Ecos del alegato

El tiro de la derecha contra Cristina puede salirle por la culata

 

Lo histórico y la historia

El alegato de Cristina llenará una página de la historia nacional por la oportunidad, contundencia y repercusión de enunciados que versaron sobre un tema fundamental. Además, aunque habla del presente, los hechos que lo determinaron remiten a esa misma historia.

El 20 de febrero de 1932, tras las elecciones fraudulentas en las que fue proscripto el radicalismo, asumió el Presidente Agustín Pedro Justo, gobierno durante el cual se diseñaron los instrumentos económicos que servirían para una fuerte intervención estatal. Se producía así un cambio fundamental: desde un esquema de abstención económica del Estado prácticamente total, de “libertad” de comercio –en particular comercio exterior– y mercados, al subsidio de la producción agraria, control de cambios y del comercio exterior.

Este giro copernicano se explica porque el bloque de poder terrateniente no iba a permitir, y no permitió, que el precio de las carnes rojas dejara de ser retributivo, que cayera el precio de las forrajeras y de los granos destinados a la alimentación humana que llegaba a sus bolsillos, y que la cotización de las divisas fuertes estuviera exclusivamente determinada por el saldo de la balanza comercial. A estos efectos se instituyeron la Junta Nacional de Carnes, la Junta Nacional de Granos y el Banco Central. Es decir que el gobierno oligárquico de Justo cambió la ortodoxia liberal por el intervencionismo keynesiano, y la rigidez monetaria de la “Caja de Conversión” por una política inflacionaria controlada. Enfrentaba así la crisis de 1929/30.

A partir de entonces se fue forjando un proceso de industrialización que contó con inversiones extranjeras atraídas por el nuevo mercado interno, cuando el contexto era de sobreproducción y sobreoferta de bienes y servicios en los países desarrollados. Este proceso fue intensificado pero con orientación nacional –estatal y privada– por el peronismo, que además gestó una nueva relación entre el capital y el trabajo nacional que se reflejó en un equilibrio en los ingresos sin precedentes ni consecuentes.

En 1974 el PIB industrial llegó al máximo histórico del 33% del PIB total. La Argentina era el país más integrado e igualitario del continente, situación que sufrió un abrupto, profundo y brutal quiebre con la dictadura cívico-eclesiástico-militar que usurpó la conducción del Estado en 1976.

Es indudable que Federico Pinedo –el inteligente– como ministro de Hacienda de Justo tuvo –y con él la derecha de entonces– una estrategia. No menos evidente es que Perón también la tuvo. Fueron dos proyectos antagónicos que utilizaron los mismos instrumentos.

Está tan claro que vivimos en un país y un mundo muy distintos a aquellos del siglo pasado como que en la Argentina la contradicción principal de intereses sociales y sus consecuentes disputas son una constante de resultado todavía incierto, cuya existencia no depende de la voluntad de los protagonistas. Esta es una situación singular del pueblo argentino: otros fueron históricamente derrotados, con remotas probabilidades de revertir semejante adversidad, o consolidaron –para bien o para mal– sociedades relativamente desarrolladas.

Las represiones a trabajadores y la persecución y proscripción de líderes populares han sido parte de este proceso inconcluso, en el que se inscribe el ataque a Cristina.

 

 

Táctica y estrategia

Cuando se analiza el proceso que condujo a la candidatura de Alberto Fernández en 2018 y a la asunción reciente de Sergio Massa como ministro de Economía, se llega a la conclusión de que han sido movimientos tácticos propiciados por CFK, algo que se puede comprobar considerando las trayectorias políticas y la base social de los nombrados en relación con las del kirchnerismo y su jefa política. Esas decisiones reflejaron en alguna medida la situación del kirchnerismo en el seno del peronismo, y buscaron el objetivo excluyente de evitar que la derecha ganara y gane las elecciones: una riesgosa táctica defensiva.

Así las cosas, si bien el Frente de Todos ha mostrado ductilidad para resolver cuestiones tácticas, los tres años de gobierno muestran que carece de una estrategia –construcción de poder incluida–, que las soluciones tácticas no le alcanzan a un gobierno popular para gobernar –mantener la famosa “gobernabilidad” sin ceder constantemente ante los poderosos– y que esa falencia conduce a contradicciones cotidianas, marchas y contramarchas; en suma, a la parálisis en distintos frentes mientras la burocracia practica su deporte favorito: rectificar los aciertos y reincidir en los errores. Concretamente, no se ha alcanzado parte de los declamados objetivos en favor de los sectores más vulnerables y vulnerados, y el deterioro en las condiciones de vida de sectores de las capas medias se ha mantenido; cuadro que difícilmente vaya a revertirse con la actual política económica.

