El anacoreta perdido

La sutil respuesta de Horacio González al ataque brutal de Jorge Rulli

 

Por más que existe una exigencia moral de responder, lo hago con pena. Al cuestionamiento de Jorge Rulli del conjunto de la experiencia kirchnerista, por todos los recodos posibles de su compleja significación, no lo haré entrar en la historia de las cartas infamantes —puesto que lo son en cuanto a mí se dirige—, sino en la historia de los juicios más deplorables sobre la historia argentina contemporánea. Y esta sí es una historia que comprende a cientos de miles de personas, un conjunto heterogéneo de varias generaciones de militantes que tienen derecho a un debate que sepa expulsar menos las pasiones que las deliberadas falacias. En el escrito de Rulli abundan, mejor dicho lo constituyen. Pasaré por alto a las que mí se refieren, incluyendo las aviesas humoradas. En cambio quiero señalar de qué modo ha escrito un dictamen de ínfulas sacerdotales que forzando situaciones y tergiversando los siempre opacos hechos de la realidad, intenta lanzar un rayo fulminante sobre unas experiencias colectivas con todo lo que ellas tienen de humano, demasiado humano. Es decir, imaginativas, angustiantes y falibles. Pero Rulli no, él es puro, su pureza reluce tanto más cuanto más se acerca a los personajes más ensombrecidos por el lenguaje de las fuerzas de choque de las derechas argentinas. De la actualidad estoy hablando.

Pero debo aclarar mejor a que me refiero, pues Rulli fue un ejemplo de la militancia peronista a pocos días de la caída de Perón en 1955, y las numerosas imágenes que de él recuerdo son las de un ídolo sufriente, a veces envuelto en un gran poncho profético, dirigiendo una porción de la juventud hacia un gran augurio. Torturado muy tempranamente, como anticipo de lo tanto peor que vendría después, desde su cuerpo herido supo emplear su reconocida capacidad narrativa para fijar e ilustrar a los militantes de esos años ’60 recién comenzados, qué es la resistencia, qué es el torturado, quién es el torturador y qué busca en las entrañas de un sujeto.

Ha pasado mucho tiempo. La historia nacional ha sumado muchas más capas sedimentadas de víctimas y victimarios, con sus relatos correspondientes, tanto jurídicos como existenciales. Son sucesivas adiciones que Rulli hace tiempo rechaza o por lo menos le disgusta reconocer, pues admite solo una clase de tormento. El que él ha sufrido. Para desprestigiar a todo lo que no se le parezca a su propia peripecia humana. A todo lo que tenga con la vida en general una relación abierta y sometida al libre escrutinio de los contemporáneos, los que van incorporando su ser desde la nada. Los que enfilan tras los que ya estaban con el corazón repleto de obligaciones, procurando un patriarca o un numen fundador. Vale la pena correr tras quienes indican el camino pero evitando el culto al “primer hombre”. No, este no existe, y quizás en la historia del peronismo, si me permito decirlo, todo lo que perdura es porque los que estamos en discusión somos los “últimos hombres”. Los que no esperamos la llegada del superhombre.

Apenas nos permitimos acompañar y aceptar los nombres nuevos de una experiencia que, en primer lugar, molestó a las antiguas clases poseedoras y hereditarias de la imaginaria alcurnia clasista del país, incluidos sus grandes medios de comunicación, los que venían de antaño, como los nuevos que eran hijos de las mutaciones tecnológicas en las comunicaciones, y de su consiguiente conversión en corporaciones que orientaron el derrotero de la conciencia colectiva. Estos aparatos tecnológico-políticos actúan unidos a un procedimiento judicial que horada viejas formas de la justicia, que aun si eran imperfectas no habían sido capturadas todavía por las mismas técnicas de control de audiencias de los grandes emporios de la comunicación. Ahora están en plena acción no solo para destruir la memoria del kirchnerismo —a veces colocando, con riesgo de deformar la historia, un peronismo puro como contrapartida—, sino para desmontar toda la memoria de una época.

