El Bauen es de quien lo trabaja

Algunas luchas se pierden, pero si no luchás estás perdido (Bertolt Brecht)

 

“Desde hace 16 años dormimos con un solo ojo”, ilustra Federico Tonarelli, vicepresidente de la cooperativa del hotel Bauen, la empresa recuperada por sus trabajadores en 2003. “Desde entonces no hubo semana en que no haya habido obstáculos, palos en la rueda, cimbronazos”, añade Horacio Abel Lalli, primer síndico de la cooperativa y ahora recepcionista. Uno de los más recientes ocurrió el 22 de junio. Ese sábado debía reinaugurarse el Piano Bar, una de las dos salas teatrales, con capacidad para 72 espectadores. Allí el actor Manuel Callau, de la cooperativa El Descubridor, iba a estrenar su unipersonal Yo Fuerbach, pero la Agencia Gubernamental de Control del gobierno de la Ciudad se lo impidió, alegando que el hotel no contaba con la habilitación necesaria. Con ellos tres conversó El Cohete a la Luna esta semana en un salón del hotel. En su etapa cooperativa, B.A.U.E.N. son las iniciales de Buenos Aires Una Empresa Nacional. La actual presidenta del colectivo, María Eva Lossada, había tomado su franco esa semana. No por nada lleva esos nombres. En el hotel desde 1994, tiene frescas muchas de las trapisondas del Grupo Iurcovich, el mismo que los dejó en la calle en 2001. «Permanentemente cambiaban de razón social para evitar la antigüedad laboral».

El nacimiento de este hotel tiene que ver con el mundial de fútbol que la dictadura militar organizó en 1978. Con el propósito de ampliar y mejorar la capacidad hotelera de la ciudad con establecimientos de 4 y 5 estrellas, el Banco Nacional de Desarrollo tentaba a inversores con líneas de créditos al 5 por ciento de interés anual. Aprovechando esa ganga, el empresario Marcelo Iurcovich (fallecido a los 80 años en 2003) con algunos socios levantó el edificio de Callao 360, una torre de 60 metros de altura, 20 pisos y 220 habitaciones, salones y auditorios. La actividad original del grupo empresario nada tenía que ver con la hotelería. Eran los dueños de la empresa Poliequipos, dedicada a ofrecer servicios, mantenimiento e insumos a los hospitales de la ciudad. Por eso Tornarelli precisa que, en un principio, el edificio iba a ser un sanatorio de alta gama. Tentado por las notables facilidades financieras, producto del monumental revoleo de dinero que exigió la realización del máximo torneo futbolístico que los militares querían hacer al costo que fuera, Iurcovich y compañía dejaron listo el edificio. Pero en desacuerdo con unos cambios en la oferta original, dejaron de pagar sus acreencias al Estado. En un documento oficial de 2001, la del Bauen aparece como una de las 1.325 compañías deudoras del banco por un monto (actualizado a esa fecha) superior a los 85 millones de pesos. Una vez más el Estado bobo haciendo papelones, perdonando a los incobrables y persiguiendo a los trabajadores. Tras el fallecimiento del padre, su hijo Hugo se mantiene al frente del grupo, integrado por 38 empresas derivadas de o conectadas a Bauen S.A., algunas de ellas radicadas en Brasil y varias en modalidad offshore, instaladas en Uruguay.

Entre sus activos actuales figuran Bauen suites y las cabañas de Bauen Buzios, en Brasil. El edificio de Corrientes 1856 (13 pisos, 84 departamentos), que alguna vez articuló en tándem con el hotel desde hace un año funciona como edificio de alquileres temporarios. Acota Tonarelli: “Sigue en manos de ellos, pero desconocemos a través de qué empresas o personería jurídica. Son expertos en los cambios de firma. En los últimos años cambiaron la razón social en cinco oportunidades”. Su compañero Lalli aporta un dato de color. Tapiado sin decoro el frente del hotel, fue justamente por una puerta de las suites que pocos conocían que los ex empleados accedieron al edificio contiguo una vez decidida la toma, el 21 de marzo de 2003.

 

 

Quiebra, con fractura expuesta

Los cooperantes Tonarelli y Lalli coinciden en un recuerdo. Afirman que la etapa inicial del hotel, en especial durante la década del ’80, fue de “esplendor. Hotel de super lujo, con turismo nacional e internacional. Aquí se filmaron películas, se utilizaron los salones para convenciones importantes. En los ’90 fue muy frecuentado por la clase política”. Añade Alberto Bonnet en su libro La hegemonía menemista, 1989-2001: “El Bauen fue uno de aquellos lugares donde el menemismo materializó su ideología frívola y consumista”. Pero a partir de esos años, con una mengua importante de la afluencia turística y especialmente contrariados por juicios conexos vinculados con su cuantiosa deuda y por modificaciones en la relación económica con el BANADE, comienza a decrecer el interés de los Iurcovich por su emprendimiento.

