EL AMOR DESPUES DEL COVID

El verano llegó a Nueva York y con él, la necesidad del encuentro

 

“Ahora la mujer del pañuelo me resulta imprescindible. Tal vez toda esa higiene de no esperar sea un poco ridícula. No esperar de la vida, para no arriesgarla; darse por muerto, para no morir. De pronto esto me ha parecido un letargo espantoso, inquietísimo; quiero que se acabe”.

Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel

 

El verano llega a Nueva York de un día para otro, y con él, su agitada banda de sonido. Las ventanas que en este país se abren sólo por la mitad, de abajo hacia arriba (escatimando la franqueza de los postigos abiertos de par en par), dejan entrar nuevamente los ruidos de esta ciudad que nunca había dormido hasta que llegó la pandemia, y recién despierta. El tráfico ha vuelto a ser brutal y caótico, los restaurantes estallan de gente. En Nueva York pasó de todo en poco más de un año (miles de muertos sin destino, multitudes sin trabajo, disturbios incontenibles), pero hoy miro alrededor y pareciera que aquí no ha pasado nada. La amenaza del Covid, aún con las sombras que proyecta la variante Delta, es casi imperceptible. Las piezas del juego se movieron, la perspectiva del tablero cambió. ¿Es posible pensar que hemos vuelto al casillero donde estábamos 17 meses atrás? ¿Será tan simple?

Se trata de una ciudad donde todo conspira en contra de la socialización: el exorbitante costo de vida, la competitividad feroz, el sentido de privacidad anglosajón, el cansancio extremo de los trabajadores de pocos recursos que dormitan extenuados en el subte a cualquier hora del día. Hasta el advenimiento de la era del Covid la rueda nunca paró de moverse, aumentando sin descanso tanto la brecha económica como la sensación de soledad que sufre gran parte de los habitantes. Un día, repentinamente, la pandemia frenó los motores. Algunos de nosotros, los que pudimos encerrarnos, tuvimos la oportunidad de entrar en un nivel de reflexión antes vedado por el trajín y las distracciones. “¿Qué vida quiero tener?” y “¿Qué espero de una relación?” parecen ser los cuestionamientos que más han resonado en las personas que voy entrevistando. Las respuestas más escuchadas: “Ser cada vez más quien realmente soy”, “Dedicarle más tiempo a lo que me gusta”, “Estar más disponible emocionalmente” y “Generar vínculos más profundos”. Casi todos los que me cuentan su experiencia durante la pandemia coinciden en algo: no desean volver exactamente al lugar donde estaban antes. Lo que quieren, ahora que todo parece volver a la normalidad, es ser más felices.

 

 

Una larga caminata me lleva a Williamsburg, ese barrio que hace un par de décadas fue invadido por jóvenes cool y bares de moda. En la plaza un viejo canturrea una polka de melodía triste y ritmo alegre al son del acordeón más diminuto que yo haya jamás visto. Somos pocos los que dejamos algo en el sombrero que espera en el piso, y menos los que sabemos que, no hace tanto, sólo se escuchaba polaco en estas calles. La melodía se mezcla con los gritos de los chicos, que nuevamente ejercen esa danza fundamental de la infancia que les había sido robada, la colisión de los cuerpos. Hay decenas de parejas desparramadas por el pasto, grupos de amigos sonriendo plácidamente, como sintiendo la brisa. Puedo sentirlo. Hay algo de la naturaleza del amor que flota en el aire.

Tomo el subte a Manhattan a ver qué pasa allí. En Washington Square Park casi no se puede caminar, la escena parece una masiva manifestación pacífica. Neoyorkinos de todas las edades celebran el verano y la sensación de libertad con las patas en la fuente. Los turistas finalmente han vuelto a la ciudad, y, excitados, sacan fotos de todo lo que ven. El volumen de las conversaciones parece asombrosamente alto. ¿Es posible que, al no haber estado expuesta a ciertos estímulos durante más de un año, haya cambiado mi percepción? Esto podría aplicarse a mil situaciones. ¿Cuántos umbrales habrán cambiado? Cierro los ojos y escucho atenta la marea de ruido que produce la necesidad de comunicarse luego de la pandemia. Como las cigarras sobrevivientes luego de un año bajo la tierra, ahí estamos, haciendo sonidos y moviendo el cuerpo.

