El derecho al cansancio

Hacer plata fácil sin producir riqueza es todo un trabajo

 

El conflicto distributivo y de poder se desarrolla en numerosos planos. En los mercados, en las calles, y también en el sentido que se le asigna a los acontecimientos y en el rumbo que adoptan las políticas públicas.

En estos días circuló con fuerza el rumor de que la provincia de Buenos Aires estaría arribando finalmente a un acuerdo con sus acreedores externos por 7.148 millones de dólares. Es la herencia dejada por la ex gobernadora María Eugenia Vidal, quien en consonancia con la política de endeudamiento acelerado implementada por Mauricio Macri, tomó compromisos que se transformaron en una carga agobiante para el Tesoro provincial.

Luego de reiteradas ofertas realizadas por el gobierno de Axel Kicillof desde su asunción, rechazadas sucesivamente por los acreedores, se estaría cerca de cerrar una negociación que ayudará a que la provincia pueda manejar con mayor previsibilidad sus recursos. Hasta aquí los hechos objetivos.

Pero tan importantes como los hechos son las reflexiones que se pudieron leer en Ámbito Financiero del 23 de julio en la sección “Lo que se dice en las mesas”. Las mesas son las mesas de dinero de las entidades financieras, se entiende.

En esa sección se reproduce bien ese clima tan particular de soberbia, chusmerío y conocimiento superficial que caracteriza a los habitantes del mundo financiero. Allí se lee, a raíz del casi seguro arreglo de la deuda provincial bonaerense: “Sin embargo, al igual que el canje de (Martín) Guzmán, ninguno servirá para volver a los mercados. Fueron procesos largos y desgastantes para los bonistas que están cansados del país. Lo único bueno es que si se da, se alejan los fantasmas de la radicalización de la política económica”.

Hacer plata fácil sin producir riqueza es todo un trabajo.

 

 

El cansancio de los timberos

El “canje de Guzmán” es el que el ministro de Economía realizó exitosamente en julio de 2020 con los bonistas por cerca de 65.000 millones de dólares. A juzgar por el prolongado estacionamiento del índice de riesgo país en 1.600 puntos, lo que significa que los prestamistas internacionales exigen una sobre tasa altísima para prestarle a la Argentina, el dato del ordenamiento financiero externo muy importante como fue “el canje de Guzmán”, no ha impactado en el comportamiento hostil de los financistas hacia nuestro país. También la conducción económica supo sortear, transitoriamente, el vencimiento con el Club de París, posponiendo el grueso del pago para el año próximo.

Sin embargo, en “las mesas” se dice que ninguno servirá para volver a los mercados porque “los bonistas están cansados del país” por los procesos largos y desgastantes de renegociación de deuda.

Esos cansados bonistas desgastados son los mismos timberos que le prestaron presurosa e irresponsablemente a la Argentina cuando sus amigos la gobernaron. Prestaron sin ningún tipo de recaudo, sin ningún cálculo serio de posibilidades de repago de esos créditos, porque han aprendido desde los años ’80 que al final, de una forma u otro, a la Argentina le terminan cobrando. O en moneda, o en especias. O en dólares, o en activos sumamente rentables, como fueron las privatizaciones.

Resulta buen negocio tirarse a la pileta sin agua en el caso argentino, porque siempre habrá una forma de llenarla en el camino. Todo este negocio es prolijamente avalado y convalidado por las instituciones financieras internacionales, conjuntamente con las grandes potencias occidentales, ocupadas en salvar de sus negocios irresponsables a los aventureros privados.

Estos procesos largos y desgastantes son producto de reiteradas situaciones de endeudamiento, absolutamente estériles para nuestro país desde el punto de la inversión productiva, pero que atraen como moscas al capital especulativo internacional. Los gobiernos neoliberales son como imanes extraordinarios por las increíbles tasas de interés que ofrecen a los especuladores, a cambio de fondos que malgastan lastimosamente.

El negocio es tan descomunal como ficticio, y después se encuentran con que la economía argentina no puede sostener el pago de sus deudas. Allí se calzan el disfraz de nobles y bondadosos agentes que confiaron en nuestra palabra y que ingenuamente nos otorgaron fondos para que prosperáramos, pero no lo hicimos vaya a saber por qué. Esta cándida gente fue estafada reiteradamente por el colectivo llamado “los argentinos”, y claro, en las mesas comprenden ese cansancio. Ya están desgastados por esas estafas de los argies, estas demoras, estos defaults, estas largas negociaciones. Negociaciones en las cuales terminan recibiendo buena parte de lo que pusieron, pero eso sí, ganancias menos contundentes a las inicialmente esperadas.

Así que los muchachos mesadineristas vaticinan que ningún arreglo de deuda servirá para que la Argentina vuelva a los mercados, por este cansancio. Es interesante la afirmación, porque incluye también a lo que puede esperarse de un arreglo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Tampoco se podría volver a los mercados, porque están cansados de nuestro país.

La verdad es otra: cada vez que asume un gobierno de derecha, alineado con las corporaciones y con los Estados Unidos, fluyen los fondos eufóricamente, sin ningún problema, y se les van las frustraciones y la pereza. Vuelve el entusiasmo y la palabrita mágica, la confianza.

