El cine por desacato

Culloden, del insolente Peter Watkins, el primer falso documental de la historia

 

Hace un tiempo alguien me preguntó por imágenes de la Revolución Francesa (sí, la de 1789). Naturalmente le recomendé algunas películas que podían serle útiles dado su rigor histórico y su virtuosa reconstrucción de época. Pero la persona insistió: no le alcanzaban las películas, lo que quería tener eran imágenes reales de la Revolución Francesa. Instintivamente respondí: “Lo siento, pero no tengo películas pre Lumiere”. Y aun así no la convencí. Según esta persona, “alguien debe haber habido antes, alguien debe haber filmado la Revolución Francesa, incluso antes de que se inventara el cine”.

Diálogo insólito, directo al anecdotario, pero pido permiso para decirles que la porfía de esta persona en busca de imágenes reales de la Revolución Francesa tiene su explicación, y hasta me animo a decir que tiene algo de razonable.

Quienes nacimos en la era de las imágenes en movimiento (es decir todos los que lean esta nota, tengan la edad que tengan), le hemos dado al registro visual el desmesurado valor de un documento definitivo, determinante, mientras hemos pecado en menoscabar otro tipo de testimonios como el escrito, el pictórico y el de otras tantas formas de expresión. Algo fue, es y será por obra y gracia de las imágenes.

Por eso sería maravilloso enterarnos algún día que antes de los hermanos Lumiere hubo alguien filmando lugares, personajes y hechos de los que hoy carecemos de imágenes directas. Y aquí va una buena noticia, porque para quienes tendremos que convivir por siempre con esta fantasía hay un director inglés que al menos trajo algo de sosiego a nuestra ansiedad. Su nombre es Peter Watkins, el hombre que a través del cine encontró el agujero de gusano para viajar en el tiempo.

Medio siglo antes de la Revolución Francesa se produjo la célebre batalla de Culloden, en la cual la armada británica aplastó definitivamente en tierras escocesas a la rebelión de los jacobitas que intentaban poner en el trono a Carlos Estuardo. Más que un ejército, lo que los jacobitas presentaron en el campo de batalla fue un rejunte de milicianos procedentes de los clanes escoceses de las Tierras altas, a los que se sumaron algunos ingleses y franceses cristianos y algún que otro oficial idóneo. Pésimamente equipados, agotados, hambrientos y con escasa disciplina militar, los jacobinos tenían enfrente a tropas británicas más numerosas, entrenadas, descansadas y mejor alimentadas. Para estos últimos la batalla de Culloden consistió básicamente en una masacre de levantiscos jacobinos, y su puntada fue de hilo largo ya que sus acciones militares se extendieron hacia la población civil desatando una matanza que aún hoy reverbera y forma parte de las reivindicaciones históricas y culturales de los escoceses. Los ecos de Culloden, por ejemplo, se oyeron más de dos siglos después en la escena rockera argentina cuando Luca Prodan (descendiente de escoceses) cantaba con Sumo la canción Crua Chan, el grito de guerra de sus antepasados.

La batalla de Culloden se produjo en septiembre de 1746, pero pareciera que el realizador Peter Watkins, que nació en 1935, hubiera estado allí para entregarnos algo que no es una película bélica o histórica, ni una miniserie, ni siquiera un documental. Lo que Watkins filmó en los campos de Escocia fue un informe al estilo televisivo, salpicado de sangre y cubierto por la niebla de guerra, que superando los laberintos del tiempo será hasta ahora el documento más categórico de aquella masacre.

 

Peter Watkins en su juventud.

 

 

Culloden o The Battle of Culloden fue realizada en 1964 para la BBC de Londres. Para Watkins era su primer largometraje, y con un presupuesto ínfimo juntó a un puñado de actores amateurs (algunos que hablaban gaélico), un solo cañón desvencijado, algunos viejos trajes militares, unas cuantas gaitas y polleras tartán escocesas y partió con su pandilla a las tierras de Escocia. No necesitaba nada más que eso para rubricar una obra magistral, para algunos el primer falso documental de la historia (y para otros el mejor, aunque para mí está en veremos su condición de falso), una pirueta cinematográfica que enloqueció la brújula, el reloj y los modos narrativos y que no conforme con eso jubiló libros y retratos de falsos próceres históricos.

Sólo hablaré de la primera escena. Como si se tratara de deportistas a punto de competir, la inquieta cámara de Watkins enfoca a los soldados para contarnos de dónde vienen, quienes son y por qué están allí. Algunos directamente son entrevistados, como si el periodismo televisivo se hubiera presentado en un campo de batalla dos siglos atrás. Se arengan, dan sus argumentos, todos parecen tener razón. Dios les da la razón, todos están seguros de que van a salir vivos y victoriosos. Y con este recurso tan sencillo como desconcertante para lo que se espera de un film histórico, Watkins evidencia que esto fue más que un simple intento de emancipación de los escoceses contra la corona inglesa, visión bastante común que se tiene de la revuelta jacobina, y delinea un croquis de cómo era la pirámide social y de cómo se constituía el poder en la Inglaterra y la Escocia del Siglo XVIII.

 

 

El rodaje de ‘Culloden’, con muy pocos extras.

 

 

El resto de la película (que no supera la hora y diez minutos de duración) no tiene desperdicio, sigue escalando hasta transformar la batalla de Culloden en lo que realmente fue: una desastrosa matanza consumada en apenas un rato, seguida por un genocidio propio de militares que huelen sangre y actúan como bestias. Los líderes de cada bando quedan definitivamente hermanados en su patetismo: por un lado el pretendiente al trono de los Estuardo, “Bonnie Prince Charlie”, insensible ante la desgraciada suerte de los jacobinos que dieron la vida por él, y por otro el comandante de las tropas británicas, el Duque de Cumberland, a quien la historia le propinará el menos distinguido pero mucho más acertado apodo de “Cumberland el carnicero”.

 

El patético Carlos Estuardo o Bonnie Prince Charlie, según Watkins.

 

 

La genialidad de Watkins fue interpretar que el periodismo televisivo ya era un lenguaje con características propias, escindido del clasicismo cinematográfico y que estaba un paso más allá en la construcción del factor realidad que el mismísimo género documental. Con muy poco logra infinitamente más dramatismo que otras producciones que hubo sobre la batalla de Culloden, entre ellas el capítulo de la popularísima serie Outlander. En el paroxismo de la manipulación televisiva, la falta de extras (no eran más de 40) se disimula exprimiendo al máximo los planos cortos y la confusión general, ni más ni menos que lo que se hace hoy en día para hacernos creer que una flaca manifestación es multitudinaria.

Y la verdad es que si pudiera seguiría hablando del insolente de Watkins y de otras cintas magníficas como la apocalíptica The War Game, tan aterradora que la BBC la habilita en cuentagotas, o La commune de Paris, 1871, que al igual que en Culloden ha desacatado los molestos postulados del cine, de la historia y del tiempo.

 

 

 

 

FICHA TÉCNICA “CULLODEN”

Título original: Culloden / Año: 1964 / Duración: 69 minutos / País: Gran Bretaña / Dirección: Peter Watkins / Guión: Peter Watkins / Fotografía: Dick Bush.

 

 

 

 

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