casa ocupada por otros vecinos que no se resignan a abandonar la morada alegando tener un contrato que los primeros desconocen o manifiestan que es falso; fuimos testigos del desalojo de un terreno que había sido usurpado de la noche a la mañana por una familia desconocida; de la protesta de una madre por la tenencia de un hijo; de la acusación de una mujer contra otra por haber ejercido violencia sobre su hermano, que terminó hospitalizado; del escrache a un transa que vende drogas a los niños del barrio; de la quema o destrozos intencionado de la vivienda donde reside un acosador o un ladrón que mantiene en vilo al vecindario.

No son conflictos menores, intuimos que se trata de problemas que no suelen ser tomados por el Poder Judicial. De hecho, sus protagonistas son los mismos ciudadanos que no suelen tener acceso a la Justicia, que encuentran dificultades para tramitar sus querellas a través de esas instituciones, creadas especialmente para esos fines. Y si los toman no obtienen una respuesta inmediata, de modo que los conflictos se demoran y con ello no sólo se van agravando sino acentuando la desconfianza hacia el Estado en general. Hay aquí otro círculo vicioso que contribuye a la espiralización de los conflictos en los barrios. No hay que perder de vista que estamos hablando de eventos que tienen lugar en espacios donde todos los actores se conocen entre sí, viven en el mismo barrio, y suelen tener conflictos previos.

Tampoco la policía se ha tomado las cosas demasiado en serio. A juzgar por los testimonios que el movilero recoge de los vecinos allí reunidos, se han cansado de llamar al 911, incluso algunos manifiestan que hicieron la denuncia en la comisaría y nunca obtuvieron una respuesta satisfactoria, jamás se acercaron hasta el lugar. Recién ahora, con las cámaras allí presentes, apareció un patrullero que vemos estacionado en la otra cuadra. Deberán estar esperando una señal para intervenir. Seguramente la situación está siendo monitoreada desde la comisaría que sigue las escenas en vivo y en directo desde la TV. Saben, por experiencia propia, que si intervienen ahora, cuando los ánimos están caldeados, corren el riesgo de pasar un mal momento: los vecinos están enardecidos y frente a las cámaras no dudarán en acusarlos, denigrarlos y referenciarlos como parte del problema. Mejor esperar que las cosas se enfríen un poco, salvo que lleguen refuerzos o la cosa se desmadre del todo, algo que suele suceder bastante seguido.

 

2.

Durante mucho tiempo Crónica escribió la noticia de la mano de la policía, hablando por teléfono con los comisarios, con fuentes policiales. Ahora lo hace con los vecinos que llaman a la producción para comunicar un conflicto y pautar la protesta. Una acción colectiva concertada, agendada con antelación. A cambio de la presencia del equipo de Crónica TV en el lugar de los hechos, y un diálogo exclusivo con el presentador de la noticia y el resto de los periodistas que siguen los acontecimientos desde los estudios, los vecinos en cuestión deben hacer lo que aprendieron a hacer mirando TV durante todos estos años: indignarse y, si se animan y la circunstancias lo permiten tomar las cosas en su propia mano. Por eso deben mostrarse vulnerables aunque atrevidos, exponerse con gritos y llantos, pero también con insultos, patadas y golpes.

Hay aquí un primer desplazamiento: de la policía a la víctima. Crónica TV ya no tematiza los conflictos haciendo hincapié en los victimarios monstruosos sino en la víctima inocente. Una víctima desenganchada de las instituciones, cuya demanda no es canalizada por el Estado. Pero ese status será testeado por el periodista; el vecino sabe que debe exaltarse para demostrar que es merecedor del rótulo de víctima, que Crónica está dispuesto a presentarle de esa manera a cambio de que se comporte como una persona a la altura de una víctima televisada. Lo curioso es que la víctima nunca adquiere nombre propio. El nombre de pila no está destinado a convertirse en caso sino a olvidarse tan pronto se apaguen las cámaras de TV. Salvo los vecinos del barrio, nadie recordará el nombre de la víctima ni el problema puesto de manifiesto.

