El efecto Onganía

La tentación troglodita de suprimir a las patadas al “peligro populista”

 

El gobierno continúa navegando con rumbo económico impreciso. No resolvió el problema de las reservas, fundamental para controlar la cotización del dólar, y sobre todo la especulación cambiaria. No alcanza con 5.000 millones de dólares del campo o con 5.000 millones por la ampliación de Swap con China, porque esos avances se pierden muy rápido por la demanda de dólares para causas justificables, pero también para causas especulativas (encubiertas como “importaciones”). Ni tampoco alcanza con los puchitos de dólares que otorgan los organismos de crédito controlados por los norteamericanos.

Esta semana se fue de la Argentina el fondo Templeton, que vino a especular en la época de Mauricio Macri. Ahora que decidió irse del mercado local, para lo cual tiene que comprar dólares, generó presiones cambiarias que reavivaron “expectativas” de nuevos saltos devaluatorios.

 

 

 

La salida del país del fondo Templeton reavivó expectativas devaluatorias.

 

 

 

Tampoco ayudaron las declaraciones del viceministro de Economía, Gabriel Rubinstein, para disipar el siempre vigente espíritu especulativo. Habló el miércoles en la reunión de la Comisión de Presupuesto y Hacienda del Senado, en donde se discute el Presupuesto Nacional 2023. Dijo el funcionario: “La inflación es un fenómeno de desequilibrio en el mercado monetario, sea por aumento de oferta o disminución de la demanda, pero no por la composición del déficit. Nosotros estamos enredados en niveles altísimos de déficit que no podemos financiar y generan altísima inflación. Es una prioridad bajar la inflación”.

Nuevamente se vuelve a escuchar que la causa de la inflación es el déficit del Estado, sin explicar de dónde viene ni por qué sería tan alto. Y se olvidan factores que el mismo funcionario ha reconocido: los márgenes de ganancia “anormales” que se generaron en los últimos meses, producto de remarcaciones desmedidas. No le hace falta mucho a un mercado especulativo, profundamente convencido de los dogmas neoliberales, para ponerse a especular nuevamente sobre cuál debería ser el valor del dólar “de equilibrio”, lo que realimenta presiones inflacionarias. Esas presiones no vienen del déficit fiscal, sino de la fijación arbitraria de los precios y los márgenes de rentabilidad de las grandes empresas en dólares. Algo que parece que los funcionarios no pueden ni pensar ni cuestionar.

En otras declaraciones citadas por Ámbito Financiero, Rubinstein señaló que hay empresas “que se stockearon (usando dólares oficiales) por ocho o nueve años”, añadiendo que “yo los comprendo, no voy contra la lógica empresarial (sic)”. Lo que un funcionario del Estado debería poder distinguir es entre la lógica individual de agentes económicos y la lógica pública de defender el bienestar colectivo. El lugar del funcionario es la defensa del bienestar colectivo. A un empresario le puede convenir robarle al Estado, contrabandear o evadir impuestos, porque esas actividades le pueden dejar un buen margen de ganancias. Pero el Estado no puede convalidar esa lógica. En el funcionariado de un gobierno popular debería existir una línea que separara a fuego las ganancias generadas produciendo riqueza de las ganancias provenientes de las múltiples timbas que se inventan a costa de un Estado débil y estúpido. Si hubo empresarios que se “stockearon por nueve años”, quiere decir que hubo un Estado ineficiente o derrotado, que no es capaz de controlar la sangría de reservas que son fundamentales para poner orden en la economía.

La realimentación permanente que existe entre dólar y precios requiere un ataque integral para cortar esa dinámica, que tiende a espiralizarse. Y controlar esa dinámica exige no sólo medidas muy bien diseñadas, sino un funcionariado menos comprensivo con las maniobras privadas destructivas de la economía.

Hacen falta muchos más dólares en las reservas del Banco Central para poder quebrar expectativas devaluatorias, cerrar ese tema y encarar una estabilización que se note. ¿Por qué no se aborda en serio esa tarea?

