El baile de los que sobran

Disturbios urbanos contra la injusticia racial en Estados Unidos, en imágenes de archivo

 

El asesinato de George Floyd desató protestas contra la injusticia racial que se extendieron por todo el territorio estadounidense, primero de forma reactiva y desorganizada, luego, abrevando a un movimiento para nada novedoso, que impugna a la sociedad norteamericana mientras revela la debilidad de su tejido social. Desde entonces, la cultura y la política norteamericana se sacudieron. Nuevos casos de violencia institucional motivada en el racismo tomaron la opinión pública. El último caso, en Milwaukee, resonó en todo el mundo: empezando por la NBA, en todas las grandes ligas deportivas norteamericanas muchos deportistas negros decidieron boicotear las competencias de esta semana como protesta. Aunque la desigualdad racial fue uno de los grandes ejes —ya sea para protestarla o justificarla— de las convenciones demócrata y republicana rumbo a las elecciones presidenciales de noviembre de este año, no hay en el horizonte ningún cambio político que se disponga a derribar la estructura de racismo sistémico en Estados Unidos.

“No podemos soportarlo más” es una consigna que resuena hoy en las protestas pacíficas que tomaron las calles. La sensación de “no va más” remite de modo insoslayable a las luchas de la década de 1960.

El contexto de crecimiento de las demandas por derechos civiles, que se agudizaron especialmente en el sur de Estados Unidos en rebelión de las leyes segregacionistas, operó en la subjetividad de la minoría negra del país del norte. En 1963, el icónico discurso de Martin Luther King en Washington sobre el sueño de un futuro de igualdad había lanzado a las primeras planas del mundo la batalla pacífica por el fin de la discriminación estructural. Pero el sueño demoraba en llegar a los barrios de la periferia de las grandes ciudades, que cansados de los castillos en el aire, decidieron impugnar el sistema de dominación a ladrillazos. En los cuatro años desde 1964 a 1968, no menos de 20 diferentes riots estallaron en todo el país. Prácticamente todas tuvieron el mismo detonante: la violencia policial, la punta del iceberg de una violencia sistémica, estructural y ancestral, que lejos de ser eruptiva, constituye parte de los cimientos de la sociedad y el capitalismo estadounidenses.

 

 

Otra parte de la ciudad

En 1965, se produjo el primer riot realmente grande en Watts, un suburbio predominantemente afroamericano en el sur de Los Ángeles. Durante seis días de agosto, a partir del abuso policial contra un hombre negro, ardieron las calles, los comercios de propiedad blanca y las comisarías. El saldo fue de 34 muertos y 1000 heridos por la represión liderada por la Guardia Nacional y la policía local, que convirtieron las calles de Watts en un teatro de operaciones de guerra urbana. Cuatro meses después, un informe político encargado por el alcalde de Los Ángeles indagaba sobre las causas subyacentes del desorden: “Los disturbios fueron la culminación de la larga insatisfacción de los residentes negros con las altísimas tasas de desocupación, la pobre situación habitacional y un sistema educativo segregado de hecho y deficiente”, concluía.

 

 

Los disturbios de Watts, 1965.

 

 

En Felicia (estrenada en 1965), tres estudiantes de cine de UCLA lo anticipan todo. Filmado a pocos meses de la erupción de los disturbios en Watts, el corto estudiantil de 12 minutos sigue a una adolescente negra, Felicia Bragg, mientras desarrolla su vida en esa problemática área de la ciudad y reflexiona sobre el presente y el futuro que la sociedad americana les reserva a las chicas como ella. Pocas chances de acceder a la educación superior, las altas probabilidades de tener que resignarse a malos trabajos, la perspectiva de criar un hogar sola, están entre los fantasmas que acosan el futuro de Felicia y sus pares. La joven deja las cosas claras desde el principio: “Supongo que la ciudad es un buen lugar para vivir, para la mayoría. Yo vivo en otra parte de la ciudad”. La expresiva narración de Felicia, sus reflexiones agudas sobre ser una joven mujer en una comunidad condicionada por la pobreza y la discriminación, sirven mejor que cualquier informe para entender las causas de los riots de Watts.