Tanto los periodistas como los vecinos saben que los conflictos, además, tienen que escalar a los extremos para ganar visibilidad y transformarse en noticia. Hay allí, entonces, un pacto implícito entre periodistas y vecinos: “Nos indignamos a cambio de salir por la TV”; “te cambiamos la noticia por la visualización del conflicto”. No es casual que Crónica TV sea siempre el único medio en el lugar de los hechos. Están a punto de tirar a una persona por la ventana y nunca hay otros canales cubriendo la noticia. Crónica tiene la primicia, “compró” la exclusiva. Está en juego el rating pero también un estilo que definió al medio durante muchos años. Seguir “firme junto al pueblo” implica tomar estos conflictos con algunas variaciones que impone la época.

Más aún, los vecinos saben que un conflicto que ganó notoriedad tiene más chances de ser abordado por las autoridades, incluso para ser resuelto por mano propia, que cualquier otro problema que permanezca al margen de los escándalos mediáticos, por más efímeros que sean. Los vecinos aprendieron que la televisión suele ser un atajo y una manera de legitimar la violencia. Cuando un evento se gana la atención de los medios, y el periodista se apaña de la víctima, la violencia dejará de ser violencia: si hay justicia no hay violencia. No interesa que la justicia se parezca a la venganza, lo importante es estar del lado del lado del bien, de la víctima.

No queremos restarle importancia a los eventos que los vecinos referenciaron como problemáticos. Crónica entendió muy rápidamente, a lo mejor por el vínculo histórico que mantiene con los sectores populares, que hay conflictos urbanos en los barrios más pobres que están escalando hacia violencias altamente lesivas, y que no están siendo canalizados por las instituciones específicamente creadas para ese fin. Crónica no está inventando nada. Los conflictos existen, la preocupación e impotencia de los vecinos es real, y la indiferencia del sistema policial y judicial también. No hay que apresurarse a cargarlo todo a la cuenta del rating. Los negocios existen, pero los conflictos también. Y Crónica se dio cuenta que algo está pasando y lo lee y traduce a través de la máquina espectacular que inventó, aunque con algunas variantes.

 

Escena 1, de Santiago Poggio.

 

 

3.

El segundo desplazamiento tiene que ver con la protesta. No hay sangre en las noticias, sólo gritos y llantos, insultos o discusiones en voz alta. Crónica ya no está contando eventos extraordinarios sino lo que sucede todos los días. El objeto de las coberturas no es el delito sino la degradación de la vida comunitaria, es decir, la inseguridad o, mejor dicho, la protesta social contra la inseguridad. Crónica inscribe los hechos en una serie donde la protesta se confunde con la justicia por mano propia. Una justicia colectiva o amontonada, que se ejerce correlacionando las fuerzas. Una justicia que se parece al escrache, el linchamiento. Las cámaras tienen la capacidad de sincronizar la indignación de los vecinos, y los vecinos aprovechan el tumulto para plantarse en el espacio público y hacer su reclamo. Una justicia, incluso, que no tiene pretensiones de ser justa sino de agregarle seguridad a la vida cotidiana. Lo cual no es poco. La sociedad se estará fragmentando, pero hay una reserva de comunidad que sale en sordina y Crónica aprendió a captar mejor que nadie.

Ahora bien, estas protestas se abordarán con otras estrategias narrativas. El grotesco habitual que definió el estilo del diario Crónica contrasta con el melodrama que elige ahora Crónica TV. El medio se aggiorna a las reglas que impone el victimismo. Una novela interminable, que empieza y termina todos los días. Cada noticia será regada con las habladurías del vecindario que el movilero interpela, recluta y saca a la luz. Van llegando los vecinos y cada uno dice lo que sabe, lo que siente, lo que lleva acumulado hace meses, años. Luego la producción se quedará con la frase más “jugosa”, la más escandalosa, para resaltarla con un titular que ocupará toda la pantalla, mientras las imágenes más violentas que alcanzó a registrar el camarógrafo quedarán en loop en la otra mitad de la pantalla. Todo eso sucede mientras en el set de televisión el presentador, que repite lo que dice la víctima agarrándose la cabeza, arremangándose la camisa, impugna y pone límites al grito de “¡Noooooooo!”, “¡Paráaaaaaaaa!”, “¡Es una barbaridad!” Porque lo que en última instancia está diciendo esta nueva cohorte de periodistas de Crónica TV es que los pobres no saben hablar, no sólo porque tienen que recurrir a la violencia sino porque necesitan intérpretes, un tercero que los contenga o refrene la violencia, pero también pase en limpio el malentendido, sus reclamos.

