EL DERECHO A UNA VIDA DIGNA

Hablamos de aborto legal porque defendemos la vida y proponemos un modelo distinto para varones y mujeres

 

La semana pasada fuimos parte de una jornada histórica, que se jugó tanto adentro del Congreso, como en las calles. En la Cámara de Diputados dimos media sanción a la Ley de aborto legal, seguro y gratuito. Cuando me tocó el turno de la palabra, comencé diciendo que a lo largo de mi vida había visto abortar y propiciar abortos a mujeres y hombres, verdes y celestes. Del mismo modo en que vi continuar embarazos en situaciones difíciles a otras tantas mujeres y hombres, también verdes y celestes.

Es que el tema no es que las mujeres abortemos. El problema real es que conquistemos el derecho a abortar. ¿O acaso qué es lo que estamos discutiendo?

El aborto puede ser una práctica legal o clandestina pero existe y ya se ha presentado más que suficiente evidencia de que un aborto mal ejecutado es la principal causa de muerte materna y de graves complicaciones para la salud. También hay suficiente evidencia de que a mayor pobreza, más riesgo de muerte.

Ya ha quedado claro entonces que hablamos de una cuestión de salud pública.

Sin embargo, se escuchó mucho en el recinto un discurso que dice que el derecho al aborto en términos de libertad para decidir sobre el propio cuerpo es más o menos una “reivindicación burguesa” y desde ese lugar, se lo menosprecia como demanda. Claro que sin tomar en cuenta la abundancia de datos que demuestran que mujeres y personas con útero de todas las clases deciden abortar, pero el riego de vida lo corren principalmente las de las clases populares.

Pensar el aborto desde una perspectiva feminista revela cómo el feminismo es una nueva manera de mirar el mundo, un cambio en el modo de hacer política, un nuevo paradigma.

El feminismo critica a la sociedad patriarcal que oprime sexual, social y económicamente a las mujeres. Una lógica en la que aún vivimos y en la que todos los que hoy somos adultos,  fuimos formados.

Es por esta misma lógica que es tan difícil debatir política y públicamente de derechos no reproductivos y sexuales, incluido el aborto. Ya que no se trata solamente de pensar una política pública determinada sino de muchísimo más. Se trata de atacar uno de los puntos fundamentales en los que se basa la subordinación de las mujeres; esto es, el dominio de sus cuerpos a partir del control de su sexualidad y de su capacidad reproductiva.

Pensemos, por ejemplo, en algunas cuestiones que hacen a nuestro acervo tradicional y que son consideradas grandes verdades. Por caso, el imperativo histórico “hay que poblar el país”, tantas veces dicho, y que no tiene la misma fuerza para todas las personas porque las mujeres serían las responsables directas. O bien que fuimos formados bajo la noción legal de “matrimonio consumado”, que refiere pura y exclusivamente al acto sexual entre un hombre y una mujer, con claros fines reproductivos.

¿Pero qué pasa ahora con el ejercicio de las sexualidades no reproductivas? ¿O con la negación de las mujeres a cumplir con su rol de reproductoras? ¿O con el deseo de posponer esta decisión para otro momento?

Cruje la estructura patriarcal. Tiemblan los cimientos de un andamiaje legal que  evidentemente no representa lo que pasa en la vida real de las personas. No representó lo que les pasaba a las mujeres que vivieron hace siglos, cuando se impuso como matriz ordenadora de lo que debía ser una sociedad, pero mucho menos funciona en el año 2020, cuando hablamos de equidad de género y de igualdad de condiciones. Cuando las mujeres jugamos al futbol o somos Presidentas.

El siglo XXI no es el tiempo que habitó Cecilia Grierson, la primera mujer que se recibió de médica en nuestro país, allá por el año 1889. Una mujer a la se le negó la posibilidad de realizar una cirugía o ejercer como profesora en la universidad, aunque estaba tan capacitada como sus colegas varones para hacerlo.

En este sentido, no es casual ni antojadizo que como Cecilia Grierson, gran parte de las primeras feministas argentinas hayan optado por la carrera de Medicina, a fines del 1800.  Es que justamente “la ciencia” y “la academia médica” tomaban como parámetro universal el cuerpo del varón. Sus necesidades, sus dolencias. También porque la mujer, en tanto cuerpo de estudio, era reducida a su útero. Un útero sobre el que ni siquiera tenía soberanía.

Es evidente que los cuerpos de las mujeres son mucho más “sociales” que los de los hombres, dado que se trata de cuerpos “apropiados” por su capacidad reproductiva. Apropiados por sus esposos, pero también apropiados por el Estado.

Entonces, frente a la cuestión puntual del derecho al aborto legal, pregunto: cuando se habla tanto de defender la vida, ¿De qué vida hablamos? ¿Qué vida se nos ofrece?

¿La vida de una mujer encerrada en una maternidad que no desea, la de una chica que tiene miedo si sale a la calle con una pollera corta, la de una novia o esposa atrapada en una relación violenta? ¿Las cárceles de la opresión, el terror y la violencia son vidas dignas?

Hablamos de aborto legal porque defendemos la vida y porque proponemos un modelo distinto para varones y mujeres, en el que sean libres y asuman sus responsabilidades. Que se sepan cuidar y cuiden al otro.

En el año 2006 participé como funcionaria de las negociaciones para que se sancionara la Ley de Educación Sexual Integral en nuestro país y puedo afirmar con certeza que los sectores que en aquel entonces se oponían, son los mismos que hoy se oponen a la legalización del aborto. De hecho, después del debate que dio el Congreso en 2018, aparecieron, con gran virulencia, grupo de padres a exigir “con mis hijos, no te metas”.

Me da mucho orgullo saber que formo parte de un gobierno que sí se mete. Un gobierno que interviene para evitar los temas de abusos familiares, que distribuye métodos anticonceptivos y que fomenta la educación en la diversidad, para respetar y ser respetados sin discriminaciones de ningún tipo.

Un gobierno que defiende la vida digna.

A modo de conclusión, traigo al tiempo presente las palabras de Simone Weil, una sobreviviente del Holocausto y política francesa, que fue ministra de Salud cuando Francia aprobó la legalización del aborto en 1974.

En aquel momento, frente a la Asamblea Nacional de su país, ella dijo: “No podemos seguir ignorando los trescientos mil abortos que, cada año, mutilan a las mujeres de este país, que ponen en ridículo a nuestras leyes y que humillan o traumatizan a aquellas que recurren a él».

«Yo no soy de esas personas que le temen al futuro».

«Las nuevas generaciones nos sorprenden en tanto se diferencian de nosotros; nosotros las criamos de manera diferente a la que nosotros mismos fuimos criados. Pero estos jóvenes son valientes, pueden ser entusiastas y sacrificarse como otros lo hicieron antes. Sigamos confiando en que sabrán conservar el valor supremo de la vida”.

De la vida digna para todas y todos.