Hay palabras que en la Argentina no son inocentes. Cargan una historia demasiado dolorosa como para pronunciarlas sin medir sus consecuencias. Por eso, cada vez que escucho al Presidente hablar de “terrorismo”, enciendo alarmas.
Antes de la persecución política suelen aparecer las palabras. Antes del miedo, los discursos. Antes de la exclusión, la construcción de un enemigo. Por eso me preocupa escuchar que docentes, periodistas, estudiantes o quienes sostienen determinadas ideas sean señalados como parte de una supuesta amenaza ideológica, asociada a la mal llamada "teoría gramsciana". No porque crea que la Argentina de hoy sea la de hace más de 40 años; afirmar eso sería un error histórico. Pero también lo sería olvidar que las sociedades no se degradan de un día para otro. Los procesos de estigmatización comienzan mucho antes de que aparezcan las formas más visibles de la violencia. Hoy esa lógica puede advertirse en la deshumanización del adversario político: cuando desde el discurso presidencial se denomina "kukas" —asimilándolos a cucarachas, incluso en publicaciones del IG presidencial, donde este se presenta como el "Hombre Araña" que los combate— o cuando desde el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires se utiliza la expresión "oKupas" en cartelería de vía pública para asociar determinadas identidades políticas con la ilegalidad y la amenaza.
No se trata de equiparar contextos históricos diferentes, sino de advertir que la construcción simbólica del enemigo constituye, siempre, un motivo de preocupación en una democracia.
Quienes atravesamos la última dictadura sabemos que el lenguaje nunca fue un detalle.
Corría 1981. Yo tenía dieciocho años y cumplía el servicio militar obligatorio en la Prefectura Naval Argentina, en la Agrupación Albatros, una unidad de infantería que había participado en el Operativo Independencia, en Tucumán, y que años más tarde acompañaría la sublevación “carapintada”, ya en plena democracia. Durante aquellos meses recibí un arresto de fin de semana y fui destinado a permanecer en las dependencias de la agrupación, en Olivos, a orillas del Río de la Plata. El lugar me produjo una sensación extraña, cuando niño había sido un balneario, El Ancla. Ahora ese mismo espacio aparecía transformado en un ámbito militarizado, junto a un río cada vez más contaminado.
En su "Carta abierta de un escritor a la Junta Militar", fechada el 24 de marzo de 1977, Rodolfo Walsh denunció esa contaminación: "el río más grande del mundo contaminado en todas sus playas porque los socios del ministro Martínez de Hoz arrojan en él sus residuos industriales, y la única medida de gobierno que ustedes han tomado es prohibir a la gente que se bañe".
Es una de las primeras denuncias políticas que vincula explícitamente el modelo económico de la dictadura con el deterioro ambiental, y nosotros pisábamos esa arena. Arena que, en 1975, fue testigo del secuestro por la Triple A de Roberto Quieto, quien, como muchos, pasaba el día junto al río con su familia.
Arranqué aquel domingo, en la cuadra de suboficiales, barriendo. Solo quedaba uno durmiendo. Era un hombre al que todos los marineros le temíamos. Le decíamos “el cabo sin pistola”. Se decía que le habían retirado el arma porque, una noche, completamente alcoholizado, había confundido la dirección del tren en el que viajaba. Convencido de que no se dirigía hacia Olivos, donde debía presentarse a servicio, detuvo la formación a punta de pistola, para bajar allí mismo. Mientras barría, en silencio, observé algo que jamás olvidé.
Antes de llegar a los baños, había un gran afiche pegado en la pared. Arriba se leía un título que todavía hoy recuerdo: “El árbol de la subversión”.
En él se visualizaba un árbol para estigmatizar y homologar como "enemigo interno" a organizaciones armadas, ideas políticas, disidencias sexuales y corrientes culturales. La estructura del esquema ubicaba en sus raíces a las organizaciones político-militares de izquierda y guerrilleras (como el ERP, Montoneros y las FAR). El tronco y las ramas inferiores se extendían hacia partidos políticos opositores, intelectuales y sindicalistas combativos. En las ramas superiores se erigían conceptos como "homosexualidad", "feminismo" y corrientes del pensamiento crítico o religioso disidente (como el cartesianismo o el luteranismo), considerados elementos que supuestamente corrompían a la Nación.