Este estado de cosas tiende a incrementar la debilidad de la coalición de gobierno respecto de los sectores dominantes, que avanzan en su ofensiva estratégica desplegando cotidiana y coordinadamente importantes recursos en todos los frentes: económico –corrida cambiaria, agravamiento de la inflación, etc.–; judicial –aceleración de los procesos de persecución–; mediática –agudización de los discursos de odio y difusión de noticias falsas incriminando a opositorxs– y política –obstrucción de cualquier iniciativa que promueva el gobierno–. Ante esta exhibición de fuerza, apareció en estos días la reacción popular materializada en movilizaciones masivas que ocuparon el espacio público en todo el país.

Los objetivos estratégicos de la Vicepresidenta son conocidos: el gran capital sabe que para realizar su proyecto de país es necesario eliminar de la escena política al kirchnerismo. Uno de sus gerentes, Horacio Rodríguez Larreta, lo ha expresado en varias oportunidades con la delicadeza que lo caracteriza: “Para superar los problemas argentinos necesitamos una alianza amplia, sin el kirchnerismo”; se trata de un componente central de la estrategia de la alta burguesía argentina y sus socios externos: obturar para siempre el proyecto nacional-popular del pueblo argentino para dar vuelta el país como una media “en las primeras 100 horas de gobierno”, en las que el jefe de gobierno porteño, ya convertido en Presidente, haría una reforma previsional, etc., etc., etc., “pero que se mantenga en el tiempo, no que cada vez que asume un Presidente empezamos de nuevo”.

Que los objetivos de Cristina sean explícitos y que desde el oficialismo se hagan enunciados generales sobre el país añorado, no implica que se tenga una estrategia. Y, aun en caso de que ella la tuviera, es obvio que para realizarla debería ejercer la conducción política del gobierno; tan obvio como que, aunque encarna el mayor peso político de la coalición, hasta ahora ha ejercido la conducción del kirchnerismo, no la del Frente de Todos.

 

Alberto Presidente y Massa ministro de Economía, dos movimientos tácticos propiciados por CFK. Foto: Argra.

 

 

 

 

La mentada unidad

Mientras tanto, se estaría reconstruyendo la unidad de la cúpula del Frente de Todos. A esta altura de los acontecimientos hay que explicitar que la unidad es un territorio de disputas, la principal de las cuales se da para definir el rumbo del proceso político, es decir para fijar la estrategia que falta; se deduce entonces que la unidad es una noción dinámica, en la que se juega la identidad del kirchnerismo y la suerte inmediata de los sectores populares: el contenido político resultante determinará en qué sentido se modificará ese otro factor dinámico que es la relación de fuerzas, no sólo entre gobierno y oposición, sino también entre las clases dominantes y las subalternas.

Si el kirchnerismo permitiera que se diluyan sus importantes diferencias con cualquier expresión de la ortodoxia neoliberal, como la que representa el arrepentido secretario de Programación Económica Gabriel Rubinstein, entonces habrá perdido su identidad y habrá dejado de cumplir su misión histórica: el kirchnerismo no fue producto del azar, fue y es una manifestación de la nacionalidad contra los enemigos internos y externos, y en esta coyuntura histórica es el testimonio y el grito político de millones de argentines que representan la vocación del país por ser totalmente libre. Si se ha mantenido en ese rol y sus luchas tienen un sentido claramente definido es porque hay una integración nacional de un profundo arraigo en la realidad.

Es que el kirchnerismo no está imbuido de ninguna calidad extraterrenal que le confiera una vigencia eterna, ni tiene otros valores que los que adquiere a través de la acción; no hay en estas palabras prefiguraciones catastróficas ni alarmistas que supongan desconocer la potencia kirchnerista. El pueblo argentino ha demostrado que sabe encontrar y recorrer los caminos de su liberación, que es la liberación de la Patria; que aún no haya llegado a destino es tanto un llamado a las tareas pendientes como la explicación acerca de por qué la derecha tampoco ha llegado al suyo, que es el sometimiento definitivo de la Patria. Esto quiere decir que si el kirchnerismo no estuviera a la altura del desafío, otras conducciones saldrán a reemplazar su vigencia entonces desaparecida, con la consecuencia de que se habrá demorado la hora de la victoria popular.

En otras palabras, tanto dentro como fuera del Frente se libran contiendas de variada intensidad respecto de las cuales nadie –aunque quiera– puede permanecer ajeno. Todes participamos por acción u omisión: es la lucha de clases en el presente argentino.

 

 

 

Efectos no deseados

Que la derecha haya decidido atacar sin concesiones a la figura política más importante de la Argentina contemporánea y en ella al movimiento popular, no significa que vaya a lograr su objetivo. Más aún, no debería sorprender que el tiro le saliera por la culata.

