EL CAPUTAZO ES UN VIAJE DE IDA

La falsa escuadra en que se asienta el Caputazo augura una salida de escena tumultuosa

 

Alrededor del trono siempre merodean en lucha constante la fantasía y la realidad. En materia de quimeras, el Caputazo, el plan de ajuste presentado el 12 de diciembre por el ministro de Economía, Luis Caputo, que desajusta al país, está para brillar en el palmarés de las entelequias lúgubres. El Caputazo es un plan devaluador cuyos instrumentos son bajar el poder de compra del salario y aumentar el desempleo para que la inflación (alentada por la subida del dólar) se aquiete y no se haga pirámide, mientras en el recorrido hacia el sosegate licua el peso del gasto público. Bajar el gasto público —como porcentaje del PIB— confluye hacia el objetivo de sofrenar y hacer retroceder la circulación monetaria a dos años vista (conforme a los cálculos del gobierno). El diagnóstico monetarista del oficialismo sostiene que el origen de la inflación desbocada es justamente el aumento de la circulación por el bolsillo roto estatal del populismo. Una, dos, tres más estanflación. ¡Ah! Cómo va a quedar la tasa de crecimiento te la debo, como el timbre de voz y el pensamiento de “el jefe”, la hermana Karina, completamente desconocida por el gran público.

En este aspecto, la fantasmagoría del Caputazo se va a enfrentar con la realidad de que el aumento del gasto público no se conjuga con el aumento de la inflación. En efecto, la inspección del gráfico en el que se plasma la variación en el nivel del gasto público y la variación en tasa de inflación de la Argentina, Chile y Uruguay ocurrida en el lapso 2015-2022 es botón de muestra que pone en evidencia que no hay relación entre ambas variables. Irónicamente, para contrariedad de los monetaristas ramplones (no hay de otro tipo), los datos graficados sugieren lo contrario en la relación nivel de inflación-nivel de gasto público.

 

 

Este caso grave de espejismo, en el que se visa una relación que no existe entre aumento generalizado y sostenido del nivel de precios y nivel desmadrado de gasto público, es un primer indicio muy serio del fracaso al que marcha el Caputazo, mientras tiene éxito en empobrecer a los argentinos.

 

 

La Argentina del centenario

Esta sarta de disparates libertarios-monetaristas de bajar el gasto público es uno de los dos ejes del Caputazo, como expresión de todo el espíritu del nuevo gobierno. La alienta la pretensión de ir hacia la sociedad que procuran regenerar, “transitando el amplio espacio político que abriría abatir la inflación”. ¡No digas! Mientras esperan sentados, se visualiza que el otro eje es volver a la Argentina del Centenario, lo que implica en criollo hacer polvo la trama industrial, retomando la tradición aperturista de José Alfredo Martínez de Hoz, ahora enriquecida con el original aporte de colocarle derechos de exportación (retenciones) a las ventas externas manufactureras. El Caputazo es un viaje de ida.

A decir verdad, la invocación oficialista a la mítica Argentina de finales del siglo XIX se entiende en su verdadera dimensión cuando se repara que la idea es acomodar disciplinadamente a la sociedad civil en las barracas de La Larga, La Argentina, y La Paz, las tres estancias que poseyó Julio Argentino Roca. En medio de remozar la tradición decimonónica en términos de “Bullrich y administración”, si ciertas especies depredadoras hacen su agosto estatizando la deuda externa comercial privada, como en su momento —allá por 1982— hizo Domingo F. Cavallo, son detalles para afirmar el otro legado, el del querido Joe. ¡Viva la tradición, caramba!

 

 

Llueve sopa

Mala cosa esta de empuñar tenedores cuando llueve sopa. Y se pronostica que va a llover mucha. Se aguarda en 2024 un superávit comercial cuantioso, lo que pone también en evidencia el carácter reaccionariamente jodido de la devaluación del Caputazo. Esos superávits comerciales están afamados de llegar para quedarse, dada la mucha incidencia que tendrían en su magnitud la exportación de combustibles fósiles. Esto no fue desmentido por la cumbre climática COP28 organizada por los Emiratos Árabes Unidos, ricos en petróleo, desarrollada en Dubai entre el 30 de noviembre y 12 de diciembre, con la participación de casi 200 países. Culminó con un acuerdo de compromiso —que no es legalmente vinculante— que si bien tiene como objetivo dejar de usar combustibles fósiles, se toma su tiempo.

Wall Street recibió la noticia subiendo ligeramente las acciones de Chevron y Exxon Mobil. Jugando al anticipo, el lunes, Occidental Petroleum compró la empresa perforadora de petróleo CrownRock, por 12.000 millones de dólares. Las acciones de Occidental cayeron un 10 % este año y subieron un 1 % el lunes, cuando se anunció la compra. Esto se suma a la tendencia de los principales actores de petróleo y gas de adquirir otras empresas para asegurar sus producciones, tal como la compra que hizo Exxon Mobil por 60.000 millones de dólares de Pioneer Natural Resources y la que hizo Chevron de Hess por 53.000 millones de dólares.