 

 

Felicia, 1965.

 

 

“Todos mis amigos hablan sobre Watts y dicen lo sucio que es, hablan de la mugre, de cuantas ganas tiene de irse. Ninguno de mis amigos quiere vivir acá y odian decir que viven en Watts. Creo que eso es tonto, ¡viven acá! Todos se quieren ir, pero yo no. Me quiero quedar y vivir acá, pero no como vivimos ahora. Si Watts será alguna vez algo mejor de lo que es ahora va a ser por gente que se quede y lo levante. Después de todo, si todos los que pueden irse se van, los que no se pueden ir van a quedarse acá viviendo como viven sus padres y sus madres. No sirve irse”, reflexiona Felicia en un pasaje del film. Después de los riots de 1965, Felicia se fue para estudiar en la universidad. Y unos años después volvió, para convertirse en una activista demócrata del barrio y la comunidad. Ahora Watts es un vecindario casi totalmente habitado por inmigrantes mexicanos y chicanos de segunda generación.

En la misma ciudad de Los Ángeles y casi en simultáneo a los disturbios en Watts, un registro audiovisual muestra a un grupo de afroamericanos de clase media alta reflexionando sobre el influjo de nuevos habitantes negros a sus barrios. Las resistidas mudanzas de este sector más acomodado de la población negra a barrios afluentes de la ciudad provocó el éxodo de muchos de sus habitantes blancos. Y las casas vacías son de a poco ocupadas por negros de clase trabajadora, que “bajan el valor de las propiedades” y desvían la mirada de los organismos estatales, que responden a la novedad inmobiliaria con racismo sistémico: desfinancian las escuelas del condado y restringen las obras públicas que los residentes necesitan. Eso es el racismo sistémico y estructural.

 

 

 

 

 

 

Un vecino dice “la mayoría de esta gente que viene no es como nosotros. Nosotros también formamos parte de este éxodo, pero nos avergüenza tener a esta masa que viene acá a crear un problema social tremendo en la comunidad, y para nosotros es difícil que nos relacionen con esos”. Toma la palabra otro hombre: “El negro hoy tiene profesiones: es médico, dentista, abogado o psiquiatra. Muchos de nosotros pudimos escaparnos de la segunda profesión: ser un negro. Y estamos acá hace un tiempo, trabajando en nuestras profesiones y nos venimos a enterar de que ese problema nos persigue y que 1.600 negros al mes vienen a vivir a los Ángeles, no queremos volver a identificarnos con ellos”. Una elegante señora negra continúa la puesta en común: “Yo me miro al espejo a la mañana y no pienso ‘soy negra’. Me veo a mí misma como a una persona”. Pero otro integrante de la reunión le replica, entre risas, que ser negro no depende del espejo, que en Estados Unidos ser negro nace de la percepción de los demás, desde mucho antes de que una persona adquiera conciencia del propio reflejo.

Durante los años siguientes, nuevos riots se desataron en todo el país. Las de 1968, tras el asesinato de Martin Luther King, conmovieron al país de modo similar a las actuales. Las de 1992, tras la absolución a los policías violentos de Los Ángeles que golpearon al ciudadano negro Rodney King son quizás las más cercanas en la memoria pública, y sus consecuencias, magnificadas hasta hoy , siempre miradas desde el horror por la violencia que estalló, antes que a la contenida que la causó.  En los cinco años desde el nacimiento del movimiento, #BlackLivesMatter cambió la forma en la que la minoría negra de Estados Unidos lucha por sus derechos. Abreva, de alguna forma, todos los métodos que la precedieron, desde los estallidos callejeros hasta el cabildeo en las altas esferas. Su mayor victoria, hasta ahora, es sobre la opinión pública, dictando a qué ritmo bailan hoy los que sobran.

 

 

 

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1 comentario
  1. Gatito Gomez dice

    Impecable como siempre! Una columna de calidad. Felicitaciones.

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