El lanzamiento del Programa Precios Justos, en la medida en que se cumpla –ya que es voluntario– apunta a aplacar los aumentos desproporcionados de precios registrados en los últimos meses y a fijar una cierta estructura de precios relativos estable y aceptada por las empresas en un conjunto de bienes de importancia en la canasta de consumo popular. No es un plan de estabilización que requiera intervenir sobre todos los precios de la economía, pero quizás apunte a crear las condiciones más ordenadas para avanzar en esa dirección. Debemos recordar que la mayoría de esos productos entró al “congelamiento” con sobreprecios generados por la especulación cambiaria y remarcatoria de los últimos meses. Ninguna empresa pierde en este congelamiento y puede ser que incluso ganen más ventas, si la población percibe que sus ingresos le alcanzan para comprar un poquito más que antes del congelamiento.

 

Cristina

La presentación de Cristina Kirchner en el Estadio Único de La Plata tiene un efecto importante, más allá de las especulaciones sobre su candidatura presidencial. Reintroduce en el espectro partidario argentino un conjunto de parámetros político-ideológicos que se estaban desdibujando como consecuencia tanto de la etapa de la embestida macrista, como de los casi tres años del gobierno centrista de Alberto Fernández.

En El Cohete a la Luna hemos mencionado en diversas oportunidades la sombría dinámica que se generó en el actual período presidencial entre una derecha vociferante y cada vez más irracional, impune en relación al daño reciente realizado al país, y un gobierno inhibido, con un discurso y una práctica imprecisa y carente de convicción.

El gobierno de Alberto Fernández eludió siempre que pudo la confrontación con ideas y acciones repudiables por parte de la derecha, arribando a una situación de cuasi ingobernabilidad económica y política a mediados de este año. Desde tolerar los desmanes económicos de los formadores de precios, agroexportadores, especuladores cambiarios, compradores de divisas por razones fake, hasta mirar cómo se arrojaban antorchas encendidas contra la Casa de Gobierno, o piedras contra el Senado, el mensaje unívoco fue el de no hacer nada que enoje a los factores de poder, lo que terminó generando un empoderamiento anímico considerable en la derecha y la ultraderecha. La reaparición de Cristina, no como opositora de la actual gestión, pero sí exponiendo ideas con mayor grado de libertad, y reinstalando parámetros discursivos alternativos al reiterado discurso neoliberal noventista, ayuda a reequilibrar el panorama político argentino.

A pesar de que la Vicepresidenta dice no arrepentirse de la ingeniería que llevó a la victoria del Frente de Todos, ya que permitió desplazar al macrismo, estos tres años en los que el país estuvo privado de una palabra popular clara y nítida llevaron a un retroceso político e ideológico significativo. La responsabilidad institucional en el esquema de gobierno que asumió Cristina se trasladó a su fuerza política, que debió soportar con estoicismo y en silencio las claudicaciones políticas y discursivas de la gestión del Frente de Todos que debilitaban al conjunto del espacio popular.

La reaparición de un discurso diferenciado de los dogmas neoliberales y dispuesto a señalar que hace falta “un Estado fuerte para terciar en la puja distributiva” o a defender orgullosamente la nacionalización de Aerolíneas Argentinas e YPF, resulta fundamental para una recomposición de las convicciones y el entusiasmo en el polo popular en las disputas que se vienen. Era hora de volver a decir con claridad que se deben defender los recursos naturales del país, para que no redunden sólo en beneficios para “cuatro vivos”.

 

 

Un discurso fundamental para la recomposición de las convicciones y del entusiasmo popular.

 

 

 

Grieta, Moncloa y chácharas varias

En las últimas semanas se ha podido observar un incremento de las declaraciones de ciertos políticos, empresarios y analistas políticos sobre lo positivo que sería superar “la grieta”, y el venturoso porvenir que surgiría si nos la sacáramos de encima.

