El doble filo de los deseos

Una distopía del '79 y la intuición de una salvación posible

 

Vi por primera vez Stalker (La Zona) en algún momento del siglo pasado. El film de Andrei Tarkovsky es del '79, calculo que mi visita al cine habrá ocurrido durante la primera mitad de los '80. O sea en un mundo irreconocible, como el que aparecía en las fotografías que se revelaban en papel sepia. Cuando todavía no sabíamos ni el 10% de las iniquidades que habían cometido milicos y policías, para obtener el visto bueno de la oligarquía y enriquecerse como pago por su complicidad. Cuando creíamos que la democracia —una energía desencarnada, a la manera del Espíritu Santo o la Fuerza de Star Wars— intervendría en la Historia tarde o temprano, para salvarnos de la violencia, la injusticia y la vulgaridad.

Tampoco recuerdo dónde la vi. Supongo que en el cine Cosmos, o en la Lugones, o en la Hebraica. Desde entonces, no había vuelto a topármela en soporte alguno. Por esa razón, no conservaba sino recuerdos difusos de la visión original, fragmentos de un espejo roto. Descubrí, por ejemplo, que me habían quedado grabados los rasgos del actor Anatoly Solonitsyn. Tal vez porque interpreta a un escritor, que es lo que siempre había querido ser y con quien, por ende, debo haberme identificado. El resto me resultó tan vago como un sueño de ayer. Irreconocible como la Argentina de los primeros '80, o la criatura que yo era entonces.

Reencontrarme con Stalker en una prístina copia en Blu-Ray fue, pues, como asistir al mismo nacimiento por segunda vez. El nacimiento es igual pero uno no, uno ha cambiado. La segunda vez no se te escapa ningún detalle. La segunda vez ya no se te olvida nada. La actriz Cate Blanchett es tajante al respecto. Ha dicho: "Tengo cada encuadre del film grabado a fuego en mis retinas".

 

Andrei Tarkovsky.

 

Tarkovsky es uno de los grandes del cine. Autor de La infancia de Iván (1962), de Andrei Rublev (1966), de Solaris (1972). Películas que también vi entre fines de los '70 y el despuntar de los '80 y que, a pesar de que por entonces estaba a años luz de la posibilidad de entenderlas, me impresionaron profundamente. Por eso las guardé en el freezer de mi alma, consciente de que llegaría el momento en que revelarían su valor nutriente.

Lo que me atrajo de Stalker en aquel momento fue su pátina de ciencia-ficción, un género que me fascinaba, por culpa de la editorial Minotauro que publicaba a Bradbury, a Stapledon, a Le Guin. La película está inspirada en una novela de los —también rusos— hermanos Strugatsky, que aquí se conoció como Picnic extraterrestre. Tarkovsky no conservó más que la anécdota: la idea de que una fugaz visita alienígena había transformado el área donde aterrizaron —conocida desde entonces como La Zona— en un terreno donde ocurrían fenómenos inexplicables. Tanto en la novela de los Strugatsky como en el film de Tarkovsky, los únicos que se atreven a aventurarse en La Zona son los stalkers: guías que desafían la prohibición gubernamental, a sueldo de curiosos y cazafortunas.

 

El stalker (Alexander Kaidanovsky).

 

El relato se inicia en silencio, acercándose en puntas de pie a la cama donde descansan un stalker, su esposa y la pequeña hija en común. Un mundo de color sepia, como las fotos de antaño: realidad desaturada. Esa pobre habitación es un camafeo que se abre ante nuestros ojos. Un tren pasa cerca y todo empieza a vibrar, incluyendo la jeringa y el vaso de agua que reposan sobre la silla que está junto a la cama. (Juraría que Spielberg tomó de aquí el recurso que utilizó tan bien en Jurassic Park.) El protagonista (Alexander Kaidanovsky) se levanta para escabullirse a la cocina, tratando de no despertar a las mujeres. Pero su esposa lo sigue. Advirtiendo que está a punto de irse, ella le reprocha el abandono. Comprendemos que el stalker acaba de salir de prisión, a la que fue condenado por meterse en La Zona vedada. Y que planea volver a hacerlo esa misma mañana, a demanda de dos nuevos clientes: el Escritor (Solonitsyn), un artista famoso que dice andar en busca de inspiración, y el Profesor (Nikolai Grinko), un científico que se pretende interesado en el fenómeno que desafía la física terrestre.

