El desafío del desarrollo

La derecha reaccionaria capitaliza cortedades del igualitarismo democrático

 

En Latinoamérica, tras el fin de la Guerra Fría y la inercia del comportamiento político disciplinado por su influencia, se abría el espacio para que la meta de un mejor nivel de vida para las mayorías no cayera también bajo el peso muerto inhibitorio de infames escaramuzas teñidas de rojo justificador. Ese espacio se empezó a ocupar ni bien despuntó el segundo milenio, mientras se removían los escombros de la crisis de la deuda externa desatada por el Tequila mejicano en 1994 y ahondada a mediados de 1997 para todos los mercados emergentes por la debacle del baht tailandés. El episodio mejicano marcó el fin de una pausa de apenas cuatro años, desde la anterior crisis de deuda externa que estropeó la década de los ’80; con toda razón, y por esa causa, recordada como la década perdida.

Fue entonces que en la región una serie de gobiernos se abocaron al objetivo de nivelar al alza el nivel de vida. Tres lustros después de ese promisorio comienzo, la derecha reaccionaria, por las buenas y por las malas, los viene sucediendo uno a uno. La persecución política es uno de los platos centrales en el menú del recambio. En el balance de lo experimentado en aras del bienestar de las mayorías, se puede hablar de diferentes grados de éxito en el propósito que se propusieron alcanzar. Difícilmente de fracaso o retroceso. Llegaron sólo hasta ahí, pero llegaron. El hecho de que, a renglón seguido, las víctimas opten por su verdugo, es lo que llama al gran interrogante que busca responder el compromiso democrático igualitario.

Visto lo que va sucediendo en la superestructura política e institucional, la inspección de lo que acontece en la estructura material de la región congrega elementos indispensables para la réplica de esa pregunta tan central. Además, considerar los avatares de la base material de la sociedad es una precaución para que el debate no derrape hacia la metafísica de la multitud o se pintarrajee con extravagancias peregrinas como la propuesta del decrecimiento y que todo quede en agua de borrajas.

El perfilado de la situación de la estructura se facilita acudiendo a la propia definición de economía como ciencia que hizo David Ricardo en 1817. Ricardo especificó a la economía como aquella ciencia que estudia cómo es que “el producto de la tierra […] se reparte entre tres clases de la colectividad, a saber: el propietario de la tierra, el dueño del capital necesario para su cultivo y los trabajadores que con su trabajo la cultivan”, de suerte tal que “determinar las leyes que gobiernan esta distribución es el principal problema de la Economía Política”. En términos modernos: cómo se distribuye el excedente que genera el producto bruto en su evolución y la relación funcional entre uno y otro. Dicho en forma sucinta, el excedente es el saldo que queda de restarle al producto bruto la masa de salarios.

Se comprende que Ricardo hiciera hincapié en la tierra, porque en su época alrededor del 80% de lo que hoy llamamos producto bruto provenía del campo, un tercio de ese producto bruto en forma de renta se lo quedaban los terratenientes y el 95% de las personas vivían en el campo. También se comprende que el núcleo de la disputa con las derechas reaccionarias regionales no se haya apartado un ápice del perenne conflicto político incrustado en el reparto del excedente, aún cuando actualmente más del 50% de la humanidad vive en ciudades (80% de Latinoamérica) y el producto agropecuario siempre está por debajo y en algunos casos muy por debajo del 10% del producto total. Pero la canción sigue siendo la misma, no importa el instrumento.

 

Precio de producción

El tránsito por el lugar común y bien conocido de la disputa por el excedente, o distribución del ingreso, remite a otro concepto clave del pensamiento clásico del cual Ricardo fuera una fiel expresión: el de precio de producción o con más actualidad, de equilibrio.

Cuando se habla de forma conceptual de precios, una cosa es el sentido en que lo hacían los clásicos y los fisiócratas y otra muy pero muy diferente es la de los neoclásicos. Lo que se galvaniza hoy y desde hace décadas en la noción de precio de equilibrio recibió distintos nombres a lo largo de la historia del análisis económico. Costo de producción para el fisiócrata François Quesnay, precio fundamental para el también fisiócrata Jacques Turgot, precio de costo o precio natural para Adam Smith y Ricardo, precio intrínseco para Jean Sismondi, valor real para John McCulloch, y precio de producción para Karl Marx, son los más connotados de la lista.

Los neoclásicos entienden por precio de equilibrio aquel que surge cuando se cortan la oferta y la demanda. Tal forma de ver las cosas para los fisiócratas y clásicos era ya una antigualla sin mayores consecuencias. Así es que siguiendo la tradición clásica, se entiende por precio de equilibrio o precio a secas aquel valor en el cesan de transferirse los factores de la producción (trabajo y capital) de un sector al otro de la economía. Es una idealización, un centro de gravedad alrededor del cual orbitan los precios efectivos del mercado, que sí entonces son los que determinan la oferta y la demanda del momento. De manera que las tendencias de fondo se establecen por los precios clásicos y no por los momentáneos del mercado, que pueden fijarse por debajo o por arriba de ese precio de equilibrio, y aún por largo tiempo, pero a la hora de la verdad manda el valor de la tendencia.

Lo realmente importante es que se trata de una noción macroeconómica. En orden de jerarquía, el primer precio que establece el sistema económico en que vivimos es el salario. Es lógico, se trata de la reproducción de la vida. La ganancia es un residuo que queda una vez establecido el salario. Ambos fijan el reparto del excedente o distribución del ingreso. El salario, entendido como precio clásico, es un centro de gravedad que lo establecen las fuerzas más profundas de una sociedad, esas que animan la disputa política o lucha de clases. Es un precio político y el más importante de la economía.

