ESTADO DE SITUACIÓN DE LA LUCHA DE CLASES

La recuperación salarial es la clave para el crecimiento de la economía

 

Una aproximación a la profundidad del desafío para torear la mala situación económica y social en que nos va a dejar la pandemia avanza en precisiones desde el “Estudio sobre el impacto de la Covid-19 en los hogares del Gran Buenos Aires. Agosto-octubre de 2020: Primer informe de resultados”, dado a conocer hace unos días por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC). La muestra es representativa de la realidad nacional, puesto que poco más de un tercio de la población argentina habita en el territorio de la CABA y los 31 partidos del Conurbano bonaerense, siendo aún mayor el porcentaje del PIB geográfico correspondiente a esos territorios. En este primer informe se estimó que “el 40,3% de los hogares registró problemas de empleo de al menos alguno de sus integrantes”, en tanto “en los hogares en que reside al menos un niño, niña o adolescente, los problemas laborales alcanzaron el 48,3%”.

Además, “el 49,3% de los hogares manifestó haber tenido una caída en el monto total de sus ingresos respecto a la situación previa a la pandemia. En los hogares con jefe o jefa de hogar con menores niveles de instrucción, la proporción que experimentó una reducción en sus ingresos fue mayor (57,1%). La pérdida de ingresos alcanzó al 57,3% de los hogares con al menos un niño, niña o adolescente”. A raíz de la baja de ingresos, “un 33,8% de los hogares relevados declaró que se vio en la necesidad de reducir al menos un alimento (carne vacuna, otras carnes, verduras frescas o leche) por razones económicas […] el 45,8% de los hogares redujo el consumo de productos no alimentarios […] El 28,6% de los hogares dejó de pagar o tuvo problemas para cubrir los costos de los servicios de la vivienda”. Estas cifras hacen palpable en la vida cotidiana de los argentinos el significado de la probable caída del PIB en 2020 en torno al 10%. En medio de semejante malaria habla bien de ciertos aspectos de la política sanitaria gubernamental que únicamente algún integrante del 4,6% de las familias encuestadas manifestó dificultades para acceder a medicamentos y del 8,6% se topó con inconvenientes para realizar una consulta médica.

El temple del colectivo nacional necesario para encarar las acciones que superen este momento desgraciado también debe cargar con los problemas que venía arrastrando el planeta antes de que irrumpiera la infección global. De esas cuestiones hace una lectura estratégica “El Informe de Desarrollo Humano 2020”, publicado a principios de esta semana. En 2020 se cumplen tres décadas desde que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) —en tanto organismo responsable del informe— examina año a año el estado del género humano. Más allá de los costos directos de la pandemia, Covid-19 ha revertido el desarrollo humano, con la movilidad social en declive y la inestabilidad social en aumento, dice el informe.

El mandamás del PNUD Achim Steiner puntualiza que las presiones que ha ejercido la humanidad sobre el planeta «han crecido exponencialmente durante los últimos 100 años”. La pandemia forma parte de ese proceso. El informe del PNUD alerta de que el cambio climático, el desafío más claro y más grande planteado por el Antropoceno, continuó su aceleración, y es probable que 2020 se convierta en el año más caluroso desde que se llevan registros. Más allá de ciertos imponderables el nuevo informe del PNUD es muy claro: «El futuro de la humanidad está en gran parte bajo el control de la humanidad», o sea de las decisiones políticas que se tomen.

 

 

Heterogeneidad salarial

La gran desazón coyuntural confluye en las circunstancias que escorzan el punto de partida de lo que vendrá, o mejor dicho del potencial de lo que podría hacer la política en los tiempos que siguen a la salida de la pandemia para mejorar la vida del promedio de los argentinos. En otras palabras, lo que hay que aguardar del estado de la lucha de clases en la Argentina y su perspectiva en cuanto a impulso al desarrollo, deriva de la capacidad que despliegue la conciencia política que permita sortear los grandes obstáculos que se enfrentan para materializar los intereses bien entendidos de los trabajadores. Por lo tanto, detectar ciertas rémoras ideológicas que velan el desenvolvimiento de la conciencia política con el objetivo de disiparlas es una de las tareas de la hora.

Una muestra de dichos atolladeros del pensamiento nacional es el consenso que va alcanzando la idea de que la desigualdad argentina tiene su origen en la heterogeneidad salarial generada por las muy diferentes productividades sectoriales. Más allá de su endeblez empírica, esta explicación de la desigualdad reinante basada en las diferentes primas salariales sectoriales conduce a proposiciones cuyas consecuencias políticas son las de apañar posturas irracionales por reaccionarias.

Esto se inscribe en un atavismo francamente irritante en la práctica de las ciencias sociales argentinas: el de reputar como heterogéneo todo bicho que camina, para a continuación describir cada una de esas variadas aristas sin poder arribar, por la naturaleza de la opción metodológica adoptada, a sacar una conclusión de alguna valía. Como si se hiciera para pasar el tiempo.

Parece que se han olvidado que la abstracción teórica se ejerce para encontrar el elemento común en una realidad que es heterogénea por definición, a efectos de homogeneizar su raigambre y sobre esa base expresar una ley de movimiento que posibilite orientarse en la práctica. Su correlato está en la grosería epistemológica de calificar al origen de cualquier fenómeno como multicausal. El grado de abstracción que es necesario alcanzar para que la ley de funcionamiento de la realidad aparezca clara equivale a decir que se está buscando la contradicción principal, la causa única que pone en movimiento todo el proceso del que se trate. Es ahí donde se halla esa conciencia de la realidad que le dicta el camino bien concreto a la tarea política en pos de consolidar la arquitectura del poder, atendiendo a que la disputa agónica es más bien arte, no ciencia.