No se trata de la confianza en que el país pueda pagar la timba, sino de la euforia porque apareció otro nuevo y suculento regalo por el solo hecho de que arribó al gobierno una derecha cuyo principal eje ordenador es la lógica financiera transnacionalizada. Va a haber negocio seguro: aunque después pierdan las elecciones, alguien va a venir a pagar o a saldar las cuentas de alguna forma. Y si hay un gobierno remiso, ahí van a estar todas las presiones disponibles de la “comunidad internacional”, que son 6 ó 7 países que están perfectamente organizados en la defensa de sus ingenuos inversores privados.

 

 

El cansancio de todos

También nosotros estamos cansados, y desgastados.

Porque si los eternos ganadores del endeudamiento externo argentino se sienten cansados por tener que negociar largamente con la Argentina para sacarle el jugo, ¿qué debería sentir el dentista, el contador, el médico o el comerciante en relación con los desequilibrios brutales que ha tenido la actividad del país provocados por los operadores políticos del capital concentrado? ¿Qué nivel de hastío deberían sentir los ahorristas argentinos por las crisis bancarias y cambiarias, las corridas, los corralitos, los sobresaltos incesantes provocados por los aventureros financieros? ¿Qué fatiga deberían mostrar los trabajadores desocupados, precarizados y flexibilizados por un mercado laboral en eterno deterioro desde 1976, donde cada vez hace falta más esfuerzo para ganar menos dinero? ¿Y los empresarios que pusieron una fábrica, compraron máquinas, entrenaron personal, y lo perdieron todo en alguna de las crisis y derrumbes del mercado interno? ¿Cómo se expresaría lo que sienten los científicos que vieron desfinanciar sus proyectos y agonizar sus investigaciones por el hundimiento del presupuesto público?

Pero los mesadineristas se sienten solidarios y comprensivos con los pobres mercados financieros mundiales, fatigados por los problemas que les genera la incumplidora Argentina.

En ese otro mundo, lo correcto sería que nuestro país pague tasas descomunales de interés todo el tiempo, sin interrupciones ni pataleos, y si no le alcanzaran los dólares para solventar las hiperganancias financieras del capital local y global, que sea capaz de ofrecer inmediatamente activos tan o más atractivos que las deudas ya contraídas, como en su momento fueron las empresas públicas privatizadas vendidas a precio vil.

Pero reconozcamos que las mesas de dinero no carecen de sentido del humor. Son capaces de valorar que “si se da (el arreglo de la deuda) se alejan los fantasmas de la radicalización de la política económica”. Esto sí que nos introduce al apasionante laberinto de la ideologización de la derecha global. ¿Qué fantasías tendrán? ¿Habrán creído la propaganda de sus propios medios en torno al chavismo oculto en el cristinismo, oculto a su vez en el Frente de Todos, oculto detrás de la presidencia moderada de Alberto Fernández? ¿Viven el encantamiento de los nuevos delirios de una derecha crecientemente autoritaria, sintetizados en la dicotomía “libertad (corporativa) o comunismo”? ¿Se olvidaron de lo que ocurre en el mundo después de la Segunda Guerra Mundial, donde todas las economías importantes están siempre reguladas?

¿Cuál será la radicalización de la que nos salvamos, según los cerebros financieros? ¿La locura de controlar los precios de los alimentos con mayor eficacia para evitar que devoren todo el salario y las jubilaciones? ¿La desmesura de asumir el control estatal sobre alguna actividad clave para que el país funcione? ¿El desatino de evitar que un puñado de especuladores y medios de comunicación hagan bailar a toda la sociedad al son del dólar blue?

La nota trabaja sobre el mundo de sobreentendidos de una derecha desconectada de la realidad del país, concentrada en el abultamiento de sus cuentas bancarias. Los exabruptos y panfletos que escriben los más encumbrados periodistas de la tribuna de doctrina se transforman en sentido común de estas capas profesionales semi-ilustradas que habitan el sector financiero. En las últimas décadas, se ha logrado, en buena medida, que sea el país el que trate de comprender las necesidades de la derecha financiera, para que ella no se sienta cansada de nosotros.

 

 

FMI y financistas locales, un solo apretón

Las negociaciones por el resto de la enorme deuda legada por el gobierno del menguante Macri y del ascendente Horacio Rodríguez Larreta con el FMI parecen estar en un punto muerto. Probablemente el Presidente y el ministro Guzmán hubieran preferido cerrar algún acuerdo antes de las elecciones para aportar más tranquilidad a “los mercados” y exhibir ante el electorado un problema “resuelto”. Dado que no tenemos a los mercados bajo control, ni gozamos de un flujo importante y permanente de ingresos en dólares, persiste la situación de constante amenaza cambiaria. No sólo sobre el gobierno. Sobre toda la sociedad.

 

El ministro Martín Guzmán y Kristalina Georgieva, titular del FMI.

