El colmo de los colmos

Una mirada al panorama político argentino

 

“¿Cuál es el colmo de los colmos?”, bromeábamos de niños. “Que un mudo le diga a un sordo que un ciego lo está mirando”. Traducido al escenario político actual, tenemos un “mudo” que habla sin lograr articular un lenguaje que interpele al “sordo” y buena parte de los sordos parecieran tener oídos sólo para el “ciego”, que mira como fiera agazapada. Todas las fuerzas aspirantes a gobernar se han vuelto parte de un oxímoron político.

 

 

Mudo

¿Cómo es qué UP y sus formas predecesoras han perdido la conexión con buena parte de su base histórica? Sus dirigentes dieron por sentado un vínculo identitario con el “pueblo trabajador” eterno e indestructible: “El peronismo es un sentimiento” que “no se puede explicar”, sino sólo comprender de manera empática. Pero, pareciera ahora que los sentimientos, las emociones, la estética pop, los disputa un nuevo “líder carismático” de derecha, mientras buena parte de nuestros dirigentes e intelectuales, que hace tan sólo algunos meses proponían la “moderación transformadora, frente a la radicalidad paralizante”, se agarran la cabeza desesperados, preguntándose cómo ha sido ello posible.

Weber postuló que ciencia y política, razón y pasión, el “ser” y el “deber ser”, pertenecen a órdenes epistémicos diferentes. Y tiene razón. Pero fue Marx el que desasnó a los idealistas hegelianos, mostrándoles que las ideas, los sentimientos y las pasiones, no flotan en un miasma metafísico y que, por el contrario, se sustentan en la producción y reproducción de las condiciones materiales de existencia. Nadie interpretó esto en la Argentina como Perón. Construir una nueva identidad política en el país requería “transformar la base material” de un nuevo sujeto político: el pueblo trabajador.

Al pueblo peronista lo construyeron, previo a Perón, miles de trabajadores, luchando durante décadas en calles, sindicatos, fábricas, estancias y malones; en la convergencia, concentración y polarización de los antagonismos, los anarquistas, socialistas, comunistas, trotskistas, radicales populares. No fue un diseño de laboratorio hecho desde la fábrica del Estado (ese, en todo caso, fue, décadas después, el infame error de interpretación del fallido proyecto corporativista, burocrático y autoritario de Onganía), por técnicos y burócratas de escritorio, sino que se fundó en la capacidad de conducción y síntesis de un estratega político y militar, en el propio campo de batalla, donde se dirimía la interpretación del mundo. No fue una alianza de condottieris, sino antes la síntesis previa de un sujeto político que el viejo radicalismo no registraba como propio y por ende no podía interpelar, porque no entraba en su campo visual. “¡Perón cumple y Evita dignifica!” Es la expresión de esa alquimia: transformar la producción y reproducción social de la existencia, la base material de millones de trabajadores y asalariados.

Perón dio cauce e identidad a procesos de competencia, antagonismos, agrupamientos y síntesis de posiciones previas de diferentes circuitos vitales, en lucha por la interpretación pública del ser. Captó la materialidad del “pueblo trabajador” y la expresó con fuerza arrolladora, poniendo al Estado como mecanismo para satisfacer, las expectativas y necesidades de los nuevos sujetos: convenios colectivos, derechos del trabajador, aguinaldo, estatuto del peón rural, acceso a salud y educación, voto femenino, etc.

Hace años que el peronismo habla un idioma y un dialecto militante y autorreferencial, que se ha desconectado de la materialidad de la experiencia vital del sujeto “pueblo trabajador”, al que pretende interpelar (y que tampoco es el mismo que supo ser interpelado antaño). Sacrificó su incorrección política en el altar del posibilismo de la realpolitik, incapaz de identificar un enemigo y antagonizar, impotente para redistribuir y socializar siquiera algo del excedente económico. Ni Menem se animó a convivir con un 50 % de pobres y por eso vendió las joyas de la abuela, para sostener unos años más la fantasía de la convertibilidad.