El trío se reune en un bar astroso. A bordo de un jeep, eluden la vigilancia y se aproximan a La Zona que el gobierno ha cercado por completo. El stalker espera a que los guardias abran el perímetro para permitir la entrada de un tren militar —un extraño tren, que transporta algo parecido a una usina eléctrica— y se cuela detrás del convoy. Bajo una lluvia de balas, alcanzan una edificación donde los espera una zorra, a lomos de la cual se adentran en La Zona, usando la trocha del ferrocarril.

 

El trío que se aventura a entrar en La Zona.

 

Este trayecto inicial es largo, mudo, hipnótico. Cuando se le criticó el avance lento, Tarkovsky explicó que lo había hecho adrede, para que el espectador frívolo advirtiese que se había equivocado de película y pudiese abandonar la sala "antes de que comenzase la acción central". En ese sentido, Stalker se emparenta con otra película del '79 que propone algo similar: Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, cuyo viaje en bote al corazón de Vietnam detiene el tempo narrativo de los relatos de guerra para volverse lento como una babosa. Cuando vi Apocalypse por vez primera —a fines del '79, en el cine Atlas de la calle Lavalle—, empecé a adormilarme tan pronto el teniente Willard subía al bote e iniciaba su viaje. Eso me contrariaba, luché contra el sueño. Hasta que entendí que debía dejar de resistirme, porque Coppola me instaba a ver su película en otro estado de conciencia, que no era el de la vigilia plena sino el del trance. Así terminé de verla y así la he visto siempre desde entonces: como si se tratase de una experiencia alucinatoria, parecida a la de los soldados que viajan junto a Willard mientras consumen LSD.

Tarkovsky ansía, creo, algo parecido. Arrancarnos del estado de conciencia diurno, racional, para exponernos a una experiencia diferente. Si esto era osado en el '79, imaginen ahora. En su tratamiento del tiempo narrativo, Stalker va en contra de todos los instintos del mundo contemporáneo. Se trata de una película que hay que ver sin chusmear el celular ni apelar a la tecla de la función pausa. Suena imposible, ¿o no? Samanta Schweblin, que viene de ganar un merecido premio en España, suele decir que lo más parecido a un superpoder que existe hoy es la capacidad de concentración, que casi nadie conserva. Pero Stalker vale el esfuerzo.

Es una road movie que se convierte en una soul movie, porque el viaje que describe y al que invita es, además de material, metafísico.

 

 

 

 

Fe de ratas

Una vez en La Zona, la película adquiere color. El shock que produce esta transformación es doble. Por un lado, desnuda la verdadera naturaleza del mundo que quedó atrás: ese paisaje miserable de color sepia —arrasado y a la vez militarizado— es lo que hoy llamaríamos una distopía. No una civilización similar a la nuestra, sino sus restos. El escenario que una catástrofe ha dejado a su paso. (Tarkovsky no da indicios sobre sus características, pero al final revela que el stalker y su familia viven cerca de una central nuclear.) En ese sentido, Stalker es modernísima: anticipó las pesadillas apocalípticas que hoy son el trasfondo de los videojuegos que consumen nuestros pibes. De hecho se adelantó también al desastre de Chernobyl, que ocurrió siete años después — en el '86.

Al mismo tiempo, la zorra nos introduce en un paisaje que no puede ser más contrastante. La Zona es un bosque descontrolado, una entidad verde que avanzó sobre las ruinas de la civilización moderna. El follaje ha devorado edificios, tendidos de cables, tanques de guerra. A pesar de que conserva un silencio monacal, el paisaje deviene un personaje más. Parcialmente velado por una niebla blanca, palpita como si estuviese vivo. Durante esta segunda visión me convencí de que, de no ser por Stalker, los bosques de las películas de Miyazaki no serían exactamente como son — una forma de vida que desafía a que se reconozca su derecho a existir, sin sacrificar su misterio.