Ante el escrito de Rulli, si mi ánimo logra expulsar de mí las respuestas más enfáticas, solo recomendaría el extremo cuidado que es necesario para no ser tomados y masacrados por estas trituradoras de la historia y el lenguaje. Su asombroso encono ya que no su historia, lo lleva a adecuarse a esas máquinas de vulnerar aquello que él mismo alguna vez fue. Muchos han aceptado todo esto por la comodidad que provee, a condición de expurgar todo indicio de que los dramas de la historia anterior nos siguen dirigiendo algunas preguntas al parecer tímidas, pero decisivas. Es difícil evitarlas, pero si alguien las carga para siempre en su memoria, es aconsejable expulsar una rabia extemporánea, pero grabada en mármol. Rulli, ignoro por qué razones, se sitúa con su teoría de la vida beatificada por su propio autoenjuiciamiento envanecido, a quedar ante ese abismo. Como criatura de esos poderes terribles que en algún momento dijo querer remplazar por una forma de vida justa.

No hay ningún plan de destruir el peronismo con el marxismo que tanto lo asusta (justificación antigua de todo macartista) ni un juego de pinzas (vieja expresión de las derechas que fingen ser de centro) para desmerecer las luchas del peronismo. A las vicisitudes cambiantes de aquellas luchas internas y su cuota de violencia, se les debe entregar un juicio meditado, antes que la furia de los que pretenden cultivar una piedra filosofal de epifanía mancillada por los advenedizos. Nunca fue así porque ninguna historia es así. A Rulli lo ayudan ahora los grandes medios, los jueces mediáticos y las formas más agrias que adquiere la política mundial, y hace un enlace escolar entre violentos del pasado que amenazan su pureza —que el numen extiende a todo el peronismo—, con la supuesta violencia de ahora, llamada corrupción. El anacoreta lee todos los diarios y ve todos los programas de televisión. Piensa igual que ellos.

No, Jorge —permitime que cambie ahora al tono personal—, no es así. Nada es así. Las unidades vitales que vos ves graníticamente unidas en un foco luminoso único, son en verdad los enlutados alientos que nos vienen de todos lados. Son limaduras de todo tipo. Con ellas intentamos amasar una vida nueva. Tu pureza de pedestal condenatoria hacia miles y miles de personas, está hecha con la masilla de tu contradicción incomprendida y la vida turbada. Nada menos aconsejable que considerarse, ante tribunales que nadie debería integrar, enjuiciadores de los que creés que vilipendiaron un paraíso perdido, nunca realmente existente. Un pasado, si es de carácter fundador, vuelve, pero lo hace siempre con sus ilustres detritus. No precisa custodios del santuario. Y más cuando en esa zona que parece prometer salvación, pululan los personajes más aviesos de las nuevas derechas argentinas, sea cual sea el nombre que se pongan como revestimiento. Están a tu lado.

Hacés acusaciones sin pruebas. En esto hay pedagogos de época que confirman con vehemencia esta aciaga actitud de la que bien has aprendido. Y omitís la riqueza desencajada de toda historia en nombre de una obcecación unívoca. Nada tendría que observar a esto. Consta nuestro conocimiento mutuo. Atacar sin motivos, gozar con la gratuidad del escarnio creyéndome un justiciero. No lo hice antes, no lo haré ahora. Pero las formas de juicio basadas en el resentimiento —la gran fuerza motora que suele vestirse con el velo del monje o del juez— te llevan a desmerecer una historia que tiene de válido no solo sus hechos que están a la vista, sino algo más importante, aquello que ya la dispone a dar cuenta de sus convicciones y sus errores. Unos tan acentuados como los otros. Somos muchos los que estamos debatiendo en estos términos. No corresponde entonces tu sumario dictamen amparado por unas guillotinas construidas en la puerta de cada una de las estaciones comunicacionales ante las que no tenés el cuidado de abstenerte de entrar.

Lamenté verte pronunciar el catálogo ilustrado de las palabrejas del fiscal, de un modo muy diferente a cómo se inició tu militancia. A los que te festejan, nada les importa que tengas una posición competente y valerosa ante la sojización del país, a la que le ves culpables metafísicos, privándote de historizar un grave problema. Pero lo que más les interesa de vos es que pronuncies la palabra que resuena en las paredes del templo haciendo temblar a los ansiosos de redención. El salmo, la palabra corrupción. Para deleite de los inquisidores. Pero los que la festejan miden su socarronería, quizás para que no te des cuenta qué contentos están cuando vos hablás. Las más turbias derechas argentinas se frotan las manos, las injurias más antiguas ya las dicen otros por ellos.

26 Comentarios
  1. Macchiavelli dice

    Una respuesta ejemplar (aunque acaso sutil en exceso para una interpelación bestial como la de las excrecencias de Rulli). La manifiesta decrepitud no disculpa la decadencia moral y la canallada de este miserable, hoy al más descarado servicio de la derecha.

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