El afiche estaba antes del ingreso a los baños. Cada mañana, previo a afeitarse y comenzar el servicio, los suboficiales lo tenían delante de sus ojos. Mientras seguía observándolo, empecé a escuchar un sonido gutural detrás de mí.
Era el cabo sin pistola, que se incorporaba lentamente sobre la cama, con el torso desnudo y el rostro desencajado por la resaca. Me miró apenas unos segundos, se inclinó hacia un costado y vomitó violentamente sobre el piso. El olor penetrante del alcohol mezclado con bilis y restos de comida inundó el lugar. Sin el menor gesto de vergüenza, me señaló el piso.
—¡Marinero, venga!… Limpie acá.
Me quedé inmóvil.
Repitió la orden una, dos, tres veces. Cada vez con más violencia.
En ese momento entró otro cabo. Entendió enseguida la situación. Delante del otro empezó a gritarme, simulando que me castigaba por desobedecer una orden. Me hizo salir corriendo de la cuadra, atravesamos el edificio hasta llegar a la playa junto al río y recién allí, cuando estuvimos lejos, bajó la voz.
—Tomátelas. No vuelvas más por la cuadra de los suboficiales.
Me había protegido.
Ese domingo era también el Día de la Madre y, además, jugaban River y Boca. Tal vez por eso alguien decidió darnos el franco, franco para visitar a la “madre naval”, como se decía en la jerga prefecturiana. Allí todo era naval: el jarro naval, la gorra naval, el cuaderno naval, la novia naval. El lenguaje también construía pertenencia.
Pero la alegría duró muy poco. Mientras nos cambiábamos, entró un suboficial. Como marcaba el reglamento, alguien gritó “¡Atención!” y todos quedamos en posición de firmes, con la ropa que apenas habíamos alcanzado a ponernos. Se hizo un silencio incómodo.
Hasta que uno de los muchachos murmuró, con fastidio:
—¿Y ahora qué pasa?
El suboficial lo escuchó. El franco terminó en ese mismo instante.
Nos vestimos nuevamente de verde y pasamos el resto del día corriendo, arrastrándonos y revolcándonos sobre la arena de la playa, hasta que cayó el sol.
También recuerdo a un compañero muy distinto al resto. Un muchacho de pechito inflado y medio culón, rugbier, que hablaba a lo cheto. Cansado del “amasijo”, le dijo a un cabo que él tenía derechos, que era un ciudadano. Mientras seguíamos corriendo, pensé, casi con tristeza: “Este tiene menos calle que Venecia. Todavía no entiende que vivimos en una dictadura”.
Al día siguiente, el “amasijo” continuó.
La desobediencia de un solo conscripto debía convertirse en escarmiento para toda la compañía, y no solo para los diez que habíamos estado arrestados. Así que quinientos marineros a correr, hacer cuerpo a tierra y todo el repertorio de la instrucción. Corrimos durante horas. Solo descansamos unos minutos para tomar el mate cocido naval. En ese breve recreo, muchos compañeros descargaban su bronca golpeando con el jarro naval la cabeza del muchacho cheto, que se había sublevado. Así funcionaban esos mecanismos.
Todo aquello ocurría en El Ancla, donde había pasado veranos inolvidables con mis padres y había conocido la felicidad simple de la infancia.
Que el Presidente hable de terrorismo me estremece. Conozco el peso que tienen las palabras cuando empiezan a sembrar desconfianza entre compatriotas. Los árboles peligrosos no crecen en los bosques. Algunos se plantan en el lenguaje. Y cuando el miedo consigue echar raíces en las palabras, tarde o temprano termina buscando un lugar donde extender sus ramas.
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