Educación para la incertidumbre

Una agencia de aprendizaje para el cambio cultural que quiso instalar el macrismo

 

La creación de la Agencia de Aprendizaje «para toda la vida» (según la nota de Maximiliano Fernández en Infobae, aparecida el pasado 16 de octubre) por parte del Ministerio de Educación e Innovación de la CABA, no es un hecho aislado del resto de las políticas educativas y su relación con el mundo del trabajo. Y más allá del nombre marketinero y el uso electoral de este anuncio, debemos considerarlo como parte de una operación discursiva por instalar un nuevo sentido común, un cambio cultural que, en principio, el macrismo creyó que se establecería por “veinte años” (de hecho, el nombre mismo de la Agencia postula una visión sobre cómo se piensa este ciclo liberal y su influencia en el sector educativo y laboral). Pero si bien el ciclo macrista llega a su fin a nivel nacional, y tiene serias dificultades para continuar en CABA, no debemos soslayar la potencia de un discurso que circula por múltiples canales culturales.

Según la nota, «los funcionarios toman distintas investigaciones que marcan que los jóvenes de hoy tendrán, en promedio, 18 empleos a lo largo de su vida». Hace poco más de dos años, el especialista en Sistemas y entonces ministro de Educación de la Nación, Esteban Bullrich, nos impulsaba ante la Unión Industrial Argentina a “acostumbrarnos a vivir en la incertidumbre”. Y aclaraba que no lo decía como ministro, sino como “gerente de Recursos Humanos”. Parece que los funcionarios del ministerio de Soledad Acuña tomaron nota de las palabras del hoy senador Bullrich.

Ese discurso de la incertidumbre y la exigencia de ajustarse a ella tiene relación directa con la necesidad de un cambio de paradigma laboral, pregonado en los últimos años por las usinas del poder económico. (Concretamente nos referimos, entre otros, a los convenios colectivos, entre los cuales se encuentran los estatutos docentes.) Para lxs liberales se trataría de generar un nuevo marco cultural para seguir incrementando sus ganancias siderales a costa de la explotación de trabajadores. Querrían imponer un nuevo sentido común por el cual la educación superior y universitaria no tendría (mucho) valor. Con esto erosionan de manera explícita el derecho social a la educación superior y universitaria; y coinciden, en este punto, con la idea sostenida por Vidal de que los pobres no acceden a la universidad. Los defensores del ingreso con examen y del arancelamiento también asumen estos diagnósticos dudosos no como urgencia por transformarlos, sino como oportunidad de negocio. Allí donde haya estudiantes que no permanecen en la universidad o que no se gradúan, debería haber otro estudiante en condiciones de sostenerlo con un arancel. En esta línea se ubica el aliado de Rodríguez Larreta en la ciudad, José Luis Espert. En el debate presidencial del domingo 13 de octubre, propuso que el acceso a la universidad debe ser restrictivo. Planteó sin eufemismos lo que Macri y Larreta, por cuestiones electorales, no quieren decir: Espert es el Inconsciente del macrismo; Acuña la hacedora de sus deseos.

El anuncio de esta Agencia también se relaciona con la última novedad de mediados de 2017: la denominada Secundaria del Futuro, una propuesta cuya marcha concita, al mismo tiempo, el rechazo y la ironía de la mayoría de los docentes. (En este caso, la apropiación léxica y paródica transformó la propuesta de Acuña y Larreta en la “Secundaria sin Futuro”, en obvia referencia a las consecuencias de este proyecto sobre el estudiantado de la escuela pública.) El último año de esta nueva secundaria propone que lxs estudiantes desarrollen pasantías en empresas de la ciudad, en perjuicio de horas de clase para aprender contenidos. La propuesta de esta Agencia sería la de continuar con una política laboral genuflexa ante los sectores empresariales al que el mismo Presidente pertenece: «[La Agencia] funcionará como un banco de créditos. Es decir, a medida que un estudiante logre certificaciones, irá sumando créditos en su perfil profesional. La idea es que las empresas publiquen sus ofertas de empleo, con sus respectivos requerimientos, y matcheen con los estudiantes». Por lo cual aquellxs estudiantes que se encuentren realizando las pasantías (estudiantes pertenecientes a los sectores empobrecidos por las políticas de Macri y Larreta) obtendrán el «beneficio» de ser formados en función del negocio que mejor le queda a este liberalismo: «[Las propuestas de la Agencia] se enfocarán en lo que hoy necesita la ciudad para crecer: tecnólogos, expertos en turismo, creativos». En este sentido, Acuña afirma: «Hoy a las industrias del conocimiento ya no les es tan relevante un título de grado o posgrado, sino que los empleados tengan distintas habilidades: creatividad, trabajo en equipo, empatía. Vamos a buscar que se ayude a potenciar en ese sentido”. En otras palabras, para Acuña lxs estudiantes que provienen de estos sectores empobrecidos por sus mismas políticas no tendrán el derecho a acceder a la educación superior. Además los mismos tópicos (creatividad, trabajo en equipo) fueron sostenidos para la implementación de la Secundaria del Futuro. Es necesario hacer notar la concepción ideológica que subyace a las palabras de la ministra. La creatividad, para el proyecto político de Macri y Larreta, tiene una base innata: se tiene o no se tiene; no se construye progresivamente como fruto de un largo proceso de producción de sentido y aprendizaje.

