La ortodoxia religiosa judía no recibió con entusiasmo la llegada del sionismo a finales del siglo XIX. El Primer Congreso Sionista (1897), organizado por Theodor Herzl, estaba planificado originalmente para celebrarse en Múnich, Alemania. Sin embargo, la feroz resistencia de la comunidad judía local y, en especial, de los rabinos alemanes (conocidos históricamente como los protestrabbiner o “rabinos de la protesta”) obligó a trasladar la sede a Basilea, Suiza. Los motivos de la oposición rabínica e institucional de Múnich se dividieron en dos vertientes principales, que paradójicamente unieron a sectores ortodoxos y reformistas (que rara vez coincidían). Los judíos alemanes acababan de obtener la plena igualdad de derechos civiles (emancipación) tras siglos de exclusión. Los líderes liberales temían que un congreso que promoviera la creación de un “Estado judío” fuera interpretado por los antisemitas como una prueba de que los judíos tenían una “doble lealtad”. Para los rabinos reformistas, el judaísmo era estrictamente una comunidad religiosa, no una nación. Sostenían que su única patria era Alemania y que el nacionalismo judío (sionismo) saboteaba sus esfuerzos por integrarse plenamente como ciudadanos alemanes de fe judía.
Los rabinos ortodoxos más tradicionales se oponían firmemente a los planes de Herzl porque consideraban que el retorno a la Tierra de Israel debía ocurrir por intervención divina a través de la llegada del Mesías, y no mediante un movimiento político laico conducido por humanos. Veían con desconfianza que Herzl y otros líderes sionistas de la época fueran judíos secularizados que pretendían sustituir la Torá y los mandamientos religiosos por una identidad puramente nacionalista y política. Ante la imposibilidad de encontrar un espacio adecuado en Múnich por la presión de estas autoridades, Herzl decidió mudar el evento al Casino Municipal de Basilea, una pequeña ciudad suiza con una comunidad judía menos beligerante donde el congreso finalmente se desarrolló con éxito entre el 29 y el 31 de agosto de 1897.
Benjamín Moser (Houston, 14 de septiembre de 1976) es un escritor e historiador judío-estadounidense que por su biografía de Susan Sontag, Her Life and Work, recibió el Premio Pulitzer de Biografía en 2020. Acaba de publicar en Estados Unidos un ensayo que bajo el título Anti-Zionism: A Jewish History, contiene doce capítulos biográficos, dedicados a doce figuras de la intelectualidad judía que Moser presenta como parte de una tradición judía de oposición al sionismo. Las biografías corresponden a Aaron Samuel Tamares (1869–1931); Edwin Samuel Montagu (1879–1924); Jacob Israël de Haan (1881–1924); Ahmad Sadiq Saad (1919–1988); Hyman Judah Schachtel (1907–1994); Avi Shlaim (n. 1945); Hannah Arendt (1906–1975); Maxime Rodinson (1915–2004); Felicia Langer (1930–2018); Helena Salem (n. 1948); Ronnie Kasrils (n. 1938) y Nan Goldin (n. 1953). No es posible en la brevedad de una columna de opinión hacer un resumen de lo que el libro relata acerca de cada uno de ellos, pero como muestra representativa tomaremos tres autores.
El único judío del Gabinete británico
Edwin S. Montagu (1879-1924) fue un político liberal británico, miembro del gabinete de David Lloyd George, que siendo el único judío del gobierno manifestó una clara oposición a la Declaración Balfour de 1917, que ofreció a los judíos un “hogar” en Palestina. Su oposición era en parte política y en parte ligada a su concepción de la ciudadanía judía británica. En agosto de 1917 presentó el célebre memorándum dirigido al Gabinete británico titulado The Anti-Semitism of the Present Government, en el que sostenía que la creación de un “hogar nacional judío” en Palestina podía convertir a los judíos de otros países en extranjeros sospechosos: si Palestina era considerada la verdadera patria de los judíos, ¿qué serían entonces los judíos británicos? Llegó a calificar la política gubernamental de anti-semitic in result (antisemítica en sus consecuencias) porque podía proporcionar a los antisemitas el argumento de que los judíos no pertenecían realmente a los países en los que vivían. Por consiguiente, defendía la integración plena de los judíos como ciudadanos de los países donde vivían, en su caso, como británicos.
