El acelerador de Néstor

Desandar los caminos del gobierno de Milei

 

En marzo de 1996 —pocos días antes del vigésimo aniversario del último golpe de Estado cívico-militar— se estrenó en Argentina Toy Story, el primer largometraje del estudio Pixar, además de la primera película animada completamente con efectos digitales.

 

 

La historia relata las aventuras de un grupo de juguetes vivientes que tienen la particularidad de recobrar su condición de objetos inanimados apenas se acerca un ser humano. Los personajes principales son el vaquero de trapo Woody (a quien Tom Hanks le prestó la voz) y el guardián del espacio Buzz Lightyear (interpretado por Tim Allen). Uno de los grandes aciertos del guion es la ausencia de cinismo. John Lasseter, fundador de Pixar y director de la película, cree realmente en su historia e imprime un tono nostálgico que logra conmovernos como espectadores, conectándonos con nuestros propios recuerdos. Hay escenas antológicas, como la crisis existencial que padece Buzz al comprender que no es un astronauta, sino un juguete. Además de ser alabada por la crítica, Toy Story fue un éxito de taquilla e inauguró una franquicia que aún persiste (Toy Story 5 se estrenó este año). 

 

 

Sin embargo, ese enorme éxito pudo no haber existido. Lasseter suele contar la historia de los inicios accidentados de Toy Story, cuando los creativos de Pixar empezaron a trabajar en el storyboard. Partieron de los personajes que siempre habían imaginado, pero fueron aceptando las exigencias del entonces presidente de Disney, el todopoderoso Jeffrey Katzenberg, que buscaba atenuar la mirada infantil del relato para imprimirle un tono más adulto (o, al menos, lo que él entendía por un tono más adulto). A fuerza de eliminar el candor y la generosidad que lo hacían tan querido por sus compañeros, Woody fue transformándose en un personaje egoísta que abusaba de su posición de liderazgo y trataba con dureza a los otros juguetes. El resultado quedó en la historia como el Black Friday, llamado así por el día en el que los creativos de Pixar presentaron la escena que reflejaba los cambios exigidos por Disney. Fue una catástrofe y todos quedaron disconformes: desde Tom Hanks (“Odio esta versión de Woody”); hasta los directivos de la empresa que habían apoyado las exigencias de Katzenberg; pasando por el propio Lasseter, que se sintió avergonzado durante toda la presentación debido a lo extremadamente infelices, antipáticos y mezquinos que se veían sus personajes.

 

 

El diagnóstico de los directivos de Disney fue lapidario: “Nos escucharon demasiado”. A fuerza de querer agradar, los creativos de Pixar habían dejado de lado su propio talento e intuición. Frente al peligro real de que el proyecto fuera abandonado por Disney, Lasseter pidió dos semanas para volver a la historia original, respetando a los personajes tal como los habían imaginado. El resultado fue el éxito descomunal que todos conocemos. 

En política también existe lo que podríamos llamar el “mal de Katzenberg”, es decir, el error que consiste en escuchar demasiado a quienes luego se despegarán de las consecuencias desastrosas de sus propias demandas. Al tomar en cuenta exigencias tóxicas vendidas como decisiones de sentido común o incluso inevitables, nuestros gobernantes cometen un error conceptual: obviar el poder transformador de la política. 

En las elecciones legislativas de 1987, el oficialismo radical quedó en segundo lugar frente al peronismo, que lo superó por cuatro puntos. Aunque la UCR mantuvo la mayoría simple en la Cámara de Diputados, el efecto de la derrota fue devastador. Raúl Alfonsín dejó de tener agenda propia y su gobierno empezó a desvanecerse. La enorme legitimidad conseguida por los juicios a las Juntas se había perdido con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final (declaradas nulas por el Congreso durante la presidencia de Néstor Kirchner). El mal manejo de la economía, sumado a la presión cada vez mayor de un establishment cada vez más impaciente, culminaría con la hiperinflación de 1989. Esto provocó el adelantamiento de las elecciones presidenciales y el traspaso anticipado del gobierno a Carlos Menem. La figura de Alfonsín terminó en fade-out, un concepto que refiere a la disminución progresiva del volumen o de la intensidad de una señal hasta desaparecer por completo. La hiperinflación abrió la puerta al desguace del Estado y a la calamidad de la convertibilidad, que continuaría más allá del menemismo, hasta la crisis del 2001. 

Dos décadas después de la victoria de Carlos Menem, en 2009, las elecciones de medio término volvieron a dejar al oficialismo en segundo lugar, pero esta vez ya no gobernaba la UCR, sino el Frente para la Victoria. El Acuerdo Cívico y Social, alianza conformada por la UCR, la Coalición Cívica y el Partido Socialista —el progresismo imaginario que luego, junto al PRO, crearía la alianza Cambiemos— obtuvo un punto más que el kirchnerismo. Además de la mala performance general, lo desastroso para el oficialismo fue el resultado en la provincia de Buenos Aires. En su territorio por antonomasia, la lista encabezada por Néstor Kirchner —acompañada por las candidaturas testimoniales del entonces gobernador Daniel Scioli y del jefe de Gabinete Sergio Massa— perdió por un par de puntos frente a la lista de Alianza Unión PRO, una coalición conformada a las apuradas por Francisco De Narváez, Mauricio Macri y Felipe Solá, engendro político que se disolvió la misma noche de la victoria.

