EL BLANCO SON LOS TRABAJADORES

Para ir contra los salarios, la derecha no necesita populistas confundidos y avergonzados

 

La clase dirigente argentina manifiesta un comportamiento político ambivalente con respecto al nivel del salario. La derecha que extravió el sentido nacional cree que bajarlo es una especie de deber moral. Se respalda en recursos ideológicos tradicionales, tipo la meta de ser competitivos o que no se puede vivir por encima de los recursos de los que se dispone, puesto que el déficit comercial (importaciones mayores a exportaciones) pasa la factura. Enfrente, donde habita (o debería habitar) el otro lado del espectro político, el empeño es recuperar lo perdido por el poder de compra de las remuneraciones, estropeado por los antecesores de la derecha liberal, aunque el nivel a restablecer esté lejos de ser plausible, es decir: económicamente racional por lo bajo.

En ambos flancos se acepta —implícita o explícitamente— que el Estado puede demoler el poder de compra de los salarios, pero no que pueda impulsar al alza el poder de compra de los salarios. En el lado derecho, como su diagnóstico es que el populismo desaforado subió el nivel promedio de los salarios muy por encima de su valor de equilibrio, y ese es el origen de la crisis existencial argentina, el gran remedio para el gran mal es bajarlo (y si se puede bajar de una vez por todas al peronismo, óptimo). Así es que en el ámbito de esa postura política no tiene ni sentido postular semejante cosa como una estrategia para subir los salarios. En el otro lado del espectro político ni se lo plantean, en razón de que aumentar el poder de compra de los salarios bastante por encima del nivel que horadaron los liberales, va más allá de lo que creen es su competencia política y posibilidades. En el mejor de los casos, imaginan que su gran y único papel posible es el de la tarea reparadora. Devolverle a las remuneraciones lo que los derechistas hirsutos les arrebataron. No más.

Un diagnóstico muy alejado de la realidad —y por eso, con consecuencias políticas nada felices— es el medrado por ciertas voces del oficialismo al momento de aducir que el desempleo actual en el 7% de la población económicamente activa (la comprendida en la amplia franja etaria de 18 a 65 años de edad) manifiesta que el ejército de reserva de los trabajadores está reducido a su mínima expresión. A partir de allí, argumentando que la demanda laboral de los patrones supera largamente la oferta laboral de los trabajadores, no queda otra que transitar por un período de intenso aumento de salarios. Estas clases de diagnósticos e iniciativas vienen impulsados por las mejores intenciones de atenuar la pobreza sin encarar la causa principal que la genera: los salarios de morondanga. No caben dudas de que la muchachada tiene buen corazón, pero como quien dice, sin el cuore no se puede, con el cuore no alcanza.

 

 

 

Ejército de Reserva

El ejército de reserva es un categoría que Karl Marx creo y desenvolvió en El Capital, capítulo XXIII, titulado: “La ley general de la acumulación capitalista”, inserto en el libro uno, sección séptima titulada: “El proceso de acumulación del capital”. En ese capítulo también aparece el concepto de composición orgánica del capital (relación capital – trabajo). Afirma allí Marx que “al crecer el capital total crece también el capital variable [es decir la masa de salarios] , y por tanto la fuerza de trabajo absorbida por él, pero en una proporción constantemente decreciente”. (De aquí en más, cuando se cita a Marx las cursivas –si las hubier— son de él). “Por tanto —continúa Marx—, al producir la acumulación del capital, la población obrera produce también, en proporciones cada vez mayores, los medios para su propio exceso relativo”.

Sobre esa base infiere Marx que “si la existencia de una superpoblación obrera es producto necesario de la acumulación o del incremento de la riqueza dentro del régimen capitalista, esta superpoblación se convierte a su vez en palanca de la acumulación del capital, más aún, en una de las condiciones de vida del régimen capitalista de producción. Constituye un ejército industrial de reserva, un contingente disponible, que pertenece al capital de un modo tan absoluto como si se criase y mantuviese a sus expensas”. En consecuencia Marx describe que “a grandes rasgos, el movimiento general de los salarios se regula exclusivamente por las expansiones y contracciones del ejército industrial de reserva, que corresponden a las alternativas periódicas del ciclo industrial. No obedece, por tanto, a las oscilaciones de la cifra absoluta de la población obrera, sino a la proporción oscilante en que la clase obrera se divide en ejército en activo y ejército de reserva, al crecimiento y descenso del volumen relativo de la superpoblación, al grado en que ésta es absorbida o nuevamente desmovilizada”.