El lector sabrá encontrar muchos ejemplos de cómo el mero hecho de enunciar un discurso no genera la transmutación de las palabras en cosas. Antes que simbólico, el antagonismo debe ser material. Gobernar es, ante todo, afectar intereses. Sin ese respaldo material, más temprano que tarde, terminamos en un nihilismo existencial y una progresiva desesperanza.

  

Sordo

El peronismo le sigue hablando a un “pueblo” que ya no quiere oírle, porque las palabras que tiene para decir lo lastiman, no porque sean hirientes en sí mismas, sino porque están disociadas de su vida material y su propia experiencia vital. Un psicoanalista dijo una vez que “una interpretación fuera de contexto, más que una interpretación es una agresión”. También, por mejores intenciones que tengan, las palabras pueden llegar a sonar como dardos punzantes en los tímpanos de muchos votantes frustrados, cansados y agobiados. La pedagogía del miedo no funciona frente a quien se encuentra entre la espada y el precipicio, mucho menos apelando a la mala suerte y a que sólo “falta que nos invadan los marcianos”. En vez de interpretar y comprender al pueblo, el peronismo ha querido “explicarle” la realidad que vive, con “filminas” y un dedito índice altanero, lo dañino que es un virus, qué es la restricción externa o cómo es que los misiles que se lanzan Rusia y Ucrania, terminan impactando en el bolsillo de los trabajadores argentinos. Cuando se aleja de la praxis, la pedagogía política se termina pareciendo, aunque no se lo quiera, a una pedagogía de la crueldad.

Toda corriente política condensa y sintetiza en ideas un conjunto de demandas no satisfechas que deberá satisfacer. No es preciso que todos concuerden en todo, siquiera que lo hagan en la mayoría de sus posiciones relativas. Alcanza con que en el proceso de la batalla cultural se alineen mediante una selección y concentración, las que consideran fundamentales, para antagonizar con aquellas posiciones que las desafían.

El radicalismo supo interpelar y articular demandas de sectores medios, urbanos, emergentes, profesionales, comerciantes, chacareros e inmigrantes, proponiéndose como “la causa contra el régimen”. Cuando fue gobierno tuvo que sustentarse en la materialidad de los vasos comunicantes del empleo público, la inmigración, la pequeña propiedad rural, la pequeña burguesía comerciante y profesional, el clientelismo y el punterismo político, es decir, diversas vías directas e indirectas para redistribuir parte del excedente económico generado por la vieja oligarquía agrícola ganadera. También el peronismo basó su génesis en una sólida alianza con el movimiento obrero, los asalariados industriales, la pequeña burguesía industrial emergente, los migrantes internos, etc., pero se sostuvo socializando en forma de salario y acceso a servicios esenciales, parte del excedente económico generado por la vieja oligarquía agro ganadera y la nueva burguesía industrial.

Asistimos tal vez, a la formación un nuevo sujeto político amorfo, en proceso de concentración y polarización de fuerzas, conformado por ciudadanos que sienten que en 40 años la democracia no ha logrado resolver sus necesidades y realizar sus expectativas; generaciones que están peor que sus padres y sus abuelos. Sus posiciones no se asumen de manera “ideológica”. No definen sus posiciones respecto de la posesión o no de los medios de producción, o por un conjunto de variables socio-demográficas o identidades culturales comunes. Sino porque el universo que los contuvo hasta no hace mucho tiempo, el Estado de bienestar, se transformó en un “estado de malestar” casi permanente. Los vasos capilares de la participación y representación política que había forjado el peronismo no estallaron por los aires de un día para el otro, pero se fueron atrofiando lentamente y por etapas desde fines del '75 hasta nuestros días, y el movimiento obrero organizado sólo representa hoy a una minoría (aún intensa) de los asalariados.

