EL DUEÑO DEL PARNASO RANTE

Una charla con Celedonio Flores, sabio del verso refranero

 

Estoy parado en Corrientes y Esmeralda; estoy llorando. No soy Juancito Caminador ni el rufián melancólico ni el hombre que está solo y espera. Soy apenas un trozo de vida emocionada. Soy el que regresa del milagro y viene a contarlo.

Antes de seguir en la palabra, te pido que no me leas como quien lee el delirio de un insomne. Esto no es un juego retórico, tampoco el chasquido de la locura. Es un abrir las habitaciones secretas del corazón, un resbalar hacia ese otro lado que puede llamarse ensoñación o verdad poética.

 

Posando para la posteridad.

 

 

 

Boliche fantasma

Me pasaron el dato y entré. Era uno de esos boliches mistongos que todavía quedan; cuatro o cinco mesas olorosas de matambre y vino donde se arregla el mundo y se almuerza a todo diente; donde mirarse a los ojos es una religión, donde no hay televisores que ensucien el alma. Si me pedís la dirección no la sé, nunca la voy saber; y es que estos sitios son “boliches fantasmas” y constantemente se mueven; hoy están acá, mañana en Rondeau y Treinta y tres orientales, pasado en una cortada de Gerli, o donde el viento los lleve.

La cosa es que él estaba ahí; el dueño del Parnaso rante estaba ahí. La carita redonda como dos lunas, la piel morena, las motas alisadas, el saco apretado.

–¿Es usted el Negro Cele? –dije, entre hipnótico y alucinado.

–Shhh, no hagas aspaviento que se arriman las moscas.

–Pero usted no estaba…

–No. No estaba ni estoy muerto. Uno nunca se muere del todo. Y hablando de cosas que nunca mueren, hoy se me dio por recordar este soneto.

No tengo el berretín de ser un bardo
chamuyador letrao ni de spamento;
yo escribo humildemente lo que siento
y pa’ escribir mejor lo hago en lunfardo.

Yo no le canto al perfumado nardo
ni al constelao azul del firmamento
yo busco en el suburbio sentimiento
¡Pa’ cantarle a una flor, le canto al cardo!

Y porque embroco la emoción que emana

del suburbio tristón, de la bacana,

del tango candombero y cadencioso.

 

Surge a torrentes mi mistonga musa:

es que yo tengo un alma rantifusa

¡bajo esta pinta de bacán lustroso!

 

–¿Y? ¿Qué te pareció?

–¡Hermoso, Cele! ¿Puedo darle un abrazo?

–No todavía. Primero sentate y largá el rollo.

–Sabe, yo siento devoción por usted, por su manejo de la letrística, por esa sabiduría suya tan del verso refranero. Hasta su nombre suena bien: Esteban Celedonio Flores; pero ya no me lo están cantando Cele, motivo de sus letras, vio. ¿Usted me entiende?

–Pibe, nosotros escribíamos con el pulso de la época. Lo mío fue radiografiar la cosa barriobajera. Siempre escribí lo que sentí bullir en mi interior. Algo vivido o que he visto vivir a seres que han estado en contacto directo conmigo. He sufrido con ellos, me he interiorizado de su estado de ánimo, me he puesto en su propio lugar y luego procuré pintar en mis acuarelas, en mis aguafuertes, lo que hubiera sentido yo en lugar de ellos.

–¿No se le fue un poco la mano al escribir Cuando me entrés a fallar, Biaba, Margot, o eso de que “el tango es macho”?

–Quizá, le ofrecí a los académicos temas para que arremetan en mi contra. Pero lo que hice no es para ellos. Tampoco para los sabios, los críticos, los snobs, los atildados, los puros, los sin manchas. Yo escribí para los hombres modestos, los que no saben nada, los que leen deletreando dificultosamente, los que tienen las manos fuertes, rugosas y encalladas. Los que llevan las mangas del saco lustrosas por las carpetas de las timbas y los estaños de los boliches. Ah, y eso de que el “tango es macho” no es mío. Eso lo agregó Julio Sosa.

Por otra parte, el poeta popular es una suerte de médium, una antena abierta a cualquier frase oída al pasar o robada de la charla de amigos. No sé si lo sabés, pero así como escribí Biaba, también escribí Cobarde o Para eso él es hombre, donde intento reflejar el alma insensible del varón. Si querés podemos discutir sobre el cierre de Atenti Pebeta donde sarcásticamente insinúo el masculinicidio: “después comprás un bufoso y cachando al primer turro por amores contrariados le hacés perder la salud”.

–Perdón que lo interrumpa Cele. No sé si ya lo sabe, pero hace unos meses restauraron los cortos de Eduardo Morera donde Gardel le canta Canchero, Viejo smoking, Tengo miedo y Mano a Mano. (Ahí nomás desenfundé el celular y Esteban Celedonio Flores se fue emocionando.)

 

 

 

El Negro Cele y Carlitos entran dudando a escena.

Mano a Mano, restaurado por los laboratorios GOTIKA.

 

 

Al finalizar el video, se quedó en un largo y sostenido silencio. Seguidamente levantó el vaso de vino, llevó la mirada hacia el techo descascarado y como quien busca una lejanía, dijo: “¡Por vos, Carlitos! ¡A bodega este tinto!”.

–¡Qué letra, Cele! Cómo suena ese “rechiflao en mi tristeza”.

–¿Lo querés con gomina o sin gomina?

