El eslabón perdido: aprendizaje en la producción

A la Argentina no le sobran papers, le falta tecnología

 

En el período 2003-2015 el sector de Ciencia y Tecnología (CyT) evolucionó hacia la generación de capacidades de respuesta a demandas sociales y productivas en un contexto de bajísima inversión privada histórica en Investigación y Desarrollo (I+D). Al 2015, esta inversión como porcentaje de ventas alcanzó sus picos en el sector farmacéutico (2,7%), semillas (2,8%) y software y servicios informáticos (1,9%) frente a cifras de dos dígitos en países centrales y algunos emergentes. Sectores emblemáticos del dinamismo industrial, como maquinaria y equipos, rondaron el 1%.

¿Existe posibilidad de mayores niveles de inversión privada en I+D? Si se analizan niveles de facturación y se considera lo que fugan las fracciones concentradas nacionales, es posible concebir una capacidad de inversión mucho mayor que la actual. ¿Es un problema político, ideológico, cultural, o geopolítico? Una combinación de todas estas variables.

Algunos ejemplos de la evolución del sector de CyT hacia un mayor enraizamiento productivo pueden verse en los sectores estratégicos que se impulsaron en el período 2003-2015 –software, biotecnología, telecomunicaciones, medicamentos, espacial, nuclear, entre los más visibles– y en los entornos institucionales-empresariales que comenzaban a mostrar rasgos sistémicos (una lista no exhaustiva puede verse en El Cohete a la Luna, 29/09/19).

La capacidad de respuesta del sector CyT a la pandemia –luego de cuatro años devastadores de macrismo– es otro ejemplo que pone en evidencia que, desde diciembre de 2019, se retomó un sendero de generación de vínculos con el sector productivo. Un panorama de estos logros tecnológicos y científicos fue publicado por la revista británica Nature Inmunology.

A pesar de esta trayectoria, en las discusiones acerca de cómo deben perfilarse las políticas de I+D suele aparecer un argumento que, a esta altura, creemos anacrónico: “Necesitamos un sector de CyT que escriba menos papers”. Al respecto, dos cuestiones que nos ayudarán a elevar el nivel de la discusión.

La primera, a la Argentina no le sobran papers, le falta tecnología. Planteado de forma muy esquemática, buscar el punto de equilibrio entre papers y tecnología plantea un falso problema. Un enfoque un poco mejor perfilado diría: es un proyecto de país a 20 años el que define qué tipo de agenda de conocimiento (básica, teórica, aplicada, tecnológica, social, técnica, tácita, etc.) se debe impulsar desde las políticas públicas.

Ahora bien, sostener un proyecto de país a 20 años supone estabilidad macroeconómica, político-institucional y geopolítica, rasgos difíciles para nuestro país, como explican investigadores sociales como Eduardo Basualdo o Enrique Arceo cuando caracterizan a las fracciones concentradas o el lugar de América Latina en el capitalismo global. Alcanza con pensar en la doctrina de la seguridad nacional (años ‘60 y ‘70), en los procesos de endeudamientos masivos inducidos (años ‘80 y ‘90, y macrismo), o en el lawfare que acompaña el proyecto de casino exportador primario.

La segunda cuestión relacionada con el anacronismo del argumento de los papers plantea que, si se quiere mejorar la capacidad tecnológica de nuestro sector productivo –para mejorar su competitividad, incrementar el valor agregado, generar fuentes de trabajo de mayor calidad, etc.–, además de políticas de I+D hace falta visibilizar y volver a parir un eslabón perdido de las políticas públicas de nuestro país: el impulso del aprendizaje en la producción, entendida como proceso de desarrollo y acumulación de capacidades productivas.

 

 

El código genético del peronismo

Las economías del este asiático, explican Chang y Andreoni (2020), muestran que una política industrial es más eficaz cuando combina medidas de apoyo al mejoramiento de la producción (protección comercial, subsidios, reestructuraciones de empresas fallidas conducidas por el Estado, promoción de las exportaciones, etc.) con medidas que ayudan a las empresas a adquirir y generar nuevo conocimiento. Los países exitosos no sólo invierten en educación y en I+D, sino también en actividades generadoras de conocimiento y aprendizaje colectivo al interior de las estructuras de producción.

En Argentina, esta cuestión presenta rasgos idiosincráticos. Una de las mayores especialistas en políticas industriales y tecnológicas en países de “industrialización tardía”, Alice Amsden, explica que el problema de la competitividad de las empresas argentinas durante los ‘90 eran los empresarios y no los trabajadores. Mientras el sector empresarial reclamó e impuso un régimen de flexibilización laboral para, supuestamente, mejorar la competitividad, Amsden explica que las empresas argentinas “no tenían profesionalizadas sus capacidades de gerenciamiento y pocas contaban con planificaciones o cadenas de mando bien definidas”. Y agrega: “Las inversiones en I+D fueron insignificantes, por lo que los trabajadores calificados no eran empleados en emprendimientos de alta tecnología. Incluso las plantas con una escala eficiente mínima eran pocas y desconectadas entre sí” (Amsden, 2001: 63).

La perspectiva de esta economista reconoce el papel primario que juega el mundo del trabajo en la gestión del conocimiento en empresas. Como explica una discípula de Amsden, en el proceso de escalamiento organizacional y tecnológico de una empresa “los trabajadores no son engranajes pasivos en una rueda, son actores dinámicos en el proceso de desarrollo y tienen un papel crucial en la incorporación de activos basados en conocimiento” (Seguino, 2014).

Digamos de paso que el impulso del aprendizaje en la producción está en el código genético del peronismo, como lo demuestra de manera prístina el diseño de la Universidad Obrera Nacional, creada en 1948.

 

 

Hacia dónde vamos

De acuerdo con este escenario, la Ley de Financiamiento del Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación –que determina una trayectoria de incremento gradual de la inversión pública en CTI y fija un piso del 1% del PBI en 2032– debe lograr traccionar la inversión privada. La Ley de Promoción de la Economía del Conocimiento va en esta dirección. Es decir, la inversión en I+D para 2032 podría alcanzar el 2% del PBI, esfuerzo factible que representa la mitad de lo que invierte el sector privado en Alemania (aproximadamente, por cada euro público 2 euros privados).

Ahora bien, existen empresas en Argentina portadoras de culturas productivas y de aprendizaje en la producción compatibles con el proyecto de país consensuado en democracia, que muestran la potencialidad de otro paradigma empresarial. ¿Cómo reproducirlo y expandirlo?

Entendemos que el camino es construir un Estado inteligente, con legitimidad política y capacidades de liderazgo para el incentivo de la competitividad y el valor agregado incremental, pero también con capacidades de disciplinamiento de los poderes fácticos que nadie votó.

 

 

Bibliografía

Amsden, A. 2001. The Rise of “The Rest”: Challenges to the West from Late Industrializing Economies. Oxford: Oxford University Press.

Chang, H. y Andreoni, A. 2020. “Industrial Policy in the 21st Century”, Development and Change, vol. 51, núm. 2, pp. 324-351.

Seguino, S. 2014. “How Economies Grow: Alice Amsden and the Real-World Economics of Late Industrialization”, Memorial Lecture, University of Witwatersrand, Johannesburg.

 

 

 

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