EL CARBONERO DE LA ESPÁTULA

Del archivo personal de Benito Quinquela Martín, poemas, prosas, tangos y canciones

 

Cazador de colores, de cargar las bolsas de carbón extrajo la carbonilla del dibujo. De su oficio de albañil, la espátula que priorizó sobre el pincel. Sin educación formal, fue autodidacta – formación de príncipes. Hizo de su nombre –Benito Juan Martín— un apellido, castellanizó el de sus padres –Chinchella— e ilustró su propio sarcófago, como el gentil caníbal de Melville. Por sobre todo, dotó a su barrio, La Boca, de los colores provenientes de su imaginación, quitándole el gris de los adoquines, la oscuridad del barro, el tizne del hollín, la oquedad de las chapas, la opacidad del óxido. Lujuria cromática que perdura hasta hoy, convertida en marca identitaria de las calles aledañas al río donde se fundó Buenos Aires.

 

Benito Quinquela Martín.

 

 

Benito Quinquela Martín (Buenos Aires, 1890-1977) hizo suyo ese paisaje de mástiles, músculo y trabajo de hombres en acción –escasas mujeres, ocasionalmente personajes secundarios— en una obra vastísima, extendida a escuelas, talleres, lactarios, hospitales, una sala de espectáculos; hoy su casa, un museo. Filántropo, protector de artistas, amiguero, batalló contra la mediocridad y la burocracia, logró lo que se propuso: ser un pintor popular. Juntó a famosos e ignotos de la bohemia porteña de la primera mitad del siglo XX en la Peña del Tortoni, que prolongó después en los banquetes de fideos de colores que servía en su taller. Veladas acunadas por los sones de Juan de Dios Filiberto, allí se otorgaba la “Orden del Tornillo” a todo aquel que se piantaba de la norma, colifas productivos a los que se les había perdido un ídem. Destinatario de amorosas pasiones, de personalidad oscilante entre la timidez y lo avasallador, fue atesorando en prolijas carpetas medio siglo de aquella multitud de manifestaciones, buena parte en forma de poemas. Sonetos, cuartetas, coplas, letras de tango, pasiones, quedaron acovachadas en los archivos del MBQM (Museo de Bellas Artes de La Boca Benito Quinquela Martín*), ahora rescatados y seleccionados por el escritor nacido y criado en esa barriada Rodolfo Edwards. Con la producción editorial de Marta Sacco, Los poetas de Quinquela llega en formato libro a todo trapo, con fotos inéditas y cuadros de la colección del Museo.

 

 

Museo Quinquela Martín.

 

 

“Por eso en ceremonia que da brillo / nos cuelgan el rubio rulo de un tornillo / Lo coloca Quinquela en sabio rito… / ¡Y nos queda colgando el ‘sambenito’!” (Marcelo Olivari, 1950). Versos masticados, a veces repentistas, jalonan un reconocimiento unánime, coinciden en iluminar momento, personaje y cotidianeidad. De una calidad poética que excede las limitaciones de esta prosaica columna, conforman una colección testimonial de valor antropológico al retratar materialidad y emociones de una época. Factor especialmente subrayado en la detallada introducción que abre el volumen con la cuidadosa escritura de Edwards. Guía de lectura para el plato fuerte, ofrece detalles, instala atmósferas, completa contextos, destaca curiosidades.

Crear + fundar genera el “crefundeo”, idioma local inventado por el artista Adolfo Ollavaca “que distorsiona las palabras y su sentido en una argamasa verbal delirante, llena de neologismos, sílabas numerosas, consonantes yuxtapuestas y vocales en cuadriptongos”, sobre el cual cae la leyenda de haber inspirado a Julio Cortázar el “gíglico” del capítulo 68 de Rayuela: “Tus triunfos artísticos son flogosos reitemos credos  nativos que el coloso mormuyo ultrasmarinos encara la rebicación revolucionaria que la cumbre gigantésticas una bíbica cantada, laureles dialemas como tu nombre fecundo. ¡Oh! Quinquela Martín el trunbador de tu gloria trasiturna craniseo tizón argentun” (1929). Eran, por cierto, tiempos de surrealismo y del neocriollo de Xul Solar, las vanguardias.

 

«Chimeneas», de Quinquela Martín.

 

 

De la prosa poética a la rima libre, dan cuenta de la diversidad de contertulios ávidos por brindar su ofrenda al anfitrión. Entre ellos, Jean-Fernand Brierre, embajador de Haití, poeta, dramaturgo y periodista, el 11 de noviembre de 1954 escribe en francés, en el libro con su correspondiente traducción a cargo del mismo Edwards:  (…) “Y desde entonces  he atesorado tus corolas de sal / cuyo perfume amargo y gris como un viaje / al fondo del cual bajo formas espectrales / se deshija el cielo parte a parte. / Por eso esta tarde en casa de Martín Quinquela / en medio del aroma de libro antiguo que tiene el viejo puerto / yo amo encontrar en estos cuadros / océanos más profundos que el amor y la muerte”.

Acontecimientos que retumbaron en el alma boquense se hacen lírica. El 28 de septiembre de 1944 explota el buque petrolero San Blas, dejando diecisiete cadáveres. “Como ofrendas sangrientas a la nave / rojas llamaradas trazaban mil formas danzaban / en danza grotesca de formas variadas. / Y el fuego ascendía a las estrellas / erguíase como pirámide al cielo levantada / crecía, se desbordaba como torrente inextinguible” (Raquel M. Gansier, 1946). Siete años después, el 21 de octubre, día de la madre, durante la misa dominical se derrumba sobre los fieles la cúpula de la iglesia San Juan Evangelista; nueve muertos, treinta heridos. “Los periódicos del día / anuncian triste desgracia: / en la iglesia de Olavarría / esquina Martín Rodriguez / …El barrio está de duelo/ como nunca lo esperó: / en el día de la madre / se iba a cubrir de dolor” (Roberto Cerrudo, 1951).

 

 

Quinquela inviste con la Orden del Tornillo.

 

 

Con partitura y portada, los tangos y canciones: Paisaje ribereño de 1969, letra y música de Alberto Cosentino; Quinquela, letra de Celedonio Flores y música de Argentino Valle, que culmina: “Sin su penacho de humo / barcos al muelle atracados / la paleta de Quinquela, la ribera, velas, palos… / un acordeón que nos llora / las nostalgias de otra tierra / y se duerme la ribera… / al compás de su emoción” (circa 1935).

Simbiosis de barrio y artista, Los poetas de Quinquela resume un tiempo que, lejos de irse, insiste en el fervor boquense iluminado por el artista y cantado por sus trovadores, empecinados en alejarse de la melancolía lindera, navegantes del barco eterno de la alegría. Libro de homenaje, admiración y santidad pagana, refleja en letras e imágenes esos colores brillantes, eternos, conmovedores, que el pueblo trabajador cultiva y hasta hoy, reproduce en sus fachadas.

 

 

 

 

* El libro se consigue en el Museo Benito Quinquela Martín, Av. Pedro de Mendoza 1835, La Boca, CABA

 

 

FICHA TÉCNICA

Los poetas de Quinquela

Rodolfo Edwards, selección y prólogo

Marta Sacco, idea y producción editorial

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2021

80 páginas

 

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