 

Los dos frentes del capital financiero se retroalimentan mutuamente, para mal de la sociedad argentina. El no acordar con el FMI le da más poder a los especuladores internos para presionar sobre el dólar, promoviendo nuevas devaluaciones y desatando espirales inflacionarias “ante la incertidumbre”. A su vez, los sectores financieros internos, al practicar con tanta impunidad el juego de la desestabilización cambiaria, refuerzan la necesidad del gobierno de tratar de aferrarse a un acuerdo –aunque sea malo– con el FMI. La burocracia del Fondo sabe que cuanta más tormenta interna haya en la Argentina, más dispuesto estará el gobierno a firmar cláusulas más ortodoxas en la negociación.

Los movimientos que se registraron en estos días en los diversos dólares paralelos son parte de los malestares sistemáticos a los que estamos sometidos los habitantes del país. Siempre habrá una legión de comentaristas dispuestos a justificar, con los más variados argumentos, por qué el dólar marginal sube, además de confirmar que está bien que lo haga.

Puede haber, efectivamente, alguna razón objetiva que en cierta coyuntura explique alguna suba. En otros casos, quizás demasiados, se trata de aprovechar la credulidad de casi todos en relación a que “por algo será que el dólar sube”, para hacerlo subir.

Si se lo piensa bien, cada clima de inestabilidad cambiaria desata un montón de nuevas oportunidades de rentismo parasitario. Si se logra instalar que el blue seguirá subiendo, toda la cadena de precios se empieza a mover en relación a las expectativas más o menos fantasiosas de lo que puede ocurrir. Los tramos con demanda más sólida de esa cadena pueden concretar sus expectativas de aumento de la rentabilidad, sin haber hecho más que remarcar sus precios. En la tiniebla social de los supuestos “costos en dólares que se disparan”, cualquier cosa es posible. Siempre lo importante es que la gente común no entienda nada. Para eso están los medios.

El gobierno, a pesar de que logró tranquilizar el dólar por unos cuantos meses, no se pudo librar de una inflación que carcomió su proyección de precios para todo el año (29%), y puso en entredicho su objetivo de mejorar moderadamente los ingresos de las mayorías.

Siempre hay excusas para subir los precios, dado que hay un aparato de difusión montado en función de eso. Lo que es más difícil de admitir es que siempre haya excusas políticas para no poder controlarlos. Lo cierto es que todavía no se ven con claridad los efectos del Programa Súper Cerca, que debería garantizar que 70 productos básicos se mantengan estables hasta fin de año. La debilidad política expresada en no poder disciplinar mínimamente a ese sector podría trasladarse al campo electoral, una de las fuentes de poder político de este gobierno.

 

 

Cómo ocurren las cosas

El gobierno eligió un rumbo de no confrontación con el poder económico al no recurrir a toda la batería de acciones económicas y políticas para contener mucho antes los precios. También en el manejo del gasto público, en la primera parte del año, aproximó sus posiciones a las del establishment. Cerró el primer semestre con un bajísimo déficit fiscal, de sólo el 1,3% del PBI. Si se agrega lo recaudado –por única vez– por el Aporte Solidario de las Grandes Fortunas, el déficit público fue de sólo el 0,5% del PBI. El gasto estatal tuvo un comportamiento muy diferenciado: crecimiento muy fuerte en gastos de inversión y crecimiento por debajo de la inflación en importantes rubros sociales.

Si bien es previsible un crecimiento del gasto público mayor en la segunda mitad del año, estimaciones privadas anticipan un cierre el año con un déficit del 3,5% del PBI, menor a lo proyectado en el presupuesto nacional para este año (4,5%). Si todo sigue así, se estaría en dirección a sobrecumplir la reducción del déficit, y no se estaría alcanzando una recomposición moderada de los ingresos de jubilados, asalariados y beneficiados por ayudas estatales. Se diría que la derecha va empujando al gobierno para llevar las “variables” en la dirección deseada, aunque no a la velocidad que quisiera.

Las decisiones públicas no son sencillas. Si el gobierno quisiera avanzar más contundentemente en materia redistributiva o inyectar más recursos reactivadores con programas públicos más ambiciosos, siempre encontrará montado un escenario ideológico cultural por el cual “el dólar se inquieta” y los “precios ascienden” ante cualquier política progresista. Si ese escenario no es puesto en discusión, el derecho de veto del capital concentrado está garantizado.

La forma de aquietar el dólar y bajar la inflación nunca puede ser que el país se estanque en el escenario económico y social macrista de 2019. Y agregamos: la esperanza de ciertos sectores de poder es que se vuelva a usar –como ya ocurrió con el menemismo– al movimiento popular para que la gente acepte las privaciones que no hubiera aceptado de estar en el gobierno otras figuras más identificadas con lo antipopular.

Mientras que el menemismo fue una conversión entusiasta al neoliberalismo más crudo, en la actualidad se trataría de ir llevando al gobierno del Frente de Todos, con empellones y amenazas disfrazadas de situaciones “objetivas” en los “mercados”, o con negociaciones internacionales plagadas de sonrisas, en la dirección opuesta a la voluntad de sus votantes.

 

 

 

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