 

La paradoja y el ciclo

La derecha reaccionaria de la región se empeña ontológicamente en bajar el nivel salarial. Su patología es amparada por la disfuncionalidad del sistema monetario mundial, basado en el dólar. Así rompe las ponderaciones generales alcanzadas a partir del salario de equilibrio con las que funciona una economía y todo concluye en el desmadre de la producción, los ingresos y el impagable endeudamiento externo. En otras palabras, y en el fondo de las cosas, eso sucede porque el salario, en tanto centro de gravedad, organiza los otros precios (incluidos los impuestos indirectos, remuneración del factor Estado) y los agentes económicos razonan y hacen sus cálculos culturalmente sobre esa base. Al bajarlo de su nivel natural, el sistema pierde su principal brújula, se estropea y falsea su funcionamiento y con ello se esfuma el margen de maniobra de la derecha reaccionaria. Esto ocurre más tarde o más temprano, dependiendo de su capacidad de represión.

Es ahí donde entra el igualitarismo democrático a reparar el desbarranco e incentivar la tendencia del salario, propia de cualquier centro de gravedad, a regresar a su nivel normal. En el recorrido al alza se padecen todo tipo de tensiones, siendo cardinales las inflacionarias y las provenientes de la balanza de pagos. De esta forma se le va royendo el espacio político. La paradoja es que al impulsar el alza salarial hasta el nivel de equilibrio perdido y ahora recuperado, agota su espacio político al mismo tiempo que hace avanzar objetivamente la conciencia que reclama más nivel de vida. Con el espacio político macilento y acuciado por la saludable presión social, el igualitarismo democrático observando la historia de su accionar, hasta el presente no supo, no quiso, o no pudo superar la situación que su mismo comportamiento creaba. ¿Será por eso que el inconsciente colectivo suele caracterizar a estos procesos como de resistencia y nunca de avance? Sea como fuere, es en ese momento y en ese páramo que la derecha reaccionaria se da a la cosecha. Todo vuelve a empezar.

 

Empate que no fue tal

El caso de la Argentina en la región es paradigmático por el mayor grado comparativo de experiencia en la disputa política. Juan Carlos Portantiero quiso ver en este proceso un empate hegemónico. En 1973 escribía que “ninguna de las clases sociales que lidera los polos de la contradicción principal (capital monopolista/proletariado industrial) y que son por ello objetivamente dominantes en su respectivo campo de alianzas, ha logrado transformarse en hegemónica de un bloque de fuerzas sociales”.

Según esta óptica de tinte izquierdista –irónicamente compartida por la derecha—, la acumulación de capital no resultaba el problema a resolver, puesto que estaban interesados en la forma de organización de la producción. Para los dos polos ideológicos en pugna, el desempate se daría si para unos se entraba de lleno en el socialismo y, para los otros, si lo obtuso que entendían por capitalismo sentaba sus reales. Por supuesto que dadas la Guerra Fría y las zonas de influencia determinadas en Yalta y Postdam, la aventura socialista en la región era directamente un imposible. Pero más allá de este ineludible dato de las relaciones de fuerzas operantes, si es que hubo alguna vez algo más allá después de la caída del Muro, se sigue aferrado a la idea de que la contradicción principal es capital monopolista/proletariado industrial y que la globalización dificulta hasta ser imposible el desarrollo capitalista. A partir de allí, de una u otra forma, van cayendo en diversas letanías sobre alternativas que se enuncian pero no se terminan de formular. Casi, casi, la nada misma.

Antes y ahora la equivocación sobre el paraíso perdido está en que monopolios/proletarios no era ni es la contradicción principal. En vista del desarrollo desigual, Arghiri Emmanuel sostiene que las contradicciones entre las clases dentro de los países avanzados aún subsisten, pero se han convertido históricamente en secundarias. La contradicción principal y motor de cambio, desde al menos la posguerra, se encuentra en el ámbito de las relaciones económicas internacionales. Naciones proletarias contra naciones burguesas. “El imperialismo […] está a la espera de ser atacado y destruido desde el exterior. Las que yacen “afuera” del imperialismo no son –largamente no lo son— las clases obreras de los países de origen del imperialismo, sino las del mundo fuera de sus fronteras”, consigna Emmanuel.

O sea: el problema siempre fue y es subdesarrollo / desarrollo. Para superarlo es menester jugar el juego del desarrollo capitalista; para lo mejor y para lo peor. Este juego se anima a partir de hacer todo lo que se tenga que hacer para impulsar al alza sostenida los salarios. Rogelio Frigerio (el abuelo desarrollista) caracterizó el instrumento político necesario para la acumulación del capital al señalar que “todas esas clases y sectores sociales tienen razones objetivas para una alianza encaminada a dar respaldo a una política de desarrollo nacional. El problema político se plantea en cuanto a la concientización de esas razones”. De ahí, entonces, que “ese es el verdadero problema político, para cuya solución tiene que estructurarse un movimiento nacional como instrumento político y de cuya solución surgirá la consolidación del movimiento nacional como expresión política de la alianza de clases y sectores sociales”.

1 comentario
  1. Alberto Breinlinger dice

    FANTASTICO, CADA VEZ MEJOR

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