El cambio

Cambiar no es malo per se, pero hay verdades que permanecen

 

Los niños nacidos de madres en cautiverio en la maternidad clandestina de Campo de Mayo sufrían un cambio de identidad. Dejaban de ser lo que eran. Una persona que había recibido título de médico ayudaba en ese nacer y dejar de ser. Esa persona llamada Norberto Atilio Bianco atendió entre 1977 y 1978 a unas treinta mujeres detenidas-desaparecidas. Las llevaba personalmente, atadas de pies y manos y con los ojos vendados, desde su lugar de detención hasta el sitio en que se realizaban los partos. Después transportaba a las madres en su auto, hasta la pista de aterrizaje donde esperaban los aviones que las llevarían a la muerte.

El militar Francisco Eduardo Stigliano, participante en los hechos, narró en un reclamo administrativo la secuencia final de esos procedimientos: “Las prácticas concretas que afectan al suscripto (…) están referidas virtualmente al método ordenado para la ejecución física de los subversivos prisioneros, los cuales sin ningún tipo de juicio de defensa, se me ordenaba matarlos a través de los distintos médicos a mis órdenes con inyecciones mortales de la droga Ketalar. Luego los cuerpos eran envueltos en nylon y preparados para ser arrojados de los aviones Fiat G 22 o helicópteros al Río de la Plata”.

Después de una querella iniciada en 1985 por Abuelas de Plaza de Mayo, y de un largo proceso judicial por el que fue detenido en Paraguay en 2008, extraditado en 2011 y puesto en prisión domiciliaria, Bianco fue condenado a trece años de prisión en 2014. Excarcelado en mayo de 2017 por haber cumplido dos tercios de su condena, hace unas semanas el Tribunal Oral Federal 6 lo autorizó a pasar vacaciones en Mar de Ajó. Pero se produjo una reacción comunitaria de repudio, reclamando por una costa libre de genocidas, que finalmente impidió la presencia de Bianco en el lugar. Tanto este caso como el de Etchecolatz, también favorecido con prisión domiciliaria en Mar del Plata, representan manifestaciones particulares de un rechazo generalizado que la sociedad argentina puso de manifiesto en su modo más enérgico y masivo al protestar el fallo de mayo de 2017 —conocido como 2×1— con que la Corte Suprema de Justicia redujo el cómputo de prisión a Luis Muiña, otro condenado por delitos de lesa humanidad.

El rechazo masivo a Bianco, Etchecolatz y Muiña, así como el repudio previo al negacionismo del ministro de Cultura porteño Darío Lopérfido,  y el rechazo generalizado a la reciente reforma previsional, han puesto de manifiesto que algunos de los muchos cambios que está introduciendo el gobierno actual encuentran un límite en una sociedad que sale a decir que “cambiemos” puede ser aceptado como nombre de fantasía de la coalición gobernante pero no como pretensión de cambiar toda realidad. Hay verdades que permanecen. Es una cuestión social y política, pero también ha sido una cuestión filosófica desde el origen. Y es que se sabe, desde antiguo, que la verdad se conoce en lo que permanece pero que de lo que cambia sólo se tiene opinión y ésta puede ser engañosa.

Salvador Dalí, ‘Metamorfosis de Narciso’, 1936-37

 

Las leyes que vienen del fondo de la historia

Por eso hay que diferenciar esos cambios accidentales de los cambios sustanciales. El gobierno actual, en su metamorfosis, ha confundido varias veces esa diferencia y por eso la sociedad le ha recordado en modo masivo de igual número de veces, la distinción debida. Y es que el gobierno tiene un problema para distinguir la legalidad de origen en los votos de la legitimidad de sus acciones en el manejo del poder del Estado.

En los cambios sustanciales se llega a ser o se deja de ser, por ejemplo se nace o se muere. (Generación y corrupción, decía la distinción aristotélica). Y la sociedad argentina ha rechazado y rechaza la pretensión de convertir en materia de opinión el llegar a ser como se hizo con la expropiación de niños y la sustracción de su identidad arbitrada entre otros por Norberto Bianco; así como ha rechazado y rechaza el convertir en materia de opinión el dejar de ser, como lo ha querido el negacionismo de Darío Lopérfido y el de otros, al poner en cuestión lo sustantivo a que alude el número de 30.000 desaparecidos.

Lo accidental y lo sustantivo no deben confundirse, ni tampoco la opinión y el conocimiento. Es lo que ya se formulaba en el Timeo platónico: ¿Qué es aquello que siempre está llegando a ser y nunca es? (Lo accidental, lo dudoso de la opinión.) ¿Y qué es aquello que siempre es y no tiene comienzo? (Lo sustantivo, la certeza del conocimiento.) Las Abuelas de Plaza de Mayo nos enseñaron a distinguir lo sustantivo del llegar a ser, y las Madres de Plaza de Mayo lo hicieron con lo sustantivo del dejar de ser. Como Antígona por su hermano ante el dictador Creonte, y como el rey de Troya por su hijo Héctor ante el soberbio Aquiles, el reclamo de las leyes no escritas e inquebrantables, que no son de hoy ni de ayer sino que viven en todos los tiempos y nadie sabe cuando aparecieron, viene del fondo de la historia. Pero este gobierno no comprende el significado de los derechos humanos (por eso su negacionismo) como constitutivo de las democracias liberales después de la destrucción del estado moderno por el nazismo; y tampoco comprende el sentido de la ética (por eso su pragmatismo) como regulación de la política y el derecho positivo.

