“Podría pararme en la mitad de la Quinta Avenida
y disparar a la gente sin perder votantes”
Donald Trump
Hay algo inquietante en el clima político que comienza a respirarse en la Argentina. No es solamente un programa económico: es una concepción del poder que parece entregar el destino de las sociedades a quienes concentran las mayores fortunas. Javier Milei celebra a los magnates internacionales y presenta nuestros recursos naturales como una oportunidad para el capital. Al mismo tiempo, empresarios tecnológicos como Peter Thiel intervienen en debates sobre democracia, vigilancia y organización de la vida colectiva. Algunos ya no aspiran solamente a ganar dinero: quieren establecer las reglas bajo las cuales viviremos.
En ese clima aparece Digger, de Alejandro González Iñárritu, protagonizada por un formidable Tom Cruise. Hay películas que no piden ser explicadas de inmediato, sino habitadas. Esta es una de ellas: desmesurada, barroca, hermosa, capaz de incomodarnos y hacernos reír ante el horror. Conviene verla sin prejuicios, como se contempla una gran obra de arte.
Cruise interpreta a Digger Rockwell, un magnate petrolero feroz, grotesco y terriblemente reconocible. Ha convertido su fortuna en una explicación del mundo y cree que su riqueza le otorga el derecho de decidir por todos. La ironía es notable: en tiempos de algoritmos e inteligencia artificial, sigue haciendo lo más antiguo, cavar la tierra para extraer petróleo. La modernidad digital no superó el extractivismo. Detrás de cada pantalla siguen estando la energía, los minerales, el agua y los territorios. Cambian las herramientas; persiste la disputa por su apropiación.
La Argentina conoce bien esa disputa. El petróleo, el gas, el litio y otros recursos pueden impulsar la industria, el trabajo y el conocimiento. Pero convocar inversiones para desarrollar una nación no equivale a ofrecerla como territorio disponible para negocios ajenos. La soberanía no consiste en dejar las riquezas bajo tierra: consiste en decidir cómo se aprovechan, quién recibe sus beneficios y quién responde por sus consecuencias.
Digger necesita transformar su fortuna en epopeya. La pala del abuelo, que encontró petróleo en Texas, ocupa un lugar sagrado en su mansión. Es el mito del emprendedor salvaje: la herencia presentada como mérito, la ganancia como virtud, el daño como precio inevitable del progreso. Iñárritu convierte ese objeto en una metáfora brillante. Cuando el magnate conoce las consecuencias de su explotación, descuelga la pala y la deja en el piso. Cada persona que entra al salón tropieza con ella. Nadie la levanta. Todos tropiezan con el mito del emprendedor salvaje, convertido literalmente en obstáculo.
Así también nosotros tropezamos con esa leyenda cuando se presenta al empresario como héroe solitario y al Estado como enemigo de la prosperidad. Ninguna fortuna se construye en el vacío: detrás hay trabajadores, caminos, universidades, investigación pública y bienes comunes. El mercado no creó por sí solo el territorio del que extrae sus ganancias.
La mansión de Digger está poblada de animales muertos y trofeos. Entre ellos aparece una gata que su dueño intenta mantener artificialmente con vida mediante su fortuna ilimitada; alguna asociación con las extravagancias presidenciales argentinas resulta inevitable. La escena habla de un hombre incapaz de admitir que algo termina. Puede comprar casi todo, pero no abolir los límites de la existencia. Pretende perpetuar una vida que se extingue, como pretende perpetuar un capitalismo fósil cuyas consecuencias conoce.
Aquí importa distinguir responsabilidades. No es “la humanidad” en abstracto la que decidió devastar el planeta. No son las familias que necesitan combustible para trabajar ni las comunidades que viven de una actividad productiva quienes fijan las reglas. Son minorías que concentran decisiones y trasladan los costos de sus ganancias a millones. En este caso una pandilla de machos entrelazados por sus pitos muertos. El problema no es utilizar recursos naturales, sino hacerlo sin límites, planificación, control ni responsabilidad ambiental.
La escena del Parlamento es el corazón político de la película. Vestido como un cowboy, Digger se burla de la transición energética y calcula los millones que costaría cambiar. Omite los costos de continuar: enfermedades, territorios arruinados, vidas y futuros perdidos. No niega su responsabilidad; se la devuelve a los parlamentarios que aprobaron o toleraron sus negocios. Ellos lo aplauden, lo insultan y se acusan entre sí. La representación democrática conserva sus ceremonias, pero parece incapaz de gobernar sobre el dinero. La aparición de un Presidente grotesco y subordinado, que recuerda a Trump, profundiza la pregunta: ¿qué democracia subsiste cuando el poder económico dicta sus límites?
La pregunta nos alcanza. El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones, el RIGI, es defendido como herramienta para atraer capitales y cuestionado por los privilegios que concede y los riesgos para la capacidad de decisión pública. Pero la discusión es mayor que una ley: ¿exportaremos materias primas o agregaremos industria y conocimiento? ¿Las comunidades recibirán los beneficios o solamente los costos ambientales? ¿Quién decide qué se produce, para quién y bajo qué condiciones?
Peter Thiel expresó sus dudas sobre la compatibilidad entre libertad y democracia. Esa idea ayuda a entender, como diría Varoufakis, el nuevo poder de los señores tecnofeudales: la tentación de considerar que la voluntad colectiva estorba a quienes poseen datos, plataformas y fortunas. La tecnología puede mejorar la vida humana; el peligro comienza cuando sus dueños creen estar por encima de las instituciones. No es lo mismo poner la tecnología al servicio de la sociedad que poner la sociedad al servicio de sus propietarios.
Digger también regresa al mito del salvaje oeste. Sombrero, pistolas imaginarias, tierras supuestamente vacías y un conquistador que se cree autorizado a tomarlo todo. Para celebrar esa conquista hubo que borrar a quienes ya habitaban esas tierras. Lo que el magnate añora es una economía sin límites, donde la ganancia sea la única ley. Y resulta perturbador que, en el siglo XXI, los derechos laborales, la protección ambiental y la democracia vuelvan a presentarse como obstáculos al progreso.
Iñárritu, que ya exploró la violencia en Amores perros y El renacido, construye aquí una sátira de ambición extraordinaria. Cruise sostiene esa desmesura con una actuación capaz de provocar espanto y carcajadas. La película también reflexiona sobre el poder de fabricar su propia leyenda: convertir al depredador en benefactor, al desastre en epopeya. El arte puede servir a esa operación o desarmarla. La película elige lo segundo, y conviene descubrir cómo lo hace en la sala.
Por eso no hace falta haberla visto para comprender su advertencia. Y acaso estas preguntas sean una razón para ir a verla. Hacia el futuro, la Argentina todavía puede aprovechar sus riquezas sin resignar soberanía, atraer inversiones sin renunciar a planificar e incorporar tecnología sin someterse a sus dueños. Hace falta política: la que establece límites, defiende lo común y pregunta para quién debe servir un progreso que nos desmiembra como comunidad.
No es toda la humanidad la que eligió cavar su tumba. Son unos pocos quienes se arrogaron el derecho de cavarla en nombre de todos.
Tal vez trabajar para ambientalizar la política y politizar el ambiente, una vieja deuda, sumada al arte y la cultura, pueda ser uno de los arietes efectivos para entrarle a quienes, además de apropiarse de nuestras riquezas, escriben nuestro futuro… o nuestros epitafios.

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