El potencial esclarecedor de la intervención de la Vicepresidenta es directamente proporcional a la elocuencia de sus palabras para sostener un contenido que fue fundamentalmente político, no jurídico. En particular, es la primera vez que tiene vasto alcance la explicación sobre el muy probable origen de los fondos con los que José López y la derecha forzaron al kirchnerismo todo a pagar una fiesta en la que no participó.

Cuando se consideran factores extraeconómicos en el devenir político, se observa que un alto grado de ideologización y la obsesión por no ceder un ápice al poder popular serían las causas que impulsan a empresarios arruinados por el macrismo a apoyar al macrismo; y otro tanto hacen la manipulación mediática y un cierto estado de alienación con una parte de las capas medias; los unos impulsados por el odio de clase, los otros por el propio de la ceguera; en ambos casos el ataque se dirige a los pobres y –por extensión– a inmigrantes de los sectores populares, travestis, etc., y se concentra en quien mejor los representa. Por eso odiaron a Evita y ahora odian a Cristina; así pretendieron legitimar socialmente la proscripción a Perón y ahora pretenden legitimar la de Cristina.

Lo que intento mostrar es que no todas las decisiones políticas responden a una lógica simple. Esta es la razón por la que estimo factible que el escandaloso proceso con el que la derecha y sus jueces macristas –emparentados con la dictadura genocida– intentan PROscribir a Cristina termine llevando a un desastre estratégico a la misma derecha.

 

 

 

Destinatarios

Si el principal destinatario de las palabras vicepresidenciales fue el conjunto del pueblo argentino, hubo también un mensaje directo a les políticos: aseguró que los sectores dominantes buscan “disciplinar” a la política. Ahora bien, es evidente que estuvo dirigido a quienes militan en el campo nacional-popular, porque les militantes de la derecha política –por definición– no necesitan este tipo de disciplinamiento. El mensaje es coherente con advertencias anteriores, como cuando habló de los “funcionarios que no funcionan” o cuando sugirió que quienes tengan miedo “se busquen otro laburo”.

Se sabe que el peronismo siempre estuvo habitado por tendencias antagónicas en tanto representa diversas fuerzas sociales, de ahí su carácter policlasista. En sus 77 años de existencia han sido más extensos los períodos en los que una mayoría coincidía no sólo en lo táctico sino también en lo estratégico: a partir del punto de unión que brindaba un liderazgo, distintas fracciones se encolumnaban tras la conducción, que no sólo ejercía el poder concreto sino también la orientación ideológica.

Pero siempre hubo disidencias; hoy, por ejemplo, hay sectores que ven en el neoliberalismo una fuente de actualización doctrinaria: la pulseada en el frente interno es clave cuando las tendencias retardatarias del movimiento nacional –más allá de buenas intenciones o no– le allanan el camino a la reacción imperial-oligárquica, única y auténtica enemiga del pueblo argentino. Rodríguez Larreta no es original: siempre hubo peronistas que no corrían el riesgo de ser denunciados y menos todavía PROscriptos; por eso cuando CFK afirmó que “esto no es un juicio a Cristina Kirchner, es un juicio al peronismo”, seguramente no se refirió a la totalidad del peronismo formalmente existente.

En lo que hace al kirchnerismo y en línea con lo que manifesté más arriba, vale la pena detenerse en la conversión de la consigna “vamos a volver” en “vamos a volver mejores”. La interpretación que hicieron algunos compañerxs fue que el agregado aludía a modales propios de la “buena educación”: nada de pelear, todo se arregla dialogando; otres pensaron que “mejores” se refería a una cuestión moral: había que ser honestos, es decir, habían asimilado el discurso de la derecha, en cuyo diccionario kirchnerismo y corrupción son sinónimos. En ambos casos estamos en presencia de compañerxs “disciplinados”, y si ese fuera el derrotero habríamos involucionado de un kirchnerismo rebelde a uno dócil a los dictados del enemigo: si de algo se puede estar seguro es de que este no sería el kirchnerismo de Cristina. Así, es razonable suponer que el amplio consenso al que ella convocó en más de una oportunidad –antes y durante el gobierno del Frente de Todos– no es una filosofía, sino una exigencia táctica: suponer una Cristina dispuesta a diseminar la semilla del conformismo es una ficción que implica desconocer su historia política, descreer de las fuerzas del propio peronismo y jugar todo a la buena voluntad de los centros de poder del Régimen. El consenso al que ha convocado –y convoca– es una alternativa que, de existir, deriva de la propia fuerza, no de la debilidad o mansedumbre.

En realidad, para volver mejores no había que ser distintos: hay que ser lxs mismos, que no significa hacer lo mismo. En otros términos, para ser como fuimos necesitamos volver distintos, pero para volver distintos necesitamos ser como fuimos.

 

 

 

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