Asesinado por el sionismo
Jacob Israël de Haan (1881–1924) fue un poeta, escritor, periodista y abogado neerlandés de origen judío. Llegó a Palestina en 1919 después de haber pasado por una evolución política muy peculiar, dado que inicialmente había manifestado su adhesión al sionismo. En Jerusalén se acercó progresivamente a la comunidad judía ultraortodoxa (Haredi) y se convirtió en uno de los principales opositores políticos al liderazgo sionista.
Su oposición no era simplemente teórica. Intentó construir relaciones políticas con dirigentes árabes y con las autoridades británicas, buscando una solución que no implicara necesariamente un Estado judío soberano. Su propuesta alternativa era una comunidad democrática binacional de judíos y árabes. El 30 de junio de 1924 fue asesinado en Jerusalén por miembros de la Haganá, la organización paramilitar judía de autodefensa creada el 15 de junio de 1920 durante el Mandato Británico.
Hannah Arendt
Hannah Arendt (1906-1975) es la figura más emblemática de oposición al sionismo por su condición de elevada figura intelectual, autora de Los orígenes del totalitarismo (1951), una de los textos políticos más relevantes del siglo XX. Fue una filósofa y teórica política judía alemana que, huyendo del nazismo durante la II Guerra Mundial, se refugió en Francia y finalmente se trasladó a los Estados Unidos. Su relación con el sionismo fue compleja porque en el período en que permaneció en Francia estuvo colaborando con asociaciones civiles que enviaban refugiados judíos a Palestina. Posteriormente desarrolló una crítica profunda del proyecto estatal sionista, al temer que la creación de un Estado basado en la supremacía judía produjera un conflicto permanente con los árabes palestinos. Defendió como alternativa una forma de estructura binacional, en la que judíos y árabes compartieran instituciones políticas.
Arendt acudió como reportera de The New Yorker a presenciar el juicio a Adolf Eichman en Jerusalén y luego reunió sus notas en el libro publicado en 1963 con el título Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal. Dichos artículos —y posteriormente el libro— desencadenaron uno de los grandes escándalos literarios de la época. Hubo objeciones académicas sinceras pero la campaña sionista en la prensa contra Hannah Arendt siguió el manual habitual de difamar al disidente tachándolo de “antisemita” y de “judío que se odia a sí mismo”. Dice Benjamín Moser que “cuando se publicó Eichmann en Jerusalén, estas tácticas se emplearon contra Hannah Arendt, y por el fervor con el que se desplegaron rindieron un homenaje irónico a su talla como la filósofa política más destacada y respetada del mundo judío”.
La famosa carta de 1948
El 4 de diciembre de 1948, el periódico The New York Times publicó una carta abierta firmada por más de veinte destacados intelectuales judíos afincados en Estados Unidos, entre los que destacaban Hannah Arendt, el físico Albert Einstein y el filósofo Sidney Hook. La carta fue una protesta pública con motivo de la visita oficial de Menachem Begin a Estados Unidos. Begin viajaba para buscar financiación y legitimidad política de cara a las primeras elecciones de Israel. Los firmantes denunciaron explícitamente al partido político de Begin, el recién fundado Herut (surgido directamente de la organización paramilitar derechista Irgun), utilizando términos sumamente duros. En el primer párrafo de la carta, lo definieron como “un partido político estrechamente afín en su organización, métodos, filosofía política y atractivo social a los partidos nazi y fascista”. Denunciaron los métodos violentos del sionismo y recordaron explícitamente episodios brutales recientes de la guerra, como la masacre de Deir Yassin (Palestina), perpetrada conjuntamente por el Irgun y la banda Lehi en abril de 1948, donde fueron asesinados alrededor de un centenar de civiles árabes (hombres, mujeres y niños). Afirmaron que el sello inconfundible de la formación de Begin consistía en usar el terrorismo y las declaraciones falsas con el objetivo final de instaurar un Estado de corte ultranacionalista y chauvinista. Dice Benjamín Moser que “era un hecho incómodo, ampliamente documentado, que nazis y sionistas compartían muchas opiniones. La principal de ellas era una concepción racial de los judíos, la misma idea que los judíos reformistas, los ortodoxos y muchos otros habían rechazado con tanto ahínco desde el siglo XIX en adelante”.