El método científico de la nueva política

Así es como el experto ecuatoriano en estrategia política Jaime Durán Barba, considerado por algunos como artífice del triunfo de Cambiemos, confunde en su libro La política en el siglo XXI conocimiento con opinión, queriendo alcanzar el conocimiento científico de la opinión pública en una pretensión sólo comparable a la búsqueda del móvil perpetuo o al intento de resolver el problema de la cuadratura del círculo con regla y compás.

En el segundo capítulo de su libro, que titula presuntuosamente “El método científico y la política”, sostiene: “Hay dos formas de entender la política: la precopernicana que se sitúa en la realidad desde la fe y la defensa de relatos, y aquella que usa la metodología del trabajo científico, formula hipótesis que se contrastan con la realidad y produce conocimientos que se cuantifican y sistematizan”. “Existen —continúa— asociaciones importantes como la WAPOR (World Association for Public Opinion Research) que reúne a miles de investigadores de la opinión pública que celebran congresos y seminarios”.

Aunque pueden ser útiles a una estrategia política, las ideas de Durán Barba sobre el cambio nada tienen de verdad científica. El 18 de marzo de 2007 escribía: “Está naciendo una nueva sociedad. Las demandas de los nuevos electores se confunden con viejas consignas de revoluciones fracasadas bajo el mismo sonido que no significa nada: ‘Queremos el cambio’”. Ese desprecio por la opinión del 80% de la población ecuatoriana a la que se refería, no fue obstáculo para dejar de lado todo supuesto científico y convertir pragmáticamente a esa “verdad” cuestionable en el nombre de fantasía de la coalición que llegó al poder en la Argentina.

Por eso es que tampoco encuentra obstáculo alguno para afirmar en su nuevo libro, citando a Jorge Wagensberg: “No hay verdades absolutas (con lo cual debe pensarse que lo que Durán Barba afirma por tercera persona es una verdad relativa y por tanto dudosa), sino que existen personas que pueden formular hipótesis que deben colisionar contínuamente, sin descanso, sin excusa, con lo que ocurre”. (Como si las personas en su vida cotidiana se dedicaran a formular hipótesis científicas sabiendo cómo hacerlo.) Y así sigue en el tercer capítulo, hablando de “La opinión pública y las nuevas formas de la comunicación”: “En los albores del siglo XXI, la comunicación se desbordó y licuó todo lo que parecía estable y permanente. (…) Todos los días la gente cambia de actitudes frente a todo, incluida la política… una realidad que cambia incesantemente”.

Los sofistas de la antigüedad ya sostuvieron, con Heráclito, que nada es permanente y que el arte de ganar en la política es enseñable. Durán Barba es un sofista posmoderno en su oficio de entrenar candidatos a gobernantes y en su creencia de que todo fluye. Pero en sentido contrario, y poniendo en evidencia tanta inconsistencia, la gente salió a decirle al gobierno que hay cuestiones sobre las que no cambia de actitud y que lo que parecía estable y permanente lo sigue siendo.

Salvador Dalí, ‘La desintegración de la persistencia de la memoria’, 1954

El monito que come pepinos

Durán Barba se da cuenta la debilidad de sus argumentos y debe conceder que la gente permanece inalterable en su deseo de bañarse en un mismo río de justicia. Pero encuentra en el desprecio de la discriminación una fuerza ilusoria para sus flojos argumentos: “Por eso es tan difícil comunicar a la población un plan de ajuste, aunque sea necesario. Existe una tendencia natural a rechazar la desigualdad, una agresividad instintiva en contra del monito que come uvas mientras al otro le dan pepino. Esa es también una gran limitación de los partidos vistos como ‘de derecha’ o ‘de los ricos’: por instinto la gente ve con sospecha a quienes tienen privilegios y no pueden hacer cosas que en el caso de otros personajes serían irrelevantes. Cuando las raíces de una actitud política se conectan con esos elementos genéticos, no se las puede combatir con argumentos racionales”.

Pero la idea de justicia no es una anomalía genética que se transmite de modo hereditario. La idea de justicia es portadora de un valor que se capta intuitivamente frente al disvalor de toda injusticia, que el vivir nos ofrece en nuestras experiencias de distinguir en el mundo lo justo de lo injusto. Y es la memoria la que mantiene viva en nosotros la verdad de esos juicios ante pasadas experiencias. No es la replicación de las hélices del ADN la que instala en nosotros la idea de justicia como permanente, sino el recordar del vivir las injusticias que persiste en nuestra memoria. Pero esto es algo que el gobierno y sus consejeros tampoco comprenden.

¿Qué hacer con el cambio en este punto?, se preguntará el sofista. Después de promover el cambio de la imaginación, que no está limitada como la memoria a las experiencias previas, si  éste fracasa sólo queda extremar la dinámica de los contrarios como factor de cambio, el mito de la grieta, y con ello apelar a Eros y Tanatos, al amor y el odio de todas las cosmogonías del origen, al abandono del objetivo de “unir a los argentinos”. Y que el monito que come pepinos y al que no se lo puede combatir con argumentos racionales se detenga a la voz de alto, si se pone agresivo; y que regrese a su jaula, porque esa otra jaula a la que aspira no le corresponde, según dicen los ‘argumentos científicos’ del plan de ajuste.

  • La imagen de portada pertenece a la obra de Salvador Dalí, ‘La persistencia de la memoria’, 1931.

 

Juan Carlos Tealdi en médico y filósofo de la ciencia.

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