La grieta, en principio, es una palabra introducida por el periodista/agitador Jorge Lanata para incriminar al kirchnerismo por “dividir” a la sociedad argentina. Sin Néstor y sin Cristina, lxs argentinxs estaríamos unidos y hermanados armoniosamente, pareciera sugerir. Se trata de una visión superficial de la complejidad social, que apunta a reducir los diversos y profundos conflictos existentes a una pelea artificial generada por gente mala y pendenciera. Es la mirada que proponen los dueños de los grandes medios de la derecha argentina.

Conflictos hay, y muchos, y no dependen de que exista un líder o lideresa que representen a uno de los sectores en conflicto. Si hubieran logrado asesinar a Cristina, quizás su espacio político hubiera entrado en crisis, pero los conflictos continuarían existiendo. A diferencia de lo que creen los lúmpenes que participaron en el intento de asesinato, el nivel de vida de las capas medias para abajo no mejoraría, sino que empeoraría al suprimir la representación popular. Asesinar a Cristina o borrar a su espacio político no suprime el conflicto, sino que priva transitoriamente de representación a los sectores populares.

En este contexto de “fluidez política e ideológica” los llamados a superar la grieta derivaron en la pintoresca invitación a Felipe González a nuestro país para que cuente por enésima vez el cuento del Pacto de la Moncloa. Es por supuesto una historia edulcorada, muy al gusto del poder económico, en donde con bastante inteligencia los franquistas más lúcidos consagraron tanto la impunidad jurídica del régimen fusilador, como la continuidad de la estructura económica controlada por los grandes bancos, logrando bajar la intensidad del espíritu confrontativo de la izquierda.

Lo que causa gracia es que todo el poder económico que ha financiado las campañas de odio en los medios de comunicación, que ha sostenido con pauta publicitaria y fondos ilimitados la incitación contra la fuerza política que encarnó demandas muy razonables de la sociedad –diríamos, de toda sociedad civilizada– precisamente sea el sector que hable de dejar atrás la “grieta”. Se debe recordar que esa “grieta”, es decir, un clima desaforado de confrontación pre-política cargado de furia e irracionalidad, surge con claridad en el contexto del intento de desestabilización por parte del bloque sojero, que acaudilló a una parte de la población contra el gobierno recién iniciado de Cristina Kirchner.

¿Por qué razón parte de esos sectores que han hecho del odio, del desprecio y de la demonización de una fuerza política democrática su razón de ser, ahora querría dejar de lado las divisiones?

¿De verdad quieren dejarlas de lado?

Horacio Rodríguez Larreta, que podría ser clasificado en esa posición “superadora de la grieta” desde la derecha, propone armar un gobierno amplio, pero ni dialogar con el endemoniado kirchnerismo. La sencilla razón es que no quieren escuchar la opinión de actores diferentes. En la medida en que el PRO es el partido de los negocios, en el que las convicciones principistas están en función de cuestiones más elevadas, como las ganancias empresariales, la idea de “eliminar la grieta” tiene un significado puntual.

Se busca recibir en el campo de la derecha, que sigue tan neoliberal como siempre, a franjas peronistas desgajadas del Frente de Todos –ese peronismo “inocuo y neutralizado” que mencionó Cristina– para ampliar las bases de sustentabilidad de un gobierno neoliberal, que tenga los suficientes votos para pasar sus medidas por el Congreso, y por lo tanto tenga legitimidad para reprimir a los inadaptados al consenso neoliberal. O sea, a los nacionales populares y a la izquierda.

No hablan en serio de abordar los conflictos en serio. No hay genuino espíritu democrático de diálogo, ni preocupación por llegar a una síntesis nacional que abarque a todo el pueblo argentino. No están dispuestos a hacer ninguna concesión, ni a aceptar en alguna medida la perspectiva ni las necesidades del otro. Ni se les ocurre retroceder en la demonización de sus adversarios políticos. Concretamente están hablando de construir una trampa cazabobos para darle mayor viabilidad política al programa invariable de la derecha argentina, que no es un proyecto de país, sino un plan de negocios privados

 