Los duros del cambio climático querían un compromiso para que las temperaturas no suban más de 1,5 grados (según lo estipulado en el histórico acuerdo de París en 2015), sin dar cuenta de dónde saldrían los billones de dólares en inversiones para hacer la transición a fuentes de combustible más ecológicas, como la eólica y la solar, y evitar una catástrofe climática. Sin ese pan, la torta que se consiguió por primera vez en tres décadas de negociaciones multinacionales de este tipo fueron promesas de salir del consumo de combustibles fósiles de una “manera justa, ordenada y equitativa” durante esta década —si se puede, si no paciencia— y triplicar la adopción de energías renovables para 2030; restringir las emisiones de metano, y detener por completo las emisiones de carbón para mediados de siglo. No se acotó el margen de maniobra para continuar perforando y se amplió el mercado para el gas como combustible de transición. Larga vida, entonces, a los superávits comerciales argentinos del porvenir, sostenidos por combustibles fósiles.

 

 

¿La OMC también fue?

Los libertarios, al embarcarse en romper la trama industrial, lograrán que el desempleo resulte de un volumen nunca visto. Repasar algunos hechos y datos de la actualidad mundial es inequívoco al respecto. En una etapa donde en materia de comercio internacional, los países con menos disimulo que el habitual se muestran los dientes, los bananas de este flamante gobierno hacen gala de su fervor ideológico librecambista. Lo más lacerante es que en el planeta se atraviesa por una etapa en que una política lúcida de sustitución de importaciones, llevada adelante por el nacionalismo popular, encontraría menos trabas y avanzaría a mayor ritmo hacia la consolidación de la democracia industrial, la gran plataforma del igualitarismo moderno. El orden mundial está más comprensible para el proteccionismo de lo que estuvo nunca, desde que terminó la Segunda Guerra.

Al respecto, vale considerar el informe dado a conocer unos días atrás, hecho por el “Comité Selecto de la Cámara de Representantes sobre la Competencia Estratégica entre los Estados Unidos y el Partido Comunista Chino”. El Comité Selecto, como se lo conoce, fue formado este año en el Congreso norteamericano para “investigar y presentar recomendaciones políticas sobre el estado de los aspectos económicos, tecnológicos y económicos del Partido Comunista Chino, el progreso en materia de seguridad y su competitividad con los Estados Unidos”. Esta retórica esconde el verdadero conflicto, que es entre los trabajadores yanquis y las multinacionales norteamericanas, que quieren seguir relocalizadas en zonas de salarios baratos, mientras conservan el enorme mercado de los Estados Unidos. Serrucharse la rama en la que asientan no es su problema.

Por los rasgos atávicos del comportamiento político norteamericano, ese conflicto se trasmutó como amenaza china —de la que tiene poco—. Lo cierto es que entre gambetas y amagues, la trama geopolítica tejida por las dos economías más grandes del planeta es estable, pese a la profusión de diagnósticos en contrario. Buena prueba de ello se dio en la cumbre de APEC en San Francisco en noviembre, cuando estuvieron reunidos —a solas— por unas cuantas horas Biden y Xi. Como reconoce el mismo informe del Comité Selecto: “Nunca antes Estados Unidos se había enfrentado a un adversario geopolítico con el que está tan interconectado económicamente”.

Pero la realidad no está para empañar una retórica adecuada y los miembros del Comité Selecto expresaron que en cumplimiento del mandato que les fue dado, investigaron las amenazas que plantea el Partido Comunista Chino (PCC) a la seguridad nacional y la economía de Estados Unidos, las que fueron plasmadas en este primer informe, en el que se recomienda aprobar una legislación que exija que las principales empresas estadounidenses revelen públicamente los riesgos y la exposición al mercado relacionados con China. Para que nadie se sienta mal, proponen casi 150 recomendaciones para restaurar la competitividad económica y tecnológica de Estados Unidos. Verbigracia: más subsidios a troche y moche.

El Comité Selecto no se anduvo con chiquitas y declara que el sistema económico de China es “incompatible con la OMC” (Organización Mundial del Comercio). “Si esto no puede lograrse dentro de los límites de la OMC, entonces se necesita un nuevo esfuerzo multilateral por parte de economías de mercado con ideas afines”, asevera el informe y puntualiza que “debido a que el sistema económico liderado por el Estado de la República Popular China es la antítesis de los principios fundacionales de la OMC, las acciones para defender a los Estados Unidos y la economía global contra la agresión económica de la República Popular China son consistentes con el compromiso de los Estados Unidos con un sistema de comercio multilateral basado en principios orientados al mercado”. Conmovedor.