Por otro lado, la ministra Acuña sostiene: «Tenemos más de 300 títulos terciarios, de los cuales el 60 por ciento está ligado a Sociales y Humanidades, cuando la ciudad se caracteriza por el servicio. Proponen una salida laboral que no es cierta”. O sea, como afirmáramos más arriba, la ciudad genera sus políticas educativas en función de lo que demanda el mercado laboral del sector servicios. Además no está de más aclarar que hay miles de estudiantes terciarios que encuentran su futuro laboral más allá de la avenida General Paz.

Los docentes creemos, por el contrario, que los proyectos educativos son propuestas de articulación de una imagen de futuro que la política construye para una sociedad. Está claro que no se trata, en el caso del macrismo, de una propuesta con anclaje en la comunidad de intereses que constituye un país. Se sabe que el 75% del empleo en la Argentina depende de las pequeñas y medianas empresas, la mayoría de las cuales no pertenecen al sector terciario de la economía, como cree Acuña. Sobrevuela, en planteos de este tipo, una vulgata no muy precisa acerca de un relato que los mismos funcionarios creen, por el cual “inversión”, “escuela para el trabajo” e “incertidumbre laboral” constituyen una matriz discursiva para la acción, en este caso, educativa. Una acción cuyo fundamento hay que ubicar en los alcances del management como propuesta extensible a la totalidad de lo viviente y que hoy halla actualización en fundamentos que los gurúes de la innovación educativa llaman “neurociencias”, cuyos descarados usos los neurólogos denominan como “robo liso y llano”. Ya se sabe que ese tipo de diagnósticos precarios y poco fundamentados forman parte de los programas de capacitación que el coaching acerca a las empresas (la expertise de los decisores del gobierno proviene de esos ámbitos), para gestionar los conflictos que surgen en sus equipos de trabajo cuando se requieren “cambios culturales” en las organizaciones, lo cual, casi siempre, se traduce en flexibilización y extensión de tareas. Son muy claras: arrancaron con el uso de los dispositivos móviles para que la jornada laboral se extendiera fuera de los lugares de trabajo y terminara en sobrecarga por el temor que causa la escasez de trabajo a perderlo. Pero antes, incluso, los cambios culturales explicaron la transición de la cultura analógica a la digital, con la presentación de estereotipos de empleados (de empleadas, en las caricaturas) reticentes a los cambios: atados a sus Olivetti y a las lapiceras de pluma. Es que lxs trabajadorxs no aprendemos que donde existe una necesidad de la organización laboral para “el cambio cultural” aparece un derecho: el derecho a la flexibilización y a incansables horas de trabajo.

No negamos los necesarios vínculos entre escuela y mundo del trabajo. De hecho, la Ley Nacional de 2006 así lo establece, pero con el mismo énfasis con el que se aspira a una preparación suficiente para los estudios superiores. Lo que parece decirnos la Agencia del macrismo es que necesitamos estudiantes con un núcleo precario de habilidades básicas, y mucha permeabilidad al cambio, lo suficientemente capaz de permitirnos adaptabilidad a unos contextos siempre cambiantes. Una vieja consigna de la masa crítica de la docencia argentina hoy debería volver con renovado énfasis: esperaríamos que nuestros estudiantes se involucraran en el mundo desde una mirada no meramente adaptativa a un mundo cada vez más desigual, destructor de la “casa común” que es el planeta y que pone en peregrinaje por la esperanza a contingentes de humanos cada vez más pobres en busca de una tierra donde vivir mejor. No hay atisbos, en propuestas como estas, de una conciencia crítica que evalúe el mundo y quiera transformarlo, para ingresar en él con necesaria (esperaríamos) incomodidad. Creemos finalmente que se trata de una Agencia para un mundo más ligado a los años anteriores a Trump y no al mundo de la guerra comercial con China.

Un país en el que uno de cada dos jóvenes es pobre tiene razones más urgentes: una vez más la escuela vuelve a ser lugar de reaseguro para los execrados en los ensayos de la destrucción liberal, y lxs maestros, los que podemos asegurar algo de contención y confianza ante el hambre, pero también cordura ante tanta tontería.

 

 

 

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