Los medios han estado prediciendo durante meses que este verano, ya sin las restricciones vividas, se viene un destape de sensualidad, y alertan sobre un posible crecimiento exponencial de enfermedades de transmisión sexual. La teoría es que puede repetirse la historia de los Roaring Twenties (los locos años ’20), con sus legendarios excesos. Me pregunto si es posible, luego de semejante alienación en cautiverio, un derroche automático de erotismo. ¿Intentaremos masivamente recuperar el tiempo perdido revolcándonos entre sábanas propias y ajenas?

Ciertos números parecen apoyar esta teoría: las ventas de preservativos ya habían subido un 24% en sólo cuatro semanas, entre Marzo y Abril. Aproximadamente un 71 % de los solteros no tuvo sexo durante la pandemia, y esto quizás explica que los sitios de citas estén batiendo sus propios récords, con más de 42 millones de usuarios (casi la población total de Argentina). De lo que no hay dudas es de que esta ciudad, de noche, se está volviendo más interesante. Sin embargo, hay también una sensación de cautela, como una gravitas, en el centro de esa atmósfera de deseo de contacto. Mi amigo Mike dice, hablando de la barrera que aún no puede cruzar hacia el cuerpo del otro: “Siento algo como un dolor fantasma, ese que cuando te amputan un miembro duele en un lugar que ya no existe». Parece que el Covid lastima aún en su ausencia.

 

 

La pregunta es si un cuerpo fragilizado, enfrentado a la realidad de la mortalidad y atravesado por una soledad forzosa, puede realmente encontrar consuelo en un touch-and-go. Aparentemente, no sería el caso. Justin McLeod, el CEO de Hinge, una de las aplicaciones de citas, asegura que existe un renacimiento de las relaciones pero que ahora la gente está buscando algo más serio. Según una investigación de Cosmopolitan junto con el Instituto Kinsey, un 37% de los encuestados dice que considera esperar más tiempo conociendo a alguien antes de tener sexo. El 44% asegura que el compromiso en sí mismo es más importante que antes. El 68% cree que es menos probable que sean infieles en el futuro. Un 64% declaró haber perdido interés en tener más de un partenaire sexual.

El poliamor parece haber sido una tendencia que no estaría sobreviviendo bien la pandemia (por no hablar de la complicación de responder mensajes de texto a varios amantes sin meterse en problemas). La mayoría dice, sin embargo, estar más interesada en probar nuevas experiencias con sus parejas, y los que no utilizaban juguetes eróticos dicen estar más dispuestos a usarlos. Corroboro datos en dos sex-shops del West Village: me dicen que durante la pandemia vendieron mucho más que lo habitual (por Internet), pero que ahora están despachando más que nunca. Quizás se trate de explorar la libertad sexual, pero no necesariamente multiplicando los amantes, sino profundizando, explorando el territorio compartido. Sonrío y pienso: suena bien.

Nueva York —siempre adelantándose— vivió la tragedia antes que en otras partes. Luego llegó el alivio, y ahora comienza su “verano del amor”. Me doy cuenta que estoy viviendo sensaciones que en pocos meses se vivirán en Argentina, donde también, inevitablemente, volverán el calor y el consuelo. Tanto aquí como allí sucederá que habrá quien se arroje de inmediato a las nuevas oportunidades. Otros serán más cautos, cuidadosos de una intimidad que quizás, ahora revalorizada, sea comprendida como la celebración de un refugio, más que un entretenimiento.

 

 

Quizás esto se comprenda mejor en las maravillosas palabras de John Berger: «El deseo sexual, si es recíproco, origina un complot de dos personas que hacen frente al resto de los complots que hay en el mundo. Es una conspiración de dos. El plan es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. No la felicidad sino un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor. En todo deseo hay tanta compasión como apetito. Sea cual sea la proporción, las dos cosas van juntas. El deseo es inconcebible sin una herida. Si hubiera alguien sin heridas en este mundo, viviría sin deseo”. Nos ha tocado una gran herida. Yo espero que se corresponda con una gran dosis de deseo, y que nos presagie la posibilidad de guarida de la cual habla Berger.

Todos hemos sido afectados emocionalmente por la pandemia. Sé de gente querida que se ha alienado mucho, y de varios que se han amigado con su soledad. Muchas parejas se han separado, otras parecen más unidas que nunca. Por supuesto, un capítulo aparte merecen los que lloran a los que ya no están. Yo sé que a mí me ha cambiado para siempre. Por el momento, voy acostumbrándome poco a poco a andar sin barbijo, y a la maravillosa costumbre de ir abrazando gente por la vida, algo que ya se siente casi normal, ¡pero a la vez tan extraordinario! El gran poeta Mario Trejo escribió: “La mejor manera de esperar es ir al encuentro”. Allá vamos.

 

 

 

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