–No entiendo.

–Que si querés que te recite Mano a mano en su letra original o preferís la versión que me aceptaron los cosos esos de la censura. Ya que estamos te lo confieso: la versión engominada la hice para esa sarta de giles que nunca entendieron nada. ¡Mirá sin serán sordos de alma! Ni percataron que las palabras: azarosa, pertinaz, neurastenia, las incrusté para que sientan lo horrible que suenan las palabras escritas con guantes blancos. Es cierto, prácticamente me pelecharon los derechos de autor, pero cierto es también que mis tangos siguieron sonando en los viejos bodegones, en las ferias, en los patios de las casas, en el canto de las pibas diqueras, pues como dije antes, “uno no se muere del todo”. (Y se largó con el recitado.)

 

Rechiflao en mi tristeza, hoy te evoco y veo que has sido

en mi pobre vida paria, sólo una buena mujer…

 

Para los giles de la censura escribí:

Te recuerdo en mi tristeza y al final veo que has sido

en mi existencia azarosa más que una buena mujer…

 

Lo que era:

Se dio el juego de remanye, cuando vos, pobre percanta

gambeteabas la pobreza en la casa de pensión.

Hoy sos toda una bacana, la vida te ríe y canta

los morlacos del otario los tirás a la marchanta

como juega el gato maula con el mísero ratón.

 

Quedó:

 Se cruzaron nuestras vidas, tu bondad y mi bohemia,

mi romántica bohemia, veinteañera y pertinaz…

Y pusiste la dulzura de tu amor que todo premia

en mi vida que llevaba la rebelde neurastenia

de quien vive de sus sueños, de sus sueños nada más.

 

–¿En qué año comenzó la censura?

–En 1943 pero venía amagando desde antes. Cambiando de tema, me enteré que han musicalizado un poema mío, y que anda muy bien en la voz de… el otro día me la nombraron: Lidia… Lidia…

–Lidia Borda.

–¿Conocés el poema?

Arrabal salvaje.

–¡Exacto pibe! Salió en Chapaleando barro, un librito mío del año 1929. Son unas cuantas cuartetas, me gustaría leértelas. ¿Te estoy aburriendo?

–Para nada, Cele. Siga nomás.

–Entonces va otra confesión. Estos versos son mi Arte Poética. En ellos está todo lo que amé, sufrí y canté. Si en el camino se me pianta un lagrimón, no te asustes, es la melancolía que a veces llega y se empecina en escarbar el cuore de uno.

 

No te engrupía el brillo del asfalto

ni el claro espamentar de cien bujías,

en donde el empedrao pegaba el alto

empezaba a bancar tu algarabía.

 

Barro, huecos, yuyales, latas viejas,

recortes de la fábrica cercana,

gallinas por las calles y las quejas

del carro del frutero a la mañana.

 

Una cancha de fulbo en un potrero

con dos arcos que se ponen cuando es fiesta.

(Si no mete el local el gol primero

hay zaranda debute a toda orquesta).

 

El boliche de la esquina; en la vidriera

una fila de doce Pinerales,

un par de zapatillas, dos Barbera

y un aviso: “Se alquilan dos locales”.

 

Vidriera que le sirve al sabalaje

de las casas del barrio, anochecido,

pa’ sentarse y cortarse ¡cada traje

chamuyando del último partido!

 

Pibes descalzos, pibas sin bombachas

hurgueteando el barrial de la “vedera”,

el rimel y el carmín de dos muchachas

sin medias y en chancletas en la acera.

 

Un coso que las va de cara lisa

recostao a un farol como al descuido.

Eligió de posturas; la precisa,

pa’ engrupir de matón y de corrido.

 

Los sábados bailongo; un casamiento,

un bautismo, un cumpleaños, ¡cualquier cosa!

Gran revuelo en el barrio, un spamento

más pior que la tormenta ‘e Santa Rosa.

 

Dos filas de curiosos en la puerta,

cortinas coloradas, toldo a rayas;

bronca de la vecina que fue muerta

porque no la invitaron. ¡Qué canayas…!

 

Y la bronca después: “¡Salí pa’ fuera!

¡Yo te voy a enseñar a’ tropellarme…!”

En tres tiempos peló la fariñera

mientras dice en voz baja: “¡Sujetarme!”

 

Fabriqueras, malandras, curdelones,

un matón de verdad de cuando en cuando;

la resaca social de cien naciones,

la miseria y la mugre vegetando.

 

Es este mi arrabal, así lo veo,

así lo quiero ver cuando me muera…

Luz de luna en un hueco sucio y reo,

o un brochazo de sol en la “vedera”.

 

–¡Ahora sí, Cele, déjeme pegarle un abrazo! –le dije, y se dejó abrazar.

Juro que tuve la sensación de estar abrazando una transparencia; y allí, estando los dos en lágrimas solté la pregunta:

–¿Usted soñó ser Evaristo Carriego o Rubén Darío?

Lo vi bajar la cabeza como buscándose el corazón. Lo vi soltar una última lágrima. Y comenzó a enfantasmarse, a enfantasm, a enfant, a enf…

 

 

Lidia Borda en vivo y para el Cosmos

Arrabal salvaje (Celedonio Flores – Juan Cedrón)

 

 

Los brolis de Cele: Chapaleando barro, Cuando pasa el organito,
La musa mistonga de los arrabales (sainete), Celedonio Flores cancionero.

 

 

 

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