Zionism Reconsidered

El ensayo fundamental de crítica al sionismo de Hannah Arendt es Zionism Reconsidered (1945). Se puede acceder al manuscrito original digitalizado en la Library of Congress de Estados Unidos. Arendt distingue la aspiración de los judíos de tener un lugar donde puedan vivir con seguridad de la creación de un Estado nacional judío soberano. No consideraba en ese texto que ambas cosas fueran necesariamente equivalentes y señalaba que el problema residía en que el sionismo había terminado adoptando el modelo político europeo del siglo XIX basado en el nacionalismo. Arendt afirmaba que los sionistas estaban cometiendo un error estratégico al tratar la cuestión árabe como un problema secundario, dado que Israel era un pequeño Estado rodeado de un océano de población árabe. Si los judíos no conseguían un acuerdo con los árabes, necesitarían contar con el apoyo permanente de una potencia extranjera, lo que suponía una clara vulnerabilidad. Ella observaba que en aquel tiempo el proyecto sionista dependía cada vez más de Gran Bretaña, lo que entrañaba una cierta paradoja. El sionismo quería obtener la independencia política de los judíos, pero para conseguirla necesitaba contar con el respaldo de un imperio. ¿Qué clase de independencia nacional es aquella cuya supervivencia depende desde el principio de una potencia imperial? Arendt temía que el Estado judío terminara convirtiéndose en una especie de enclave protegido por una potencia extranjera dentro del mundo árabe. En forma premonitoria, advirtió que esa situación produciría precisamente el resultado contrario al que pretende el sionismo: un estado de inseguridad permanente.
Hay un punto extraordinariamente moderno en el análisis de Hannah Arendt cuando afirma que “pensar que poner el carro delante de los caballos pueda resolver genuinamente el conflicto entre dos pueblos es una fantástica ilusión”. De este modo le imputa al sionismo la pretensión de resolver primero la soberanía judía y después solucionar el problema con los árabes. Arendt propone exactamente el orden inverso: primero alcanzar un acuerdo político entre judíos y árabes para recién después decidir qué estructura estatal puede surgir de ese acuerdo. Si no existía antes un acuerdo entre las dos comunidades, la creación de un Estado podía encallar el conflicto. Contemplaba dos posibilidades: un Estado binacional en el que judíos y árabes compartirían la misma estructura política o una Commonwealth judía dentro de una estructura acordada con los árabes, pero siempre partiendo del acuerdo político entre ambas comunidades.
Arendt fue particularmente dura con el sionismo revisionista, asociado a la figura del filofascista Vladimir Jabotinsky. Los revisionistas –que en la actualidad se nuclean en el Likud– defendían un Gran Estado Judío sobre toda Palestina e inclusive Transjordania, basado en una política abierta al uso de la fuerza. Arendt percibió que el problema demográfico y territorial conducía lógicamente a una necesidad de expulsión. Si se quiere un Estado exclusivamente judío en un territorio con una considerable población árabe, hay una pregunta inevitable: ¿Qué se hace con los árabes? Arendt veía extremadamente cínico que el movimiento sionista evitara responder a esa pregunta. Por el mismo motivo criticaba abiertamente al sionismo laborista. En particular, considera que la retórica socialista del movimiento no había ofrecido una solución política diferente al problema árabe.
Otra preocupación de Arendt era que una política sionista apoyada en grandes potencias extranjeras terminaría alimentando un nuevo antisemitismo. Los judíos de Israel podrían aparecer así vinculados a las políticas imperialistas y los judíos de la diáspora podrían empezar a sufrir las consecuencias por las acciones de Israel. De este modo, el Estado creado para proteger a los judíos, podría crear nuevas formas de vulnerabilidad para los judíos que vivían fuera de él, pero también para los que vivían en su interior.
Los peores presagios de Hannah Arendt parecen haberse cumplido. Como señala en una reciente nota en El País el intelectual israelí Meier Margalit, Israel se ha convertido en un país en guerra indefinida invadiendo el sur del Líbano, ocupando una amplia franja dentro de Siria, capturando más de la mitad de la franja de Gaza, dando rienda suelta a los colonos que asaltan a los nativos en Cisjordania y a la espera del próximo ataque a Irán. “La guerra ya impone sus tétricos caprichos, arrastrando a la gente a su propia inmolación. Es un país condenado a no saber lo que es vivir en paz, en el cual sus jóvenes ya cumplen más de tres años de servicio militar obligatorio (las mujeres, dos años) y sus adultos son llamados a la reserva 90 días al año. Más que un país, es un cuartel”.
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