En principio esto le estaría dando la razón a las voces oficialistas que auguran un crecimiento del poder de compras de los salarios. Máxime teniendo en cuenta, además, que al principio del capítulo XXIII el filósofo y economista alemán puntualiza que “las necesidades de acumulación del capital pueden sobrepujar el incremento de la fuerza de trabajo o del número de obreros, la demanda de obreros puede preponderar sobre su oferta, haciendo con ello subir los salarios. Más aún; cuando los supuestos anteriores se mantengan invariables durante cierto tiempo, los salarios tienen necesariamente que subir. En estas circunstancias, como todos los años entran a trabajar más obreros que el año anterior, llega forzosamente, más temprano o más tarde, un momento en que las necesidades de la acumulación comienzan a exceder de la oferta normal de trabajo y en que, por tanto, los salarios suben”.

 

 

Desmentida congruente

Por la mitad de ese capítulo XXIII Marx subraya que “el mecanismo de la producción capitalista cuida de que el incremento absoluto del capital no vaya acompañado por el alza correspondiente en cuanto a la demanda general de trabajo (…) La demanda de trabajo no coincide con el crecimiento del capital, la oferta de trabajo no se identifica con el crecimiento de la clase obrera, como dos potencias independientes la una de la otra que se influyesen mutuamente. Les dés sont pipés [los dados están cargados]”. La observación lo haría entrar en una flagrante contradicción respecto de lo afirmado en los párrafos precedentes citados. Es sólo aparente. De acuerdo con su método habitual, Marx comienza su análisis asumiendo una situación que resulta muy poco probable que suceda, y justamente le dedica una primera sección de varias páginas bajo el título: “Siendo la misma la composición del capital, el progreso de la acumulación tiende a elevar la tasa de los salarios”. Allí dice: “Supongamos, entonces, que la composición del capital sigue siendo la misma». Luego viene una segunda sección bajo el título: “Cambios sucesivos de la composición del capital en el progreso de la acumulación y la disminución relativa de esta parte del capital que se intercambia contra la fuerza de trabajo”. En esta segunda sección se deshace de la situación apócrifa establecida en la primera y advierte que es menester “aclarar las condiciones en que se logra este progreso, del que hasta ahora hemos considerado como fase particular en el que el aumento de capital se combina con un estado estacionario de su composición técnica”. Entonces Marx contraría los supuestos del apartado anterior y explica que «en el progreso de la acumulación (…) No sólo hay aumento cuantitativo y simultáneo de los diversos elementos del capital real (sino) cambios cualitativos (…) en la composición técnica del capital (…) Es decir que la masa de los equipos y materiales aumenta cada vez más en comparación con la cantidad de mano de obra necesaria para ponerla a trabajar (…) A medida, entonces, que el crecimiento del capital vuelve más productivo al trabajo, disminuye la demanda en proporción a su propia magnitud (…) más el trabajo gana en recursos y en poder, más es la presión de los trabajadores sobre sus medios de empleo, más la condición de existencia del asalariado, la venta de su fuerza, se vuelve precaria (…) Más la reserva crece, más se acrecienta el pauperismo oficial. Esta es la ley general absoluta de la acumulación capitalista”.

Es aquí donde el concepto marxista de «ejército de reserva», en tanto elemento clave del sistema, cobra todo su sentido. La tesis de Marx es que si bien la situación parece ser más favorable para el trabajador, es decir, la acumulación de capital tiene una tasa superior al crecimiento de la población, resulta a fin de cuentas negativa, porque la abundancia de capital, en lugar de aumentar la demanda de fuerza de trabajo, induce, por el contrario, a un desarrollo de las fuerzas productivas materiales que finalmente desemboca en una eliminación del trabajo vivo (sustitución de trabajadores por máquinas, mano de obra calificada por trabajo no calificado, de hombres por mujeres, de adultos por niños, etc.). El principio subyacente de la tesis de Marx es el hecho evidente de que, para ser factible, según cualquier criterio, una máquina debe incorporar menos trabajo que el que desplaza. El aumento de la relación producto / trabajo, es decir: la productividad del trabajo, debido al progreso técnico, en lugar de traducirse en más producto para el mismo número de trabajadores (y por lo tanto, más chances que antes de aumentar la parte de cada uno), se traduce en un menor número de trabajadores para el mismo producto. Una parte de los trabajadores, necesarios anteriormente para producir un volumen determinado de producto, se convierte en excedentes y van a engrosar las filas del ejército de reserva. La competencia empleados-desempleados empuja sus salarios hacia abajo. En otras palabras, la tesis de Marx no es que la acumulación tiene un efecto positivo en los salarios salvo que ex post se tope con un ejército de reserva, como manifiestan ciertas voces del oficialismo, sino que tiene un efecto negativo a causa del ejército de reserva que la misma engendra ex ante. En rigor, esas voces del oficialismo subvirtieron el verdadero sentido del ejército de reserva.

