El chat

El escrutino virtual y la redefinición de fronteras en la nueva escuela a distancia

 

La semana dejó una frase de anuario pedagógico: “Si querés otro videíto, pedile a tu marido que ya le mandé muchos”. La autora es una maestra de tercer grado de un colegio de gestión privada de Lomas de Zamora, y el destinatario es el grupo de WhatsApp de las madres. El cruce se produjo luego de que las madres manifestaran que sus respectivos hijos no entendían las consignas de una tarea. La docente explicó nuevamente los ejercicios en tono bufonesco, y remató con esa frase.

Al compás de memes y el juicio impiadoso de foristas, el suceso se hizo viral y la tribuna no tuvo reparos en posicionarse. La toma de partido fue vehemente, como si realmente se pudiera comprender la problemática sólo escuchando a la maestra, o viceversa. Pero un intercambio de estas características es sintomático de algo más amplio. Expresa un sentimiento común: muchas maestras sienten lo mismo y muchas madres se identifican con aquellas. Evidentemente, todas y todos tienen un hilo de razón y a su vez giran en falso, porque en el conflicto operan otras dimensiones que exceden al intercambio de matemática. La educación sin la escuela se está tornado insensible.

Improperio, humor ácido o aleccionamiento; no hace al nudo del asunto. El remate de la maestra resulta sumamente ilustrativo para pensar exigencias y responsabilidades en cuarentena, en particular en familias con niveles estables de conectividad y presencia de adultos.

Lo primero que surge del cruce es la ausencia de la escucha de los intereses de niños y niñas. ¿Cómo es que una persona de ocho años puede tener intereses creados? Lxs chicxs se manifiestan sobre el mundo que les toca y, por lo general, muchas de sus ideas son consensuadas y acreditadas con sus pares. Se llama interés común, y se genera en los espacios colectivos: el barrio, la escuela, el club. Justamente un tema que ahora afecta a la infancia es la ausencia de un espacio entre pares. Esto se suma a la mirada permanente del adulto. No hay margen para que descansen en el anonimato, para el escondite o el no hacer. Tampoco el living de una casa permite los desplazamientos del aula. A la escuela le está costando entrar a las viviendas y mezclarse con la dinámica doméstica.

Por otro lado, probablemente lxs chicxs no estén a la altura de las expectativas de lxs adultxs. Y tiene sentido. Si Juanita no entendió el problema de matemática, lo más recomendable es que ella misma le diga a la maestra en qué parte se hizo la laguna, sin que los padres monitoreen y cronometren los movimientos. Lejos de la posibilidad de que lxs adultxs abandonen su rol de adultxs, es preciso comprender que el año lectivo -con sus luces y sombras- es lo que es, no se trata de un año perdido, se trata de otras maneras de aprender. Y por supuesto que nada ni nadie puede igualar la experiencia escolar de la vida en normalidad.

La escuela se está adaptando a las nuevas reglas del juego. Y en efecto, ellas incluyen limitar el espacio de lxs chicxs, ese universo lleno de significantes que se multiplica en la práctica diversa y colectiva. Los adultos se han vuelto los protagonistas de este contexto de emergencia ya que priman sus necesidades en detrimento del mundo infantil. Hoy se ve subvertida la dinámica jerárquica: se escucha a los padres y madres, y en menor medida a los docentes y directivos. Con esto no decimos que lxs niñxs tienen que ocupar el centro de la enseñanza, lo que decimos es que esta escuela de contingencia transcurre incompleta en su polifonía de voces.

Este fenómeno redefine los límites de lo público y lo privado. Lo público, en tanto concepto político ampliado como plafón democrático, es lo que permite a lxs chicxs fortalecer su visión de las cosas, relacionarse y generar intereses comunes. Es errado entender a lo público como lo que está a la vista de todxs, y de lo que todxs pueden echar mano. La esfera pública -la escuela en este caso- incluye un segmento de interacciones y creaciones que no guardan la forma precisa que lxs adultxs esperan. Eso es lo que sucede en la escuela: la inventiva, la socialización, las múltiples formas de aprendizaje. Por supuesto que esa libertad de lo público es un concepto difícil de recrear bajo las normas de la cuarentena, en los ámbitos privados. Lo que sí nos permite es reflexionar sobre las exigencias y responsabilidades, y qué es prudente resignificar sobre el vínculo de lo público y lo privado.

 

 

El borramiento de límites

En este contexto de aislamiento social hay un fenómeno cada vez más pronunciado y refiere al borramiento de los límites. Se borran los límites de las relaciones humanas, de los espacios fìsicos y de la percepción del tiempo.

Lxs docentes están en la fase experimental, construyen contenidos con soportes más complejos y desafiantes. Su responsabilidad es dar respuesta virtual a requerimientos institucionales, aunque aparezcan críticas y desaciertos. Incluso con el hastío que vibra en la frase agresiva de la maestra.

Sabemos que dar clase en simultáneo, colectiva e individualmente, es propio de la sincronía del aula. El borramiento es sobre la simultaneidad: se torna imposible acompañar a lxs chicxs que más necesitan atención, hacerles un seguimiento de cerca, mientras damos la clase -por Zoom- a todo el grado. Por otro lado, los ejercicios de matemática terminan siendo para satisfacer la demanda de lxs adultxs. En este marco, podemos situar el exabrupto como producto de la indefinición de los límites entre el quehacer docente y la demanda social. El escrutinio virtual del mundo adulto alimenta este espiral de ansiedad donde las partes subliman sus ausencias: el tiempo productivo en los grandes, la vida entre pares en lxs pibxs. A su vez, se relativizan los tiempos laborales cuando una maestra trabaja en horarios impensados y se produce el borramiento en las relaciones sociales cuando la docente no cuenta con una sala de maestros, ni espacio común alguno.

Como decíamos antes, lxs niñxs tienen suprimido el anonimato, la autonomía, el derecho al silencio; pero lxs docentes también pierden las innumerables flexibilidades del aula. Se redefine así la elasticidad que da el tiempo y el espacio áulico para administrar las interacciones de la enseñanza.

El exabrupto de la maestra nos convoca a pensar los motivos por los cuales se llega a esta clase de reacciones. La contingencia de la educación sin escuela no será eterna pero nos empuja a ser creativos y empáticos, nos tiene que permitir sostener la fidelización pedagógica desde los contenidos, pero si hace falta espacio, hay que darlo, y si hay que festejarle el cumpleaños virtual a uno de lxs niñxs, habrá que pensar cómo hacemos lugar a esos momentos, para que esta escuela de excepción no sea tan ansiosa e insensible.

 

 

 

1 comentario
  1. adriana dice

    Muy interesante. Muy bueno. Muy ajustado a la realidad. Gracias.

Dejá tu comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.