 

 

Que la inocencia no valga

Estas patrañas sobre la heterogeneidad nunca son inocentes y mucho menos en el caso de la desigualdad. La primera cuestión que surge es la idea de la existencia de un mercado de trabajo. Desde que el capitalismo irrumpió en la historia nunca hubo tal cosa. El mercado es una abstracción para caracterizar un proceso en el cual a un precio se vende determinada cantidad. El extravagante enfoque neoclásico pretende que precios y cantidades se determinen en simultáneo. Pero nadie puja por demandar más trabajo si este baja de precio o deja de contratar trabajadores si sube. El trabajador no se puede retirar del mercado porque no le gusta el precio, queda desempleado.

El salario es un dato extra económico, un precio que se fija antes que el resto de todos los otros precios sobre la base de las relaciones de fuerza más profundas de la sociedad. Ante esta realidad inalienable nunca falta el pajarito que pretendiéndose astuto interroga en forma de pregunta retórica para desacreditar el concepto: ¿el salario puede ser cualquier cosa? Si es para abajo no lo incomoda que sea cualquier cosa. Si es para arriba, lo pone muy nervioso. No, no puede ser cualquier cosa, y que sea un precio político al que se llega como resultado de la lucha de clases significa que se lo hace sobre los datos de la realidad económica. Esa realidad no es un punto, es un rango. En términos hipotéticos la estructura productiva da para, digamos, un máximo de 400 y resulta que el salario promedio es 200. Y es esa situación hipotética planteada la que interpreta más adecuadamente la situación argentina de hoy y desde 1976, cuando el golpe genocida le asestó un mazazo a los trabajadores del cual aún no se han recuperado y eso que el avance logrado entre 2003 y 2015 fue considerable. El problema fundamental que arrastran la economía y la sociedad argentinas provienen de las dificultades para volver y de ahí en más seguir creciendo a ese salario hipotético de 400. Mientras eso no se logre, todo lo que parece sólido tendera más temprano que tarde a desvanecerse.

 

 

 

La lógica del sistema

Las jerarquías salariales se establecen a partir del parámetro que es el salario promedio determinado por la lucha política. Esa remuneración es la que permite reproducir al trabajador y su familia. Es desde esa referencia que tallan los coeficientes endógenos de jerarquización, los que casi sin excepción están plasmados en los acuerdos paritarios. En la medida en que la tasa salarial refleja el equilibrio general de fuerzas, clase contra clase, y que la fuerza de trabajo compleja es reproducible a voluntad a partir de la materia prima humana en bruto, en respuesta a las diferencias en los costos de producción de adquirir conocimientos, se canalizan dentro de la red exógena modulaciones jerárquicas endógenas a las cuales se les incorpora una compensación especial por el tiempo consagrado a los estudios y al aprendizaje.

Y que sea así hace a la más profunda lógica del sistema. El exceso del costo de producción de una fuerza de trabajo calificada sobre el de una fuerza de trabajo no calificada, representa en lo esencial la parte de la vida activa de los trabajadores dedicada, por un lado al aprendizaje y, por el otro, a la transmisión de sus conocimientos a sus aprendices. A escala de la sociedad, la producción de trabajo calificado sería pagada por un acortamiento proporcional en la vida activa de la población. Si se adoptara únicamente esta forma de medición, el valor de la fuerza de trabajo de un ingeniero de alto rango no superaría al de las tareas más sencillas en más de 1/4 o 1/5.

Sin embargo, el abanico efectivo de los salarios es un múltiplo muchas veces mayor. Y no sólo este múltiplo es superior estadísticamente. Debe serlo teóricamente. Debido a que, en la lógica del sistema capitalista, el ser humano que pasó diez años de su vida activa para adquirir una alta calificación, no se dará del todo por satisfecho durante los treinta años que le restan si le toca lo que al trabajador no calificado en los cuarenta años de la vida activa que le es propia. Reclamará, al menos, un suplemento que cubra los intereses del capital invertido (y/o perdido de ganar) por la duración de sus estudios. Como en el sistema capitalista todo el capital, grande o pequeño, tiene derecho a una remuneración proporcional, lo obtendrá.

Al haber descripto y establecido el papel que juegan las jerarquías salariales, se expone en negro sobre blanco que no tiene nada que ver con la desigualdad en la distribución del ingreso. Cuando la decisión política hunde el salario promedio que sirve de parámetro a la escala de remuneraciones, además del aumento de la desigualdad se descuajeringan las gradaciones de los ingresos de la fuerza de trabajo que termina por afectar la eficiencia del sistema también en ese plano.

Los sostenedores de la óptica de la heterogeneidad funcionan de intelectuales orgánicos de una clase dirigente que se siente muy alentada a deshacerse de su responsabilidad política indelegable: la de establecer ese salario promedio o restablecerlo a sus niveles históricos. Con mucho de imaginación tropical, su estrategia analítica y discursiva para justificar que un problema tiene una solución muy difícil de alcanzar y en todo caso a muy largo plazo, es una opción política –consciente o inconsciente, poco importa— para dejar todo como está. La pandemia ha cargado con más peso a una conciencia nacional que ya se encontraba muy desafiada.

 

 

 

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