Todo esto demuestra la vana ilusión de esperar que por la desmovilización del ejército de reserva suban los salarios. Aún si fuera el caso, el punto más acuciante es otro: el de que cómo se establece el nivel de salarios que siquiera aumentando, resulta bajo para reproducir la vida de una familia argentina. Las voces oficialistas no sólo invocando el ejército de reserva de Marx se colocan en sus antípodas, sino que también lo hacen cuando implícitamente conectan el nivel de salario con la productividad para establecer su nivel. Dado un “tiempo de trabajo necesario” (argot marxista que significa: el tiempo que el obrero debe trabajar para producir un valor igual al valor de los productos que debe consumir para vivir y reproducirse), el crecimiento de la productividad desde esa base se refleja en un aumento de la canasta de bienes y si el salario esta en proporción creciente al aumento de la productividad (por obra y gracia que se desmovilizó el ejército de reserva), el salario real aumenta. Eso no tiene que ver con la realidad, ni con el análisis de Marx.

Prima facie, el valor de la fuerza de trabajo no está establecido por determinada cantidad de horas, sino por la canasta de bienes que las fuerzas políticas en pugna determinaron que era aceptable para reproducir la vida del trabajador y su familia. El salario es un precio político. El crecimiento de la productividad no hace incrementar la canasta de bienes, lo que sí hace es acortar el tiempo necesario para producirla. Ese aumento de la productividad abre las puertas para que la canasta se agrande. No es automático, y para franquear el umbral debe mediar la disputa política cuyo eje son los sindicatos. Como observó ya hace más de un siglo Mijail Tugan-Baranovsky, un economista ucraniano que no era marxista pero hacía uso del herramental teórico provisto por Marx, a propósito del grado de sindicalización de la clase trabajadora inglesa a finales del siglo XIX. Ya en esa época Tugan constata que en la cuna del capitalismo los salarios aumentaban incluso en situaciones de crisis. Al respecto, observa Tugan que “el mercado de trabajo… ya no es un amasijo revuelto de trabajadores, entre los que no existe lazo alguno y compiten entre sí. Un grupo relativamente pequeño de sindicalistas, reglamenta las condiciones de trabajo de todos los obreros calificados y también de una parte de los demás, y las leyes sobre las fábricas reducen asimismo la competencia entre los obreros”.

Esta mala performance conceptual no deja de ser una petición de principios de una postura política a favor del supuesto espíritu de diálogo, búsqueda de acuerdo y prudente moderación. Se revela lo que realmente es: una coartada conservadora, cuando se cae en la cuenta de que estos rebatos al ejército de reserva y la productividad alientan la perspectiva de que la situación de los trabajadores es una función creciente de la acumulación de capital. De ahí a caer en alguna variante del TINA (There Is No Alternative: no hay alternativa) de Margaret Thatcher hay un solo paso, que todo parece indicar que han dado. Y colorín colorado, este cuento ha terminado cuando la realidad los trompea, porque sin un Estado que lauda a favor de los sindicatos, el aumento de la productividad acrecienta la ganancia, nunca los salarios, por la sencilla razón de que estos dependen de la lucha política. Esto no significa trocar el ánimo negociador por el belicoso. Todo lo contrario.

Al fin y al cabo, para ir contra los salarios está la derecha sin sentido integrador nacional. No les hace falta populistas, digamos, confundidos. La derecha que extravío el sentido nacional la tiene obsesivamente clara. Como si su comportamiento de Ahab contra los salarios lo hubiera escrito Herman Melville en la impresionante novela Moby Dick, más específicamente en el capítulo: “La blancura de la ballena”. Dice Ismael (el que vivió para contarla) que “era, sobre todo, la blancura de la ballena lo que me aterraba (…) la blancura es el símbolo más significativo de lo espiritual (…) y al mismo tiempo el factor que intensifica las cosas más terribles para el hombre (…) cuando meditamos acerca de todo esto, el universo paralizado surge ante nosotros como un leproso (…) La ballena era el símbolo de todas estas cosas. ¿Cómo puede asombrarte, lector, la ferocidad de la caza?” De corriente, el blanco son los trabajadores. Más blanco todavía cuando la inflación se desboca, porque como ciencia y experiencia demuestran, son los chivos expiatorios por excelencia sacrificados para conjurarla. La ferocidad de la caza debe alertarnos, no asombrarnos. A propósito, el cachalote venció a Ahab.

 

 

Gregory Peck, el Ahab de John Huston.

 

 

 

 

 

 

 

 

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