El reformateo autoritario

La Revolución Argentina, iniciada con el golpe militar de junio de 1966 al gobierno radical de Arturo Illia, sostuvo ni bien iniciada que una de las principales motivaciones de esa irrupción militar era evitar el peligro de la difusión del comunismo. Típico de aquel momento de la Guerra Fría, y típico de un Ejército muy adoctrinado por los norteamericanos, se impuso el criterio de las “fronteras ideológicas”: cerrar el territorio nacional al ingreso de “ideas foráneas”. Al momento de producirse el golpe, los partidos más grandes de la izquierda argentina eran el Partido Socialista, dividido en fracciones, y el Partido Comunista, que actuaban en la legalidad y desarrollaban actividades públicas de difusión y reclutamiento. El gobierno militar prohibió expresamente las actividades y libros comunistas e ilegalizó al Partido Comunista. Con eso creyeron que frenaban a la expansión de esas ideas y garantizaban el orden social.

En julio de 1971, cinco años después, ese mismo gobierno militar que llegó para quedarse veinte años tuvo que convocar de urgencia a una salida electoral, acosado por un abigarrado espectro de formaciones políticas de izquierda, armadas y no armadas, marxistas y peronistas, que superaban en tamaño, mística y apelación de masas a las “actividades comunistas” que habían venido a prohibir y perseguir. El reaccionarismo, la estupidez política, la incomprensión de la sociedad en la que vivían, llevó a que ciertos sectores de la elite argentina pensaran que el golpe del ’66 era la mejor fórmula contra el peronismo y contra el comunismo, y terminaron engendrando un movimiento enorme de protesta social, que sólo la presencia de Juan Domingo Perón en la Argentina y la posterior represión genocida pudo desactivar.

Hoy hay fracciones de la derecha argentina que siguen pensando de la misma forma que el Onganiato, o quizás aún peor. No hay ya “peligro comunista” a conjurar, pero en un esfuerzo de imaginación retrógrada han inventado la existencia de un “peligro populista”.

Si nos atenemos a la referencia concreta a la gestión de Néstor y Cristina Kirchner, el peligro populista consistiría en políticas redistributivas, productivistas y de cierto resguardo de la soberanía nacional. Para esta fracción de la derecha, evitar esos peligros tan graves merece la destrucción de las instituciones republicanas, el envilecimiento del Poder Judicial, la persecución mafiosa de los dirigentes “populistas” y hasta la supresión física de su jefa. Como Juan Carlos Onganía, están sobreideologizados, y eso los vuelve profundamente peligrosos. Onganía derrocó a un gobierno que estaba haciendo una buena tarea económica, social y cultural, y que estaba buscando puentes para llegar a algún acuerdo con el peronismo. Había allí posibilidades ciertas de ir resolviendo de manera democrática los problemas de las mayorías argentinas. La irrupción de la brutalidad autoritaria todo lo arruinó, y promovió la expansión de la violencia como forma de resolver los problemas políticos que los regímenes de facto obstruían.

Hoy, partes de la derecha local piensan en formas de proscripción, de persecución y de aniquilamiento de las fuerzas populares, democráticas y progresistas. Es el “reformateo autoritario” mencionado por el periodista de derecha Marcelo Longobardi, haciéndose eco de gente bastante más poderosa que él. Vuelve a ser un tremendo crimen histórico. El kirchnerismo supo expresar intereses sociales amplios, que permanecen más allá de sus dirigentes. Si pudieran suprimir al kirchnerismo por la fuerza de atentados o de jueces corruptos, no desaparecerían las necesidades populares, ni la rebelión contra las profundas injusticias acumuladas, ni el pensamiento crítico –muy difundido en la sociedad argentina–, ni las expectativas de progreso de los jóvenes, ni el sueño de un país donde se pueda vivir bien por parte de muchísima gente.

La tentación troglodita de suprimir a las patadas a un espacio político popular no resuelve el conflicto que está en la sociedad. Y el conflicto puede encontrar formas menos amigables y más contundentes que el kirchnerismo para expresarse. Esa es la lección que nos dejó Onganía. El problema es que esta dirigencia de derecha no lee historia argentina.

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