El movilero pone el cuerpo y pendula entre la desconfianza y la celebración, entre la mesura y la excitación, de a ratos juega el papel de moderador y en otros momentos echa leña al fuego. Como me decía Stella Martini: Crónica TV libera la zona al conflicto, cada una de las partes puede volcar su padecimiento, erosionando el humor de las víctimas, desgastándolas. El conflicto debe estirarse para llegar al final del programa. Hay que aguantar, el movilero debe tensar el conflicto, demorar incluso su resolución, hay que estirar hasta que termine el programa. No hay fragmentación sino una pautada continuidad, redundancia y melodrama.

Mientras tanto, las preguntas que hace el presentador no tienen vocación de saber nada sino de sobreexponer el drama de la gente. Serán dos o tres horas, en vivo y en directo, narrando un hecho que podría haberse contado en menos de 30 segundos. ¡Pero estamos en la televisión!

 

 

4.

Pero existen algunas continuidades que hay que destacar, que son una marca registrada de la prensa amarilla clásica, por ejemplo los titulares. Hacen noticia tomando frases hechas, pescando al vuelo lugares incorrectos del habla popular.  Frases que, a su vez, nos roban una risa. Frases escritas para reírse de la gente que están filmando. La risa no es un dato menor. Crónica TV sabe que de esa manera mantendrá enganchada a la audiencia. No basta con el llanto, debe compensarse con el chiste. Los titulares y los zócalos están para hacernos reír. Los zócalos convierten a las noticias en memes en vivo y en directo; zócalos muy ocurrentes que después se propalarán por las redes sociales para pavonearnos un rato a costa de la desgracia ajena.

Encima las noticias en vivo están llenas de bloopers, la gente corre y se cae, sacan una mesa a la calle y se llevan por delante a otro vecino, pisan a un nene y llora, el perro los muerde. Cuando se cuenta lo que está sucediendo, y ya no lo que sucedió, la noticia tiene estos imprevistos que vuelven aún más atrayentes los hechos.

Fiel a su estilo, Crónica sabe que el policial atrae, seduce, satisface una dosis diaria de goce. En ese sentido, como ya dijo Shila Vilker en su libro Truculencia, no se trata de narrar la realidad sino de estremecerla, no está en juego la verdad sino el impacto que producen las emociones en toda la audiencia. Y la protesta vecinal tumultuosa está hecha de sentimientos iracundos, tiene todos los ingredientes para ganarse la atención de la audiencia apasionada. El expresionismo periodístico en la Argentina lleva la huella de Crónica y ha dejado una marca en todo el periodismo televisivo.

En definitiva, Crónica TV fagocita a los vecinos que se hacen cargo de los problemas con sus propias manos. Un tratamiento miserable y exasperante que oculta el cinismo de los productores, un programa que hizo de la desgracia ajena la ocasión para que los periodistas y movileros empaticen y se burlen de los más pobres. Y nosotros junto con ellos. Un formato con historia, gran parte de ella escrita por la gente de Crónica.

Estamos ante un nuevo formato policial amarillista, con continuidades y discontinuidades, pero con raíces en la cultura popular. Un género novedoso y prometedor, no sólo para mostrar los conflictos sino de tramitarlos más allá de las desconfiadas instituciones del Estado.

 

 

 

* Docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de Vecinocracia: olfato social y linchamientos, Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil y Prudencialismo: el gobierno de la prevención.
** Las pinturas Escena (1) y Sin título que ilustran la nota pertenecen al artista platense Santiago Poggio. Su catálogo puede consultarse aquí.

 

 

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