La derrota fue el corolario de un año, el 2008, marcado por el conflicto entre las grandes empresas agropecuarias y el gobierno de CFK por las retenciones móviles. La traición del Vicepresidente Cobos con su famoso “voto no positivo” agregó tensión política a un conflicto relanzado por los medios serios, que a partir de ese momento se transformaron en los grandes armadores de la oposición al kirchnerismo. Los periodistas serios se preguntaban en prime time si CFK podría terminar su mandato y la oposición soñaba con un gobierno de “unión nacional”, es decir, con todos menos el kirchnerismo. La figura de De Narváez, un paparulo que tomó la precaución de nacer rico heredero, se desvaneció en el aire luego de vanagloriarse, con respeto y mesura, porque “la gente me agradece por haberle roto el culo a los pingüinos”. 

Al contrario de lo que ocurrió con Alfonsín, CFK y Néstor Kirchner decidieron retomar la iniciativa política. No escucharon a quienes les pedían acuerdos tan virtuosos como imposibles con una oposición casi tan furiosa como el oficialismo actual, sino que redoblaron la apuesta con su propia agenda. Néstor reconoció la derrota y llamó a “profundizar el proceso de democratización en la Argentina” y “no aceptar planteos extorsivos”.

 

 

El fin de las AFJP, un proyecto propuesto por el entonces titular de la ANSES, Amado Boudou, marcó el rumbo y permitió contar con los recursos para seguir integrando jubilados en el sistema y para implementar la AUH, una de las iniciativas más estratégicas de los doce años kirchneristas. Luego vino la Ley de Servicios Audiovisuales, un proyecto que todos los gobiernos habían querido implementar sin éxito a partir del '83 debido a la oposición del Grupo Clarín; además de otras ampliaciones de derechos como el matrimonio igualitario. Los festejos del Bicentenario marcaron un momento bisagra en el ánimo general. La muerte de Néstor y su velatorio masivo configuraron otro hito que contradijo el sentido común que los medios serios construían en referencia al supuesto hastío ciudadano hacia el kirchnerismo (“La gente en la calle dice ‘que se vayan’, la gente en la calle dice ‘los quiero matar’, la gente en la calle dice ‘a ver si los derrumban'”, repetía la mentalista Carrió en los estudios de televisión). En las elecciones presidenciales del 2011, CFK ganó en primera vuelta por más del 54% de los votos, a más de 37 puntos del segundo candidato, el hoy olvidado Hermes Binner.

 

 

Javier Milei, el Presidente de los Pies de Ninfa y su equipo económico pletórico de timberos con la nuestra sufren en carne propia el “mal de Katzenberg”: sus socios y mandantes les recriminan las consecuencias desastrosas de las iniciativas que ellos mismos exigieron. Escuchamos a economistas serios (que hasta ayer nos repetían ad nauseam que la emisión es la causa de la inflación y que esa entelequia llamada mercado es el mecanismo más eficiente y justo para distribuir los recursos de una sociedad) exigir que el gobierno “le ponga plata en el bolsillo a la gente” y atempere la suba de tarifas. De la misma forma, luego de regalarle los recursos naturales del país a las grandes corporaciones mineras a través del RIGI (Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones), con enormes beneficios fiscales (el Plan Platota) y sin ninguna obligación de transferencia tecnológica y escaso impulso a la industria argentina, el gobierno implora a esos grandes conglomerados para que consideren la posibilidad de contratar a alguna pyme local. No hay nada nuevo en esta paradoja. Al aceptar las exigencias de sus socios y mandantes de aumentar drásticamente las tarifas de energía, Mauricio Macri castigó a las mayorías y atentó contra su propia reelección; algo que esos mismos mandantes le reprocharon. Del mismo modo, Macri tuvo que reponer el cepo que se había jactado de eliminar. Al parecer, el manual neoliberal es infalible, pero siempre le falla la realidad.

El “mal de Katzenberg” consiste en tomar una opinión, incluso contraria a su propio credo, como si fuera puro sentido común, sin efectos colaterales negativos. En economía, eso se percibe en la creencia casi celestial de que hay decisiones esencialmente positivas, que no tienen consecuencias sobre el resto de las variables económicas. Bajo esa mirada que se obstina en el error, echar empleados públicos, pisar sueldos, reducir los subsidios al transporte, dejar a los jubilados sin remedios gratuitos o frenar la obra pública son simples decisiones de buena administración pública, que tienden a reducir los gastos del Estado y, por lo tanto, son virtuosas. La caída de la actividad y de la recaudación que implican y que impulsan más ajuste (generando la espiral que padecemos hoy) no parece tener nada que ver con aquella virtud ajustadora. 

Pero el “mal de Katzenberg” no sólo acecha al oficialismo, también amenaza a la oposición. A un año de las elecciones presidenciales, sobrevuela en el peronismo (la única oposición real) la tentación del fade-out, que consiste en desvanecer la agenda más potente, la que implementaron los gobiernos de Néstor y CFK, para reemplazarla por algo que podríamos definir como un “ajuste bueno”. Hay aroma a Alianza en esa idea que responde al sueño húmedo del establishment de una continuidad del modelo con otros modos: un ajuste sin desbordes emocionales, insultos ni amenazas con hogueras. Frente a esa derrota conceptual anunciada, existe otra opción que consiste en desandar en bloque las políticas nefastas del gobierno de la motosierra, patear el péndulo hacia el lado opuesto y no creer que haya decisiones inevitables. Mucho peor que impulsar los vaivenes políticos (inherentes a cualquier democracia electoral) es consolidar un modelo de miseria planificada por creer que es un destino inexorable.

Al fade-out de Alfonsín impongámosle el acelerador de Néstor.

 

 

 

 

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