El “pueblo trabajador” es hoy una masa diversa y heterogénea de empleados públicos, privados, formales, informales, cooperativistas, prósperos (vinculados al sector exportador), en declive (vinculados al mercado interno). Lo que tienen en común es el desencanto y la desilusión en la política, un cambalache de experiencias vitales diferentes y hasta opuestas. Se sienten interpelados, más que por un discurso (que incluso contradice sus intereses y demandas), por una actitud desafiante y rebelde al status quo, al que identifican con los partidos y las alianzas políticas disponibles hasta ahora. Tienen en el voto la única herramienta para hacer oír su malestar. Resta ver cuál será la posible base de sustentación que definirá las condiciones materiales de posibilidad de este nuevo sujeto.

Milei es un gran intuitivo. Tal vez no un genio estratega como Perón. Pero un tipo con olfato, suerte y una ayudita de sus amigos; atisbó que estaba en formación un nuevo sujeto disponible al que el peronismo y la derecha liberal habían dejado de interpelar. No importa tanto qué ideas represente, sino qué pasiones y sentimientos expresa, qué emociones transmite y cómo construye al enemigo con el que antagoniza: el Estado, ese “Leviathan” que cercena la natural libertad y derecho de todo y la “casta política”, conformada por ávidos y corruptos parásitos que viven a costa del primero. Está todavía por verse cómo cuaja este proceso, pero a Milei, para sus votantes, le cabe el beneficio contrafáctico de la duda.

 

 

Ciego

En un capitalismo de plataformas (o “de vigilancia”, como define Soshana Zuboff), el elemento más dinámico ya no es la apropiación del excedente de trabajo humano, sino en la monetización y apropiación privada, basada en la (auto) explotación de la propia experiencia vital humana, a través de las redes. Tal vez podamos empezar a hurgar cómo son, qué tan sólidas, las bases materiales de este nuevo movimiento y del sujeto social heterogéneo al que logra interpelar y sintetizar semejante personaje. Algo de eso tiene que ver con la construcción de imagen que los medios concentrados y convergentes han hecho de él, su iconicidad pop, mediática, rupturista, transgresora, desafiante, estrafalaria, delirante, su éxito electoral en la franja etaria debutante, su presencia arrolladora en Instagram y en TikTok. ¿Existe allí una nueva polaridad y una nueva concentración en la puja por la interpretación pública del mundo? ¿Qué nuevos distritos del ser se ponen en juego y cómo entran en disputa por estas nuevas consideraciones de lo público (el Estado, las clases sociales, el trabajo, las redes, el dinero, el mercado, el ocio, los afectos, las emociones)?

La centralidad que ocupa la cuestión del Estado en estas nuevas polaridades pareciera indicar, no obstante, que muchos segmentos expresados en esta tendencia, todavía en competencia, no logran definir si el antagonismo principal girará en torno a la abolición definitiva del Estado de bienestar, siendo que muchos de ellos todavía valoran y necesitan la figura de un Estado presente, fuerte y eficiente en garantizar el acceso a bienes y servicios esenciales.

Parafraseando a Gramsci, el peronismo, si persiste en su impotencia, será, junto con el radicalismo y la derecha liberal, parte de lo viejo que no termina de morir. Si se empecina en pedir el voto, sin respaldar ese pedido en hechos concretos, rápidos y audaces, será “el monstruo”. Sólo tiene una bala de plata, la fuga hacia adelante, salir a disputar el futuro que todavía debe ser parido, con medidas (no meros paliativos) que transformen la vida material de las mayorías, aquí y ahora. Si no da esas disputas, si no ocupa ese lugar de “potencia” y antagoniza con las promesas delirantes de Milei, el peronismo quedará tan desnudo como el Rey de Andersen, y el pueblo, en un ataque de risa y de bronca a la vez, obtendrá una momentánea y efímera vindicación, aunque ella implique definitivamente arrojar al bebé junto con el agua de la bañera.

¡Sería el colmo de los colmos!

 

 

 

* Pablo Baumann es sociólogo, docente e investigador en la Universidad Nacional de Quilmes.

 

 

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