China fue admitida en la OMC en 2001 —por fuerte presión norteamericana— con el argumento de que la afiliación al organismo multilateral haría que las reformas orientadas al mercado que había puesto en práctica la solicitante de la membresía se verían aceleradas y devendrían sólidamente irreversibles. Veintidós años después, lo que empezó en 2016 siendo muy propio de Donald Trump y su grupo va camino a convertirse en sentido común, y ahora, una parva de legisladores estadounidenses identifica la competencia con China como el desafío decisivo de Estados Unidos en este siglo. “Abordar esta nueva contienda requerirá una reevaluación fundamental de la política estadounidense”, dicen los legisladores del Comité Selecto y piden renovar la Ley de Salvaguardia de China, que expiró en 2013. Esa ley permitió a Estados Unidos imponer aranceles a productos de China que causaron “perturbaciones en el mercado”. También podría usarse para atacar prácticas que perjudican a la industria estadounidense, según criterio propio.

 

 

Temores geopolíticos

Tras los discursos flamígeros, no parece que sea debidamente apreciada la estabilidad de la geopolítica china-norteamericana que se observa. La empresa financiera Natixis hizo una encuesta entre 500 inversores institucionales internacionales. La respuesta al interrogante de qué era lo que más les preocupaba de las perspectivas para 2024 fue mayoritariamente centrada en los problemas macroeconómicos generados por el riesgo geopolítico. Verdad, el río está sonando, pero por otros peces. Según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, el número de guerras en todo el mundo está en su punto más alto en tres décadas y probablemente seguirá aumentando. Con más precisión, el 49 % de los inversores le teme a los “malos actores geopolíticos” que podrían alterar los mercados globales y un 48 % le recela a una caída en el gasto de los consumidores, en tanto que los bancos centrales metan la pata subiendo la tasa de interés cuando la inflación da señales firmes de haberse apaciguado (en los países desarrollados) conmueve al 42 % de los que gerencian el gran dinero del mundo del gran dinero. El 30 % está intranquilo por los problemas económicos de China y más de la mitad de los encuestados consideraron inevitable una recesión el próximo año, con el mar de fondo de las tensiones geopolíticas en aumento, entre las que incluyen el resultado de la elección presidencial norteamericana, a llevarse a cabo en noviembre de 2024.

En este clima geopolítico de época, ¿está Washington abusando de sus armas más poderosas?, se pregunta Paul Krugman en la reciente edición de Foreign Affairs, en un ensayo titulado: “El estilo estadounidense de la guerra económica”. Esas armas se cargan con la centralidad de los Estados Unidos en las finanzas globales y la transmisión de datos. Para Krugman, “no se trata sólo de que el comercio mundial constituya ahora una mayor proporción de actividad económica que en el pasado; sino también de que la complejidad de las transacciones internacionales es mucho mayor que nunca antes. Y el hecho de que tantas de estas transacciones pasen por bancos y cables que controla Estados Unidos le da a Washington poderes que ningún gobierno ha tenido en la historia”.

En realidad, Krugman dispara su análisis haciendo hincapié en que “el espionaje y las sanciones de Washington son el tema de Imperio Subterráneo: cómo Estados Unidos convirtió la economía mundial en un arma, por Henry Farrell y Abraham Newman (Underground Empire: How America Weaponized the World Economy). Este libro revelador explica cómo llegó Washington a comandar un poder tan asombroso y las muchas formas en que despliega la supremacía. (…) Los autores enseñan que aunque a otros Estados no les gusten las redes de Washington, escapar de ellas es extremadamente difícil”. Tras adentrarse en la cuestión planteada por Farrell y Newman, el Nobel de Economía señala que “una posible solución sería crear reglas internacionales para la explotación de los cuellos de botella económicos, en la línea de las reglas que han restringido los aranceles y otras medidas proteccionistas desde la creación del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio”. Lo ve difícil pero no imposible a efectos de proteger a los norteamericanos y al resto de los países poderosos de “sus propios malos instintos”.

 

 

En este mundo con tendencia a sumar cero, el gran desempleo que presupone el Caputazo —acompañado por su afán librecambista— es muy probable que impulse la emigración de mano obra muy calificada argentina, que sufrirá el destierro y la moneda corriente de la hostilidad en crecimiento en los países de recepción. El nuevo Ministerio de Capital Humano es la mueca o el alarde de ese proceso expulsivo. Se suma a la desmaterialización de la Argentina —vía industricidio— la tasa de fecundidad argentina bien por debajo de 2,1 hijos por mujer, lo que asegura que la población declina. Como en los pueblos del interior, van a quedar los viejos, nada más. Tal parece que gobernar es despoblar. Algún defecto tenía que tener el ídolo libertario Juan Bautista Alberdi. Es cuestión de aguardar que hará buena parte de la sociedad civil que se enroló en la coalición victoriosa de las presidenciales, cuando pase el efecto del narcótico libertario. El nuevo Presidente dijo que vino a hacer una “revolución moral”. Hasta ahora tiene muchos visos y vicios de ser una ética como la de Lazarus Morell: muy libertaria, pero lejos de cualquier revolución moral.

 

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 1000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 2500/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 5000/mes al Cohete hace click aquí