 

El stalker, la hija sobre sus hombros y la central nuclear.

 

A medida que el trío avanza, se van insinuando las verdaderas razones por las cuales asumieron semejante riesgo. El Escritor y el Profesor quieren llegar a un punto en particular de La Zona, que se conoce como La Habitación. Según se dice, y el stalker no desmiente, quien entra en La Habitación verá su vida transformada para siempre. "Sus deseos más queridos se volverán realidad aquí", dice el stalker, y aclara: "El más sincero de sus deseos, aquel que los haya hecho sufrir más".

Pero esa capacidad es un arma de doble filo. Porque una cosa es lo que un hombre dice desear, lo que racionaliza como objetivo, y otra muy distinta lo que desea de verdad, en lo más hondo de su alma: le guste o no, le convenga o no. "Mi conciencia quiere que el vegetarianismo se imponga en el mundo", reflexiona el Escritor. "Pero mi subconsciente se muere por un pedazo de carne jugosa. ¿Qué es lo que yo quiero, realmente?"

El destino de un viejo stalker, mentor del actual, pende sobre La Habitación como una advertencia. Ese hombre, a quien llamaban Puercoespín, se internó en La Zona con su hermano. Pero al atravesar un túnel que llaman La Picadora de Carne, este hermano —que iba a la vanguardia— murió. Puercoespín siguió camino y llegó a La Habitación. Al regresar a casa, su suerte cambió. De la noche a la mañana se convirtió en un hombre de fortuna. Pero a la semana siguiente, se ahorcó. Su repentina riqueza puso en evidencia que su deseo más profundo no había sido la paz en el mundo ni la resurrección de su hermano, sino su provecho personal. Y no pudo soportar la mezquindad de su alma.

 

El Escritor (Anatoly Solonitsyn) en La Picadora de Carne.

 

En ese sentido, La Zona entera funciona como una prueba de fe. Sus características no son estables sino reactivas: "Todo lo que ocurre aquí no depende de La Zona, sino de nosotros", dice el stalker. De algún modo La Zona responde al estímulo que sus visitantes introducen. Ante el túnel que llaman La Picadora de Carne, el Escritor pregunta: "Entonces, ¿deja pasar a los buenos y mata a los malos?" El stalker responde: "Creo que deja pasar a aquellos que han perdido toda esperanza. Ni buenos ni malos: gente afligida. Pero hasta el más afligido morirá, si no sabe cómo comportarse".

Tarkovsky era un hombre de fe, lo cual, en la Unión Soviética donde se desarrolló como artista, lo convertía en una figura incómoda. En el '84, desde Milán, anunció que no volvería a su país. "No soy un disidente, no tengo conflictos con mi gobierno", dijo entonces. "Pero, si volviese, me convertiría en un desocupado". Los temas que ocupaban su alma se alejaban cada vez más de los que la ortodoxia veía con buenos ojos. Su última película, llamada El sacrificio (que es de 1986, o sea el año de Chernobyl), cuenta de un intelectual que se pone a disposición de Dios con tal de que detenga un holocausto nuclear que parece inminente.

Durante el camino el stalker deja caer pistas sobre la verdadera naturaleza del viaje. En inglés existe la palabra quest, que define una búsqueda de naturaleza sublime, esencialmente generosa, como la que iba detrás del Santo Grial en las leyendas artúricas. El Escritor y el Profesor están en la suya, movidos por sus agendas individuales, pero el stalker sugiere que la visita a La Habitación podría redundar en algo más que un beneficio privado. "Nadie puede ser feliz a expensas de la infelicidad de otros", tira en un momento. En otro, dice: "A la gente de este planeta ya no le queda nada. Este es el único lugar al que venir, cuando toda esperanza se ha desvanecido". Y en otro recita un poema que es casi una plegaria:

"Que todo se vuelva verdad", dice. "Que ellos puedan creer. Y que puedan reírse de sus pasiones. Porque lo que ellos llaman pasión no es la verdadera energía del alma, sino apenas la fricción entre el alma y el mundo exterior. Pero, por sobre todo, que ellos puedan creer en sí mismos y se vuelvan indefensos como los niños. Porque la suavidad es grande y la fortaleza no vale nada. Cuando el hombre nace, es suave y flexible. Cuando muere, es fuerte y duro. Cuando un árbol crece, es suave y flexible. Pero cuando se seca y endurece, muere. La dureza y la fortaleza son compañeras de la muerte. La flexibilidad y la suavidad son la encarnación de la vida. Aquello que se ha endurecido, no triunfará".

 

El Escritor (Anatoly Solonitsyn).

 

Ese es el dilema que espera a quien pise el umbral de La Habitación. Dar el paso final, entrar allí, revelará su esencia. No lo que dice desear, no lo que pretende ser, sino lo que es de verdad, en lo más hondo de su alma, allí donde nadie más ve. ¿Cuántos de nosotros estaríamos en condiciones de entrar sin dudar, sin exponernos a un destino como el del Puercoespín?

 

 

 

El sacrificio

Yo entiendo —o tal vez debería decir: yo quiero creer— que el stalker tiene una agenda secreta. Que no conduce a gente hasta La Habitación tan sólo porque puede hacerlo y le pagan por eso, sino porque está esperando guiar a la persona indicada: una cuyo deseo más profundo y sincero no sea el beneficio personal sino el bienestar común, la posibilidad de devolverle al mundo su color original — la flexibilidad y suavidad del árbol nuevo.

Se trata de una tarea improbable, porque la humanidad está conformada por criaturas inseguras e insatisfechas que se endurecen para sobrevivir, y así aceleran su sequedad y eventual muerte. En otra suerte de poema —Tarkovsky era hijo de un poeta, algunos de esos textos le pertenecen—, el stalker lamenta que nada nos alcance. Que, en la porfía constante en pos de aquello que creemos merecer y por eso sentimos que nos falta, nos arriesguemos a perderlo todo: "Está tibio al sol, pero no es suficiente... La vida ha sido como un escudo, me ha ofrecido protección; he sido afortunado, pero no es suficiente... El día brilla como un cristal, pero no es suficiente".

 

 

Cuando el Escritor le pregunta si nunca hizo uso de La Habitación, la respuesta del stalker es ambigüa: "Estoy bien así como estoy". Lo cual significa, por lo pronto, que no piensa entrar después del Escritor y del Profesor. Pero no quiere decir necesariamente que no haya entrado antes. Tal vez se haya asomado ya: antes de caer preso, por ejemplo, en cuyo caso La Habitación le habría concedido su deseo más profundo. No el más obvio, sino uno aún más generoso.

Al llegar a La Habitación, el stalker descubre que ni el Escritor ni el Profesor son los indicados para convertir la distopía en utopía. Tampoco son mala gente, por fortuna; sólo seres imperfectos, con la sensatez necesaria para asumir a tiempo que no están a la altura del desafío. Pero el film sugiere que es lícito que el stalker y por extensión nosotros, que vemos a través de sus ojos, conservemos la esperanza. Hasta se atreve a decir que estaría más cerca de lo que pensamos.

La hija del stalker es paralítica: no le funcionan las piernas, un padecimiento que se describe como mutación genética, consecuencia del contacto de su padre con La Zona. (El stalker tiene decolorada parte del cuero cabelludo, como si hubiese estado expuesto a una radiación.) Uno que también es padre piensa de inmediato que, si estuviese en contacto con un fenómeno como La Habitación, entraría y desearía con toda la intensidad del mundo que su hija volviese a caminar. Pero, como el stalker bien sabe, La Habitación ve más lejos que uno; y lo que queremos no siempre es lo que estamos convencidos de desear. Su misma esposa, más allá del reproche por el abandono, comprende que el stalker tiene una misión que lo trasciende y debe llevar a cabo, aun cuando no termine de comprenderla del todo. Por eso lo define como "un loco de Dios" (God's fool, en los subtítulos en inglés). Alguien que puede parecer tonto o demente ante los prosaicos ojos de los hombres, pero que responde a un designio más alto.