En febrero de 1997 le venden las instalaciones al chileno Félix Santiago Solari Morello, dueño de módicos negocios gastronómicos en su país. La transacción se establece en 12 millones de dólares, pero el nuevo dueño repite el pagadiós que los anteriores propietarios habían perpetrado al Estado nacional, ya que abona unas pocas cuotas y se olvida del resto. Por portación de un apellido similar, no fueron pocos los que en aquel momento creyeron que el adquirente era el Grupo Solari, dueño en el país trasandino de una parte del gigante Falabella. Efectivamente, el otro Solari resultó un grupo. Ese es el principio del fin, comentan Tonarelli y Lalli. O como bien apunta el prestigioso investigador Andrés Ruggieri en su libro Bauen, el hotel de los trabajadores: “Esta es una historia que no tiene final”. Concursado primero, el hotel llegó a la quiebra el 22 de febrero del 2001. “Todos a la calle –rememora María Eva Lossada—, sin indemnización, sin el sueldo del mes, sin vacaciones, sin nada. Nos apretaron para que arregláramos por el 20 por ciento de lo que nos correspondía. Y eso con la aprobación de Solari”. El hotel anduvo a los tumbos en manos de dos síndicos, hasta su cierre definitivo, paradójicamente el Día de los Inocentes del 2001.

 

El Bauen cerrado.

 

Explica Tonarelli: “Tras quebrar a Solari, luego de vaciar a Bauen S.A., pero dejando a salvo el inmueble, le venden el hotel a la empresa Mercoteles, que son ellos mismos y que actualmente mantiene el reclamo de la titularidad del edificio». Sin pena ni gloria, el inversor chileno pasa del hotel de varias estrellas a instalar una modesta parrillita llamada La niña bonita a metros del hotel, sobre la avenida Corrientes, que aún existe.

 

 

De hotel cero estrellas a…

Luego de casi dos años de inactividad, los cooperativistas encontraron un páramo de características indeseables. Establece Lalli: “Nido de ratas y de cucarachas; la luz cortada; mugre por todos lados y el inventario del hotel severamente saqueado: desde la ropa de cama a la vajilla, de los televisores al sistema de computación”. Pero nadie se movió de allí, porque en el fondo de sus corazones los alentaba la ilusión de estar cambiando ruina por futuro, transformando el que fuera el hotel del poder en el hotel de los trabajadores. Y también porque no estaban solos. Los rodeaban sectores importantes de la sociedad y cuidaban sus pasos otras recuperadas como Zanón, IMPA, Brukman y especialmente los trabajadores de la imprenta Chilavert.

De a poco, con dinero proveniente de préstamos y de aportes solidarios, fueron tapando agujeros: recuperaron del desuso las cañerías de agua fría y caliente, pusieron al día las redes telefónicas e informáticas, cambiaron el aspecto de la fachada, ampliaron el bar que da a Callao al que bautizaron Utopía. “Ni los ascensores funcionaban –señala Tonarelli—. De inmediato la cooperativa gestiona y obtiene su matrícula en el Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (INAES) y eso permite lograr diversos reconocimientos importantes, como el de la inscripción en el CUIT y la posterior entrada a la AFIP”.

Ambos mutualistas reconocen dos episodios importantes que contribuyeron al desahogo económico inicial del hotel. En octubre de 2003, Plácido Peñarrieta, presidente de la cooperativa de la recuperada Chilavert, alquiló por primera vez las instalaciones para festejarle el cumpleaños de 15 a su hija Rosalía. Y en octubre de 2004 la empresa petrolífera venezolana PDVSA contrató el hospedaje de la orquesta sinfónica infantil Jóvenes Arcos de Venezuela, parte del Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles dirigida por Gustavo Dudamel, y abonó la estadía por adelantado. Ese ingreso posibilitó la adquisición de ropa de trabajo y renovación de vajilla y ropa de cama y toallas. En esos años, por las cambiantes piruetas de la economía argentina, Buenos Aires se convirtió en una plaza apetecible para el turismo. En 2005 el hotel volvía a vivir, la torre rebosaba de clientes y les daba ocupación a casi 130 trabajadores. Entre presentaciones judiciales permanentes y apelaciones, el fantasma de esa fatídica palabra (desalojo) de ocho letras y cientos de acepciones casi todas desagradables, nunca desapareció: desde 2007 tiene sentencia firme, pero por muchas razones, nunca pudo ejecutarse.

 

El Bauen reabierto por sus trabajadores.

 

Lo que molesta del Bauen

A finales de 2016 ambas Cámaras del Congreso aprobaron un proyecto de expropiación del hotel, convirtiendo al inmueble y a todas las instalaciones en sujetos de utilidad pública. Con fundamentos falaces e inconsistentes, el Presidente Macri vetó la decisión parlamentaria, medida que acompañó la Corte Suprema. “Una pena, porque el Estado podría haber recuperado todo lo que el grupo Iurcovich le adeuda por préstamos impagos desde 1978”, señala Tonarelli.

Apegado a los principios del alojamiento solidario (allí encontraron albergue miles de niños llegados de las provincias para visitar Tecnópolis, así como familiares de pibes en tratamiento médico en el hospital Garraham) y pese a incontables dificultades, el Bauen sigue de pie. Actualmente unas 90 personas, todos integrantes de la cooperativa, pueden mantenerse gracias a la genuina generación de recursos del hotel. De las 220 habitaciones (1.500 a 2.000 pesos valor promedio) tienen 120 en funcionamiento. Otras 80 se encuentran en refacción. ¿Por qué?, pregunta El Cohete. “Por Macri”, responde Lalli de inmediato y agrega. «Y por las tarifas de los servicios». Ejemplifican: en diciembre de 2015 pagaban 25.000 pesos de luz, pero la más reciente ascendió a 350.000; el gas pasó de 11.000 a 80.000 y el agua de 65.000 a 320.000. Señalan que en cada caso encontraron comprensión de las empresas y pudieron refinanciar. “Sabemos cómo hacer ofertas imbatibles. Eso lo hacemos cada día. El Bauen es hoy un tres estrellas pulentas”, grafica Tonarelli. Completa Lalli: “El fuerte nuestro es la ubicación y la cantidad de plazas disponibles».

 

Un camazo en Corrientes y Callao.

 

Con vínculos vigentes y sólidos con la Federación Argentina de Trabajadores Autogestionados, con la Confederación Nacional de Cooperativas de Trabajo, con la CTA, con integrantes de la economía social y popular, con sindicatos y otras cooperativas y el apoyo de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, el Bauen en manos de sus trabajadores sigue jugado. “Nuestra especialidad es salir por arriba”, manifiestan quienes con muy poco hicieron demasiado. Por ejemplo, contarle al mundo entero las claves de su supervivencia. Pero la gimnasia de dormir a medias persiste. En las dos semanas pasadas las partes volvieron a cruzarse en el despacho de la jueza María Paula Hualde, sin alcanzar un entendimiento. Mientras, sigue con estado parlamentario un nuevo proyecto de expropiación presentado por el diputado del Frente para la Victoria Agustín Rossi.

 

El Bauen, en movilización constante.

 

 

Hay sueños

Manuel Callau y los otros integrantes de la cooperativa El Descubridor trabajan para, finalmente, poder reinaugurar la sala teatral. Ya pusieron manos a la obra para recuperar el auditorio mayor, con capacidad para algo más de 200 espectadores y desde el 2012 bautizada sala Abuelas de Plaza de Mayo. Recientemente, gracias a una gestión de Carlos Rottemberg, consiguieron un precio especial para retapizar las butacas.

“Sueño con la revancha”, apunta Federico Tonarelli, futbolero, hincha de Argentinos Juniors. En más de una ocasión debió abandonar el estadio de sopetón reclamado por la inesperada presencia de la policía, de la AFIP o la justicia. Advierte Horacio Lalli: “Nosotros no queremos el edificio. Tenemos claro que eso le pertenece al Estado. Lo que queremos es defender la fuente de trabajo. Y que la corten con la persecución. Nos hostigan a nosotros y pasan por alto que los ex dueños vendieron con hipotecas vigentes”. Otros proyectos aguardan: las escuelas de gastronomía,  de cooperativismo y de teatro. Si como alguna vez dijo John Lennon las cosas son de quienes más las quieren, sin ninguna duda el Bauen es de los trabajadores que lo salvaron de la desidia patronal. Ellos defendieron con tesón e inteligencia a esa mole de 15.000 metros cuadrados que ahora vuelve a ser acosada por los poderes económicos, políticos, judiciales y, cuando no, por varios medios de comunicación.

 

 

* Fuentes: Entrevistas personales a Federico Tonarelli, Horacio Lalli y Manuel Callau; nota de Santiago O’Donnell en Página 12, julio de 2007; Bauen, el hotel de los trabajadores (Andrés Ruggeri, Desiderio Alfonso, Emiliano Balaguer) Peña Lillo-Continente, 2017; documental “Bauen, lucha, cultura, trabajo, de Fabián Pierucci. Fotos: Bauen.
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