 

 

El final de la película muestra, primero, que cuando el stalker se reencuentra con la niña el mundo sepia vuelve a tener color. El último plano revela además que ella mueve objetos con la mente, mientras suena una versión distorsionada de la Oda a la alegría de Beethoven. ¿Qué significa esto? Tarkovsky se niega a unir los puntos, a atar el paquete y ponerle moño: para eso estamos nosotros, los que decidimos hacer el viaje. Pero, si me preguntan a mí, yo creo que esa niña encarna la esperanza que el stalker reclama al mundo. Puede que el paso de su padre por La Habitación no le haya devuelto sus piernas, pero tal vez la haya convertido en aquella que, cuando el stalker la lleve a La Habitación, devolverá el color al mundo entero.

Ver Stalker es una experiencia tan extraordinaria como viajar a La Zona. No existen hoy películas como esta, ni de lejos. Es un poema visual, que como todos los buenos poemas se presta a múltiples interpretaciones. La que está más a mano es la que intenté desarrollar: un film que lamenta la pérdida de fe –en la idea de Dios, pero ante todo en el futuro luminoso de la humanidad— que explica por qué hemos llegado a la desastrosa situación en que estamos. Y eso que Tarkovsky se salvó de conocer el mundo de hoy: murió el 29 de diciembre del '86, de un cáncer de pulmón que quizás haya causado la exposición a locaciones tóxicas en Tallinn, Estonia, mientras filmaba Stalker. Pero en último término el film se juega por la esperanza, apuesta a la existencia de una zona del espíritu humano que magnifique nuestros mejores deseos en vez de los peores, cuya violencia —que también es rigidez, dureza— padecemos hoy.

Si es verdad que Tarkovsky fue irradiado y comenzó a enfermar mientras filmaba Stalker, su película final se resignifica. Ya no me quedan dudas de que se veía a sí mismo como el intelectual que se ofrece a Dios en sacrificio, con tal de que preserve a la humanidad de la hecatombe que, en su inconsciencia, preparó para sí misma. Tal vez nos haya salvado entonces, sin que lo supiésemos. ¿Existirá alguien que nos salve ahora, cuando las condiciones de nuestra existencia, al menos en Occidente, se han degradado a honduras desesperantes?

 

El trío protagónico, en el umbral de La Habitación.

 

A riesgo de incurrir en una interpretación reduccionista —del film de Tarkovsky, no de nuestra realidad—, me pregunto también si la democracia argentina no funcionará como La Habitación de Stalker. Mientras soportábamos la dictadura, imaginábamos la democracia como una zona de prodigios, que lo cambiaría todo para bien tan pronto nuestros elegidos entrasen en ella. Lamentablemente, los deseos de la mayoría de los que enviamos allí a partir del '83 no estuvieron a la altura de la faena. Con la excepción de Alfonsín —cuya fe no alcanzó, la Historia no miente— y de Néstor y Cristina, sólo visitaron La Habitación de la democracia argentina un grupúsculo de émulos del Puercoespín: gente que no quería colaborar con el bienestar general, sino llenarse los bolsillos. Y así seguimos. Preocupados porque los que hasta hoy sacan número en el umbral de nuestra Habitación no inspiran fe en la pureza de sus deseos. Lucen como gente indigna o inflexible, carente de la sensibilidad necesaria para servir al bien común en vez de al propio.

Al igual que La Habitación del film de Tarkovsky, la democracia no funciona por sí sola. Necesita una persona que haga de catalizador, sin importar su género. Alguien que se anime a ir al fondo, que encarne su energía, que se olvide de sí mismo o sí misma para velar por los demás.

La responsabilidad del pueblo argentino es guiar hasta allí a la persona adecuada.

Aquello que se ha endurecido, no triunfará.

 

 

 

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí